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2021-07-15
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Las venas abiertas de América Latina

LAS TROPELÍAS POLÍTICAS SUCEDEN AL MARGEN DE LOS COLORES, DE ACUERDO A LO QUE SE ILUSTRA EN EL LIBRO 'POR QUÉ FRACASAN LOS PAÍSES'

“Para los latinoamericanos constituye un escándalo insoportable que un puñado de anglosajones, llegados al hemisferio mucho después que los españoles y en un clima tan crudo, que poco faltó para que ninguno de ellos sobreviviese a los primeros inviernos, hayan llegado a ser la primera potencia del mundo. Sería necesario un impensable autoanálisis colectivo para que los latinoamericanos pudieran mirar de frente las causas de ese contraste. Por eso, aún sabiendo que es falso, todos los dirigentes políticos, todos los intelectuales latinoamericanos están obligados a decir que todos nuestros males encuentran explicación en el imperialismo norteamericano”.

 

Carlos Rangel, Del buen salvaje al buen revolucionario. 1976.

 

 

Julio de 2021, Cuba sale a la calle: quiere recuperar las libertades del ciudadano de a pie, además de cosas tan básicas como la posibilidad de comer tres veces al día. Pero buena parte de la intelligentsia latinoamericana, aquella que con la emergencia de los nuevos viejos caudillos de siempre, tipo Andrés Manuel López Obrador o Alberto Fernández, parece haber superado la larga depresión post caída del muro de Berlín y del final de la larga utopía del socialismo real, devenido en Gulag y Pol Pot, reacciona con acritud: son agentes del imperialismo yanqui, es la CIA la que está detrás de ese inexplicable reclamo de derechos (que jamás concebirían como falta aceptable en sus propias sociedades), es propaganda de la derecha hablar de los carencias materiales y el estado policíaco que ya se hizo viejo en la Isla Bella… este “debate”, que sería inexplicable para los verdaderos demócratas, termina como algo aleccionador: parte importante de América Latina sigue empeñada en perseguir sueños y quimeras siempre que partan de un bello discurso de igualdad y justicia para los desfavorecidos.

Es como la historia del machista golpeador que te jura amor cada anochecer para reparar los golpes de la víspera. No es amor por la verdad, no es respeto por los hechos, no es tampoco el malvado cínico consciente de su ventaja (sin más: un fascista), sino el Doctor Jekyll que disculpa las tropelías enajenadas de Mr. Hyde, precio inevitable de la “revolución”, sea lo que signifique a estas alturas esa rimbombante palabra… es el “carajo, déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media” del general Bolívar en la versión de Gabriel García Márquez.

Y a propósito, cómo no citar in extenso, el discurso del premio Nobel colombiano del año 1999, en el Foro América Latina y el Caribe frente al Nuevo Milenio.

“El escritor italiano Giovanni Papini enfureció a nuestros abuelos en los años cuarenta con una frase envenenada: ‘América está hecha con los desperdicios de Europa’. Hoy no solo tenemos razones para sospechar que es cierto, sino algo más triste: que la culpa es nuestra. Simón Bolívar lo había previsto, y quiso crearnos la conciencia de una identidad propia en una línea genial de su Carta de Jamaica: ‘Somos un pequeño género humano’. Soñaba, y así lo dijo, con que fuéramos la patria más grande, más poderosa y unida de la tierra. Al final de sus días, mortificado por una deuda de los ingleses que todavía no acabamos de pagar, y atormentado por los franceses que trataban de venderle los últimos trastos de su revolución, le suplicó exasperado: ‘Déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media’.

“Terminamos por ser un laboratorio de ilusiones fallidas. Nuestra virtud mayor es la creatividad, y sin embargo no hemos hecho mucho más que vivir de doctrinas recalentadas y guerras ajenas, herederos de un Cristóbal Colón desventurado que nos encontró por casualidad cuando andaba buscando las Indias.

“Hasta hace pocos años era más fácil conocernos entre nosotros desde el Barrio Latino de París que desde cualquiera de nuestros países. En los cafetines de Saint Germain de Prés intercambiábamos serenatas de Chapultepec por ventarrones de Comodoro Rivadavia, caldillos de congrio de Pablo Neruda por atardeceres del Caribe, añoranzas de un mundo idílico y remoto donde habíamos nacido sin preguntarnos siquiera quiénes éramos. Hoy, ya lo vemos, nadie se ha sorprendido de que hayamos tenido que atravesar el vasto Atlántico para encontrarnos en París con nosotros mismos.

“A ustedes, soñadores con menos de cuarenta años, les corresponde la tarea histórica de componer estos entuertos descomunales. Recuerden que las cosas de este mundo, desde los transplantes de corazón hasta los cuartetos de Beethoven estuvieron en la mente de sus creadores antes de estar en la realidad. No esperen nada de siglo XXI, que es el siglo XXI el que los espera todo de ustedes. Un siglo que no viene hecho de fábrica sino listo para ser forjado por ustedes a nuestra imagen y semejanza, y que solo será tan glorioso y nuestro como ustedes sean capaces de imaginarlo” (en https://fundaciongabo.org/es/recursos/discursos/discurso-de-gabriel-garcia-marquez-en-el-foro-america-latina-y-el-caribe-frente).

Demasiado optimistas las esperanzas del eximio narrador de caciques y generalotes, él mismo encantado por algunos dictadores, en especial, Fidel Castro, el amo de Cuba cuya tutela solo dejó con la muerte, y cuyo encantamiento sigue como la máxima expresión de amor de las izquierdas latinoamericanas no democráticas, que todavía hoy, pese a miles de páginas sobre los peligros de la demagogia y populismo, forman legión. Cómo evitar pensar esa famosa frase de un contemporáneo de García Márquez, el mexicano Octavio Paz, a propósito de sus pares connacionales que lo acusaban por su denuncia de la vena totalitaria de los sandinistas en los lejanos 80 de la Guerra Fría de Reagan y Andropov: “México no tiene clase intelectual, tiene clase sentimental”. El tiempo ha puesto las cosas en su lugar, pero dice un dicho muy popular que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, y esa ceguera intelectual, engarzada por el victimismo anti yanqui, sigue como muro infranqueable para las posibilidades de construcción democrática en nuestro subcontinente.

Y VAMOS: NO SE TRATA DE NEGAR LA GEOPOLÍTICA, NI EL JUEGO DE INTERESES TANTO LOCALES COMO GLOBALES.

Pero aludir a una caricatura de “embargo” estadounidense como el bloqueo que condena a la miseria a Cuba, captadora histórica de ayudas multimillonarias de la Unión Soviética y de la Venezuela chavista, que tiene comercio con 190 países del mundo y que recibe miles de millones de dólares de remesas de sus odiados paisanos arraigados en el seno del Monstruo (metáfora muy ad hoc para mencionar a la diáspora caribeña en las entrañas del imperio), parece una afrenta al sentido común. Mencionar que al coloso estadounidense le duele no tener el control de una isla que no pinta como pieza de ajedrez económico o político, apenas alimenta el ego herido del subdesarrollado; como si los gringos no hubieran construido su imperio con sentido común y pragmatismo, y no a costa de aferramientos amorosos a una región, América Latina, con la que comparten sobre todo malentendidos y estados psicológicos opuestos. Vamos, esto solo sirve para edificar un relato heroico que termina en opera bufa: una en el que el dragón no muere por nuestro embates de San Jorge, sino que se aburre, a ratos nos ignora y termina dormido en su indiferencia.  (Tampoco significa que esa sea la postura correcta para los intereses de Estados Unidos. América Latina les es vital, sobre todo México como su segundo socio comercial, y el área caribeña, y algo que el imperio podría pagar caro si se empeña en seguir ignorando).

Debo aclarar que esta columna no es una invectiva contra nuestras “izquierdas”. Las “derechas” en el poder han mostrado la misma tendencia a ensimismarse en sueños delirantes de grandeza, y a justificar, naturalmente, los autoritarismo y las reelecciones como precio ineludible si se quiere “orden y progreso”. El hermanamiento de ambas posiciones presuntamente antagónicas demuestra la escasa conciencia intelectual de sus debates, más anclados en lo emocional y en lo mítico, esa tendencia a soñar que señalaba el Nobel colombiano.

Conviene recordar que las tropelías políticas suceden al margen de los colores, de acuerdo a lo que ilustran en un libro justamente célebre, Por qué fracasan los países (Crítica, 2013), los profesores del MIT y de Harvard, Daron Acemoglu y James A Robinson:

“El hecho de que las elecciones no hayan conllevado instituciones políticas ni económicas inclusivas es el caso habitual en América Latina. En Colombia, los paramilitares pueden amañar un tercio de las elecciones nacionales. En Venezuela, hoy en día, como en Argentina, el gobierno de Hugo Chávez, elegido democráticamente, ataca a sus adversarios, los echa de puestos de trabajo en el sector público, cierra periódicos si no le gustan sus editoriales y expropia bienes. En cualquier cosa que haga, Chávez es mucho más poderoso y tiene menos límites que sir Robert Walpole en la Gran Bretaña del siglo XVIII, cuando fue incapaz de condenar a John Huntridge bajo la Ley negra. A Huntridge le habría ido mucho peor en la Venezuela o la Argentina actuales.

Miles de cubanos salen a manifestarse.

“La democracia que emerge en América Latina, en principio, es diametralmente opuesta al gobierno de la élite y, en retórica y acción, intenta repartir derechos y oportunidades como mínimo de un segmento de la élite, pero sus raíces están firmemente ancladas en regímenes extractivos en dos sentidos. Primero, las desigualdades persistentes durante regímenes extractivos que hacen que los votantes de nuevas democracias emergentes voten a favor de políticos que tienen políticas extremas. No se trata de que los argentinos sean ingenuos y piensen que Juan Perón o políticos peronistas más recientes como Menem o los Kirchner son altruistas y defienden sus intereses, o que los venezolanos vean su salvación en Hugo Chávez, sino que muchos argentinos y venezolanos reconocen que todos los demás políticos y partidos durante tanto tiempo no les han dado voz, no han proporcionado los servicios públicos más básicos, como carreteras y educación, ni los han protegido de la explotación por parte de las élites locales. Hoy en día, muchos venezolanos apoyan las políticas que adopta Chávez aunque vengan acompañadas de corrupción y derroche del mismo modo que muchos argentinos apoyaron las políticas de Perón en los cuarenta y los setenta. Segundo, de nuevo, son las instituciones extractivas subyacentes las que hacen que la política sea tan atractiva y tan parcial a favor de hombres fuertes como Perón y Chávez, en lugar de ser un sistema de partidos efectivo que produzca alternativas deseables desde el punto de vista social. Perón, Chávez y docenas de otros hombres fuertes de América Latina son solamente una faceta más de la ley de hierro de la oligarquía, y, como sugiere el nombre, las raíces de esta ley de hierro se encuentran en los regímenes subyacentes controlados por la élite”.

Por si esta parrafada no le convence de que ser de izquierdas o derechas en este extraño subcontinente ha sido apenas una diferencia de discurso, reparemos en lo que señala un político sandinista y de ideología comunista, Augusto Zamora, en una vibrante denuncia:

“En la historia de América Latina hay un lugar común compartido por todos los análisis, con independencia de la ideología desde la que operan, y es que la responsabilidad del subdesarrollo del continente proviene de la época colonial y su protagonista, el malvado Imperio español. Pero en historia y geopolítica no hay ni imperios malvados ni benevolentes, solo imperios que ejercen el imperialismo. Este interesado relato, más que historia, es un mito inventado por las oligarquías para perpetuarse en el poder y que les sirve de pretexto para esconder su culpabilidad en todos los horrores que han provocado desde el momento mismo en que tomaron el poder. Un mito exitoso, debe admitirse, pues fue asumido de forma acrítica por las izquierdas, que, de esa forma, se convirtieron en justificadores de las barbaridades de las oligarquías latinoamericanas, desde el siglo XIX hasta el presente. De ese modo, las oligarquías han podido mantener inalterable el statu quo nacido de la independencia, es decir, el modelo neocolonial, que facilita el expolio de sus países por la potencia de turno a cambio de apoyarlas en el control de los países y en la salvaguarda de su obscena acumulación de riqueza” (Augusto Zamora, Malditos libertadores, historia del subdesarrollo latinoamericano. Siglo XXI, 2020).

Así: la suma de nuestros males nace de nuestra intolerancia, de nuestra ausencia de autocrítica, de nuestro clasismo, de nuestro profundo irrespeto a los derechos de terceros, de nuestro encendido corazón enamorado de los caudillos, de nuestro amor por el dinero y la vida fácil, de nuestras carencias en la construcción de instituciones y la falta de respeto que les obsequiamos en momentos de crisis, de nuestra abrumadora falta de sentido de Estado, entendido sobre todo, como Estado de derecho.  Es decir, de nuestros sueños de Edad Media, les verdaderas Venas abiertas de América Latina, para citar a los clásicos de nuestra tragedia cotidiana. Que los imperialismos se aprovechen de esto es malo, es inmoral, por supuesto, pero esa es la psicología humana frente al poder: donde éste no es limitado, regulado y acotado, su tendencia es al abuso y el monopolio. ¿La culpa es del yanqui, del español, del ruso o del chino, o de quién se los hace compadre?

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara