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2021-01-11
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Toma del Capitolio: el tiro por la culata

TRUMP SE VA POR LA PUERTA TRASERA...

Es tentador leer la toma del Capitolio como un intento de golpe de estado por parte de Donald Trump y de sus aliados. Finalmente, hay sobradas evidencias de que el presidente estadounidense ha intentado, por todos los medios posibles, perpetuarse en el poder a través de distintas versiones golpistas. 

Pero la lectura de un golpe de estado debe ser rechazada. Tal como muchas personas expertas en el tema han señalado, lo ocurrido el pasado miércoles no cumple con las condiciones esenciales de un golpe de Estado. Este sublevamiento, por impactante y desagradable que resulte, ni siquiera tuvo como objetivo apropiarse del Poder Legislativo de Estados Unidos. 

Pretender lo contrario es un contrasentido, pues las posibilidades de éxito eran evidentemente nulas. La movilización no contaba con el apoyo de los militares o con el grueso de los aparatos de seguridad estadounidenses. Prueba de ello es que, una vez que la Guardia Nacional entró en acción, los manifestantes fueron retirados rápidamente y un perímetro fue establecido para resguardar el área. 

Nunca estuvo en entredicho que las fuerzas de seguridad estadounidenses serían capaces de contener a una turba infinitamente inferior en número, entrenamiento y armamento. 

La duda en el aire durante la invasión al Capitolio era por qué la seguridad fue inicialmente tan débil y por qué tardó tanto en llegar el apoyo. 

El asalto al Capitolio de Estados Unidos consagró la ruptura entre Donald Trump y su fiel vicepresidente Mike Pence, quien planea asistir a la investidura del mandatario electo Joe Biden y pretende facilitar la transición entre ambas administraciones. 

Trump anunció que no acudirá a la ceremonia de asunción de quien lo derrotó en las elecciones, pero Pence ya hizo saber que estará presente. 

Si bien la asistencia del vicepresidente saliente no es una sorpresa -y Biden dijo que será «bienvenido»-, es una muestra de la grieta que separa a Trump de su brazo derecho desde la certificación el miércoles de la victoria electoral del demócrata. 

Trump y Pence no se hablan, según la prensa, desde esa jornada en que una turba de simpatizantes del mandatario irrumpió en el Congreso en una acción que dejó cinco muertos y conmocionó a Estados Unidos y al mundo. Pese a las presiones de Trump, Pence anunció el miércoles que no se opondría a la validación en el Congreso de los resultados de la elección presidencial, desatando la furia del presidente y sus seguidores. 

«Mike Pence no tuvo el coraje de hacer lo que habría tenido que hacer para proteger a nuestro país y nuestra Constitución», tuiteó Trump mientras sus seguidores invadían el Capitolio. 

Videos publicados en las redes sociales muestran a varios de ellos cantando «Cuelguen a Mike Pence» a las puertas del Capitolio. Otros militantes recorrieron los pasillos del templo de la democracia estadounidense gritando que el vicepresidente era un «cobarde», según el diario The New York Times. 

Durante ese caos, el vicepresidente se encontraba atrincherado en un búnker del Capitolio junto a su familia. Trump no le llamó para interesarse por su seguridad.  

Pence todavía no ha respondido a los pedidos de numerosos parlamentarios que le han instado a activar la 25ª Enmienda de la Constitución, que permite apartar a un presidente juzgado «no apto» para ejercer sus funciones. 

Antes de arremeter en su contra, los seguidores del presidente republicano solían alabar su fidelidad, mientras que sus críticos denunciaban sus adulaciones al mandatario. 

«Es sólido como una roca. Fue un vicepresidente fantástico», aseguró sobre él Donald Trump el verano pasado. 

Pence, de 61 años, fue durante cuatro años una presencia tranquila en medio de la tormenta Trump. 

Designado al frente de la unidad de crisis sobre el coronavirus en marzo, durante todo el año abordó el tema con declaraciones medidas, lejos de las salidas de tono, suposiciones y provocaciones del presidente. Aunque siempre con cuidado de no contradecirle. 

MIKE PENCE Y DONALD TRUMP NO ERAN PARTICULARMENTE CERCANOS ANTES DE QUE ESTE LE DESIGNARA COMO COMPAÑERO DE LISTA EN 2016. 

Trump habría pensado incluso en cambiar de pareja electoral, pero prefirió apostar finalmente por los estrechos vínculos de Pence con los electores blancos cristianos, en su mayoría de avanzada edad, que acabaron desempeñando un papel clave en la victoria del dúo en 2016.  

El asalto al Capitolio debilitó sensiblemente a la última línea de defensa de Donald Trump dentro del Poder Legislativo y dentro del Partido Republicano. Aunque queda un porcentaje de representantes de ese partido que aún apoya al presidente, este grupo no tiene el control total de su bancada y mucho menos de una cámara que es liderada desde hace tiempo por los Demócratas. Tampoco queda claro que Trump mantenga el control sobre todos sus colaboradores cercanos. 

Este asalto también debilita al trumpismo. Este movimiento ha perdido, de un día para otro, a buena parte de los “superdifusores”; personas que ayudaban a radicalizar y a polarizar a través de los reflectores de sus puestos y de su presencia en los medios. Es previsible que algunas de estas personas empiecen, finalmente, a condenar públicamente las ideas defendidas por ese movimiento. 

Alguien podría objetar que Trump aún tiene importantes aliados en el Congreso que están dispuestos a defenderlo o a sacarlo a flote. Por ejemplo, Ted Cruz, un importante e impresentable senador texano, ha continuado promoviendo la tesis del fraude y la idea de no aprobar el proceso electoral. 

Pero esta objeción no se sostiene. Los congresistas que, como Ted Cruz, se mantuvieron fieles a Trump buscan capitalizar esa base e intentar apelar luego a los votos suficientes de otros sectores. Sin embargo, en el cálculo político de gente como Cruz, un elemento sale sobrando: Donald Trump. Esto es, a quienes quieren hacer suya la base trumpista les conviene quitar a Trump del camino. 

Esta vulnerabilidad queda en evidencia cuando uno considera las reacciones de los Demócratas. Nanci Pelosi, la líder de este partido en la Cámara de Representantes, ha dicho que si el gabinete del presidente, encabezado por Mike Pence, no lo remueve con base en una enmienda que les permite hacerlo, entonces buscará un nuevo proceso de impeachment o juicio político, el segundo en cuatro años. 

En caso de fructificar, este proceso podría incluso evitar que Trump pueda postularse nuevamente en 2024. Sin embargo, aún si los demócratas no lograsen los votos suficientes, el proceso pondría en jaque al presidente y le llevaría a vivir un infierno durante sus dos últimas semanas en el gobierno. 

La debilidad de Trump se expuso claramente cuando el jueves, un día después de mostrarse envalentonado y retador, el presidente anunció, finalmente, que habría “cambio de administración”, que la transición sería tersa y que lo único que buscaba era mejorar el proceso democrático. También pasó de “amar” a sus leales fanáticos que invadieron el Capitolio a considerarlos violentos criminales. El miedo no anda en burro. 

La sedición del miércoles pasado fue una maniobra de Donald Trump para presionar a su partido con el fin de comprar tiempo y poder dar el golpe que ha buscado. Sin embargo, fueron el presidente estadounidense y su movimiento quienes terminaron presionados y doblegados. Es en este sentido, y no en otro, que el asalto al Capitolio puede ser considerado un verdadero autogolpe y no un golpe de estado. 

Tras los hechos de violencia ocurridos el 6 de enero en Estados Unidos, las empresas de tecnología están en el centro de la polémica. La más reciente en recibir señalamientos es la plataforma de financiamiento GoFundMe. De acuerdo con BuzzFeed, seguidores de Donald Trump levantaron múltiples campañas de recaudación para costear los gastos por viajar a Washington DC. 

El reporte menciona que partidarios de Trump crearon más de una docena de páginas en GoFundMe desde diciembre. Algunas de ellas, como la del «Peregrinaje de Patriotas a DC» consiguió recaudar más de 21,500 dólares. En la descripción de esta campaña se avisa que estén atentos «mientras se construye un ejército» para viajar a Washington. Otras páginas recaudaron menor cantidad de dinero para solventar gastos de gasolina y hospedaje para los simpatizantes del mandatario. 

Aunque no está comprobado que los organizadores estuviesen involucrados en el asalto al Capitolio, GoFundMe ya tomó cartas en el asunto. La plataforma anunció que devolverán el dinero a los donantes en aquellas en donde los fondos no se han retirado. 

GoFundMe afirmó que no tolerarán las recaudaciones de fondos que apoyan el odio, violencia, acoso o la difusión de información falsa. Aunque los términos de servicio son claros, la empresa no detectó las señales a tiempo y tomó una decisión demasiado tarde. La falta de atención coincide con la de otras empresas como Facebook, Twitter o Reddit, quienes desde hace meses son acusadas de no hacer nada para impedir el discurso de odio. 

Facebook recibió fuertes críticas por negarse a eliminar páginas donde impera la violencia y teorías conspiratorias. Al ser cuestionado sobre si removería el contenido de Donald Trump, Mark Zuckerberg declaró que «las redes sociales no pueden actuar como árbitros de la verdad».El episodio más reciente de The Daily, el podcast del New York Times, expone que los grupos extremistas se organizaron desde noviembre en Facebook. Las declaraciones sobre un supuesto fraude al proceso electoral provocó que los autodenominados «patriotas» crearan grupos en la red social. 

Los grupos se unieron bajo la bandera de «Stop the Steal» y definieron el 6 de enero como fecha clave para llevar a cabo acciones radicales. Pese a los señalamientos, Facebook tardó semanas en reaccionar y finalmente eliminó las páginas en un momento donde ya se habían multiplicado. 

Según Imran Ahmed, director ejecutivo del Centro para la lucha contra el odio digital, GoFundMe es un «actor menor» comparado con las grandes empresas de tecnología. Los partidarios de Trump no solo utilizaron la plataforma para financiar viajes a Washington, sino que ahora crearon campañas para pagar la defensa de quienes enfrenten un proceso legal por invadir el Congreso de EE.UU. 

Donald Trump está cada vez más solo, y al sentirse casi acorralado, es posible que en lugar de replegarse al final de su presidencia, decida que la mejor defensa ante el vendaval de críticas es un buen ataque. Trump ha probado a lo largo de los últimos cuatro largos años que puede ser imprevisible y errático en sus decisiones. La oposición demócrata y cada vez un número mayor de republicanos que comienzan a saltar del barco que se hunde, viven con incertidumbre, ansiedad e incluso miedo los pocos dias que quedan hasta que el próximo día 20 el presidente Trump deje definitivamente la Casa Blanca. 

En el tablero internacional ha dado varios puñetazos. Hace poco más de un año, el mandatario republicano sorprendió al ordenar un ataque con drones contra el poderoso general iraní Qasem Soleimani, desatando la máxima tensión en Oriente Próximo al acabar con uno de los hombres fuertes del ayatolá Ali Jamenei, en un durísimo golpe a Teherán.  

Además, Trump se lanzó a diseñar un nuevo mapa geopolítico acabando con décadas de diplomacia con China e inaugurando una nueva Guerra Fría con la gran potencia en ascenso. Ejemplos hay más: como cambiar la posición internacional en torno a Jerusalén, al cambiar a la ciudad santa la Embajada de EE UU, o quizás el último cambio drástico de la política de Washington, con el espaldarazo a Marruecos al reconocer su soberanía sobre el Sáhara Occidental, lo que supuso un desaire a las resoluciones de la ONU. 

Ante las dudas sobre lo que pueda aún ordenar un presidente herido, que dejará como legado un intento de insurrección alentado por él mismo contra la democracia de Estados Unidos, los líderes demócratas están intentando adoptar serias medidas.  

Más allá de su reclamación de que se aplique la 25ª enmienda o se proceda a un impeachment exprés del mandatario, la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, se ha movido en el terreno de lo práctico y explicó ayer que conversó con el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Mark Milley, para mantener a “un presidente inestable” lejos de los códigos nucleares que controla. 

Mientras, el presidente coquetea con la idea de concederse un perdón a sí mismo para eludir posibles investigaciones judiciales una vez abandone la Casa Blanca. Que un presidente se perdone a sí mismo sería algo inédito en la historia de Estados Unidos, pero Trump ya ha hablado en público repetidamente sobre esa opción, defendiendo que tiene el “derecho absoluto” a hacerlo. El republicano planteó esa opción durante la investigación de la llamada trama rusa, que indagó los supuestos lazos entre Rusia y su campaña en las elecciones de 2016. 

El caso se cerró sin que Trump fuese acusado de ningún delito. Sin embargo, el fiscal especial del caso, Robert Mueller, insistió en todo momento en que el mandatario no fue exonerado, lo que hace que potencialmente pueda ser enjuiciado cuando deje la Casa Blanca.  

Pese a su apelación a cerrar heridas tras el asalto al Capitolio, Trump estaría supuestamente planeando con sigilo viajar la semana que viene a la frontera sur del país para recordar en sus últimos días, junto al muro que quería ampliar con México, su posición de halcón en la política migratoria. También estaría pensando, según The New York Times, en conceder una entrevista antes de abandonar el poder. 

Desde Twitter, antes de que su cuenta fuera suspendida definitivamente, el mandatario anunciaba que no asistirá a la toma de posesión de Biden, la primera vez que ocurre desde 1869. Frente a la tradición, la familia Trump saldrá de la Casa Blanca rumbo a su residencia de Florida el día 19, y no el 20. Casi una salida por la puerta trasera. 

Doctor en Derecho y Notario; Analista y Columnista Sociopolítico; Consultor en Admon. y Políticas Publicas; Pdte. de Conciencia Cívica, A.C. y JALISCOenPLENO, A.C.