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2021-06-17
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López Obrador y el abismo del cambio climático

SI EL PRESIDENTE QUIERE PASAR A LA HISTORIA CON UNA IMAGEN POSITIVA, DEBE DEJAR DE DECIRLE A LA GENTE LO QUE ÉSTA QUIERE OÍR, Y EMPEZAR A CUESTIONAR SU ESTILO DE VIDA

“Los consejos rara vez son bien recibidos; y quienes más los necesitan, menos gustan de ellos”.

Lord Chesterfield, Letras

El mensaje contundente de las urnas, el pasado 6 de junio, fue para el presidente Andrés Manuel López Obrador: es indispensable que se ponga a gobernar en serio. Los rezagos acumulados por la pasividad o por la abierta implementación de medidas retrógradas en áreas fundamentales como salud, educación, promoción económica, pobreza, seguridad pública y protección al ambiente demandan una atención permanente, y la apelación cotidiana al linchamiento de opositores y críticos, y su asedio constante a organismos autónomos, ya no le está alcanzando.

Si bien, como en la fábula de La noche de brujas de los Simpson, no faltan Homeros que babean embelesados por los gestos de los anuncios gigantes que le dan distracción permanente, a cambio de la cual mantienen su vida artificial, la realidad es que si al tabasqueño le preocupa el legado que dejará y lo que se dirá de él en los libros de historia, su metodología de montar autos de fe lights contra los malvados de su cuento, mañana a mañana, no dejará saldos que lo acerquen aunque sea un poco a Madero, Cárdenas o Juárez, sus referentes simbólicos y contradictorios.

Y como en todos los temas que son transversales, es decir, que deben ser atendidos en todas las áreas del quehacer público, por afectar igual lo ambiental, lo social, lo económico y lo político, está la gran agenda del cambio climático, la cual no solo ha decidido ignorar, al no asignar presupuestos a temas de mitigación y adaptación, sino que pareciera que le ha declarado la guerra: su obstinado enamoramiento por los combustibles fósiles no solamente condena a morir a la incipiente industria de energías verdes, sino a la investigación científica sobre alternativas al motor de combustión interna, sin olvidar al lado sus apuestas riesgosas por una reforestación que parece que deforesta (Sembrando vida habría ocasionado arriba de 70 mil hectáreas deforestadas en el país por sus incentivos perversos para los campesinos), y los grandes cambios de uso de suelo ocasionados por megaobras como Dos Bocas o el Tren Maya, bajo el peregrino pretexto de que la selva ya no existe (increíble irresponsabilidad de López Obrador al declarar ese dislate: habrá recorrido las más de 200 mil localidades rurales del país, pero pareciera que de pueblo en pueblo, el eterno candidato que hoy es presidente… va dormido).

Tal vez no sea del interés del presidente, pero su Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC) ha elaborado documentos de fondo sobre los enormes riesgos actuales y futuros que se vienen para el país por no asumir la agenda del cambio climático. Y están disponibles para todo ciudadano. Me refiero a “Compromisos de mitigación y adaptación ante el cambio climático para el periodo 2020-2030”, que tanto el presidente como usted pueden leer en el link https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/39248/2015_indc_esp.pdf. Allí se sintetiza el grave riesgo que se vive ya en muchas regiones del país. Y se detallan los compromisos de haber firmado el Acuerdo de París en 2014, que al haber pasado la aduana del Senado de la República, ya tienen carácter de obligación legal para el gobierno mexicano. Pero López Obrador lo ignora deliberadamente, y parece que nadie en su gabinete se atreve a llamarle la atención.

“Las características geográficas de México y las condiciones sociales desfavorables que viven algunos sectores de su población lo hacen un país altamente vulnerable a los efectos adversos del cambio climático. En poco más de 100 años las temperaturas superficiales terrestres y marinas se han incrementado en todo el territorio, sin embargo, en ciertas zonas del norte del país los cambios han sido mayores, oscilando entre 1.2 y 1.5°C por arriba de sus promedios históricos. Al calentamiento observado lo acompañan el aumento del número de días cálidos extremos y la disminución de días gélidos extremos y de heladas. A todo ello debe sumarse el impacto de un creciente número de fenómenos hidrometeorológicos extremos, como los ciclones tropicales y los huracanes. Entre 1970 y 2013, de los 22 ciclones de categoría 3 o más en la escala Saffir-Simpson que afectaron las costas de los océanos Pacífico y Atlántico mexicanos, diez ocurrieron en los últimos doce años. En el caso de las sequías, en lo que va del siglo se han presentado cinco eventos importantes: entre 2000 y 2003, en 2006, entre 2007 y 2008, en 2009 y entre 2010 y 2012. En algunos casos, la sequía ha sido tan grave que ha afectado grandes extensiones del país, como en 2011 cuando afectó al 90% del territorio”, detalla el texto citado.

“El nivel del mar también se ha elevado en muchas zonas costeras de México. De 17 sitios estudiados en el Golfo de México y el Pacífico entre los años cincuenta y el 2000 destacaron las elevaciones observadas en Ciudad Madero, Tamaulipas (de hasta 9.16 milímetros por año) y de Guaymas, en Sonora (con 4.23 milímetros por año)”, agrega.

También, “el cambio climático en México se ha acompañado de pérdidas humanas y de altos costos económicos y sociales. Tan sólo entre 2001 y 2013, los afectados por los fenómenos hidrometeorológicos en el país ascendieron a cerca de 2.5 millones de personas y los costos económicos sumaron 338.35 miles de millones de pesos. Las consecuencias negativas de estos eventos suelen incrementarse por condiciones sociales desfavorables como la pobreza que sufren amplios sectores de la población y por la degradación ambiental que afecta a sus comunidades, lo que genera altos niveles de vulnerabilidad en muchas regiones del país”. De 319 municipios del país identificados como altamente vulnerables , los estados de Veracruz, Guerrero, Oaxaca, Tabasco, Chiapas, Puebla, Hidalgo y Yucatán, enclavados del centro al sureste del país, concentran 90 por ciento de esas demarcaciones, y es justamente donde se construyen las grandes obras de infraestructura que, con la singular metodología política de este gobierno, primero se impusieron a la opinión pública… luego se han ido elaborando, todavía sin completar, los estudios de impacto ambiental y los proyectos ejecutivos. Son también esos espacios territoriales donde se ubica la clientela mayor de Sembrando vida.

Para tener una idea precisa del impacto de Sembrando vida, conviene recordar que los mayores presupuestos que manejó la Comisión Nacional Forestal, en los gobiernos de Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto, nunca rebasaron ocho mil millones de pesos anuales (hoy esa entidad del gobierno federal, con sede en Guadalajara, está en terapia intensiva, sin recursos ni quién los opere, lo que ha llevado a la debacvle a muchos proyectos forestales en las zonas más pobres de México). En cambio, el programa estelar de reforestación tuvo 5 mil millones de pesos para 2019, 27.5 mil millones en 2020, y 27 mil millones para 2021, según el análisis del capítulo mexicano del Instituto de Recursos Mundiales (WRI México, por sus siglas en inglés), que se puede leer en http://movilidadamable.org/WRIMexico/WRI%20M%C3%A9xico%20An%C3%A1lisis%20sobre%20los%20impactos%20ambientales%20de%20Sembrando%20Vida%20en%202019.pdf.

“Su difusión como ‘el programa Sembrando Vida (sic) de reforestación más importante que se está aplicando en el mundo’ se ha dado al mismo tiempo que serios recortes presupuestales a programas ambientales previamente existentes destinados a la restauración, conservación y uso sostenible de bosques, selvas y otros ecosistemas. Esta situación ha generado un amplio debate entre especialistas y ONGs sobre los impactos de la nueva política del gobierno mexicano en las instituciones ambientales. Este entorno genera una discusión permanente sobre SV y si su implementación realmente contribuye a la restauración y conservación de los recursos forestales del país”, señala el informe de esa organización de la sociedad civil.

ES UN PROGRAMA GIGANTESCO Y OPACO, PERO SE HAN ENSAYADO METODOLOGÍAS PARA MEDIR SI REALMENTE HA DERIVADO EN AMPLIAR LA COBERTURA FORESTAL (SU META SON UN MILLÓN DE HECTÁREAS REFORESTADAS), O POR EL CONTRARIO, ES INCENTIVO PERVERSO.

“Siguiendo la metodología definida, el análisis de pérdidas de coberturas forestales del 2019 en los municipios donde se implementó SV asignó al programa una pérdida de 72,830 hectáreas de cobertura forestal, de un total de 79,061 hectáreas perdidas “en exceso” durante ese año en dichos municipios […] el programa pudo promover una pérdida de coberturas forestales cercana al 11.25% del total de parcelas beneficiadas por Sembrando Vida para el 2019”, advierte.

Con respecto al análisis de potencial de captura de carbono de Sembrando Vida, “las primeras estimaciones de la potencial mitigación del programa realizadas por WRI México muestran una pérdida inicial entre 5.7 y 8.9 millones de toneladas de CO2 (dependiendo de los datos nacionales de contenido de carbono por hectárea en bosques utilizados) por la pérdida de coberturas identificada para el 2019, con una estimación de captura potencial neta anual de entre 1.1 y 2.2 millones de toneladas de CO2 en función de la sobrevivencia del arbolado (40% y 80% de sobrevivencia, respectivamente), con lo cual, el programa tiene el potencial de compensar las emisiones perdidas en los próximos tres a ocho años considerando el global de las parcelas del programa establecidas en 2019, y dependiendo de los valores de carbono en el bosque y la tasa de sobrevivencia empleadas”. Queda claro el divorcio entre las presuntas intenciones y lo que en realidad sucede. Y es que en realidad, Sembrando vida es un programa asistencialista y productivista. No tiene entre sus encomiendas centrales reducir y revertir la deforestación nacional.

Regresamos a la publicación del INECC: “Los escenarios de cambio climático que se estiman para México para el periodo 2015 y 2039, son preocupantes. Se proyectan temperaturas anuales mayores hasta en 2°C en el norte del país, mientras que en la mayoría del territorio podrían oscilar entre 1 y 1.5°C. En el caso de la precipitación, se proyectó, en general, una disminución de entre el 10 y 20%. Todo ello podría traer consecuencias económicas, sociales y ambientales muy importantes”.

La manera de afrontarlo es con medidas de mitigación y adaptación. Entre las primeras, destaca la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Se supone que en 2030, México deberá alcanzar la reducción de 22 por ciento del total de emisiones de GEI, a través de 30 medidas indicativas, distribuidas en ocho sectores de la economía nacional, según la publicación “Costos de las contribuciones nacionalmente determinadas de México”. Ya las he mencionado en columnas anteriores, pero vale la pena insistir:

El costo agregado de las treinta medidas sectoriales asciende a poco más de 126 mil millones de dólares de 2017, devengados a lo largo del periodo 2014-2030. De ejecutarse exitosamente esta inversión, se lograría una mitigación de 1,520 millones de toneladas de bióxido de carbono equivalente”. En contraste, “un escenario de inacción ante el cambio climático durante el mismo periodo […] el crecimiento económico, sustentado en los mismos patrones de consumo de energía y de degradación del capital natural del país, requeriría del orden de 143 mil millones de dólares. En consecuencia, una primera gran conclusión del análisis de costos de las treinta medidas indicativas, permite afirmar que la ruta de mitigación representaría para México un costo neto o ahorro de más de 17 mil millones de dólares”.

Añade: “puede afirmarse igualmente que, al cumplir con las Contribuciones Nacionalmente Determinadas (CND), la economía nacional se inscribiría en una senda relativamente estable hacia la descarbonización, ya que México habría reducido en aproximadamente 37 por ciento la intensidad carbónica de su Producto Interno Bruto y en 23 por ciento las emisiones de GEI per-cápita durante el periodo 2014-2030. Cabe tomar en cuenta que el análisis de las CND soslayó esfuerzos o medidas de mitigación de emisiones de GEI que ya se realizan en el territorio nacional y que, seguramente, abonarán a la consecución de las metas de mitigación. Asimismo, es de esperar que en un futuro cercano surjan nuevas propuestas de rutas tecnológicas alternativas por parte de los sectores público y privado”.

El cambio climático no es una posibilidad. Ya ocurre en este momento. No se puede pretender resolverlo con un nacionalismo ramplón atado al pasado. Las consecuencias de ignorarlo, e incluso, de potenciar los factores que lo hacen más extremo, podrían ser descomunales, sobre todo para los más pobres. Si el presidente quiere pasar a la historia con una imagen positiva, debe dejar de decirle a la gente lo que ésta quiere oír, y empezar a cuestionar su estilo de vida, pues si de algo estamos seguros es que la crisis propiciada por el calentamiento del planeta deriva de millones de decisiones que tomamos los humanos en el día a día, seamos fifís, clasemedieros aspiracionistas o pobres asalariados.

Por eso vale la pena rematar con un párrafo de un autoasumido como individualista y egoísta, al que la lucidez de los datos del desastre ya le arroja certezas: “Quizá sean pocos los que, como yo, piensan que, en lo que a mí respecta, el mundo podrá perder buena parte de lo que consideramos Naturaleza siempre y cuando nosotros pudiésemos seguir viviendo como lo hemos hecho hasta ahora en lo que quedase de él. El problema es que eso no es posible” (David Wallace-Wells, El planeta inhóspito, la vida después del calentamiento. Debate, 2019).

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara