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2020-09-10
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Abuso de poder, ceguera voluntaria y psiquiatría

EN LAS DENUNCIAS COTIDIANAS QUE HACE AMLO DESDE EL MÁXIMO ALTAR DE LA PATRIA, LA MOVIBLE MAÑANERA, SE ENCARNA ESA INDIGNACIÓN POR EL DESASTRE QUE ENCARNAN LOS OTROS, Y QUE SIENTE EL PUEBLO EN LO MÁS PROFUNDO DE SU LARGA FRUSTRACIÓN

“…la mentira es una realidad política fundamental. Las repúblicas simuladas no gobiernan por la simple fuerza bruta, sino por la trampa: apoderándose de la verdad. Los supuestos ciudadanos están a merced de las autoridades, en primer lugar, porque no pueden demostrarles nada. Rige la verdad oficial […] adueñarse de la verdad facilita adueñarse de todo lo demás”

Gabriel Zaid, El poder corrompe

 

López Obrador en cada mañanera señala a otros de los errores en el país.

Ya muy poco se atreven a jugar al autoengaño: los síntomas de que en México caminamos hacia un estado autoritario son claros. A la ambición de los gobernantes de ser monopolizadores de la verdad, resulta inevitable la deriva del abuso de poder: porque soy dueño de la verdad tengo derecho a imponértela, a denunciar tu mentira privada, y si no es mentira, peor para ti porque se opone, no a mi verdad, sino a la Verdad, con mayúscula.

Ese mecanismo requiere una fuerte complicidad, no siempre explícita, pero clara: la ceguera voluntaria de millones que lo avalan, dado que el bien superior de la Verdad con mayúscula bien vale la omisión de los detalles que lo complican todo, y sobre todo, el sacrificio de derechos privados, que osan pretender el privilegio de mantener su verdad alternativa y de vivir conforme a ella en un mundo que ya exige la virtud de la unicidad y al aceptación, el fin del conflicto, la transparencia total del individuo para avalar la lucha “del pueblo” encarnada en el presidente.  Quien no está con él está contra él. La fuerza de la renovación moral para purificar la vida pública exige la fuerza del fanático y la simplicidad del discurso. Por eso el presidente no requiere la complejidad del conocimiento técnico, de esos que sabían y por eso nos engañaron. No, basta la llama purificadora y remitirse a los valores más altos y abstractos del bien superior; la ira del profeta; la voluntad justiciera de quien ha dado con la certeza: para llevar a México a la senda del bien (que es equivalente a desarrollo, progreso, bienestar y “felicidad”) lo fundamental no es el conocimiento, sino la honestidad.

Es aquí donde el abuso de poder se legitima. En las denuncias cotidianas que hace Andrés Manuel López Obrador desde el máximo altar de la patria, la movible mañanera, que a ratos recorre el territorio nacional o que usualmente se aposenta en una sala del palacio nacional, se encarna esa indignación por el desastre que encarnan los otros, y que siente el pueblo en lo más profundo de su larga frustración: los críticos del poder de hoy que avalaron a los cínicos de ayer, los que se olvidaron de las luchas cívicas y las recuperaron tramposamente ya que llegó el redentor a reencauzar la vida pública extraviada al menos tres décadas, los egoístas que creen que causas como su hijo con cáncer, sus selvas degradadas o su derecho a cuestionar la pertinencia del gasto público, de la estretegia ante la pandemia o del apropiamiento de las instituciones pueden significar algo ante la formidable ambición de llevar a la vida pública el bien y la pureza que nace en el sencillo corazón de los oprimidos.

El mecanismo que hace posible esa enorme legitimidad que ejerce López Obrador gracias a la entrega total de millones de sus seguidores a sus axiomas básicos sobre la política necesaria (por más que derive en la antipolítica, en la pasividad del ciudadano porque aunque no lo comprendo, el presidente sabe lo que hace) lo ha reseñado la psicóloga Liz Basañez, en un artículo publicado en 2019 para Forbes México. “El poder es esencial en la sociedad humana.

NO EXISTE NINGÚN GRUPO SOCIAL DONDE NO ENCONTREMOS, AL MENOS EN ALGUNO DE SUS INTEGRANTES, UNA CONDICIÓN DE PODER.

Ya sea porque la persona, innatamente, tiene un temperamento y por ende, un carácter dominante favorecedor de liderazgo. O porque la gente alrededor se lo otorga, tal y como nosotros lo hacemos con nuestros gobernantes”, señala.

“El poder es tener la capacidad, el dominio o la fuerza para realizar alguna acción”, define. Luego señala “lo favorable del poder”: que “el líder puede dirigir a los demás para facilitar metas del grupo social. Inspira y da confianza. Ayuda a difundir aspectos altruistas y benéficos para la comunidad y los demás”.

Pero lo más interesante es el apunte sobre lo desfavorable: “Puede transformar en ‘sentido de deber’ la venganza, crueldad o resentimiento social. Proyecta en las personas la parte oscura de la naturaleza humana”. Ambición, autoritarismo, corrupción, abuso, agresión, violencia. “La realidad social y las investigaciones demuestran que muchísimas veces los aspectos positivos y negativos del poder están entretejidos de forma compleja. Cuando a un ser humano se le da la alternativa de estar ‘por encima de otro’ no sólo tiende a usarlo sino a abusarlo”.

Y se pregunta, ¿qué sucede en las personas ante el abuso del poder? El abusador “percibe a la víctima como el enemigo y se ve a sí mismo como la víctima inocente. Los agresores tienen una predisposición positiva hacia ellos mismos y una negativa hacia sus adversarios. Cuando alguien percibe ‘al otro’ como malo o enemigo, filtra toda la demás información que no concuerde con esa etiqueta que le puso (atención selectiva).  Lo cual los mantiene bajo presión y eliminan características obvias. No solo abusan de su poder, sino le suelen dar un trato cosificado, que en muchos puede generar placer. Buscan generarle una sensación de impotencia para luego poder destruirlo impunemente”.

¿Y qué sucede con la víctima? El miedo puede generar obediencia, pero no sometimiento. Existe tanto dolor físico como psicológico. Pero al ser humano nos suele causar mayor malestar, lo que nos genera mayor dolor psicológico (emocional). ¿Qué suele generarnos dolor psicológico? Humillación, engaño, que nos desprecien, que nos priven de nuestra libertad, que nos ignoren, que pongan en duda nuestra capacidad o reputación, que muestren insensibilidad y egocentrismo ante el dolor o sufrimiento de otros”.

Sigue la experta: ¿Qué función psicológica tiene el contra-ataque: defenderse, buscar justicia? “Dignificarme, buscar aliviar mi dolor emocional (ponerle un curita), igualar la balanza de poder entre ambos”. ¿Qué artimañas suelen usar quienes abusan del poder para mantenerlo? Buscar que el otro no reaccione, no piense, no tenga argumentos, no comprenda claramente, no denuncie.

“No decir, aunque parezca que sí. Si el otro (sin poder) no comprende, no va a tener buenos argumentos en contra de mí”. No hay posibilidad de intercambio de comunicación “porque Yo estoy por arriba de ti, y punto”. La estrategia de divide y vencerás. “Te pongo muy difícil y complicado que levantes la voz y me acuses”. Manipular, negar o minimiza la existencia del conflicto (https://www.forbes.com.mx/el-uso-y-abuso-del-poder-en-el-ser-humano-siempre-y-cuando-la-victima-tolere/).

Respecto a la voluntad de cerrar los ojos a la realidad para no hacerle el juego a “la mafia del poder” (tampoco te inquietes si los miembros de esta se han sumado a la renovación, fueron perdonados porque han reconocido sus pecados, o bien… el presidente sabe lo que hace), hay demasiados ejemplos históricos de claudicación de amplios sectores de sociedades democráticas frente a la emergencia de poderes renovadores, los anhelados transformadores de la realidad, redentores en el lenguaje de las religiones políticas.

Un biuen ejemplo es este artículo de El Comercio de Perú, de Antonio Rodríguez Vicéns, acerca de La ceguera voluntaria, libro de Christian Jelen:

“En septiembre de 1917, L’Humanité, el periódico del Partido Socialista francés, envió a Petrogrado a Boris Kritchevski para informar sobre el avance de la revolución de febrero. Como era ruso y socialista, hablaba el idioma y conocía el país y sus luchas políticas, tendría facilidad para analizar y comprender los acontecimientos sin la intervención de intermediarios. Las crónicas que escribió comenzaron a publicarse el 25 de octubre, tres días antes de la toma del poder por parte de Lenin y Trotsky. Como su contenido crítico desmitificaba el golpe de Estado y la incipiente dictadura, el periódico censuró las últimas 10, iniciando así el proceso de deformación de los hechos y de encubrimiento de la verdad. Pero ‘L’Humanité’ no silenció el decreto que Lenin dictó el 10 de noviembre de 1917, tres días después del golpe de Estado bolchevique, suprimiendo los diarios de la oposición bajo el pretexto de que inducían ‘a la subversión al deformar los hechos con ánimo calumnioso’. ‘Lenin lo proclama, y ello es suficiente’: su criterio, convertido en verdad irrefutable que no requería ‘justificación ni demostración’, se imponía por la violencia”.

En la conferencia de prensa mañanera.

En su crónica del 20 de noviembre, “Kritchevski mencionó esa inclinación de los bolcheviques a ‘la violencia brutal de las bayonetas y a un régimen de arbitrariedades terroristas…’. El historiador Christian Jelen, en ‘La ceguera voluntaria’, basándose en testimonios coincidentes obtenidos en diversas fuentes, luego de probar que los socialistas franceses, desde el principio, conocieron las características totalitarias del sistema bolchevique -’policial, terrorista, asesino, guerrero, enemigo de todas las libertades, reaccionario y avasallador’-, se interroga sobre las razones que tuvieron para impulsar ese proceso de ocultamiento, deformación y mitificación. ‘Si esos testimonios quedaron pronto sepultados bajo el polvo de las bibliotecas, se debió a la angustia y a la voluntad de huida ante la insoportable idea de que el socialismo podía propagar la muerte. Durante más de 50 años, los más ilustres intelectuales han dado prueba de una formidable capacidad de olvido…”.

Esa ceguera voluntaria “no ha sido una característica solo atribuible a minorías de militantes e intelectuales. La han padecido también quienes, a nombre de las mayorías, soslayando violaciones constitucionales y legales, abusos y atropellos, han buscado acallar las voces de la disidencia, como una forma de contribuir a la consolidación de procesos autoritarios y de ahogar el pensamiento crítico y el debate”, sostiene el artículista (ver https://www.elcomercio.com/opinion/ceguera-voluntaria.html.).

Y no se trata de sugerir una inminente dictadura del proletariado (aunque más de algún seguidor de AMLO acaricie esa fantasía), sino de destacar que cuando hace falta, el sentir estar frente a un proyecto político “superior” hace que los que saben, callen. Eso sucede en México por parte de muchos demócratas que consideran necesaria la purificación de la vida pública que trae AMLO, y que lo ven como mejor a los 30 años de transición neoliberal, que a su juicio condenó al país al atraso (otro debate que sigue vivo, ¿México estaba tan mal como para sacrificarlo todo?). Esos demócratas, muchos de ellos periodistas, también callan frente a calumnias y simplificaciones vertidas desde la Mañanera (así, en altas) contra proyectos críticos (apuntemos otro elemento que remite en la escala un poco más baja de la naturaleza humana: el gozo de muchos “olvidados” que ven la defenestración de la “mafia cultural” representada por Nexos o Letras Libres, por ejemplo. El presidente es el operador de su venganza personal), sobre la base de que si la vida personal tiene una mancha de duda, el individuo que la porta merece, sin concesiones, una condena.

Debo advertir que esa tendencia no está presente solamente en las filípicas cotidianas de López Obrador contra los “conservadores”. Es una especie de epidemia que lastra los discursos y las acciones de los grupos políticos de oposición. La cacería de brujas desatada por el Partido Movimiento Ciudadano en Jalisco, contra el consejero ciudadano del Sistema Estatal Anticorrupción, David Gómez Álvarez, es una expresión de abuso de poder que quita toda legitimidad moral a esa supuesta oposición que encarna la figura de Enrique Alfaro Ramírez. El silencio de buena parte de los intelectuales y periodistas de la comunidad no es precisamente una nota de honra. Si la Cuarta Transformación o la Refundación me traen venganzas personales, tal vez hace que valga la pena el sacrificio de todo lo demás.

Es así como se demuele la república como la conocimos. La Verdad se convierte en monopolio del poder, la mayoría ve en la purificación de la vida pública la prioridad al costo que sea, el abuso de poder es en realidad justicia inmanente. La inteligencia y el conocimiento se convierten en un lastre peligroso ante la necesidad de simpleza, señal reconocible solamente en las personas de buena voluntad, en los justos que ahora sí poseerán esta tierra.

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara