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2020-07-30
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Adiós al PRI, ¿ahora sí?

LO MENOS QUE PODEMOS PEDIRLE AL PRI, RUMBO AL 2021, ES QUE SE DEFINA

“Un traidor es un hombre que dejó su partido para inscribirse en otro. Un convertido es un traidor que abandonó su partido para inscribirse en el nuestro.”

Georges Clemenceau

 

Curiosa disyuntiva se presenta para el Partido Revolucionario Institucional (PRI) con el adelanto, más que esperable, del proceso electoral de 2021, como resultado de la permanente contienda del presidente Andrés Manuel López Obrador con sus adversarios, reales y ficticios, pero bajo la lógica de su genuina preocupación por los saldos electorales de la tragedia mexicana con el COVID 19, que se acerca a 45 mil muertos oficiales; por una austeridad que pinta para austericidio (la muerte de los enfermos con cáncer por falta de medicamentos o la creciente violencia contra las mujeres, casos extremos), mientras el Estado mexicano neoliberal es acosado y desmontado; y sin duda, por el tremendo retroceso económico que si ya despuntaba desde 2019, se ahondó con este crítico 2020, y que deja a casi la mitad de la población del país sin posibilidades de compra la canasta básica, es decir, en niveles de pobreza de ingresos.

El presidente espera sostener su mayoría en las cámaras de diputados y senadores, una mayoría que en 2018 fue fruto de un manejo al filo de la legalidad del tema de las candidaturas a través de las distintas fuerzas que lo llevaron al poder, como lo ha argumentado claramente el ex titular del IFE, José Woldenberg (ver https://www.eluniversal.com.mx/opinion/jose-woldenberg/mentir-un-recurso-renovable ). 

La disyuntiva priista es el papel que decida desempeñar particularmente para estos comicios venideros: ir solo pero con la oposición, o aliarse al gobierno. Eso definirá su hoy todavía incierto destino: ¿tiene madera para sobrevivir, reinventarse como propuesta partidista, o morir en la fusión con Morena, cosa con la que no pocos priistas simpatizan? 

Durante los casi dos años de este régimen ha sido una propuesta política ambigua, que a veces ejerce como oposición real (un papel para el cual, hay que ser claros, el PRI no fue creado), y en otras da bandazos a favor de las propuestas lopezobradoristas. Es un partido debilitado no solo porque el resultado de las elecciones de 2018 fue un castigo duro al último gobierno que encabezaron sus siglas, sino por la desbandada consecuente de muchos de sus cuadros, nostálgicos del nacionalismo revolucionario, pero sobre todo, temerosos de ser excepción dolorosa en la regla de oro de la política mexicana: jamás hay que vivir fuera del presupuesto. Esos tránsfugas se adhirieron mayoritariamente a Morena y al PT, ahora que la vieja escuela priista parece haber regresado al poder tras su defenestración progresiva a partir de 1982. 

Usar el adjetivo “curioso” no es arbitrario. Sea como oposición genuina o como adherente del nuevo régimen, en ambos casos se trata de litigar con herencias del Revolucionario Institucional, el partido que fundamentó y legitimó el autoritarismo mexicano versión siglo XX, y que modernizó al país hasta generar el milagro mexicano, pero con economía cerrada, pluralismo de ornato, empresarios sujetos al Estado y discursos de igualdad y libertad. Luego, fue también ese partido camaleónico el que dio forma a la construcción de una entelequia opuesta: un estado jurídicamente casi liberal, con instituciones que acotaron el poder presidencial, con elecciones democráticas, con mercado, pero lleno de reflejos estatistas y patrimonialistas -“capitalismo de cuates”, le han llamado varios estudiosos -, además del eterno estigma de la corrupción, que es su sello característico y marcó -no nos engañemos – todas las etapas del largo predominio del PRI, desde 1929 hasta 2000, y que lo terminó expulsando de forma contundente en 2018 tras seis años de su regreso.

Nuestro problema con el PRI es aquello que Luis González de Alba llamaba su peor herencia: no el dinero que se robaron, no las elecciones adulteradas eternamente, no la persecución de disidencias internas mientras le ponían cara bonita a la comunidad internacional. La peor herencia priista fue normalizar la componenda y el cochupo en la cultura mexicana; afianzar en el mexicano medio la “aversión al conflicto” para violar la ley y tolerar desde abusos políticos hasta la ominosa presencia del crimen organizado en el corazón de la sociedad, y sumado a esto, un patrioterismo de opereta, desinformado, acrítico y cursi, que hace ver en blanco y negro la historia y por ende, prefiere la versión religiosa de la política, donde no cabe la democracia porque la bondad y la maldad conforman monopolios, enemigos de la patria versus sus heroicos defensores. 

Esto es camino para condenar el diálogo, la negociación, el derecho que asiste a quienes no son mayoría. Para este amasijo contradictorio racionalmente, pero vertebrado en pasiones simplonas cimentadas en la creencia y el prejuicio que, una vez movilizadas por los políticos-pastores, pueden ser peligrosas expresiones de condena y persecución al pluralismo y la disidencia, hay una fórmula afortunada que leí en una columna de El Economista, firmada por Manuel Ajenjo, en 2010, para una nueva estrofa en el himno nacional que normalizara nuestra realidad: “un priista en cada hijo te dio”.

Sobreviviente de todas las coyunturas, el PRI vio nacer y morir el poder de los regímenes fascistas y consolidar los sistemas comunistas de partido único durante muchas décadas, hasta el desastre de 1989-1991, en que la historia dio un vuelco. El tricolor, cuyas exequias había adelantado el prestigiado intelectual Gabriel Zaid en los artículos de un libro memorable – Adiós al PRI-, no desapareció con la transición democrática arrancada en el mismo 1988 con las polémicas elecciones arbitradas por el entonces secretario de Gobernación Manuel Bartlett Díaz, que dieron el gane oficial al candidato tricolor Carlos Salinas de Gortari (aunque buena parte de su clase política migrara a formar un partido político con diversas izquierdas nacionales). A partir de ese momento, en busca de una legitimidad, el presidente pacta con la derecha democrática panista, pero va más lejos: toma muchos de sus históricos postulados.

ALLÍ SE CIMIENTA LA ALTERNANCIA AL MENOS A NIVEL DE ESTADO. 

En 1995 la vivió Jalisco con la elección del panista Alberto Cárdenas Jiménez, ya bajo la presidencia de Ernesto Zedillo Ponce de León, y a nivel nacional, el PAN alcanza el final de la “brega de eternidades” (Manuel Gómez Morín dixit) en 2000 con Vicente Fox.

Pero la alternancia fue paradójica. El viejo régimen no se fue nunca. El mismo Zaid había señalado el fin de un PRI de corte echeverrista, con resabios populistas y sometimiento de las libertades políticas, pero surgió uno distinto, tan pragmático como en el pasado, pero tan acorde a los vientos mundiales de cambio democrático tras la derrota comunista y el final de la Guerra Fría. Y no se fue, porque la huella cultural es profunda, y el partido mantuvo control en muchos estados que fueron su plataforma para mantenerse en el juego del poder. Hay que decir que coexistieron los dos PRI: el nacional revolucionario y el neoliberal. Algunos estados priistas simpatizaban ampliamente con las viejas doctrinas patrimonialistas al mismo tiempo que hacían guiños al empresariado nacional y mundial para invertir bajo reglas ventajosas. Aprendieron a usar a la democracia a su favor. No cesaron en sus políticas de control o gestión de las libertades, mientras diversos sectores como el campesino y el obrero planteaban condiciones a los gobiernos de alternancia para que los reconocieran como poder real. Ver al presidente o al gobernador sentados al lado de los líderes cetemistas, y un fracaso casi total de la lucha contra la corrupción del pasado, demuestran que el entendimiento vía el olvido fue regla, no excepción.

Este gatopardismo es en realidad vigente en la actualidad de forma tal vez más nítida: la reiterada voluntad expresada públicamente por el presidente López Obrador de no mirar al pasado, de perdonar viejas afrentas; recibir algunos de los “activos” priistas más cuestionados en la historia de la izquierda, como Manuel Bartlett Díaz o Napoleón  Gómez Urrutia; retomar el control de la política desde la presidencia, al grado de condenar proyectos ya en marcha o imponer otros ampliamente cuestionados desde la sociedad civil, demuestran la clara voluntad del regreso del ente presidencial de los sesenta y setenta, aunque ciertamente, no se trata de un calcado. López Obrador es más libre que cualquier mandatario del “desarrollo estabilizador”, que sujetaba su mandato a seis años y no podía violentar los marcos generados por los sectores de su partido, donde – en la mejor tradición fascista-populista de los años 30 del siglo XX- toda la sociedad estaba representada por las corporaciones, las “fuerzas vivas” del partido. ¿Si el PRI se integra a Morena, el sacrificio de sus siglas puede dar a cambio una consistencia institucional de la que carece el movimiento vertebrado en torno al carismático AMLO? Habrá que tratar de obtener sinceras revelaciones de los jefes del mermado tricolor, que ya analizan cuál será su papel en 2021, y si finalmente serán los enterradores de la obra de Calles, Cárdenas y Alemán.

Lo cierto es que ya se dan señales públicas de un coqueteo con el mandamás presidencial. Hay que agregar que la pública apertura del juicio del ex director de Pemex durante el sexenio anterior, Emilio Lozoya, y sus posibles revelaciones de la corrupción que anquilosaba a los que gobernaron entre 2012 y 2018, podría “incentivar” a los más cuestionados dirigentes del priismo-peñismo a apostar todo su capital político a López Obrador, sencillamente para salvar el pellejo. Aunque algunos comentaristas no ven en el affaire Lozoya más que un descarado uso político del tema de la corrupción para mantener la guerra contra el enemigo necesario de la narrativa populista del mandatario.

¿Cuál es el interés de los electores en la definición del papel del PRI? Que no se le engañe. Si el PRI va a fungir como verdadera oposición, que lo asuma, porque quien vote por esa opción está votando por un proyecto político específico. Traicionar al electorado, como se suele hacer en México, cambiando la camiseta que se usó durante el periodo electivo para irse de una bancada a otra para cambiar la correlación de fuerzas, debería ser prohibido y penalizado. José Antonio Crespo ha propuesto que en lo individual, si un senador o diputado renuncia a su bancada, a esta acceda su suplente. Y no es una sanción a la libertad política: los partidos, como instituciones de interés público, deben respetar la libertad de votar a conciencia de todos sus miembros. Así que lo menos que le podemos pedir al PRI, para saber la consecuencia del voto, es que se defina y deje de navegar en esa sospechosa ambigüedad que en este momento solo le hace el juego a otros intereses.

A nivel estados, las circunstancias de predominio de Morena pueden ser distintas, pero la exigencia de definición clara ante los votantes no cambia. Por ejemplo, hay dos fuerzas en el interior del mermado PRI Jalisco; la primera ya dio señales abiertas a través de su presidente, Ramiro Hernández, para aliarse eventualmente a Morena, que aquí es segunda fuerza, para enfrentar al alfarismo. Hay versiones también sobre el regreso del exgobernador Aristóteles Sandoval, quien, siempre se comentó en los pasillos del tricolor, estuvo aliado a Enrique Alfaro y sus subalternos para no impedir su ascenso a la gubernatura en el pasado 2018. Sin duda, decantarse por algunas de las opciones obligará a que el tricolor asuma un compromiso con un proyecto político definido. Lo que también parece inevitable es que esta generación de políticos priistas parece resignada a navegar en el segundo o tercer piso del poder, arrasados por los dos grandes grupos políticos que se disputan el país: el carismático presidente López Obrador por un lado, y un conglomerado opositor dominado claramente por el PAN pero con ligas fuertes del Partido Movimiento Ciudadano (PMC), y sobre todo, el PRD. ¿Realmente sobrevivirá el PRI a esta coyuntura, como lo hizo entre los sexenios de Vicente Fox y Felipe Calderón, o esta vez sí asistimos a su liquidación formal mientras sus herencias opuestas se fortalecen en los dos grandes conglomerados que se disputarán el país en los siguientes años?

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara
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