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2022-06-16
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El auge de la mentira política: por qué importa proteger al INE

SI EL GOBIERNO DE LÓPEZ OBRADOR NO VULNERA AL INE, TENDRÁ SERIAS DIFICULTADES PARA IMPONER SU PROYECTO AUTORITARIO TRANSEXENAL...

“A diferencia del marxismo, el estado unipartidista antiliberal no es una filosofía política. Es un mecanismo para mantener el poder que funciona a las mil maravillas en compañía de múltiples ideologías. Y lo hace porque define con nitidez quién constituye la élite, ya sea política, cultural o financiera […] Arendt ya observaba en la década de 1940 la atracción que ejercía el autoritarismo en las personas que estaban resentidas o se sentían fracasadas, cuando escribía que el estado unipartidista del peor tipo reemplaza de manera invariable todos los talentos de primer orden, independientemente de sus simpatías, por necios y chiflados cuya falta de inteligencia y creatividad sigue siendo la mejor garantía de su lealtad”.

Anne Applebaum, El ocaso de la democracia. 2021

En un mundo dominado por la mentira, las etiquetas intercambiables de geometrías políticas no sirven para otra cosa que para ganar las partidas de la propaganda, ese relato ficticio con que los políticos, sobre todo los populistas, pretenden sustituir a la realidad. Y en el juego de las réplicas, no gana quien tiene razón, sino quien golpea primero y con más contundencia, y apela mejor a la imaginación del hombre común. Es un entorno de cinismo y de uso inescrupuloso de la capacidad de llegar a más oídos y, fuerza es decirlo por sus efectos político-electorales, a más corazones.

Como resultado, millones de ciudadanos se vuelcan por opciones políticas no porque tengan la explícita solución a los grandes problemas económicos, sociales, de seguridad o políticos, sino porque en su ambigüedad prometen resolver todo, establecen una explicación general y coherente (internamente) de la realidad (su realidad) y dan ocasión a quienes se asumen como oprimidos o víctimas de desquitarse de quienes, en la narrativa de esos populistas, son los culpables de su postración. Es una suerte de justicia, de compensación histórica, aunque sea imaginaria, y casi siempre abusiva, que necesita del motor de un régimen al cual hay que darle todo el poder, para que arregle las cosas y retorne a la armonía mítica.

Las etiquetas para denostar al adversario expresan también esa voluntad de mentir, e imponer la mentira como la ficción aceptable en esa ruta hacia el poder. Es el caso, hoy, de México, con Andrés Manuel López Obrador. Primero, quien ostenta el poder es el bueno; lo conquistó a pesar de que los malos hicieron lo posible por evitarlo (ya les habíamos ganado otras, pero nos hicieron fraude, que no hace falta probar; si ellos son los malos y tú ya lo aceptaste, no necesitas pruebas). En consecuencia, quienes no están con él, son necesariamente malos. Todo disenso es sospechoso. ¿En México cómo decimos a los malos que son malos, sin decirlo así? Reaccionarios, conservadores, derechistas, fifís, neoliberales, privilegiados, aspiracionistas, fascistas. Todos son términos bastante contradictorios entre sí, pero tienen el efecto devastador de la etiqueta. Al usarlos, no hay necesidad de probar nada. En cambio, los buenos son liberales, izquierdistas, populares, laicos, revolucionarios, transformadores, justicieros, igualitarios, verdaderos (y no pseudo) ambientalistas, legales…

Pero están los hechos. López Obrador es el presidente que más ha mencionado a Jesucristo en la historia moderna de México (¿cuál laicidad?). Es el presidente de la disciplina fiscal y macroeconómica tipo FMI o Banco Mundial (¿neoliberal); de la austeridad y de las bajas inversiones en instituciones de salud y educación, de la entrega de apoyos sociales directos e incondicionales (clientelares) y de la reducción o aniquilación de transferencias condicionadas o estructuradas para proveer un bien público, tipo guarderías, asilos, escuelas de tiempo completo; es el presidente que no quiere hacer una reforma fiscal, y mantiene un sistema de impuestos que beneficia a los más ricos (¿igualitario, justiciero, equitativo?). Es el presidente que desconfía de la academia y le quita inversión a la ciencia, y que ataca a periodistas e intelectuales (¿tolerante). Es el presidente más opaco en temas de información pública desde 2000 (¿transparente?).

Es el presidente que menos combate a los criminales y que menos busca recuperar el control territorial del Estado, cedido sin luchar a los grupos delictivos (¿respeto al orden legal, monopolio de la violencia legítima?). Es el presidente más hostil a la sociedad civil y al pluralismo político. Es el presidente que desea intervenir al Instituto Nacional Electoral y regresar al poder ejecutivo la organización de las elecciones. Es el presidente que ha adelgazado al Estado y ha abaratado el servicio público con “10 por ciento de talento y 90 por ciento de lealtad”.

ES EL PRESIDENTE QUE MÁS VIOLA EL ORDEN LEGAL, PUES VIVE EN CAMPAÑA PERMANENTE; Y NADA MENOR: EL QUE EMPIEZA PROYECTOS PROPIOS SIN PERMISOS Y AUTORIZACIONES, Y EL QUE CANCELA PROYECTOS AJENOS CON PERMISOS Y AUTORIZACIONES.

Es el presidente que tiene conflictos con las mujeres organizadas, con las familias de los desaparecidos, y que busca posponer discusiones propias de la agenda progresista, tipo aborto y derecho a decidir. ¿Es entonces liberal, izquierdista, revolucionario, transformador, justiciero y laico? Sí. Porque su discurso es para creyentes, y no requiere pruebas, sino emociones simples. Una mentira absurda y rotunda siempre será más creída.

Históricamente, para los caudillos es más fácil escoger de enemigo a una democracia. La democracia es inclusiva, pero tiene reglas, implica respeto a todos los actores, y prohíbe la violencia. Su pluralismo y tolerancia son debilidad para los que aman la autoridad y el poder. Un discurso simple y agresivo puede ser de efectos demoledores: la mente humana no gusta de lo complejo y siempre sospecha de quien no le da soluciones fáciles. En México, el INE es el garante de las elecciones, el rito democrático por excelencia, y las elecciones cuestan; el discurso justiciero parte de los altos costos de ese “lujo pequeño burgués” que es tener un organismo electoral autónomo. El ataque, la sospecha de corrupción, la alianza con la “derecha”, para vilipendiar la imagen pública. El votante, con ese bombardeo de propaganda, poco hará para defenderlo, pues ya está bajo la sombra de la sospecha. Así se han echado abajo otras instituciones valiosas que funcionaban de contrapeso. Porque al ser un político no democrático, López Obrador usó la democracia y sus beneficios para conquistar el poder. Hoy es hora de que esa escalera por la que ascendió sea bloqueada. El poder no se comparte.

Un clásico del populismo, que llegó a ser uno de los más temibles hombres de poder de la historia moderna, fruto de un clima contrario a la democracia y que había naturalizado la violencia política y las ideas extremistas; político que debió su ascenso a su propia ficción política (una fábula tenebrosa donde los judíos y los comunistas eran los enemigos de la humanidad, encarnada de forma pletórica por los germanos) , pero igualmente a la crisis económica alemana de los 30, a la falta de vocación democrática de sus rivales -desde comunistas hasta católicos, pasando por protestantes, nacionalistas, conservadores -; al modo en que fue subestimado por sus aliados y que supo engañar a las clases medias, y a final de cuentas, al infaltable azar (esa inasible divinidad de la historia tantas veces despreciada o negada por toda la pléyade de conspiracionistas, amantes de la fatalidad), dejó sentadas las bases de cómo construir esas verdades torcidas, simplificadas, aderezadas de falsedades, que los populistas de derecha o izquierda han seguido practicando por un siglo:

“…toda propaganda debe ser popular  y su nivel intelectual debe ajustarse a la inteligencia más limitada que haya entre aquellos a los que se dirige. En consecuencia, cuanto mayor sea la masa a la que se pretende llegar, más bajo habrá de ser el nivel intelectual que deberá tener […] la receptividad de las grandes masas es muy limitada, su inteligencia es pequeña, pero su capacidad de olvido es enorme. Como consecuencia de estos hechos, toda propagada efectiva debe limitarse a muy pocos puntos, y debe insistir sobre ellos por medio de consignas hasta que el último miembro del público comprenda lo que quieres que comprenda con tu consignas” (Adolf Hitler, Mi lucha. 1925-1926).

El populismo, las demagogias y las dictaduras prosperan muy bien cuando hay una aceptación de la mentira política. La democracia, en cambio, padece con la mentira. No puede tener otra base de legitimación que la verdad, en letras bajas y relacionada siempre con la realidad, con los hechos, porque es el piso parejo para que se dé la competencia por el poder, porque solamente a partir de ella se pueden construir soluciones, y porque permite establecer contrapesos muy eficaces contra los delirios autoritarios de grupos de presión o de políticos cínicos, tentados a manipularla.  Hay que reconocer que ese supuesto fundacional de la verdad hace prosperar la hipocresía o la simulación, dado que los actores al menos deben fingir que son veraces y que aceptan las reglas de juego parejo. Es un costo menor si lo comparamos con el cinismo de la dictadura, y a la larga, la hipocresía generará una cultura política de cortesía que ya no será forzada (aunque almas negras siempre van a existir: la genialidad de los sistemas democráticos es reconocerlo), lo que sin duda puede hacer más civilizadas a las sociedades (ergo, dejemos de considerar peor a la hipocresía que a la pura y sincera maldad de los diáfanos dictadores, que por cierto, solo develan su verdadera personalidad… cuando conquistan el poder a costa de simulación democrática y el financiamiento público de esa odiosa democracia).

Quizás por eso es, en palabras de Albert Camus, “la democracia es el ejercicio social y político de la modestia”, esto es, la autocontención, la moderación personal, la sobriedad, la humildad desde el poder hacia los gobernados. ¿Usted ve en muchos presidentes de naciones supuestamente democráticas como México, o en gobernadores de provincias como Jalisco, la aplicación de este principio? Yo tampoco. Y eso es la mejor demostración de que no tenemos un demócrata en palacio nacional, o en Casa Jalisco. Tenemos hombres de poder, eso sí.

“Conozco dos tipos de razonamientos reaccionarios” -sigue Camus –. “Como hay que precisarlo todo, convinamos que llamaremos reaccionaria a toda actitud que aspira a acrecer indefinidamente las subordinaciones políticas y económicas que pesan sobre los hombres” (¿de verdad no les suena al hijo de tigre, pintito, con nuestros demócratas de discurso?). “Estos dos razonamientos caminan en sentido contrario, pero tienen por común carácter expresar una certitud absoluta. El primero consiste en decir: «No cambiaremos jamás a los hombres». Conclusión: las guerras son inevitables, la servidumbre social está en la naturaleza de las cosas, dejemos a los fusiladores fusilar y cultivemos nuestro jardín (a decir verdad, se trata generalmente de un parque). El otro consiste en decir: «Podemos cambiar a los hombres, pero su liberación depende de tal factor y hay que proceder de tal modo para beneficiarlos». Conclusión: es lógico oprimir, primero, a aquéllos que piensan que no hay cambio posible; después, a aquellos que no están de acuerdo sobre el factor; más delante, a aquéllos que, aun estando de acuerdo sobre el factor, no lo están con respecto a los medios destinados a modificar el factor; y finalmente, a todos aquéllos, en general, que piensan que las cosas no son tan simples”.

El populismo disfrazado de “verdades simples”, tipo “no es tan difícil gobernar”, en realidad, verdaderas falacias.

“En ambos casos, nos encontramos ante una simplificación obstinada del problema. En ambos casos, introducimos en el problema social una inmovilidad o un determinismo absoluto que no pueden razonablemente hallarse en él. En ambos casos, uno se siente lo bastante convencido para hacer o dejar hacer la historia según esos principios y para justificar o agravar el dolor humano. A esos espíritus tan diferentes, pero cuya convicción resiste por igual el infortunio de los demás, yo consiento que se los admire. Pero hay al menos que llamarlos por su nombre y decir qué son y qué son capaces de hacer. Yo digo, por mi parte, que son espíritus orgullosos y que pueden llegar a todo, salvo a la liberación humana y a una democracia real. Hay unas palabras que Simone Weil ha tenido el coraje de escribir y que, por su vida y por su muerte, ella tenía el derecho de escribir: «¿Quién puede admirar con toda el alma a Alejandro [Magno], como no tenga bajeza de alma?». Sí, ¿quién puede poner en una balanza las más grandes conquistas de la razón o de la fuerza y los inmensos sufrimientos que representan si no tiene un corazón ciego a la simpatía más simple y un espíritu desviado de toda justicia?”.

Agrega Camus, “He aquí por qué me parece que la democracia, sea social o política, no puede fundarse sobre una filosofía política que pretenda saberlo y regularlo todo, como tampoco ha podido fundarse sobre una moral de conservación absoluta. La democracia no es el mejor de los regímenes: es el menos malo. Hemos probado un poco de todos los regímenes y ahora sabemos eso. Pero ese régimen no puede ser concebido, creado y sostenido sino por hombres que saben que no lo saben todo, que rechazan aceptar la condición proletaria y que no se acomodarán jamás a la miseria de los demás, pero que justamente rechazan agravar esta miseria en nombre de una teoría o de un mesianismo ciego”.

No hay humildad en nuestros redentores, Ni López Obrador, ni Alfaro, en lo local; ni los dictadores amigos de AMLO, todos unos verdaderos superhéroes que aceptaron ocuparse de salvar a la miserable humanidad de sus países; ni los populistas estelares del planeta, tipo Putin o Trump.

“El reaccionario del Antiguo Régimen pretendía que la razón no resolviera nada; el reaccionario del Nuevo Régimen piensa que la razón lo arreglará todo. El verdadero demócrata cree que la razón puede iluminar un gran número de problemas y resolver casi tantos; pero no cree que ella reine, señora única, sobre el mundo entero. Como resultado de ello, el demócrata es modesto. Admite una cierta parte de ignorancia, reconoce el carácter en parte arriesgado de su esfuerzo y que no todo le es dado; y a partir de esa admisión, reconoce que tiene la necesidad de consultar a los demás, de completar lo que sabe con lo que saben ellos. No se reconoce en otro derecho que el delegado por los demás y sometido a su acuerdo constante. Cualquiera que sea la decisión que tome, admite que los demás, para quienes se ha tomado esta decisión, pueden juzgar lo contrario y hacérselo saber. Puesto que los sindicatos fueron creados para defender a los proletarios, sabe que son los miembros de los sindicatos quienes, a través de la confrontación de sus opiniones, tienen la probabilidad más grande de adoptar la mejor táctica”, sigue el breve y valioso texto de Camus, intitulado “La democracia como ejercicio social y político de la modestia”.

La democracia verdadera “se remite siempre a la base, porque asume que ninguna verdad es absoluta y que diversas experiencias humanas puestas en común representan una aproximación más preciosa a la verdad que una doctrina coherente, pero falsa. La democracia no defiende una idea abstracta o una brillante filosofía: defiende a los demócratas, lo que supone pedirles decidir los medios más adecuados a fin de asegurar su defensa”.

Signo de su sabiduría, el francoargelino siempre va a dudar de su propia claridad: “Sé que una concepción tan prudente no carece de peligros. Comprendo que la mayoría puede estar errada al mismo tiempo que la minoría ver claro: por eso digo que la democracia no es el mejor sistema. Pero es preciso poner en una balanza los peligros de esta concepción de la democracia y los que resultan de una filosofía política ante la que todo se doblegue. La experiencia nos dicta que debemos aceptar una ligera pérdida de rapidez para evitar ser arrastrados por un torrente furioso. Por lo demás, la misma modestia comporta que la minoría puede hacerse oír y que sus opiniones serán tenidas en cuenta. He aquí por qué digo que la democracia es el menos malo de los sistemas […] en todo caso, nos permite examinar bajo una luz clara nuestros problemas más acuciantes, cuyo principio tiene que ver con la idea de revolución y la noción de violencia; y también nos permite denegarle al dinero y a la policía el derecho de llamar democracia a lo que no lo es…”. (https://elcuadernodigital.com/2018/12/05/la-democracia-como-ejercicio-de-la-modestia/).

El escepticismo es un muy sano ejercicio de distancia que tiene que ver con la crítica lúcida de las verdades contudentes, esas que se buscan escribir con letras mayúsculas porque todo lo abarcan y a todo tienen respuestas (como las verdades de los dogmas religiosos, a las que imitan descaradamente). Tener respuesta “a todo” es no responder nada. Los libros sagrados hablan de muchos qués, pero no suelen situar los cómo, los cuándo, los dónde, y sobre todo, los por qué. El discurso populista los emula porque es un discurso totalizador, que entiende a la sociedad como un todo orgánico y asume la necesidad de un Estado jardín que debe cuidar que todos los integrantes prosperen dentro de sus espacios definidos, siempre bajo la sobra de ese “dosel sagrado” (Peter Berger) que cobija a todos con su sentido. Obviamente, hay que extraer las “malas hierbas”. Un jardín no es el caos inarmónico de la naturaleza… ni de la libertad.

Es una respuesta a los desafíos de la modernidad, del individualismo, del secularismo, de la angustia de ser libres, que obliga a tomar decisiones personales, con el riesgo del error. El latinbarómetro nos demuestra cada que hace un nuevo levantamiento, que el habitante de esta región del mundo sigue muy mal acomodado al reto de ser moderno. Por eso desconfía de la democracia y apoya proyectos autoritarios, siempre que le ayuden a resolver los dilemas de su existencia. Está dispuesto a cambiar libertad por seguridad, y las ficciones políticas es lo primero que le prometen.

¿ES CASUAL QUE EL DISCURSO COTIDIANO DEL PRESIDENTE MEXICANO ESTÉ SALPICADO DE TEMAS Y MOTIVOS RELIGIOSOS?

¿Qué el gobernador Alfaro mencione a Dios sin venir a cuento, y hable públicamente de la bondad sospechosa que esconde tras su talante recio y autoritario? ¿Es normal que nos la vivamos en discusiones eternas sobre principios morales y agravios del pasado, o sobre la magnificencia de nuestros caudillos, mientras los datos concretos del país demuestran un degradación de los servicios públicos y la economía real, la demolición de las instituciones, el asesinato de periodistas y ambientalistas, y las estremecedoras listas de desaparecidos y asesinados de la población de a pie, paradójicamente, el votante común al que apelan?

Los populismos del pasado también se la jugaron así. La propaganda crea distractores mientras el programa de poder (que no de gobierno, pues tienen poca idea de cómo se gobierna) se concreta. El objetivo siempre es el secuestro de las instituciones y la cancelación de la democracia, o su trueque por una simulación multipartidista para decirle al mundo que nuestro régimen híbrido sigue como democracia formal (el PRI del siglo XX, ese referente supremo del lopezobradorismo, fue maestro; en realidad era un régimen no democrático con un solo partido, pero con migajas a una oposición acotada pero reconocida para aparentar los principios democráticos, lo que obligaba al ritual de elecciones que el mexicano medio sabía que carecían de sustancia).

Probamos la democracia, y eso fue a través del voto. Sin el INE, ¿podremos regresar al pasado? “Las democracias mueren cuando la gente deja de creer que el voto importa. La cuestión no es si se celebran elecciones, sino si son libres y limpias. En ese caso, la democracia produce una sensación de tiempo, una expectativa de futuro que tranquiliza el presente. El significado de cada elección democrática es la promesa de la siguiente. Si prevemos que habrá otra elección real, sabemos que la próxima vez podremos corregir nuestros errores, que, mientras tanto, achacamos a las personas que hemos elegido. De esta forma, la democracia transforma la falibilidad humana en predecibilidad política y nos ayuda a experimentar el tiempo como un movimiento hacia adelante, hacia un futuro en el que tenemos cierta influencia. Si creemos que las elecciones no son más que un ritual repetitivo de apoyo, la democracia pierde su sentido” (Timothy Snyder, El camino hacia la no libertad. 2019).

Por eso importa el INE. Si el gobierno de López Obrador no vulnera al organismo, tendrá serias dificultades para imponer su proyecto autoritario transexenal.

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara