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2020-08-27
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Los enemigos íntimos de la democracia en México

EL PROBLEMA DE NUESTROS GOBERNANTES ES QUE NO SON DEMOCRÁTICOS AUNQUE SE LLENAN LA BOCA CON PALABRAS DE TRADICIÓN DEMOCRÁTICA...

“La defensa del hombre libre depende de su voluntad de matar al héroe que lleva dentro de sí para poder rechazarlo en otros…”.

John Ralston Saul. Los bastardos de Voltaire

AMLO y Alfaro en el Palacio de Gobierno.

Los mexicanos asistimos hoy a la acelerada abolición de la política. Bajo la premisa básica de que política es el abordaje de asuntos definidos como públicos con base en la convivencia civilizada entre seres iguales por derechos, libres y responsables (llamados “ciudadanos”); bajo las reglas del respeto a las diferencias, el respeto por la verdad, el respeto por la ley y la necesaria separación del espacio privado, el espectáculo que vemos desde la amplia y frecuentemente pasiva bancada de los espectadores es la creciente negación de estos principios.

Andrés Manuel López Obrador, desde palacio nacional, y muchos gobernadores entre los que destaca el atrabilario Enrique Alfaro Ramírez, desde Casa Jalisco, nos quieren imponer -no convencer, no discutir, no plantear como debate legítimo: imponer sin derecho a las dudas, que en los sistemas de creencias son heréticas y sospechosas – su muy simplona pero muy vendible versión de los hechos: la historia heroica que encabezan para el combate de la pureza contra la maldad y la corrupción, como una cruzada en que no se puede vacilar. O estás del lado de la luz o estás del lado de las sombras.

Los ciudadanos asistimos a la imposición de la propaganda como verdad, y no es necesario aludir a una presunta fatalidad que nos lleve a los campos de concentración nazis o al Gulag, para comprender que esta deriva autoritaria y demagógica de la democracia es hija por lo menos bastarda de esos trágicos regímenes del siglo XX, bajo cuyas sombras se sigue dando buena parte del combate ideológico contra las sociedades liberales y la misma idea liberal en el siglo XXI.

El grave problema es, como diría de forma memorable el filósofo nacido en Bulgaria y, tras huir del totalitarismo, francés por elección, Tzvetan Todorov, que se trata de “enemigos íntimos” de la democracia. Nacieron y crecieron bajo reglas de una sociedad formalmente democrática y que aspira a dar representación a todas las ideas y todos los grupos… incluso aquellos que odian la democracia liberal por relativista y por pretender resolver todo con la “tibia” criba de la ley, a la que ven, en buena tradición marxista-leninista, como un instrumento de dominación desde el poder. Es decir, denuncian el engaño de lo formal, pero usan los recursos de ese engaño para acometer la empresa de alcanzar el poder y abolir sus “simulaciones”.

No puedo evitar citar en extenso el ensayo Los enemigos íntimos de la democracia, de Todorov (Galaxia Gutenberg, 2012).

“El acontecimiento político más importante del siglo XX fue el enfrentamiento entre regímenes democráticos y regímenes totalitarios, en el que los segundos pretendían corregir los defectos de los primeros (El subrayado es mío). Este conflicto, responsable de la Segunda Guerra Mundial, de unos sesenta millones de muertos y de infinitos sufrimientos, concluyó con la victoria de la democracia. Se venció al nazismo en 1945, y el hundimiento del comunismo data de 1989, con la caída del muro de Berlín […] en contrapartida, la democracia genera por sí misma fuerzas que la amenazan, y la novedad de nuestro tiempo es que esas fuerzas son superiores a las que la atacan desde fuera. Luchar contra ellas y neutralizarlas resulta mucho más difícil, puesto que también ellas reivindican el espíritu democrático, y por lo tanto parecen legítimas”.

Todorov destaca que las democracias del siglo XXI están amenazadas por la desmesura, la hybris de los griegos o la concupiscentia dominandi del aristotélico Santo Tomás de Aquino.  “El régimen democrático se define a partir de una serie de características que se combinan entre sí para formar una entidad compleja, en cuyo seno se limitan y se equilibran mutuamente, ya que, aunque no se oponen frontalmente entre sí, tienen orígenes y finalidades diferentes. Si se rompe el equilibrio debe saltar la señal de alarma”.

 LA DEMOCRACIA ES CIERTAMENTE UN RÉGIMEN DONDE EL PODER PERTENECE AL PUEBLO.

Pero “en una democracia, el pueblo no equivale a una sustancia natural. Se diferencia no sólo cuantitativa, sino también cualitativamente tanto de la familia, del clan, de la tribu, donde lo que prima es el vínculo de parentesco, como de toda entidad colectiva definida por la presencia de un rasgo como la raza, la religión o la lengua de origen. Forman parte del pueblo todos los que han nacido en el mismo suelo, a los que se añaden los que han sido aceptados por éstos. En una democracia, al menos teóricamente, todos los ciudadanos tienen los mismos derechos, y todos los habitantes son igualmente dignos”.

Las democracias modernas son liberales porque “a este primer principio fundamental se suma un segundo: la libertad de los individuos. El pueblo sigue siendo soberano, cualquier otra opción supondría someterlo a una fuerza exterior, pero su poder es limitado. Debe detenerse en las fornteras del individuo, que es dueño de sí mismo. Una parte de su vida depende del poder público, pero otra es independiente […] no es posible reglamentar la vida en sociedad en nombre de un único principio, ya que el bien de la colectividad no coincide con el del individuo. La relación que se establece entre las dos formas de autonomía, la soberanía del pueblo y la libertad personal, es de mutua limitación: el individuo no puede imponer su voluntad a la comunidad, y ésta no debe inmiscuirse en los asuntos privados de sus ciudadanos”.

Así -resulta indispensable ponderar la importancia de este aserto de Todorov -: “a diferencia de las teocracias y de los regímenes totalitarios, [las democracias] no prometen a sus ciudadanos la salvación, ni les imponen el camino a seguir para conseguirla. Su programa no incluye construir el paraíso en la tierra, y se da por sentado que todo orden social es imperfecto (el subrayado es mío). Pero, por otra parte, las democracias tampoco se confunden con los regímenes tradicionalistas y conservadores que consideran que jamás deben ponerse en cuestión las reglas impuestas por la tradición. Las democracias rechazan las actitudes fatalistas de resignación”.

De manera que esa posición intermedia “permite interpretaciones divergentes, pero podemos decir que toda la democracia implica  la idea de que es posible mejorar y perfeccionar el orden social gracias a los esfuerzos de la voluntad colectiva. La palabra progreso está actualmente bajo sospecha, pero la idea que engloba es inherente al proyecto democrático. Y el resultado está ahí: los habitantes de los países democráticos, aunque a menudo están insatisfechos con sus circunstancias, viven en un mundo más justo que los demás países. Las leyes los protegen, gozan de la solidaridad entre los miembros de la sociedad que beneficia a los ancianos, a los enfermos, a los parados [desempleados] y a los pobres, y pueden apelar a principios de igualdad y de libertad, incluso al espíritu de fraternidad”.

Pero la democracia no solamente se define como la institución del poder y la finalidad de su acción, “sino también por cómo se ejerce. En este caso, la palabra clave es pluralismo, ya que se considera que no deben confiarse todos los poderes, por legítimos que sean, a las mismas personas, ni deben concentrarse en las mismas instituciones (el subrayado es mío). Es fundamental que el poder judicial no esté sometido al poder político (en los que se reúnen el poder ejecutivo y el legislativo), sino que pueda juzgar con total independencia. Lo mismo sucede con el poder de los medios de comunicación, el más reciente, que no debe estar al servicio exclusivo del gobierno, sino mantenerse plural. La economía, que depende de los bienes privados, conserva su autonomía respecto al poder político, que a su vez no se convierte en simple instrumento al servicio de los intereses económicos de algunos magnates. Así, la voluntad del pueblo tropieza con un límite de otro orden: para evitar que sufra los efectos de una emoción pasajera o de una hábil manipulación de la opinión, debe ajustarse a los grandes principios definidos tras una madura reflexión y consignados en la Constitución del país, o simplemente heredados de la sabiduría popular”.

¿Y por qué Todorov habla de la desmesura? “Los peligros inherentes a la idea de la democracia proceden del hecho de aislar y favorecer exclusivamente uno de sus elementos. Lo que re´pune estos diversos peligros es la presencia de cierta desmesura. El pueblo, la libertad y el progreso son elementos constitutivos de la democracia, pero si uno de ellos rompe el vínculo con los demás, escapa a todo intento de limitación y se erige en principio único, esos elementos se convierten en peligro: populismo, ultraliberalismo y mesianismo, los enemigos íntimos de la democracia”.

Por eso los antiguos “consideraban que el peor defecto de la acción humana era la hybris, la desmesura, la voluntad ebria de sí misma, el orgullo de estar convencido de que todo es posible. La virtud política por excelencia era exactamente su contrario: la moderación, la templanza”. Finalmente, algo que debería ser inolvidable para un demócrata: “El primer enemigo de la democracia es la simplificación, que reduce lo plural a único y abre así el camino a la desmesura”.

La política se ha convertido en un espectáculo.

A la vista de las taras democráticas que arrastramos en México, la lectura de Todorov resulta fundamental: no perder las claridad de los principios entre tanta verborrea demagógica, que justo es decir, no inventaron ni López Obrador ni Alfaro, pero han sabido aprovechar eficazmente para convertir a sus adversarios en enemigos y constituirse en la fuente suprema de la verdad, de la pureza y de la salvación. Lo mismo que hicieron Donald Trump para llegar al poder en Estados Unidos, Hugo Chávez para conquistar Venezuela o Jair Bolsonaro para asumirse como redentor oficial de Brasil.

Si queremos pasar revista al modo en que hemos llegado a este callejón sin salida, tenemos que reconocer que data de mucho tiempo, al grado de que la transición democrática, que arrancó como un hecho político irrebatible con el ascenso de Alberto Cárdenas Jiménez (1995-2001) en Jalisco y con el de Vicente Fox Quesada a nivel nacional (2000-2006), jamás resolvió esas contradicciones, y en buena medida, recibió gustosamente los lastres heredados de la larga hegemonía priista (1929-2000).

Para hacer posible el regreso de los caudillos, fueron dos décadas de componendas, simulación y “hacerse de la vista gorda” frente al grave problema de la corrupción y el aún más grave de la violación del Estado de derecho. No es que la hegemonía priista nos hubiera heredado un Estado fuerte y cimentado en la ley. Es que la fuerza de esa entelequia autoritaria era tal, que todos los intereses y la violencia privada se debían someter a sus dictados. No reconocer el pluralismo sino de forma aséptica y acotar fuertemente derechos civiles y políticos bajo un corporativismo que incluía las “fuerzas vivas” (incluso la llamada “reacción”, como empresarios e iglesia) fueron clave del éxito del sistema nacido de la revolución mexicana.

Durante la transición, la política se transformó en el espectáculo de nuestras peores taras democráticas (pues coincidió con el triunfo de la revolución digital que ha cambiado la forma de hacer política en el mundo, a través de redes sociales y con materias como la posverdad). La transparencia de los medios de comunicación reveló  los abusos en el uso de dineros para campañas, el descaro de convertir dineros y políticas públicas en compra o condicionamiento para votantes, la impudicia de los actores políticos y la diáfana claridad con que traficaban influencias para hacer negocios con bienes públicos, la tibieza  o el exceso de rigor (ambos igualmente antidemocráticos) para someter a la violencia privada y en consecuencia, un desolador panorama de asesinatos fomentados por la impunidad.

Pero sobre todo, la increíble miopía de la clase política, que siempre secuestrada por las apariencias y por el corto plazo, no supo convertir nuestro arribo a la democracia formal en un proyecto generoso de nación frente a dramáticas necesidades como la pobreza no resuelta (de pasada: falso que este país fuera igualitario en la hegemonía del nacionalismo revolucionario priista, los nostálgicos de ese viejo orden son fundamentalmente clasemedieros que fueron efectivamente favorecidos porque al régimen le convenía esa legitimación de sus hijos más educados y politizados, pero entre 1940 y 1990, los pobres no eran menos pobres, solamente estaban silenciados por el clientelismo y el peso brutal del autoritarismo), el Estado de derecho prostituido por las negociaciones con los grupos de presión, el auge de la violencia privada (de nuevo: la supuesta arcadia del priismo solo hacía invisible al país violento. Solamente vivimos una amplia paz privada entre 1990 y 2007, y los niveles de violencia esta época, atizados por el espectáculo, son similares a los que se registraron en los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo; así: la nostalgia por el pasado está envuelta de ignorancia y de trampas), y la urgencia de lograr la transformación de la economía al bajo carbono y a la minimización del impacto ambiental, en tiempos en que el cambio climático es una crisis mundial que no reconoce fronteras ni grupos sociales, a pesar de los sueños populistas de aislamiento bajo un apotegma del viejo priismo que fue revitalizado por López Obrador: “la mejor política exterior es la política interior”.

En particular, el penoso espectáculo que nos han dado por más de dos décadas los legislativos nacional y locales son una afrenta a la democracia y un pretexto para abolir la división de poderes.

La enorme y gozosa irresponsabilidad de los diputados dejándose seducir por los gobernadores, repartiéndose dinero y prebendas, aprobando leyes insulsas o impracticables,  obstaculizando proyectos de desarrollo o en la devoción eterna de controlar al poder judicial y repartírselo a sus cuates, no solo es una vergüenza permanente de nuestra transición. Es claramente una traición a la democracia mexicana. No hay posibilidad de que la democracia exista sin parlamentos que sean el espacio deliberativo básico de los asuntos públicos, lo que implica que encarnen una legítima representación. Sus excesos han derivado en la visibilización de una veta exitosa, profundamente antidemocrática, cuya expresión más radical lleva a cuestionar la pertinencia de la existencia del legislativo, e incluso, de los partidos políticos, otro sector de nuestro entramado político donde el interés público ha sido traicionado.

Lo terrible de esto es que las camarillas de poder enquistadas en los partidos siguen regidas bajo la delirante idea de que pueden seguir jugando a la democracia y arrojar peroratas de heroísmo y martirio personal a favor del pueblo, mientras secuestran los derechos ciudadanos a intervenir en sus instituciones y a dar cuentas de cómo ejercen los dineros que les asigna cada instituto electoral con nuestros impuestos, evitan la libertad de expresión entre sus miembros, solapan el gasto de los dineros de los gobiernos que ejercen, con simulación de transparencia y rendición de cuentas, y se oponen a toda crítica.

En Jalisco, está fresco el vergonzoso espectáculo de persecución contra el Comité de Participación Social del Sistema Anticorrupción que cuestionó a los legisladores por la repartición de plazas judiciales y de la judicatura. El grupo legislativo dominante (PMC-PAN), que huelga decirlo, obedece a los mandatos del gobernador Enrique Alfaro, se ha empeñado en desacreditar al comité, en particular en la persona de David Gómez Álvarez -un académico que fue funcionario electoral hace más de una década y subsecretario de planeación en el gobierno anterior -, y ejemplifica bien cómo la política-espectáculo violenta el espacio privado, sagrado para la democracia liberal, en el afán de aplicar los correctivos a los que no se le someten: la campaña contra el consejero en medios afines, lleva a la publicidad de hechos personales, el recurso a la calumnia y la difamación a través de la red y una persistencia propagandística con sus granjas de bots en redes sociales, con el afán de que la única verdad que prevalezca sea la del caudillo.

ES UN GRAVÍSIMO ABUSO QUE EN UNA DEMOCRACIA DECENTE, OBLIGARÍA A INVESTIGAR A LOS DIPUTADOS Y AL PROPIO GOBERNADOR, PERO AQUÍ POCO SUCEDE.

Alfaro se ha empeñado, desde su arribo al gobierno de Tlajomulco en 2009, en construir su versión de la realidad como única, heroica, depuradora de la democracia corrupta: el acoso a periodistas, a partidos opositores, a líderes empresariales, incluso al poderoso Grupo UdeG (conflicto zanjado temporalmente en una alianza coyuntural a partir de 2018 debido al embate del mayor caudillo maximalista, desde la Ciudad de México), a organismos de la sociedad civil que se atreven a criticar sus decisiones en áreas tan variopintas como el desarrollo urbano o la defensa de las mujeres, a entidades descentralizadas o desconcentradas que no controla (como es el caso), hace de Alfaro Ramírez un ejemplo notable dentro de la amplia gama de políticos personalistas que pretenden encarnar el poder, porque ellos sí son buenos.

Es decir, el pasado corrupto se combate con sus propias armas (aunque la corrupción cambie de nombre) pero con un discurso distinto, simplón y legitimador. En el caso nacional, no difiere la actuación del gobierno de López Obrador, cuya gestión en muchas áreas -obras públicas, economía, medio ambiente, energía, combate a la violencia y protección de minorías, además de la pandemia del COVID 19 – se puede calificar entre errática y desastrosa.

Sin embargo, la política espectáculo, cuyo último capítulo han sido los videos de corrupción de la clase política, aunque lo salpicó en la entrega de recursos presumiblemente ilícitos para Morena, le permite respiros al popular mandatario, dotado de una invencible licencia para ignorar la realidad. Esto incluye introducir términos e interpretaciones irreales que remiten a la neolengua orwelliana de 1984 (la corrupción es en el PRIAN, en nosotros son “aportaciones”; los muertos por la pandemia no se pueden ocultar, pero hemos sido responsables porque los hospitales no han sido saturados y las pruebas y los cubrebocas son de dudosa utilidad; el que no está conmigo está contra mí; hablar de Dios no es opuesto al estado laico), además de mantenerse a la ofensiva en el afán de dividir al país entre buenos y malos.

El problema de este tipo de gobernantes es que no son democráticos aunque se llenan la boca con palabras de tradición democrática: la verdadera democracia, como la define Todorov, los desespera porque obstruye (pensando que son sinceros) su afán de justicia y desarrollo; la pluralidad los exaspera con su ruido y sus críticas al poder; la discusión es una trampa que en el mejor de los casos hace lentos los engranajes del Estado, y en el peor, hace prevalecer los intereses de los otros, los malvados y egoístas; la división de poderes divide lo que debe tener unicidad, pues el bien es igual a la verdad y entonces, cualquier oposición tiene necesariamente intenciones aviesas. Son los enemigos íntimos de la democracia, los populistas y autoritarios cuyo triunfo conduciría, si es consecuente con sus ideas, a la cancelación de la política, una noción y modelo que solo puede existir en democracia liberal, porque los reyes, los dictadores y los caudillos privatizan para sí lo público y no se puede cuestionar al dueño de la sociedad, sea por derecho divino o por ser encarnación mística del pueblo. El anverso es que reducen el espacio privado bajo la vigilancia paciente y correctiva de un estado omnisciente que busca nuestro bien, incluso a pesar de nuestros pecaminosos apetitos particulares.

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara
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