15 49.0138 8.38624 arrow 0 bullet 1 6000 1 0 horizontal https://elrespetable.com 300 0 1
theme-sticky-logo-alt
Please assign a Header Menu.
2021-09-23
1015 Views

La historia de bronce, el triunfo de una falsificación

ES IMPORTANTE DIFERENCIAR DOS TIPOS DE HISTORIA: LA HISTORIA COMO IDEOLOGÍA Y LA HUMILDE HISTORIA CONSTRUIDA POR LOS HOMBRES DE CIENCIA EMPEÑADOS EN DESCUBRIR LA VERDAD...

“La primera de las fuerzas que dirigen al mundo es la mentira. […] La impotencia de la información para iluminar la acción, o, incluso, simplemente la convicción, sería una desgracia banal si no fuera consecuencia, más que de la censura, de la hipocresía y de la mentira […]. Según las leyes que gobiernan a la mezcla de palabras, de apegos, de odios y de temores que llamamos opinión, un hecho no es real ni irreal: es deseable o indeseable…”.

Jean Francois Revel. El conocimiento inútil

Entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México.

Se alcanzan esta semana 200 años de la consumación de las independencias de México y América Central, que conformaron la primera unidad política separada de España en América del Norte, en el extenso más de cinco millones de kilómetros cuadrados de al menos siete países actuales – efímero y muy vilipendiado imperio que encabezó el actor principal de ese drama, el ex coronel realista Agustín de Iturbide.

La historia oficial que ha prevalecido en el relato mexicano condena al consumador al fuego eterno, pero curiosamente, no se puede evitar su nombre, ya que los famosos Tratados de Córdoba, el primer reconocimiento de la emancipación por parte de las autoridades españolas, firmados en la hermosa ciudad veracruzana contigua al Pico de Orizaba, llevan estampada su firma y la del último virrey, Don Juan O’Donojú. La etapa de la consumación fue casi incruenta; al llamado de Iturbide, los insurgentes, especialmente Vicente Guerrero, depusieron armas y respaldaron el proceso con todo reconocimiento a su liderazgo. El nombre de Iturbide, como el de un buen puñado de participantes en once años de las llamadas guerras de independencia,  estuvo en letras de oro en el Congreso de la Unión hasta que un siglo después, un Álvaro Obregón con ánimo justiciero y una lectura histórica ya acusadamente inclinada por la persistente propaganda de la historia de bronce, lo borró, bajo la premisa de que la suya era una independencia, sino falsa, sí simulada: construida para mantener a la vieja élite en sus privilegios coloniales, y no la búsqueda genuina de la libertad y la justicia para el pueblo.

Un juicio a posteriori, excesivo: en realidad, todas las “independencias” de la América Española fueron consumadas por al menos una parte de las élites criollas, y todas mantuvieron el statu quo. “¡Por favor, carajos, déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media!”, grita irritado desde El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez, el más mítico de los libertadores, Simón Bolívar. Solo que Bolívar, quien como buen comandante en una guerra civil tiene en su haber episodios realmente brutales donde pudo exhibir una crueldad que hace palidecer al emperador mexicano en su etapa realista, a lo largo de su lucha por Nueva Granada, Venezuela y el Perú, mantiene su calidad de héroe intocable, objeto de disputa entre esa extraña revolución no revolucionaria que es la “bolivariana” de Hugo Chávez -alguna vez general golpista, y quien murió denunciando golpismo de sus oponentes, que se atrevían a exigir elecciones libres  y a mantener un ejercicio de libertad de crítica al populismo de su gobierno -, y los gobiernos liberales que quedan en América del Sur.

La realidad es que nadie se pelea por Iturbide en México. El triunfo del mito nacionalista, donde cumple un papel demonizado, es completo. El coronel comparte el melancólico destino de otros personajes que la revolución liberal de 1857, y posteriormente la revolución social de 1910,  condenaron por haberse opuesto -dice el relato – al irresistible progreso, la libertad y el ascenso del “pueblo”. Allí están, por el crimen de haber sido opositores a esas dos generaciones políticas triunfantes, “reaccionarios y conservadores” como el ilustrado Lucas Alamán, el aburrido dictador  Antonio López de Santa Anna, el aguerrido conservador Miguel Miramón, el usurpador de ideas muy liberales Maximiliano de Habsburgo, el propio Iturbide y el general liberal Porfirio Díaz Mori, continuador de la obra de Benito Juárez García que, a diferencia de éste, cometió el delito de no morirse a tiempo. Solo una muestra de que el viejo adagio de que “la historia la escriben los vencedores” tiene que ver más con los mitos arquetípicos con que los movimientos políticos triunfadores se justifican, que con un recuento sobrio y honrado de los hechos. La historia en minúscula, como ciencia y como crítica, afortunadamente ha permitido a los buscadores de buena fe, al menos desenmascarar esta impostura, que prevalece en la idea borrosa de nuestra historia que tienen los mexicanos promedio.

Agustín de Iturbide.

Hay que decirlo: México, como nación, no existió ni siquiera cuando las campanas de la magnífica ciudad de México recibieron con alborozo al ejército trigarante, el 27 de septiembre de 1821. Como todos los estados-nación, es una construcción posterior, ideológica. Y una construcción política de esa ambición, requería de un relato fundacional donde la verdad no es lo más importante, sino el claro, sencillo y transparente cuento de que nuestra historia nacional se hunde en la historia anterior a la llegada de los españoles, de forma privilegiada en el imperio mexica, aunque en su máxima extensión no alcanzó ni 10 por ciento del México actual y no tuvo el alcance cultural que a la postre significó la vertebración de la Nueva España como entidad política. Es inevitable mentir cuando se remonta tan lejos una ambición de totalidad.

La primera víctima de esta mentira es la era virreinal. Hay que señalar que desde el siglo XVI, tiempo en que los reinos de la península ibérica -que no España, entidad que también no existió sino en el romántico pero mentiroso siglo XIX – se constituyeron, bajo la corona de los Habsburgo, en primer potencia europea y primer imperio históricamente global, debieron afrontar lo que hoy se llama “leyenda negra”: la incesante propaganda desde las imprentas de Holanda, Francia o Gran Bretaña para desprestigiar a un modelo civilizatorio con el que competían en clara inferioridad. Desde Flandes y los Países Bajos hasta Las Filipinas, los dominios del rey constituyen lo que se denominó Monarquía Católica, una poderosa empresa política y cultural que, según han documentado los historiadores Carmen Bernard, Serge Gruzinski, David Brading, Jaques Lafaye, Hugh Thomas, John Eliott o Henry Kamen, entre muchos historiadores más, fue una verdadera “modernidad alternativa”. Los mitos sobre la miseria y explotación de la experiencia americana se consolidan, al exagerar procesos reales y desafortunados de destrucción y abuso, mientras solo se ve de lado el exterminio real y casi completo de las culturas indias en la América inglesa. Lo cierto es que la Ciudad de México llega en el siglo XVIII a ser una de las ciudades más importantes del mundo, con una magnificencia barroca que no tenían ni Madrid, ni Sevilla ni Barcelona, y que el llamado a posteriori “mundo colonial” de la América hispana es en muchos aspectos uno de los centros de la economía mundial (en El Bajío, por ejemplo, el historiador John Tutino ha visto uno de los semilleros del capitalismo moderno… frustrado por la debacle económica y cultural de la Nueva España en su violenta separación política. Creando un nuevo mundo, los orígenes del capitalismo en El Bajío y la Norteamérica española; FCE, 2016) .

PERO LAS ÉLITES CRIOLLAS NECESITABAN EL RELATO FUNDACIONAL DE VÍCTIMAS PARA ESTABLECER LA LEGITIMIDAD DE LOS PAÍSES NUEVOS.

Y se inventaron la oscuridad del periodo virreinal y la maldad congénita del proyecto civilizatorio castellano. Hay otro libro básico, Elegía criolla; una reinterpretación de las guerras de independencia hispanoamericanas, de Tomás Pérez Vejo (Crítica, 2019), arroja luces. “Los procesos de nacionalización llevados a cabo en los dos últimos siglos han hecho que nos resulte extremadamente difícil imaginar un mundo en el que naciones y nacionalismos carecían de cualquier densidad política. Esta fue, sin embargo, la situación durante la mayor parte de la historia de la humanidad, justo precisamente hasta esas décadas cruciales de principios del siglo XIX, cuando la nación se convirtió en lo que nunca había sido: la forma única y excluyente de legitimación del ejercicio del poder”. Y tan así fue, que todos los manifiestos de la independencia no hablan sino de su calidad de súbditos del rey, se hacen en su nombre y se le ofrece la corona al ser consumadas (el grito de Dolores, la Constitución de Apatzingan, y la propuesta a Fernado VII para que encabece el imperio mexicano, ilustran eso desde “libertadores a “reaccionarios”).    

Pero el relato de la opresión española se sostiene mal: las guerras de independencia fueron en realidad guerras civiles en un mundo donde no había españoles peninsulares; los actores de los dos bandos eran criollos, mestizos, mulatos e indios americanos, y como toda guerra civil, con altas dosis de violencia y corrupción. Es justo el relato de las villanías de Iturbide durante su ejercicio como comandante realista, lo sustenta el intelectual más prominente de la primera mitad del siglo XIX, Lucas Alamán. Pero lo que es tramposo es ignorar la villanía del otro bando: Hidalgo manda matar españoles sin ton ni son en su cruento recorrido entre El Bajío y Guadalajara, y las matanzas gratuitas ordenadas por Simón Bolívar mancharán para siempre su expediente de héroe. Es inevitable pensar que los verdaderos crímenes de Iturbide no tiene relación con los hechos, sino con los símbolos: su modelo político centralista e imperial se opone al que a la postre triunfó.

Entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México.

Así, la historia de la independencia que aprendimos en la educación básica mexicana es básicamente el triunfo de un relato falsificado que fue necesario para comenzar los procesos de construcción nacional, que se llevaron, con muchos dolores y violencias, todo el siglo XIX. Ni el presidente Andrés Manuel López Obrador ni extremistas de derecha como el partido VOX dicen la verdad cuando señalan, el primero, la necesidad de que España ofrezca perdón por la desastrosa conquista (los descendientes de los conquistadores están en México y no en la península; la conquista fue en 90 por ciento obra de pueblos indios opuestos al imperialismo mexica, y la conservación de viejas identidades fue posible porque la Monarquía Católica se lo impuso como tarea), los segundos, que se debe agradecer a España la iluminación que trajo sobre la barbarie (pues ni España existía, y la Monarquía Católica siempre reconoció la realidad de las civilizaciones encontradas en América y los derechos de los indios, y debatió la legitimidad de la conquista. Las Leyes de Indias, recuperadas por la revolución mexicana en el tema agrario, lo demuestran palpablemente). Lo que tuvimos en América fue la aplicación de un poderoso proyecto civilizatorio que se hizo propio, diferente a la España europea, y es la esencia de nuestra cultura moderna, reflejada en la universalidad de la lengua española, y en la cultura común compartida entre Los Ángeles, al norte, y la Patagonia, al sur.

Es importante diferenciar, entonces, dos tipos de historia: la historia como ideología, como un relato que justifica la construcción de hegemonías imperiales o nacionalistas, un relato interesado que ineludiblemente falsifica la realidad, y la humilde historia construida por los hombres de ciencia empeñados en descubrir la verdad, que dicho sea de paso, es como el diablo: está en los matices. Ambos tipos de historia siempre han coexistido, y la tarea del verdadero historiador es cernir la cizaña del trigo en tantos documentos de propaganda que se han emitido en la historia del mundo.

Así, la discusión de sordos VOX-AMLO es un falso debate. Son el enfrentamiento de dos ficciones cuyos huecos de contradicciones los llenan las mentiras. Demuestra que la política siempre es ficción. También, que no se trata de levantar nuevas estatuas o derribar las existentes, sino de hacer un honrado examen del pasado, y por fin, como países y como sociedades, madurar. Que es dejar de culpar a los otros de las propias taras.

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara