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2020-10-08
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La noche del neoliberalismo, la genial impostura

EL DISCURSO LEGITIMADOR DEL GOBIERNO DE ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR ES QUE MÉXICO SE ATRASÓ EN DESARROLLO A PARTIR DE 1988, EN QUE EL LLAMADO “NEOLIBERALISMO”

“Es difícil imaginar una forma más estúpida o más peligrosa de tomar decisiones que poniendo esas decisiones en manos de personas que no pagan un precio por equivocarse”

Thomas Sowell, economista

Hay una frase muy famosa del filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibnitz, muerto en 1716, al alba del Siglo de las Luces, y que refleja muy bien el optimismo de esa época de cambios: “vivimos el mejor de los mundos posibles”. Un diagnóstico demasiado atrevido para un tiempo en que tres cuartas partes de la humanidad enfrentaba hambre, la guerra estaba normalizada, la peste se comía pueblos y ciudades, la ignorancia y la opresión eran el destino del hombre común, y las enfermedades infecciosas generaban que un ser humano, al nacer, tuviera una esperanza de vida apenas mayor a 25 años.

Leibnitz resultó, no obstante, el profeta de nuestra era: en 2020, la esperanza de vida a nivel mundial es superior a 65 años y en los países desarrollados supera 80 años. México, particularmente, ronda 78 años para sexo femenino y 76 para masculino. El avance en nuestro país se dio de forma acelerada a partir de los años 50: las campañas de vacunación universales y la higiene han sido el secreto fundamental para que la medicina preventiva no condene a la muerte a uno de cada tres recién nacidos, como pasaba todavía en los tiempos de la revolución mexicana. También hay espectaculares avances en alfabetización, que supera 95 por ciento de la población mayor de 15 años, fruto de la formación de instituciones educativas que no se ha detenido desde la creación de la Secretaría de Educación en los años veinte del siglo XX.

Vale la pena mencionar: el discurso legitimador del gobierno de Andrés Manuel López Obrador es que México se atrasó en desarrollo a partir de 1988, en que el llamado “neoliberalismo” se instala como proyecto de desarrollo en contraposición del nacionalismo revolucionario (“desarrollo estabilizador” en los doce años en que fue ministro hacendario Antonio Ortiz Mena, expresamente citado por el mandatario como referente), durante la larga hegemonía priista, que va del gobierno de Manuel Ávila Camacho (1940-46) al de José López Portillo (1976-82). 

Pero no es verdad. Estos días circularon por redes sociales dos informes esclarecedores. Primero, un análisis sobre el México de Adolfo López Mateos (1958-1964) comparado con el actual, en el blog Notas para el fin del mundo de Cuauhtémoc Contreras, una acucioso crítico de los delirios presidenciales. Se titula “El México de la fantasía presidencial”. López Obrador como confeso admirador de López Mateos.

“No es la primera vez que en sus declaraciones alaba los gobiernos priistas del periodo conocido como El desarrollo estabilizador. Para un personaje que nació justo en los albores de ese periodo (1953), que hizo toda su formación política con los artífices de esas políticas y que admira por nostalgia esa fantasía romántica, puede sonar épico reconstruirla, pero no pasa de ser eso…”.

Agrega: “Hay muchas razones para sostener que ese país ni es el de hoy, ni es replicable. La guerra fría que consumía al mundo, termino en 1990, hace ya casi 29 años. La economía global es ciertamente diferente, el capitalismo de los Baby Boomers es muy diferente al de los Millenials”. El autor apunta: “como individuo puedo afirmar que soy hijo de esas generaciones de la postguerra, mi padre nació en 1941, mi madre en 1945, crecí con mi abuela que nació en 1915 escuchando los relatos sobre mis antepasados que aun vivieron antes de 1900. Por eso me resulta familiar oír sobre pobreza. Mi abuela tuvo que emigrar como todas sus hermanas para no morir de hambre en una ranchería de Zacatecas, Toda la familia de mi padre migro al DF en busca de trabajo ante pueblos pintorescos pero miserables en Veracruz. Dos generaciones atrás, ninguno de mis familiares pudo permanecer en sus lugares de origen y fueron impulsados por la necesidad a buscar las ciudades. Todas las historias de mis compañeros de escuela eran similares. Mis vecinos son todos descendientes de migrantes que huyeron de todo el país a la capital”.

México ha cambiado en los últimos años.

Culturalmente “las cosas son también muy distintas. El menor de mis tíos y la mayor de mis hermanas fueron las primeras personas de mi familia en estudiar la universidad. Mi abuela apenas pudo aprender las primera letras. Hoy en mi generación de primos somos todos universitarios. Me alegra que en el otro extremo, mis sobrinas y mis sobrinos tengan seguro cosas como la educación y la salud. Aunque ambos derechos estén hoy en riesgo justo por el irresponsable costo de cumplir las fantasías de un político anquilosado”.

Y luego da peso a los datos. El análisis: “En 1958 cuando Lopez Mateos tomó el cargo, el país tenia solo 34.2 millones de habitantes, hoy tiene 129.2 millones. En ese mismo 1958, la pobreza alimentaria abarcaba al 61% de la población, en 2016 (ultimo dato oficial disponible) abarca al 20.1%.

Al final del sexenio de Lopez Mateos (1964) la población era de 40.5 millones de personas y el 45.6% seguía en pobreza alimentaria. En números absolutos los pobres alimentarios pasaron de 20.9 a 18.5 millones de personas de 1958 a 1964”.

En educación superior, “el México de esa época es por mucho distinto: en 1960, 33.5% de la población era analfabeta, para 2015 solo 5.5% de la población lo era. En 1960 la población universitaria en todo el país era de 80,643, con 64% de esa población concentrada en el Distrito Federal, para 2006  2,150,140 personas estudiaban la universidad y solo 16.6% lo hacia en el DF” (ver el artículo completo en https://complejidadescotidianas.blogspot.com/2019/05/el-mexico-de-la-fantasia-presidencial.html).

La revista electrónica Replicante, que preside el periodista cultural Rogelio Villarreal, recuperó el pasado 29 de agosto de 2020 un ensayo de Alberto García Ruvalcaba, publicado originalmente en Mural: “El desastre neoliberal”. La ironía es clara: los 30 años de régimen “neoliberal”, que coinciden con los de la democracia real mexicana, y son blanco de las críticas de López Obrador, muestran un rostro muy distinto al que se ofrece en las mañaneras.

“Estos son algunos indicadores del desastre neoliberal, según datos del Banco Mundial: Sobre salud. La tasa de mortalidad materna por cada 100 mil nacidos era de 90 en 1990, pero había bajado a 38 en 2015. La esperanza de vida al nacer en 1990 era de 71 años, y se había elevado a 76 años en 2015. En 1990, 4.57 niños morían antes de cumplir los 5 años, en 2016 la tasa había bajado a 1.46. La tasa de mortalidad de bebés era de 3.65% en 1990, y había bajado a 1.26 en 2016. En 1990 el 41% de los menores a 5 años sufría de algún grado de anemia, en 2016 ese porcentaje había bajado a 28%. El porcentaje de gasto público dedicado a la salud pasó del 2% del Producto Interno Bruto en 1990, al 3% en 2014”, apunta García Ruvalcaba.

Sobre educación. “En 1990 el 53% de los mexicanos con edad para cursar secundaria estaba matriculado, en 2014 ese porcentaje había ascendido a 91%. La tasa de analfabetismo pasó del 12% en 1990 al 6% en 2015. El porcentaje de gasto público dedicado a la educación pasó del 2% del Producto Interno Bruto en 1990, al 5% en 2014”.

Calidad de vida. “El porcentaje de mexicanos viviendo en cinturones de miseria urbana era del 23% en 1990, y había bajado al 11% en 2014. El 18% de los mexicanos no tenía acceso a agua corriente en 1990, lo cual había bajado al 5% en 2015. El porcentaje de mexicanos que defeca al aire libre pasó del 10% en 2000, al 2% en 2015. El porcentaje de mexicanos sin servicio de energía eléctrica pasó del 6% en 1990, al 1.1% en 2016. El porcentaje de pobreza extrema (ingreso de 1.90 dólares diarios) pasó del 9.7% en 1992, al 1.7% en 2018 (no hay cifras más propagandísticas que las de la pobreza, pero cualquiera que sea la vara con la que se la mida, ha disminuido en México desde 1990)”.

Ciencia y tecnología. “El número de artículos en publicaciones científicas y técnicas pasó de 7 mil en 2003, a 15 mil en 2016. El porcentaje de gasto público dedicado a ciencia y tecnología pasó del 0.251% del Producto Interno Bruto en 1996, al 0.486% en 2016”. Economía. “El número de solicitudes de marcas comerciales, una forma indirecta de medir el crecimiento económico, pasó de 25 mil en 1990, a 128 mil en 2016. Lo mismo ocurrió con el número de solicitudes de patentes que pasó de 5 mil en 1990, a 17 mil en 2016. El Producto Interno Bruto del país pasó de 261 mil millones de dólares en 1990, a un billón 220 mil millones de dólares en 2018”. Recaudación fiscal “El número de contribuyentes activos en el SAT pasó de 28 millones en 2008 a 65 millones en 2016. Este dato es del propio SAT” (el gráfico completo se puede consultar en https://revistareplicante.com/los-numeros-del-neoliberalismo/).

Pasemos a un tercer dato: la desigualdad. Está citado en el mismo plan de desarrollo 2018-2024 de López Obrador. En cuanto a ingresos, la desigualdad se mide con una herramienta llamada coeficiente o índice de GINI. 100 es total desigualdad y 0 es nula desigualdad. México tenía en 1990 un GINI 53.7, en 2019, era de 48.3, una educción de poco más de 5 puntos en desigualdad.  Evidentemente es un tema que sigue pendiente, pero el periodo “neoliberal” entrega también en esto mejores cuentas que el del nacionalismo revolucionario (ver análisis de desigualdad para toda América Latina: https://www.bbc.com/mundo/noticias-50255301). 

Podemos llenarnos de datos, pero creo que estos tres análisis bastan para demostrar que, con todas sus carencias de país mal e insuficientemente desarrollado, no venimos de una noche de gobiernos despreocupados de la pobreza y obsesionados con la macroeconomía, si bien la pobreza sigue siendo parte de la agenda más apremiante del país, agravada por la terrible violencia de las bandas criminales.

AUNQUE FUE UNA MEJORA MODESTA, EL PROGRESO DE LAS CINCO PRESIDENCIAS DE LA TRANSICIÓN DEL PAÍS, TRAS LA BRUTAL CRISIS DE 1982, ES REAL Y SE REFLEJA OBJETIVAMENTE.

Paradójicamente, ese sistema llamado “neoliberal” creó una serie de instituciones intermedias que contradicen la idea de un Estado que deja a “la mano invisible” del mercado la resolución de los problemas, como pretende el neoliberalismo ortodoxo. Más bien, se distinguió por separar el tema económico del político, sin faltar excesos típicos como los compadrazgos corruptos entre gobernantes y empresarios, que son lastre de toda la historia mexicana (ver El poder corrompe, de Gabriel Zaid; Debate, 2019). Sin embargo, para AMLO lo esencial es subordinar la economía a la política, y lo ha demostrado desde antes de gobernar, con su consulta discutida para cancelar el aeropuerto de Texcoco. Con la idea de la austeridad republicana, AMLO está llegando más lejos que cualquier régimen neoliberal: la supresión o el adelgazamiento de comisiones regulatorias, la reducción drástica del gasto en áreas como medio ambiente, derechos humanos, salud y educación; la apertura de programas de “entrega directa” de apoyos, y a últimas fechas, la destrucción de 109 fideicomisos para las más diversas áreas del desarrollo, desde ciencia y cultura hasta desastres. La explicación de los voceros del partido en el poder, Morena, es que los apoyos a becarios no se detendrán, pero será directos desde presidencia. Hay pues, una clara estrategia de reforzamiento de la imagen presidencial a costa del tamaño del Estado (miles de despidos de burócratas acumulados en dos años) que probablemente no tenga precedentes… desde los tiempos de la presidencia de Porfirio Díaz Mori, el general liberal que es vilipendiado cotidianamente por López Obrador.

Lo cierto es que al presidente, la sociedad le compró la idea de que estamos peor que en el pasado, cuando en realidad, este México en crisis viene de la época con mayor acceso a servicios básicos y de infraestructura, ingresos menos desequilibrados en relación con las élites; salud y educación precarios, pero más reales que con el alemanismo o el echeverrismo (cuando solo se atendía bien a las clases medias que eran fuente de la legitimidad del régimen). Estamos ante una demostración palmaria de cómo los caudillos populistas aprovechan el “pesimismo cultural” vigente en el mundo, incentivan y explotan el enojo de las mayorías.

Lo inquietante se resume en una frase del economista Thomas Sowell, con quien abrimos este artículo: “Las falacias no solo son ideas alocadas. Por lo general son plausibles y lógicas, pero carentes de algo. Su carácter plausible les aporta sustento político. Solo si ese apoyo político es lo bastante fuerte para causar que ideas falaces se conviertan en programas y políticas gubernamentales, es que los factores que faltan o que se ignoran tienen probabilidad de conducir a ‘consecuencias involuntarias’, una frase que se escucha con frecuencia a raíz de desastres por políticas económicas y sociales” (Economía, verdades y mentiras. Thomas Sowell. Editorial Oceáno) Lo escribió en 2008. Embonó en nuestra realidad como una lúcida profecía. 

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara