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2022-02-24
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Guerra real y guerra de símbolos en el este de Europa

EL ATAQUE RUSO A UNA NACIÓN SOBERANA NO PUEDE SER CONSIDERADO UN CASO MENOR, PERO ES DIFÍCIL QUE ESCALE EN UNA CONFLAGRACIÓN MUNDIAL...

“Sí es un deber, y al mismo tiempo una esperanza, el que contribuyamos todos a realizar en un estado de derecho público universal, aunque solo sea en aproximación progresiva, la idea de la ‘paz perpetua’, que se deduce de los hasta hoy falsamente llamados tratados de paz -en realidad, armisticios -; no es una fantasía vana, sino un problema que hay que ir resolviendo poco a poco, acercándonos con la mayor rapidez al fin apetecido, ya que el movimiento del progreso ha de ser, en lo futuro, más rápido y eficaz que en el pasado”.

La paz perpetua, Immanuel Kant

 

 

La noche del pasado miércoles 23 de febrero, nos enteramos en América del despliegue de las fuerzas armadas rusas hacia el interior de su vecino Ucrania, una novedad que alarma en este mundo interconectado y con información que corre a gran velocidad, por tratarse de una de las potencias militares más importantes, en agresivo movimiento al oeste, hacia una de las regiones más prósperas del planeta, la Unión Europea, lo que hace revivir los viejos fantasmas de un largo enfrentamiento que durante la era del comunismo, que se prolonga a 1991, se llamó Guerra Fría, pero que hasta 1945, en realidad hablamos de la región más caliente del orbe.

La rendición del nazismo en mayo de 1945 marca un antes y un después en la historia universal. Es el final del viejo sistema geopolítico basado en la guerra como fuente de legitimidad moral y de derechos, y el arranque en la construcción de un nuevo esquema pacifista en que se ha pretendido que impere en igualdad el derecho internacional, a favor de las naciones más débiles, expresado en las actas constitutivas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a la que hoy pertenecen tanto el agresor como el agredido. 

En los años treinta, Adolf Hitler y sus aliados se retiraron sin remordimientos de la Sociedad de Naciones, primer intento de constituir ese ente internacional que arbitrara sobre las belicosas naciones que se habían destruido mutuamente en la Primera Guerra Mundial, pero que todavía encontraban aceptable la vieja idea imperial heredada del Siglo XIX bajo esa fatalidad pretendidamente histórica y científica llamada “darwinismo social”, es decir, la naturalidad con que un pez grande se come a un pez chico y la completa legitimidad de ejercer esa violencia. 

Fue acto previo del dictador para aplicar su política expansionista en aras de su “espacio vital” (perfectamente definido y descrito en uno de los mayores best seller del siglo XX: Mein Kampf, Mi lucha, publicado a comienzos de los años 20 tras el fracaso del putsch de Baviera, y que los políticos occidentales no habían tomado en serio pese a la meridiana claridad del programa delineado por el carismático fundador del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán), la cual justificaron los medios oficiales y oficiosos del régimen nazi como un desquite y una necesidad por la presunta postración en que el Tratado de Versalles, el acuerdo de paz y sus cláusulas de reparación impuestas a los perdedores tras el final de la Gran Guerra, había presuntamente dejado sumido al joven e industrioso imperio unificado apenas seis décadas atrás bajo la batuta del famoso canciller Otto Von Bismarck, y que se había constituido en la breve y trágica República de Weimar. Alemania y sus aliados habían sido derrotados luego de cinco años de una conflagración cuya brutalidad, capacidad destructiva y eficacia para matar no se había conocido jamás en las llanuras europeas.

Foto del ataque de Rusia a Ucrania.

No sobra el recuento histórico: Hitler y sus ejércitos han calado hondo en la historia de Europa y salen en los discursos del agresor y del agredido. Vladimir Putin, el llamado nuevo zar, justifica su ofensiva porque se ha empeñado por años en una propaganda en que denuesta al régimen político de Ucrania como una reedición del viejo nazismo, y no pierde ocasión de recordar la reciente intención de rehabilitación de líderes nacionalistas de ese país que en su momento se aliaron a los alemanes tras la operación Barbarroja del verano de 1941, la ofensiva lanzada por la Wehrmacht en busca de controlar el viejo imperio eslavo como su espacio vital de recursos naturales y esclavos, lo que, huelga decir, trajo simpatías incluso en líderes occidentales que consideraban un riesgo mayor el régimen comunista instaurado por Lenin por su doctrina radical contra el sistema capitalista. El tiempo demostró la naturaleza genocida del régimen alemán, lo que facilitó la alianza entre comunistas y occidentales. Pero el mundo alumbrado tras la rendición de 1945 rompió ese entendimiento y dejó al mundo dividido entre dos grandes segmentos geopolíticos, una historia que habría terminado con la caída de la Unión Soviética, la otra gran experiencia totalitaria del siglo XX, y la liberación de sus ex repúblicas, entre 1991 y 1992.

Vladimir Putin ha exhibido por años una capacidad para la propaganda que haría sentirse orgulloso al mismísimo Joseph Goebbels. El estado ruso mantiene una red de medios de comunicación estatales que difunden su visión del mundo e intervienen en asuntos internos de otros países, tratando de imponer lo que los politólogos llaman narrativa. Su papel en el proceso electoral de 2016 en Estados Unidos, que llevó al poder a Donald Trump, ha sido documentado ampliamente, e incluso aceptado por el expresidente republicano (ver https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-44867589 y https://elceo.com/internacional/rusia-si-interfirio-en-las-elecciones-de-estados-unidos-de-2016-dice-el-senado/).

El presidente ruso ha justificado su política de expansión, que le dio Crimea en 2014, a pretexto de que la flota rusa estaría en riesgo, y ahora, tras reconocer los procesos separatistas prorrusos en provincias adyacentes a su frontera. Uno de los medios afines que tiene en América Latina es sin duda Telesur, que difundió una entrevista reveladora esta madrugada:

“En este caso, el objetivo declarado por Vladimir Putin es sacar al gobierno de Vladimir Zelensky, al que calificó de una junta nazi-fascista (nota: el líder ucraniano es… judío) que se apropió del poder a partir del golpe de 2014, tras las protestas en la plaza Maidan, en Kiev.

LAS FUERZAS RUSAS LANZARON EN LA NOCHE DEL MIÉRCOLES UNA OFENSIVA MILITAR VELOZ Y CONTUNDENTE, DESTINADA A NEUTRALIZAR A LAS FUERZAS ARMADAS DE UCRANIA.

A los ataques misilísticos ‘de gran precisión’, sobre el terreno, probablemente con fuerzas especiales infiltradas en el territorio, se agregó un masivo ataque cibernético en los días previos. Este tipo de ataque es consistente con la doctrina estratégica militar rusa, desarrollada en los años 30 del siglo XX, de la guerra en profundidad: tras la ruptura inicial, bloques escalonados mantienen la ofensiva desde la profundidad de la retaguardia con potencia creciente. La entera operación estratégica se convierte así en la batalla decisiva, en varios escenarios convergentes, hasta aniquilar al adversario”, señala el texto, que se puede leer completo en https://www.telesurtv.net/opinion/Putin-no-vamos-a-repetir-el-error-de-1939-con-los-nazis-20220224-0004.html.

El ex comediante Vladimir Zelensky, integrante de la comunidad judía que sobrevivió al nazismo, sería presunto instrumento de los intereses nazi-fascistas, según el líder ruso, que obvia la contradicción. “Desde entonces han ido organizándose y creciendo al amparo del Gobierno los grupos nazis, que no solo reivindican a personajes como Stepan Bandera, un colaborador de los invasores alemanes, sino que incluyen batallones militares, fuertemente armados, integrados a las fuerzas de defensa del país. El mandatario insistió en que, aparte de erradicar todo aquello, no se propone ocupar ni anexar el territorio de Ucrania. El presidente ruso fue tajante en su discurso, que no por azar fue emitido simultáneamente con la reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en Nueva York, convocado por Ucrania: enfrentado a un peligro ‘existencial’, Rusia no cometería el error de la Unión Soviética en 1939, de intentar apaciguar al agresor mediante concesiones”.

Es decir, el pacto germanosoviético de no agresión, llamado Molotov-Ribbentrop, no fue un acuerdo oportunista del régimen estalinista para hacerse de la mitad de Polonia y atacar Finlandia sin ser molestado por los nazis, sino un intento de apaciguamiento.

“Al reconocer a las repúblicas populares autoproclamadas de la región del Donbass, Rusia prácticamente repitió lo que había hecho en Crimea en 2015, algo que parecía tan lógico y sin embargo igual sorprendió a los líderes occidentales, que al parecer no logran pensar más allá de sus deseos. Como eso no bastó para detener los ataques ucranianos contra la región suroriental rebelde, ni tampoco para disuadir a los dirigentes ucranianos de repensar sus ideas de ingresar a la coalición antirrusa de la OTAN, vino esta ofensiva que -pese a que ellos mismos la anunciaron- tomo por sorpresa a los diplomáticos occidentales”, justifica el redactor del texto, Alejandro Kirk.

El embajador ruso ante la ONU, Vasily Nebenzia, dijo ante los azorados miembros del Consejo de Seguridad: “Rusia no está agrediendo al pueblo ucraniano, sino al régimen gobernante”. Y Putin, en el mensaje a la nación previo a la movilización, continuó: “lo que está en juego es la propia existencia de Rusia, que no puede coexistir con la el chantaje constante de un vecino hostil asociado a la OTAN”. Por supuesto, ninguna palabra de la política sistemática de agresión del coloso ruso, que ya se ha adjudicado territorios de Ucrania. En la propaganda del líder ruso, se trata de acciones preventivas a favor del pueblo de su vecino.

“Según Putin, a Rusia la dejaron sin más opción que protegerse o claudicar, y apeló también al patriotismo de los ucranianos, recordándoles que su padres y abuelos lucharon heroicamente en el marco de la URSS para derrotar al invasor alemán. Como se ha visto desde siempre, a la inmensa bandada de loros de los medios internacionales y locales – y sus periodistas y analistas- nada de lo anterior les importa, si acaso lo conocen, porque no pasan más allá de la voz del amo: la culpa de todo es, naturalmente, del ogro Putin”, remata el redactor.

Personas abandonan Kiev.

¿Tiene algo de verdad la propaganda rusa sobre el régimen de Ucrania? Pilar Bonnet, veterana corresponsal de El País en la región, publicó un interesante perfil del presidente judío Volodímir Zelenski, “…es un peligro para la jerarquía política rusa y los secesionistas prorruso. Y lo es porque no encaja en los despreciativos estereotipos acuñados por el Kremlin y sus allegados para legitimar sus ataques a Kiev. En las pocas semanas que lleva en el cargo, el nuevo presidente ha comenzado a desactivar —de momento con gestos y palabras— la propaganda rusa, que estaba programada para responder al estilo cada vez más exacerbado de Petró Poroshenko, quien como jefe del Estado desde 2014 se mostró débil con los nacionalistas radicales de su país”, señalaba la periodista en un texto de junio de 2019 (https://elpais.com/internacional/2019/06/04/las_atalayas/1559642459_874665.html).

“De transformarse en realidad práctica, el capital de ‘esperanza’ que los ucranianos depositaron en Zelenski es corrosivo para el modelo político ruso y además propaga un mensaje en el espacio postsoviético, donde hoy muchos miran hacia Zelenski como un ejemplo de la llegada al poder de nuevas generaciones libres de los traumas de la URSS. Una Ucrania moderna, democrática, que gane terreno a la corrupción y se muestre tolerante en relación a los distintos grupos lingüísticos y culturales que la integran, privaría de argumentos al Kremlin para justificar su política imperial”, añade.

En ese año, los ucranianos nacionalistas derribaron el busto del mariscal Giorgi Zhukov, héroe soviético de la Segunda Guerra Mundial, en Járkov. “Por medio de su portavoz de prensa, Zelenski consideró que el suceso era el producto de ‘la irreflexiva política histórico cultural’ de su antecesor, solicitó a la policía y a la Fiscalía del Estado que calificaran jurídicamente lo ocurrido y pidió al alcalde de Járkov que abriera un debate con los habitantes de la ciudad y que se implicara en el caso. A los representantes rusos, les conminó a no inmiscuirse en los asuntos internos de Ucrania”, remata la corresponsal.

Estos dos textos reflejan la disputa que se dará en los medios y en las redes sociales. La propaganda rusa, empeñada en descalificar a la prensa occidental de lo que hacen mejor sus medios: un ejercicio de propaganda eficaz para imponer la visión de ser la víctima que se defiende, y al mismo tiempo, señalar que el estado nacional ucraniano no tiene ningún fundamento histórico, y Kiev es una ciudad rusa (https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-60472489). Imposible no recordar la anécdota de un colega periodista que en Ciudad de México quiso conquistar a un grupo de espectaculares modelos rubias, oriundas de Kiev. “Les dije que adoraba a Lenin y que estaba con los comunistas, y me voltearon la cara”, me dijo entre risas. ¿Seguirá en la memoria de los modernos ucranianos la presencia del temible Holodomor, la hambrina genocida que cobró cinco millones de vidas por decisión del padrecito Stalin, el héroe de la oposición a los nazis, y que revela claramente el tipo de relación impuesta por el Kremlin en 70 años de comunismo? (infaltable en este debate el libro de la gran Anne Applebaum, Hambruna roja, la guerra de Stalin contra Ucrania, Debate, 2019).

De manera que si Putin apela a la Segunda Guerra Mundial para justificar su ataque a Ucrania, será sano tomar el guante y recordar, efectivamente, que en ese suceso traumático que dio origen al mundo moderno, no debe ser olvidado, no solamente por el vergonzoso pacto entre comunistas y nazis, sino la claudicación de las democracias occidentales en Munich, septiembre de 1938, en que se le permitió a Hitler destruir Checoslovaquia para calmar su sed imperial y su resentimiento.

Imposible no rematar con las inolvidables palabras del parlamentario británico que después emergería como premier y líder de la resistencia contra los nazis en Europa, Winston Churchill: “Pudieron escoger entre la vergüenza y la guerra. Han optado por la vergüenza… tendrán la guerra”.

¿HAY QUE SER PESIMISTAS?

“¿La humanidad nunca aprendió?”, se preguntan muchos cibernautas mexicanos de Twitter ante el temor por la escalada militar rusa. Y aunque un momento emocional no ayuda, la respuesta debe ser, necesariamente: “sí aprendió”.

Dice Steven Pinker en su indispensable En defensa de la ilustración (Paidós, 2018) “durante la mayor parte de la historia humana, la guerra fue pasatiempo natural de los gobiernos y la paz una mera pausa entre guerras […] las guerras entre las grandes potencias, incluidas las guerras mundiales, constituyen las formas más intensas de destrucción jamás ideadas por nuestra lamentable especie, y son responsables de la mayoría de las víctimas de todas las guerras juntas […] pero hoy en día nunca están en guerra: la última enfrentó a Estados Unidos contra China en Corea hace más de 60 años…”.

Así, “el abrupto declive de la guerra oculta dos tendencias que hasta fechas recientes iban opuestas. Durante 450 años, las guerras en las que participaba una gran potencia se fueron haciendo más breves y menos frecuentes. Pero cuanto mejor dirigidos, adiestrados y armados estaban sus ejércitos, las guerras se convertían en más letales, hasta culminar en las breves, pero increíblememnte destructivas, guerras mundiales. Solo después de la Segunda Guerra Mundial estas tres medidas de la guerra (frecuencia, duración y letalidad) descendieron conjuntamente, y el mundo ingresó en el periodo que se ha dado en llamar la larga paz”.

La guerra, añade Pinker, en el sentido clásico “parece estar quedando obsoleta”. Y remata: “No ha habido más de tres en ningún año desde 1945, ninguna en la mayoría de los años desde 1989 y ninguna desde la invasión de Irak dirigida por Estados Unidos en 2003, el periodo más largo sin guerra interestatal desde el final de la segunda Guerra Mundial (lógicamente interrumpida por la invasión rusa a Ucrania en febrero de 2022)”.

Pitin, presidente de Rusia.

Y para dejarlo claro de forma contundente: “en sus peores momentos, en la Segunda Guerra Mundial se produjeron casi 300 muertes en combate por cada 100 mil habitantes al año […] en los años de la posguerra, el índice de muertes describió un descenso de montaña rusa, con su cima en 22 durante la guerra de Corea, nueve en la guerra de Vietnam a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, y cinco durante la guerra entre Irak e Irán a mediados de los ochenta, antes de arrastrarse al ras del suelo a menos de 0.5 muertes por cada 100 mil habitantes entre 2001 y 2011. Subió hasta 1.5 en 2014 y ha bajado a 1.2 en 2016, el año más reciente para el que disponemos de datos”.

¿Por qué este dramático descenso de 98 por ciento entre 1945 y 2016? Seguramente por la nueva geopolítica de la gestión del conflicto. La vilipendiada ONU ha sido en realidad un modelo altamente eficaz para reducir las tensiones y ha hecho caer en las cloacas de la historia el prestigio de la guerra y del imperialismo. También tiene mucho que ver la mundialización del comercio y en general, la globalización, incluida la de los derechos humanos. Y el sentido común: los odiadores de Estados Unidos, por ejemplo, aseguran que las guerras son su gran negocio. El desastre de Irak y su costo al contribuyente estadounidense lo desmiente (sin olvidar la tendencia aislacionista que desde siempre ha dominado a las mayorías en el gigante americano). Pero además, la estadística es contundente: ese país crece en tiempos de paz mucho más que en épocas de guerra.

El ataque ruso a una nación soberana no puede ser considerado un caso menor, pero es difícil que escale en una conflagración mundial. Putin apela al miedo nuclear para mantener a occidente como testigo mudo, como ha pasado en otras expediciones de conquista de su largo mandato, caso de Chechenia, con crímenes de guerra que jamás fueron juzgados. Pero su desafío pone en riesgo un orden internacional que ha sido demasiado exitoso no obstante sus múltiples fracasos. La condena de la guerra y de las expansiones imperiales es parte del ADN de las generaciones humanas actuales. Cuidemos que eso no cambie, y si bien, será complejo alcanzar la paz completa, no podemos perder de vista que vivimos aún en el mejor periodo de la historia para las personas comunes, esas que son víctimas anónimas en las brutales guerras imperiales. 

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara