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2020-09-24
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La “nueva democracia” y la naturalización del insulto

UN GOBERNANTE PROFESIONAL NO SE DEDICA A EVANGELIZAR NI A CALUMNIAR A SUS CRÍTICOS

EL BÁRBARO: “¡Piedad! No puedo tenerla si no compartes totalmente mi parecer.

EL MORIBUNDO: ¡Ay! Vos sentís que en estos últimos momentos se han marchitado todos mis sentidos, se han cerrado todas las puertas de mi entendimiento, mis ideas huyen y mi pensamiento se extingue. ¿Estoy en condiciones de disentir?

EL BÁRBARO: Pues bien, si no puedes creer lo que yo quiero, dime que lo crees y eso me basta.

EL MORIBUNDO: ¿Cómo puedo perjurar para complaceros? En algún momento tendré que comparecer ante el Dios que castiga el perjuro.

EL BÁRBARO: No importa, tendrás el placer de ser enterrado en un cementerio, y tu mujer y tus hijos tendrán con qué vivir. Muere como un hipócrita; la hipocresía es buena; es, como se dice, el homenaje que el vicio rinde a la virtud. ¿Qué cuesta, amigo, un poco de hipocresía?…”.

 

Voltaire, Diálogo entre un moribundo y un hombre de buena salud. En Tratado de la tolerancia

 

 

AMLO ha insultado a medios de comunicación.

Lo dijo el vicepresidente español, y líder del populista Unidas Podemos (sic, las neolenguas rompen la gramática a cambio de visibilizar las eternas reivindicaciones), Pablo Iglesias: “en una democracia, todos los poderes son objeto de crítica, también el mediático […] hay que naturalizar que cualquiera esté sometido a la crítica y al insulto”, pues “la crítica es normal. Y el derecho ofrece instrumentos a todo mundo para defenderse” (www.elconfidencialdigital.com, 9 de julio de 2020).

Esta muy discutible argumentación encuentra eco en algunos analistas de la realidad mexicana, que en los últimos días, tras los insultos del presidente Andrés Manuel López Obrador a Reforma, señalan que no es el presidente un factor que ponga bajo riesgo a la libertad de expresión, de por sí, precaria en  México por las altas cuotas de violencia y muerte que el periodismo paga desde hace más de una década, y que en particular, se ha cobrado 17 vidas en los casi dos años del gobierno federal en funciones.

Tengo dos argumentos contra esa idea complaciente con el poder del primer hombre de la república. Uno, el insulto y la ofensa podrán ser  fenómenos naturales cuando existe libertad de expresión, pero los gobernantes no están bajo ese rasero aplicable al individuo, porque tienen la representación de la sociedad completa, incluidos los “conservadores”, los “reaccionarios”, los “fifís” y toda la caterva de malvados que pretenden, de acuerdo a la narrativa lopezobradorista, descarrilar el tren irresistible de la Cuarta Transformación (o sus sucedáneos en provincia, como la “refundación” del agresivo gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro Ramírez, adversario pero admirador de López Obrador, sin contradicción: otro orgullo de nuestro populismo, parafraseando al famoso José López Portillo). Hayabundante literatura sobre derechos humanos y leyes de tribunales tan importante como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de la misma Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) que respaldan este aserto de la necesaria moderación del poder institucional y la libertad amplia de los particulares para cuestionarlo.

Dos, si bien, los medios de comunicación pueden integrar un poder fáctico, como lo han documentado muy bien Raúl Trejo Delarbre y Marco Levario Turcott (del primero, Poderes salvajes, mediocracia sin contrapesos; del segundo, Primera plana, la borrachera democrática de los diarios, ambos con ediciones Cal y Arena), con todos sus excesos, eso no significa que se trate de un poder monolítico ni mucho menos inamovible. Además, los tiempos de los grandes consorcios de comunicación que dominaban la esfera pública, están en crisis, transformados: hay múltiples ejemplos en que periodistas de investigación, que aprovechan el bajo costo de producción de noticias con las plataformas digitales, se han desligado de los antiguos amos de los Media -que normalmente son hombres de negocios que en muchos casos crecieron a la sombra del poder-, y han establecido sólidos proyectos periodísticos que no están regidos por los antiguos supuestos de ese núcleo tradicional de empresarios, quienes a su vez, con la crisis de credibilidad propiciada por su mismo manejo discutible de las noticias y de sus intereses, han debido hacer, al menos tímidamente, una concesión a los periodistas de sus redacciones, sobre la necesidad de que se haga periodismo verdadero.

AMLO en la mañanera.

El centro de mi argumento es que definir lo mediático básicamente como un poder no solo es impreciso, sino que tiene efectos nefastos en la esfera de lo público. Retomo la muy conocida idea del maestro de ética periodística colombiano, recién fallecido, Darío Restrepo, en su artículo “El periodismo: ¿problema o solución en las crisis?”, del libro Los grandes desafíos del periodismo, sobre el deber de los periodistas, al margen de las empresas para que trabajan: ser independientes.  

El periodista que se inclina por un gobierno, un partido o una ideología: “pierde su dignidad, pierde su independencia y, por consiguiente, no está haciendo periodismo sino caricatura de periodismo  […] sin embargo, y a pesar de su derecho a tener una opción, la experiencia larga enseña que ninguna propuesta política es absoluta y, por tanto, susceptible de convertirse en dogma inapelable. Por eso, el periodista no cree en dogmas. Es una convicción que trae de la mano otra: el alineamiento detrás de alguna bandera convierte a las personas, sobre todo si se trata de periodistas, en propagandistas de una causa. Y un periodista propagandista es el imposible intento de mezclar el agua y el aceite. Por tanto, una elemental coherencia con su ser profesional impulsa al periodista a buscar en todo la verdad completa y no la verdad a medias del propagandista”, señala.

“Todas estas razones juntas culminan en el gran motivo del periodista para no  militar en trincheras: que el único amo al que le debe respeto es el lector, de cualquier grupo, partido, bando o secta; ese receptor que en cada edición o emisión espera que le hagan entender lo que está sucediendo. Él no  espera, ni pide discursos, ni propagandas, sino su ración diaria de la verdad de los hechos, porque así se lo exige su condición de miembro de una sociedad,  que se integra a ella en la medida en que conoce y entiende su historia diaria y la utiliza para decidir por su cuenta y riesgo. Mira como una ofensa que otros decidan por él o lo decidan. Ese receptor siente que alguien lo traiciona cuando en vez de hechos recibe propaganda.»

Restrepo recupera una definición de uno de los periodistas más excepcionales, Ryszard Kapuscinnski: “el verdadero periodismo es intencional, es decir, se fija un objetivo e intenta provocar algún tipo de cambio: no hay otro periodismo posible […] si leéis los escritos de los mejores periodistas, Mark Twain, Ernest Hemingway, Gabriel García Márquez, comprobaréis que siempre se trata de un periodismo intencional. Están luchando por algo, narran para alcanzar, para obtener algo” (Los cínicos no sirven para este oficio, Anagrama, 2002). Esto lleva ineludiblemente a la colisión con los intereses gubernamentales, máxime en gobiernos populistas donde se secuestra la verdad en un relato único. En ese caso, todas las disidencias son estorbosas. Calumniar al periodismo bajo premisas como “representante” de un poder, el mediático, y por ende, no independiente, es peligroso para quienes nos dedicamos a la profesión, a la par de impreciso e injusto.  

Esta reflexión sale a colación por mi firma en el famoso desplegado de 650 personas entre periodistas, intelectuales, académicos, científicos, editores y empresarios culturales, sobre la amenaza que significa la agresividad discursiva del presidente hacia medios, organizaciones sociales, academia, y en general, todo aquél que le incomoda, que fue publicitado a mediados de este mes. Mi planteamiento es la necesidad de recuperar en el lenguaje público la moderación y el respeto a los gobernados (con los que no hay una relación de equidad; el presidente es la persona más poderosa en México, por encima de los empresarios, de los generales y de los obispos, para acabar pronto), porque hay una responsabilidad más apremiante si se considera un país sumido en una crisis de violencia. Y la violencia verbal es la antesala de la violencia física, no por excepción, contra quienes quisieran restarle importancia.

LAS REDES SOCIALES SON SITIOS DONDE ABUNDAN LA OFENSA, EL DESACRÉDITO Y EL ACOSO, PERO SIN DUDA, PARTICULARMENTE FACEBOOK, PUEDEN PERMITIR INTERCAMBIOS REFLEXIVOS.

Un usuario me señala que es imposible que el periodista sea independiente por su subordinación a una ideología. Yo le observo: “Es un tema de ética no de ideología. O digamos que la ideología periodística consiste simplemente en que tengas distancia del poder, y pasa a segundo plano si eres liberal o conservador, de izquierdas o derechas. Por otro lado, existe la realidad. El periodista debe buscar los hechos y tratar de construir un relato con base en cosas que ocurren: una comunidad se quedó sin agua, unos delincuentes secuestran campesinos, un político se roba un dinero. ¿De verdad no lo va a abordar porque tenga alguna idea preconcebida sobre la maldad burguesa o sobre lo pernicioso de las ideas comunistas, por hablar de dos clichés? De ningún modo, son hechos noticiosos. Tampoco procede calificar de toma de posición ideológica que se hable de los destrozos que ocasionó una marcha. Es la realidad y la gente espera que los periódicos y los medios hablen de ella en su edición del día siguiente. Claro que el periodista es un sujeto y habla desde su humanidad, pero eso es muy diferente. Cuestionar la posibilidad de un relato construido desde la distancia crítica es hacer imposible un periodismo profesional. Muy distinto hablar de periodismo objetivo: el periodista no es objetivo pero sí puede ser profesional y sí puede cuidar la distancia crítica, condición sine qua non, para lograrlo”.

Otro seguidor me señala que por qué no acepto que hay diversidad ideológica y que esta tiene diferentes versiones de la verdad, hechos alternativos. Mi respuesta: “Defiendo la pluralidad y el derecho a la libre opinión, pero también defiendo los hechos. Puede haber formas distintas de apreciarlos pero es muy distinto a la mentira, que bautiza Trump como ‘hechos alternativos’. Los periodistas no son ángeles y por el contrario, como buenos humanos, son sujetos , tienen ideología e intereses. Pero el profesionalismo existe para todos los oficios. Un gobernante profesional no se dedica a evangelizar ni a calumniar a sus críticos; un periodista profesional publica hechos verificables. Ambos patrones de comportamiento fundamentan la credibilidad en instituciones como el periodismo y el poder ejecutivo. El respeto a la otredad no implica respetar la mentira como derecho. Mucho menos en instituciones de la vida pública, que deben conducirse conforme al marco rígido de la ley. De manera que tu intención puede ser buena, tus primeras premisas ciertas, pero tu corolario es una oda al derecho a mentir y manipular, pues con el pretexto de lo subjetivo pones a la misma altura la verdad, la media verdad y la mentira. Por cierto, la ley determina y garantiza la neutralidad de las instituciones pues es un fundamento ético de la igualdad de los ciudadanos. Podríamos debatir por horas si es o no posible. Lo que me parece indudable es que poner el rasero tan bajo como tú lo pretendes genera una degradación de un valor republicano esencial. Eso permitió que los cínicos se apoderaran hace mucho de nuestras instituciones, y con ese pretexto, se dé licencia a los contrarios que arribaron hace dos años y dijeron: ahora nos toca. Los periodistas hacemos política al hacer público lo que se quiere privatizar y al transparentar la realidad contra el discurso oficial, simplificador y propagandista. Y al hacerlo bien, sobria y profesionalmente, es lo de menos la ideología y los intereses particulares de cada periodista. Lo que importa es que me fundamente lo que publica, que transparente los hechos, que tenga el rigor profesional de demostrar por qué eso que me revela importa tanto. Habrá, como el todas las profesiones, periodistas mediocres, impreparados o simples reproductores de mensajes de grupos de interés. Pero también habrá buen periodismo. Hagamos una paráfrasis de la cita evangélica: ‘busca honradamente una noticia con la neutralidad, la precisión de datos y su jerarquización al nivel del interés público, y lo demás se te dará por añadidura”.

Han sido diversos insultos a la prensa.

Otro apunte respecto a la novedad populista contra el pasado reciente: “Los presidentes de muchas democracias han intentado someter a la prensa, incluso en EU, pero ninguno de los que han gobernado ese país, ni siquiera Nixon, se compara con Trump, que es el personaje político más parecido a nuestro presidente. Hay una genuina novedad histórica para México y EU en ambos personajes y es justamente porque ambos países, pese a ser presidencialistas, crearon sistemas de representación complejos que evitaron la dictadura. El presidente priista, por ejemplo, tenía un enorme poder pero estaba obligado a sopesar a las ‘fuerzas vivas’ que representaban en su partido todas las corporaciones nacionales, estaba obligado a mantener equilibrios. Estaba también acotado por su periodo en el poder, que era improrrogable. Esa presidencia imperial fue fuertemente degradada con la transición democrática cuando llegaron los presidentes más débiles de nuestra historia, de Zedillo a Enrique Peña Nieto. Pretender que esos ejecutivos hayan podido (doy por descontado que como todos, sí quisieron) someter a la opinión pública y la prensa a sus dictados es solo hacerle el juego al régimen actual. Descalificar al que toma una posición clara frente al abuso de poder sistemático (subrayo la palabra porque es el rasgo distintivo que genera alto riesgo a las libertades con este régimen lopezobradorista) que se da, como nunca antes, desde el púlpito presidencial, revela un espíritu antidemocrático que caracteriza a nuestro México de hoy, tristemente”.

Otro usuario de redes opinó que el desplegado de marras pretendía arbitrariamente representar a la sociedad completa, y que hacía desmemoria sobre presidentes previos que también atacaron a la prensa. Yo le objeté: “En ningún momento el desplegado afirma lo que criticas. Sin embargo, como los derechos son universales, es evidente que defenderlos beneficia a todos, independientemente de que se sientan representados o no. En segundo lugar, no encontrarás otro presidente en muchas décadas que utilizara su alta tribuna para denostar periodistas, ambientalistas, intelectuales, como a AMLO. Aquí no hay un punto neutro del cual asirse; lo habría si excepcionalmente tocara a esos grupos. Y su ataque es constante y sistemático”.

Un cuarto usuario me dijo que no había visto un presidente más atacado por la prensa en décadas (el propio López Obrador dice que solamente Francisco I Madero, que para contrastar, era un verdadero demócrata). Mi respuesta: “Mi diagnóstico es al revés: en 32 años de periodista jamás habíamos tenido un presidente que tan pública y ostentosamente se ufanara de poseer el monopolio de la verdad y calumniara en cadena nacional todo cuestionamiento a su gobierno y a su estilo personal de gobernar. Lamento toparme con esa opinión que descalifica toda la variedad del orden democrático. Los regímenes populistas de esta época, con Trump a la cabeza, han convertido la descalificación a la prensa en deporte. Buscar desacreditar tiene sentido dado que pretenden el monopolio del sentido de los hechos. El enorme poder simbólico del presidente (todo poder lo es) genera un ambiente de crispación que repercute en agresiones directas a los periodistas al realizar coberturas. Lo ha documentado Artículo 19, la organización defensora de la libertad de expresión en México. Comprenderá que la mejor crítica es la que previene y no se trata de esperar a que todo se recrudezca. Aplicar adjetivaciones como ‘prensa inmunda’, ‘prensa sicaria’ , y de ahí para abajo un amplio rosario de terminología no es ejercer derecho de réplica, es ejercer el privilegio de la calumnia. Y ningún presidente había llegado tan lejos en las formas. Forma es fondo: de la violencia verbal se suele pasar a la violencia real. Creo que los asesinatos por lo general derivan de la violencia privada desatada por la impunidad, y un Estado incapaz de proveernos seguridad pero que además, apunta desde sus liderazgos al menosprecio y el ataque de los periodistas, lo que no puede asumirse como inocente, si bien, sería temerario señalar una autoría intelectual. Un mensaje sensato y de concordia, un uso de un derecho de réplica que abunde en los datos y las pruebas con la apuesta de que la verdad es la mejor respuesta, pero es lo que no tenemos. El efecto de polarización y de naturalización de actitudes que simplifican la toma de decisiones de quienes tienen en la violencia su modus vivendi, pero además, que la gente de la calle pueda verse tentada a decidir qué permite y que impide en la labor de los reporteros. Eso es obstáculo a nuestro trabajo y amenaza a nuestras libertades. Y al ver la trayectoria de otros países con líderes carismáticos que se confrontan con la prensa, le encuentro bastante sentido. No etiqueté, dije que no estoy de acuerdo con justificar al presidente bajo el argumento de que es objeto de una embestida mediática. Es exactamente al revés. Finalmente, recordar que un periodista no es dueño de la verdad pero deberá dar voz y espacio a todos los actores de un conflicto y presentará con el mayor sustento posible las publicaciones que derive”.

Como adenda: los poderes constitucionales y formales están legalmente acotados, los medios de comunicación deben ser acotados por la opinión pública. En modo alguno defiendo el derecho a publicar lo que sea, pero son los ciudadanos activos los que de forma razonada, no pasional ni partidista, y con evidencias claras, debe determinar la falsedad de un hecho publicado. También creo que el presidente, con un lenguaje moderado por su alta investidura, tiene derecho a presentar datos que lleven a corregir el sesgo -no siempre derivado de la mala fe; muchas veces es fruto de la falta de información, pues la cultura de que los funcionarios son dueños de la información sigue dañando fuertemente el debate público por insuficiencia de datos- o precisar informaciones.

Pero el caso de Macuspana que ocasionó las iras del presidente contra Reforma, es emblemático de su forma de procesar el conflicto: la publicación, debidamente fundamentada, no fue debatida, fue acusada y llenada de epítetos. El presidente es un actor político esencial para que el debate público sea sensatamente encauzado y la razón predomine sobre la pasión.

INSISTO, ES EL HOMBRE MÁS PODEROSO DEL PAÍS, UN GESTO DE ÉL EQUIVALE A DE MILES O MILLONES DE CIUDADANOS.

Lo dijo hace menos de un año el afamado novelista Enrique Serna (Periodismo en crisis, en Eme Equis, 17 de septiembre de 2019): “Tachar de golpistas a todos los críticos de López Obrador es una jugarreta infantil para intentar desacreditarlos. Quienes enarbolan esta bandera pretenden meter en el mismo saco a los chayoteros más notorios y a los periodistas honestos que no creen en la infalibilidad del caudillo, pero sobre todo, aspiran a convertir sus dogmas propagandísticos en hechos históricos. La cuarta transformación no es un cambio de régimen irreversible, como AMLO proclama todos los días, ni mucho menos una revolución, como creen Paco Ignacio Taibo II y el padre Solalinde, sino un modesto cambio de gobierno (benéfico o nefasto, eso está por verse) elevado a proporciones épicas por la megalomanía de su jefe máximo. Nuestra democracia no nació con la victoria electoral de AMLO y por lo tanto, tampoco morirá cuando su partido pierda la presidencia en las urnas.”

Pretender que el insulto de un presidente es normal en un régimen democrático, es realmente desnaturalizar la esencia de la democracia, y convertir su crisis en su normalidad. El populismo es una crisis, una enfermedad de la democracia, carcomida por su falta de credibilidad, bien ganada por los abusos, la corrupción, y en este caso, la avaricia y la avidez de controlar la política por parte de muchos empresarios y periodistas ampliamente mediáticos, cosa que aprovechan los demagogos que sumieron el poder. Pero no perdamos el sentido común. Violencia y falsedad no conforman debate, y aunque las ideologías son diversas, los hechos deben ser privilegiados. “Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad”, señala, con sombría agudeza, el historiador  Timothy Snyder (Sobre la tiranía. Veinte lecciones que aprender del siglo XX, Galaxia Gutenberg, 2017).

 

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara