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2020-08-10
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EUA 2020: elección y decisión

AL IGUAL QUE EN 2016, LOS SONDEOS PARECEN DESFAVORABLES PARA TRUMP

A menos de tres meses para la celebración de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, muchos medios de comunicación, analistas y hasta casas encuestadoras dan por segura la derrota de Donald Trump.  

De nuevo, al igual que en 2016, los sondeos parecen claramente desfavorables para Trump.  

No obstante, hay que analizar con bastante tiento todo el entorno antes de precipitarse a pronósticos que de por si se antojan reservados, no solo por el momento electoral, sino por las circunstancias y atipicidades de los últimos meses. 

Por lo que respecta a la popularidad del inquilino del Despacho Oval, según el portal Real Clear Politics -que efectúa una media de todos los sondeos electorales-, Trump cuenta con una aprobación del 42.9%, un porcentaje que es similar al que ha mantenido durante todo su mandato y que nunca ha bajado del 40%.  

Este porcentaje se considera como la referencia para poder abordar con ciertas garantías la lucha por la reelección. La cifra de popularidad de Trump, es muy similar a la que tenían los ex presidentes Barack Obama y George W. Bush durante los años a su reelección. 

En relación con los sondeos a nivel nacional, el virtual candidato democrata Joe Biden mantiene una ventaja media sobre Trump de 6.4% puntos electorales.  

Si se comparan los sondeos de esta semana de agosto, con la misma semana del mismo mes de 2016, Hillary Clinton tenía de media exactamente una ventaja de 6.4% puntos sobre Donald Trump, es decir, la misma ventaja que ostenta hoy el candidato demócrata Biden. No obstante, vale la pena centrarse en las encuestas de los Estados decisivos: Florida, Ohio, Pennsylvania, Michigan, Wisconsin, Arizona y Carolina del Norte. 

En los feudos tradicionalmente demócratas de Michigan, Wisconsin y Pennsylvania, donde contra todo pronóstico Trump se impuso a Clinton en 2016, Biden mantiene una ventaja de entre 5 y 6 puntos. Si se compara con las mismas fechas de 2016, Clinton tenía una ventaja incluso superior, de entre 8 y 10 puntos, dato que luego entonces, da materia para pensar es que aun es demasiado temprano para especular una victoria del democrata sobre el republicano. 

En los Estados de Florida, Ohio, Arizona y Carolina del Norte, Biden tiene una pequeña ventaja de entre 2 y 4 puntos sobre Trump, exactamente la misma ventaja que mantenía Hillary Clinton en el mismo período de 2016, y en los que al final también se impuso Trump.  

Sin embargo, y quizá aquí nace la razón por la que muchos analistas ya ven a Biden despachando en la casa blanca, es que está teniendo un desempeño mejor que el de otros candidatos demócratas en los Estados tradicionalmente republicanos de Texas y Georgia.

AUNQUE TRUMP MANTIENE UNA LIGERA VENTAJA, EL CANDIDATO DEMÓCRATA ESTÁ MEJOR POSICIONADO QUE OTROS ANTECESORES DE SU PARTIDO.

Sin embargo, conviene recordar que, en estos dos Estados, los sondeos siempre han sido más beneficiosos para los demócratas que la realidad en las urnas, ya que aunque las encuestas suelen reflejar una lucha apretada, el día de las elecciones los republicanos suelen ganar holgadamente.  

No en vano, ningún demócrata ha ganado las elecciones presidenciales en Texas desde 1976 ni en Georgia desde 1992. 

Así pues, si se comparan  los presentes datos con los del 2016, la contienda parece bastante más abierta de lo que anuncian muchos medios de comunicación, que al igual que en 2016 daban por descontada la victoria de Clinton, ahora hacen lo propio con Biden.  

Es lo malo de confundir los deseos con la realidad. No obstante, todos estos datos deben tratarse con cautela, por cuanto si bien en 2016, Hillary Clinton realizó una activa campaña electoral con una enorme exposición mediática, no puede predicarse lo mismo con respecto a Biden.  

Manifiestan los analistas demócratas que Biden está haciendo una gran campaña sin cometer errores. Efectivamente, no se han cometido errores porque el candidato demócrata no está haciendo campaña alguna, dado que se encuentra encerrado en el sótano de su casa.  

Sobre el candidato demócrata, han gravitado numerosas acusaciones de una cierta senilidad, que se habrían advertido a través de los propios debates electorales en los que ha participado el candidato o de las escasas entrevistas que el mismo ha concedido, que harían que la estrategia del partido fuera esconder a su propio candidato durante la contienda electoral.  

También se baraja la posibilidad de que Biden no sea más que un candidato títere que no llevaría el peso de su propia candidatura presidencial. De ahí, cobra especial interés quién sea la designada como candidata a vicepresidenta en la nominación demócrata. Ante la exigua actividad del candidato a presidente, es posible que sea la candidata a vicepresidenta quién lleve la voz cantante de la candidatura. 

Da la impresión que es el Partido Demócrata quién maneja la candidatura de Biden, no dedicándose como sería lo propio a ensalzar a su candidato, sino más bien dedicándose a erosionar a su rival, Donald Trump.  

Dicha campaña se está orquestando agitando las calles a través del  violento movimiento marxista Black Lives Matter, en los medios de comunicación a través de la campaña incendiaria contra el Trump por el mal manejo de la Pandemia, en el plano social, a través de la censura de las grandes tecnológicas contra el magnate en las redes sociales y, finalmente, en el plano político, a través del matrimonio Obama, los cuales han tomado la dirección de la campaña demócrata.  

Sea como fuere, Joe Biden, podría ser quizá accidentalmente el demócrata que lleve de nuevo al partido al poder público en el vecino país del norte. Ya se verá que rumbo toman los sondeos y las encuestas una vez que se defina a la candidata a la vicepresidencia por parte de los democratas.  

Desde ya trasciende que sería sin duda una incondicional de los Obama y los Clinton, para nadie secreto, que sean a la fecha, y desde hace mucho tiempo ya,  las familias más  influyentes dentro del seno democráta. La pregunta es: ¿cómo responderan Trump y los republicanos?  

Así la baraja va desde expertas y veteranas como la senadora y exrival en las primarias Kamala Harris o la exconsejera de Seguridad Nacional Susan Rice, a figuras más emergentes como la congresista californiana Karen Bass o la gobernadora de Michigan Gretchen Whitmer. También se habla de la senadora Elizabeth Warren, que es blanca pero permitiría a Biden estrechar lazos con el ala izquierda del partido, otro de los factores a tener en cuenta en una decisión, esperada con ansia en Washington, y, que el candidato se resiste a tomar pero debe hacerlo antes de la convención demócrata que se celebrará al parecer virtualmente el 17 de agosto. 

Más allá del género, el consenso en Washington es que, si Biden gana las elecciones de noviembre, la vicepresidencia adquirirá una relevancia sin precedentes. Primero, porque el candidato, que se convertiría en el presidente de más edad en llegar a la Casa Blanca (lo haría con 78 años), se ha referido a sí mismo como un presidente de transición. La vicepresidenta, en una eventual Administración Biden, se verá pues como una presidenta a la espera. Segundo, porque será inevitable ver en ella una señal del rumbo que tomará en el futuro un Partido Demócrata atascado, al menos desde la Gran Recesión, en un debate sobre su identidad. Y tercero, porque la historia dice que, igual que los presidentes, los vicepresidentes más relevantes llegan en tiempos de grandes desafíos.  

La vicepresidencia está pobremente dibujada en la Constitución, y el cargo ha debido ir definiéndose y aclarando a través de enmiendas. Originalmente, la carta magna establecía que sería vicepresidente el segundo candidato más votado en el colegio electoral. Así, en 1796 el presidente John Adams tuvo que gobernar con el vicepresidente Thomas Jefferson, del partido rival, y en 1800 el propio Jefferson empató a votos con el candidato a vicepresidente de su partido, y el asunto se trasladó a la Cámara de Representantes, que tuvo que votar nada menos que 36 veces hasta romper el empate. Para las siguientes elecciones, en 1804, se añadió la 12ª enmienda que instauraba el actual sistema de elección, que requiere un voto separado para la vicepresidencia. 

El de vicepresidente es uno de los dos únicos cargos electos a nivel nacional, y es la persona que asume la presidencia si esta queda vacante. Algo que no conviene menospreciar: entre 1841 y 1975, uno de cada tres presidentes murió durante su mandato o dimitió. Ocho vicepresidentes ascendieron debido a la muerte del jefe, y uno, Gerald Ford, por su dimisión. Además, es un clásico trampolín para la Casa Blanca. La mayoría de los vicepresidentes desde la posguerra han buscado la nominación presidencial después, a menudo con éxito, como demuestra el propio Biden. 

La Constitución entrega a la vicepresidencia apenas dos responsabilidades, enmarcadas, curiosamente, más en el poder legislativo que en el ejecutivo. Una es supervisar el recuento formal de los votos del colegio electoral ante una sesión conjunta de las dos cámaras del Congreso tras una elección presidencial. La otra, ejercer de presidente del Senado y romper los empates en la cámara, tarea que John Adams realizó un récord de 29 veces, y Biden no tuvo oportunidad de hacer en sus ocho años de vicepresidente. 

Por lo demás, durante la mayor parte de la historia del país, la vicepresidencia fue en efecto un cargo insignificante. Hasta la ratificación de la 25º enmienda de la Constitución, de hecho, si un vicepresidente dimitía o fallecía ni siquiera era sustituido, y el cargo ha estado vacante durante un total de 37 años en la historia americana. 

La cosa cambió en 1976. Carter ofreció la vicepresidencia a Walter Mondale, y este aceptó dejar su escaño seguro en el Senado solo si el demócrata accedía a dar a su vicepresidente un papel más relevante y activo en la Casa Blanca. Carter aceptó el trato, le dio a Mondale una oficina en el ala oeste de la Casa Blanca, estableció una comida semanal mano a mano y le encargó importantes responsabilidades. 

Desde entonces, la tendencia es a más poder en la vicepresidencia, y los cuatro últimos han desempeñado papeles clave en sus administraciones. Al Gore, liderando reformas medioambientales y la estrategia tecnológica. Dick Cheney, en política energética y la invasión de Irak. Joe Biden fue asesor clave de Obama en política exterior, y Mike Pence ha sido el encargado de coordinar a la respuesta a la pandemia del coronavirus; la crisis más grave de la Administración Trump. 

En el equipo de Biden trasciende que la lista se ha reducido a dos o tres candidatas. Los republicanos preparan sus ataques.  

Contribuye a la ansiedad el hecho de que Biden ya ha incumplido en al menos dos ocasiones las fechas que él mismo se ha ido marcando para anunciar su candidata a vicepresidenta, lo cual tampoco debería sorprender si se recuerda cómo ha tomado otras grandes decisiones de su carrera: el año pasado también incumplió reiteradamente los plazos que se autoimpuso antes de anunciar su candidatura a las primarias, igual que tardó en descartar hasta en tres ocasiones anteriores emprender una carrera presidencial. Biden, aseguran en su equipo, no es una persona que se precipite al tomar decisiones. Y esta, la de elegir a la que puede ser la mujer más poderosa de Estados Unidos, es una decisión importante. 

Doctor en Derecho y Notario; Analista y Columnista Sociopolítico; Consultor en Admon. y Políticas Publicas; Pdte. de Conciencia Cívica, A.C. y JALISCOenPLENO, A.C.
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