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2021-10-21
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AMLO no busca resolver nuestro problema del agua

EL PRESIDENTE VA A JUGAR AL ECOLOGISTA Y AL DEFENSOR DE LOS DÉBILES DONDE LE CONVENGA, ES DECIR, DONDE NO LE IMPORTE ECHAR A PIQUE PROYECTOS AJENOS, ASÍ SEAN COSTOSOS…

«Es grato, al tiempo que los vientos en mar abierto revuelven las aguas, contemplar desde tierra el esfuerzo de otro, no porque haya gusto y alegría en que alguien sufra, sino porque es grato ver de qué males uno se libra».

—Lucrecio, Rerum natura (De la naturaleza de las cosas).

Las visitas recientes a Los Altos de Jalisco por el presidente Andrés Manuel López Obrador, permiten ilustrar con claridad no solo los límites de su forma de hacer política, de fijar sus objetivos políticos y de su misma visión del poder, sino también, exhibir algunas taras domésticas, muy de nuestra clase política e intelectual, un tanto sesgadas a la miopía voluntaria, al afán de autoengaño, o como dicen los jóvenes, de no ver la película completa. Estas van desde la abierta felicidad y gozo por el evidente fracaso del imprudente e impulsivo gobernador Enrique Alfaro Ramírez en resolver el tema del agua (habida cuenta del alto costo político que con toda justicia ya paga por sus espectaculares cambios de discurso y de apoyo a grupos de interés), hasta ponderar el formidable oficio del «primer magistrado de la nación» (Era Priista dixit, ¡no!, vociferatum, -en coro -, desde Calles hasta Salinas) para resolver un problema que parecía insoluble.

Dejemos de mentirnos: el presidente viene a una puesta en escena para enterrar un proyecto que no es suyo, y que de paso le permite recuperar algunos puntos ante el activismo ambiental y social que sus políticas prioritarias tanto pisotean en sitios como Morelos, Veracruz y la península de Yucatán, donde están sus apuestas en infraestructura.  El presidente va a jugar al ecologista y al defensor de los débiles donde le convenga, es decir, donde no le importe echar a pique proyectos ajenos, así sean costosos. El tema es que eso demuestra solamente una alta dosis de oportunismo. No asoma una verdadera política de Estado, ¿o los activistas contra las termoeléctricas, contra las refinerías y contra los trenes mayas pueden ser traidores a la cuarta transformación, y mentir sobre el daño ambiental y social de esas obras, mientras los que se oponen a proyectos de infraestructura público-privados o a inversiones extranjeras, tienen de entrada la razón?

No nos confundamos: una política ambiental y de justicia social congruente implicaría no hacer distinciones. Efectivamente, no se puede escatimar el crédito a los habitantes de los pueblos de Temacapulín, Acasico y Palmarejo, que han debido enfrentar en extrema desigualdad las andanadas de un proyecto defectuosamente sustentado, mínimamente consensuado y que se ha querido imponer desde las esferas de poder federal y estatal para condenarlos a la migración. No es menor el valioso apoyo de sus asesores, sobre todo, el Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario, una ONG que en otros sitios del país, para hablar en congruencia, sería perseguida por la administración federal si defendiera poblaciones de los proyectos estelares de la 4T. También se debe reconocer la congruencia y la persistencia del incómodo Observatorio Ciudadano para La gestión Integral del Agua en Jalisco, un organismo que busca que el agua de la cuenca deficitaria que es el río Verde, debe quedarse para esa región, donde además de albergar cerca de un millón de habitantes, se tienen los negocios ganaderos más valiosos social y económicamente del país. Es decir, hay riesgo real de afectar vida y economía de quienes que le aportan a México más riqueza que varios estados de la república.

Pero tampoco podemos convertir en principios innegociables lo que es solo ideología: el agua es un bien nacional y está bien que lo sea, pues es un recurso que no está distribuido de forma equitativa en el territorio nacional. Sin políticas nacionales, es imposible generar compensaciones de unas regiones a otras. También es bueno reconocer que las regiones más prósperas están enclavadas en territorios cuya escasez del recurso aumenta tan rápido como su economía. Y deberíamos comprender que el verdadero espíritu del federalismo, consiste en que las regiones prósperas ayuden a las regiones miserables.

Una vez aceptado esto, debemos reconocer que ha pasado la era de la gran infraestructura como una política general aceptable de Estado en el tema. Es decir, las soluciones de la planeación en la era del cambio climático exigen bases autosostenibles, sujetas en lo posible a los propios territorios, lo que en el tema del agua conduce a mejorar sustancialmente el uso del agua, a reutilizar las aguas de segunda y tratarlas para reincorporarlas al sistema, y a tomar las decisiones pertinentes para que el ciclo del agua sea recuperado, pues eso garantiza agua disponible en el mismo territorio y minimiza riesgos para la población, como cada vez son más frecuentes  en nuestra ciudad por la forma absurda en que seguimos creciendo. Esto obligaría a ciudadanizar efectivamente el sector agua. Pero las propuestas que quitan el control al gobierno de la república, como es obvio en un gobierno centralista y estatista, no pasará, si de Morena depende.

Plaza principal de Temacapulín, donde los habitantes recibieron al presidente de la república.

También implica tener sentido común. La infraestructura existente para abastecimiento, conducción y saneamiento debe ser conservada y debidamente aprovechada. Y se deben dejar de lado los planteamientos irracionales como traer el agua cada vez de más lejos mientras un sitio privilegiado como es el lago de Chapala está a 45 kilómetros, y debería tender a mantener como prioridad los usos ambiental, pesquero y de abastecimiento humano, y limitar la irrigación, como la mejor fórmula para garantizar que su recuperación -que ya es real en volumen, si bien no suficiente, por los acuerdos de distribución acordados hace quince años – se consolide con un aliado político tan importante como es Guadalajara, mientras la metrópolis, que genera entre 4 y 5 por ciento del PIB nacional, mantiene al lago como su fuente de agua segura.

Hay muchas ideas, pero el error del gobierno de Alfaro fue obstinarse en El Zapotillo como posibilidad real para resolver el abastecimiento de la ciudad. Bajo esa premisa, le dio la espalda a sus aliados políticos alteños. Luego, cuando el presidente le prometió apoyo, le dio la espalda a su aliado alterno, Guanajuato. Ya al final, el presidente le demostró que no le iba a ayudar a resolver el tema. Alfaro merece pagar el costo político; la reacción de repudio en su contra que le obsequiaron en Temaca es la puede esperar cualquier político preso de tantas veleidades. Acusar a sus adversario políticos de orquestarla es faltar a la verdad, y una nula voluntad de autocrítica. 

Lo más increíble es que si el gobernador se hubiera conducido con sentido común, debía haber entendido la naturaleza del animal político (zoon politikon) que gobierna al país. Había quedado claro desde el principio, que López Obrador no apoyaría proyectos importantes en Jalisco, salvo los propios. El mandatario estatal pudo gestionar dineros para terminar la inconclusa derivadora de El Purgatorio, donde hay garantía de tres mil litros por segundo de agua desde el río Verde, y donde los acuerdos con la CFE para dotar de agua a su planta de Aguaprieta habrían miminizado el impacto de la tarifa eléctrica en el bombeo. También debió preocuparse por recuperar, mediante compra o compensación, agua concesionada a la agricultura desde el lago de Chapala, y por empujar la construcción de la segunda línea del acueducto Chapala-Guadalajara, para evitar el riesgo de colapso de la línea existente, cuya vida estimada de 25 años de operaciones ya está rebasada. Y tenía también la oportunidad de detonar el aprovechamiento de las aguas tratadas en El Ahogado, cuya excelente calidad secundaria se vierte al río Santiago y se le mezclan con miles de litros por segundo de aguas crudas. Gastar en saneamiento le ha cambiado muy poco la vida a cientos de miles de habitantes contiguos al gran río.

«DEJEMOS DE MENTIRNOS: EL PRESIDENTE VIENE A UNA PUESTA EN ESCENA PARA ENTERRAR UN PROYECTO QUE NO ES SUYO, Y QUE DE PASO LE PERMITE RECUPERAR ALGUNOS PUNTOS ANTE EL ACTIVISMO AMBIENTAL Y SOCIAL QUE SUS POLÍTICAS PRIORITARIAS TANTO PISOTEAN EN SITIOS…»

Y al interior del la ciudad, la decadencia propiciada al SIAPA a partir de su gobierno municipal en Guadalajara (en 2016 exigió detener los incrementos de tarifa porque era un compromiso de campaña; luego se molestan si les dices que eso es el populismo que ha condenado a las empresas mexicanas de agua a ser la vergüenza entre los servicios públicos)  es algo que la sociedad le deberá cobrar. El organismo caminaba a generar sus ingresos basados en tarifas reales, eliminación de subsidios cruzados e integración de todas las fuentes metropolitanas en un solo sistema. Ahora sobrevive con presupuesto insuficiente y escasez de cuadros técnicos. El agua de color cobre que sale cotidianamente en muchas de las casas de la metrópolis es el retrato nítido de su postración.

En consecuencia, no es como para llamar a la felicidad y el gozo el fracaso de Enrique Alfaro, por más que su soberbia y su frivolidad entonen un “te lo mereces” bien ganado. Porque, damas y caballeros, disipemos las esperanzas: el gobierno de López Obrador no tiene el menor interés en atender el problema del agua de Jalisco y Guanajuato. Son administraciones de grupos políticos que llama “adversarios”; encabezan estados con el más alto desarrollo económico y social del país, y por ende, en la lógica del tabasqueño, no merecen su cobijo protector, aunque acá también haya pobres y desamparados. Un apunte que buena parte de la izquierda de esta región, nublada ideológicamente por las promesas de igualdad del presidente evangelista, va a tener que considerar en poco tiempo, sobre todo, si el mandatario se sale con la suya en la reforma eléctrica propuesta al Congreso de la Unión: al recuperar su monopolio, la Comisión Federal de Electricidad va a retomar proyectos hidroeléctricos y posiblemente geotérmicos, pues pretende recuperar su viejo monopolio en generación. Allí, los habitantes de Jalisco y Nayarit, por hablar de los territorios más inmediatos a nuestra realidad, verán la diferencia de trato. No serán capitalistas privados o proyectos locales de infraestructura, sino “el mayor interés de la nación”, por la “soberanía energética”. Entonces se sentirán morelenses, veracruzanos, tabasqueños, campechanos o quintanarroenses, acusados de servir intereses ajenos a la grandeza de México. Esa es la verdadera prioridad presidencial. 

Lo he dicho insistentemente: quienes más pierden con el gobierno pretendidamente de izquierda que encabeza López Obrador, son precisamente los simpatizantes de la izquierda. Porque no es un gobierno de izquierda, aunque tiene algunos elementos decorativos, muy eficaces para sorprender a los ingenuos y a los aferrados ideológicamente en la idea de que, sea tan malo como sea, es mejor un presidente que expresa amor por los pobres a un liberalismo frío, desigual y más o menos eficaz. ¿Habrá una posibilidad de una auténtica opción de izquierda liberal y democrática después de AMLO, o nos enquistaremos en este estatismo bananero que, como en toda América Latina, es eficaz fábrica de pobreza, eso sí, casi igualitaria? Quienes cofraternizan con el discurso presidencial, voltean la vista ante sus abusos, sus contradicciones y su innegable autoritarismo, e incluso le lavan la cara a pretexto de sus buenas intenciones o de un falso equilibrio editorial que obliga a conceder unas y a criticar otras (como si la verdad fuera cuestión de concesiones a la geometría), deberán también rendir cuentas de esta complicidad voluntaria.

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara