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2021-04-08
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No caerás en las tentaciones del maligno

EN LA ELECCIÓN DE JUNIO PRÓXIMO TENEMOS LA GRAN POSIBILIDAD DE NO CAER EN UNA SIEMPRE INFAUSTA TENTACIÓN...

“Lo que hay es una especie de Niágara histórico; no hay conspiración, pero todo conspira en el sentido de que todo respira a la vez, todo respira en una misma dirección: la corrupción, que se ha vuelto sistémica; la autonomización de la evolución de la tecnociencia, que nadie controla; naturalmente, el mercado, la tendencia de la economía, el hecho de que nadie se preocupe de saber si lo que se produce sirve para algo sino únicamente si es vendible, e incluso ni siquiera eso, porque si se produce algo será vendible por medio de la publicidad. Todos estos fenómenos son conocidos. Esto es: se tiene a la vez una especie de potencia inhumana, sin rostro, y un estallido de los portadores institucionales e incluso una esclavización de esos portadores institucionales a esta tendencia histórica”.

Cornelius Castoriadis, “Frente a la modernidad”, una conversación con Octavio Paz y Alain Finkielkraut

 

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En el pensamiento mítico, todo es una conspiración, todo tiene un por qué. Y los populistas que gobiernan México, Jalisco, y una importante representación de las repúblicas de nuestro mundo, han dado en el clavo: no solamente todo tiene explicación, sino que esta es sencilla y desnuda siempre los intereses aviesos de algún malvado secuestrador de los intereses mayoritarios.

Esta simplicidad discursiva es el eje de su asalto al poder: han logrado denunciar “los males” de la democracia, su tendencia a negociar y ponderar “verdades irrenunciables” como la representación popular a rajatabla, los derechos de las mayorías y a que prevalezca la opinión de esas mayorías, la aspiración a la eficiencia sin explicaciones de un sector público que debe garantizar la quieta y pasiva prosperidad privada (lo contrario al activo y crítico ciudadano) a cambio de que estén en el poder los verdaderos representantes del pueblo (esto explica en México la inextinguible popularidad de dirigentes autocráticos eficaces, como Porfirio Díaz y Benito Juárez).

Y todo por cosas que – el discurso de los neopopulistas suele disfrazarlo- implican una especie de traición: visibilizar minorías y reconocerles derechos, complicar el procedimiento de acceso y ejercicio de derechos ciudadanos (no podemos olvidar que la democracia histórica garantiza el ejercicio de derechos y obligaciones a través de los procedimientos fijados por la ley: empadronamiento, elecciones, trámites, censos, juicios, impuestos), permitir la libertad económica que implica un libre juego de intereses que el Estado solo debe arbitrar, privilegiar el diálogo (para el discurso populista, los actores contrapuestos a los intereses del pueblo no pueden gozar de tan absurdo privilegio) y fijar fronteras y límites a cada poder del Estado no solo con la clásica división y contrapesos institucionales, sino con el fortalecimiento de los entes privados y sociales, los famosos organismos de la sociedad civil tan combatidos por el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador. La democracia nos complica la vida y da visibilidad a intereses inconfesables; el caudillo nos la hace simple con sus verdades de tufo evangélico, es decir, sencillas, y sobre todo, irrefutables.

Para construir este discurso ideológico solo se necesita operar eficientemente la propaganda, volcada a denunciar y definir la maldad del otro:  mecanismos tan primitivos pero eficaces en pueblos donde el ejercicio cívico es limitado y marginal, como la apelación al igualitarismo instintivo y la desconfianza hacia el rico, hacia el ciudadano preparado y con grados académicos, y sobre todo, que se atreve a disentir de las verdades que no deberían ser cuestionadas. Es rascar en sentimientos tribalistas, localistas o nacionalistas. Si el otro piensa distinto, no puede ser bueno. Si el otro exige transparencia, rendición de cuentas y combate procedimental a la corrupción (distinto a los simbólicos autos de fe mediáticos que solo pretenden señalar al pecador para anularlo simbólicamente y expulsarlo de lo público), es por lo menos sospechoso. Pero si el otro recibe financiación del extranjero o denuncia anomalías ante instancias internacionales, es la pura encarnación de la maldad.

¿EN QUÉ RESIDE EL RENOVADO ÉXITO DE ESTA FORMA DE PROCESAR LA COMPLEJIDAD DEL MUNDO, Y EN ÚLTIMA INSTANCIA, DE HACER POLÍTICA?

Es lo que el sociólogo Peter Berger denominó “el dosel sagrado”. Antes de la secularización o desacralización de las sociedades en occidente, que en política se detonó tras las revoluciones del siglo XVIII, la religión tenía un puesto central en la conformación de los imaginarios colectivos que daban sentido a las naciones. No era que el rey se sometiera a la religión, pues la lucha de las investiduras y la reforma protestante generó el triunfo de los estados nacionales sobre la universalidad del cristianismo, incluso en las naciones católicas. Era que el monarca entendía la importancia de que sus súbditos vivieran un sentido de trascendencia que la religión revelada les otorgaba. El “horror al vacío” de que habla Blaise Pascal permitía a las monarquías absolutas guiar naciones y súbditos desde la cuna hasta la tumba.

La religión pierde progresivamente ese papel con la emergencia de gobiernos basados en constituciones igualitarias que consagran la libertad de religión, de pensamiento, y el derecho a la disidencia. La crisis de la modernidad, dice Berger, tiene que ver con esa aparente anomia que surge al descobijarse la sociedad de la sombra de lo sagrado. Los políticos entendieron pronto que era necesario recuperar las grandes explicaciones que tranquilizaran las conciencias inquietas y fabricaron las religiones cívicas y temporales. Detona “el poder del nacionalismo para organizar la trascendencia simbólica de la muerte alentando a las masas a participar en el proyecto de la ‘inmortalidad de la nación’, una ilusión que las elites pueden manipular fácilmente para llevar a cabo sus fines políticos” (Modernismo y fascismo, la sensación de comienzo bajo Mussolini y Hitler.  Roger Griffin, 2007).

El presidente López Obrador.

No hace falta apuntar que todo lo que se opone a la recuperación de ese dosel sagrado nacionalista, lleno de sentido, es una traición. Y bajo esa óptica se puede comprender por qué un presidente de un país tan complejo en términos sociales y culturales, tan plural en términos políticos, tan importante en el concierto económico internacional, dedica casi todas sus mañanas a elevar anatemas y lanzar invectivas. El presidente López Obrador es un caudillo y no aspira solamente a presidir una república, sino a reintegrarla a un sentido. Por eso su conflicto permanente con los aspectos más inquietantes y complicados de la modernidad, con el conocimiento complejo que implica la administración pública en Estados sobrepoblados y atiborrados de diversidad; con la libertad de pensamiento y expresión, que siempre están gruñendo; con la economía de libre mercado que es por definición apenas manejable; con la emergente sociedad civil que a cada minuto le recuerda que es un gobernante acotado; con la libertad de prensa entendida como el ejercicio de facultades críticas para denunciar anomalías y exigir cuentas. No es el cínico sueño de poder absoluto del demagogo, es la aspiración cuasi sacerdotal a no ser humanizado, a no admitir manchas que puedan relativizar la eficacia de la religión nacionalista (pues “ya no me pertenezco”, repiten con lógica redentora). Los fundadores de religiones son hombres virtuosos, no se parecen al resto de la humanidad llena de máculas. Son salvadores, en este caso, de la patria, y reescriben su historia, la reinterpretan. Tal vez no vayan a morir nunca. Al menos con esa inmortalidad de que goza Juárez, al que le hacen lo que el viento.

Estamos, pues, ante el regreso del pensamiento mítico en lo específicamente político. No es que se haya ido alguna vez: rebrota constantemente ante las crisis de democracia que cíclicamente surgen. La democracia es en cierto modo, el más complejo de los sistemas políticos, porque al basarse en los derechos humanos y reconocer la pluralidad de las sociedades, debe construir edificios que a los pastores de pueblos le parecen complicados. Su propensión a lo legal y lo procedimental ha derivado en fuertes críticas por una tendencia a la burocratización que por cierto no le es privativa, pero que exaspera más porque en las democracias hay libertad de prensa y un firme derecho a disentir. La democracia transparenta más sus taras, sus complicaciones, sus aporías. Pero además, es aparentemente huérfana de sentido: no es una teología política, no promete la salvación en esta o la otra vida. No reduce, sino incremente, la carga de obligaciones a quienes aspiran a ser ciudadanos: deben pagar impuestos, deben votar, deben participar en las decisiones de lo público, deben exigir transparencia, rendición de cuentas, deben salir a las calles para demandar corrección de decisiones, deben denunciar ante los tribunales los abusos de otros particulares y del poder. El precio de la libertad es la eterna vigilancia, ya lo dijo por ahí un clásico.

Por eso los barómetros de opinión pública sobre la política que se publican periódicamente en América Latina,  arrojan resultados desalentadores. Ser ciudadano es trabajoso y los resultados son más bien modestos en lo personal, y tangibles apenas en el largo plazo. Denunciemos como neoliberal, clasista, pretencioso, manipulador, todo lo que complica, que al cabo “gobernar es sencillo”, como dijo otro clásico, el jefe de la comarca mexicana. En México y América Latina nos gustan los caudillos, los jefes, los pastores de los pueblos, los que le dan sentido a nuestras vidas con discursos políticamente quietistas que siempre le echan la culpa a los otros, pero además, que nos prometen que, si permanecemos tranquilos y aplacamos las dudas y el disenso, amaneceremos en un país luminoso, igualitario y justo. El sueño milenarista, el paraíso en la Tierra. Adán y Eva fueron expulsados por disentir. Y en la elección de junio próximo tenemos la gran posibilidad de no caer en esa siempre infausta tentación.

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara