Descoordinación mezquina

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Estamos en la fase más peligrosa de propagación de la pandemia provocada por el virus Sars-Cov.02 en México que produce el coronavirus y en lugar de que los distintos niveles gobiernos ofrezcan una estrategia unificada, con información coherente y respuestas coordinadas, lo que nos muestra la clase política mexicana son respuestas mezquinas, diferenciadas, contrapuestas y confusas que apuntan a una capitalización política de la crisis sanitaria y económica que lacera a la sociedad mexicana.

Desde el inicio de la emergencia sanitaria comenzaron a mostrarse actos de descoordinación y empezó una competencia para mostrar qué gobierno (estatal o federal, y algunos casos municipales que decretaron ilegales toques de queda) era más capaz en enfrentar la pandemia.

Uno de los más destacados en el país es la iniciativa del gobernador del Jalisco para tratar de desmarcarse de la estrategia del gobierno federal que preside Andrés Manuel López Obrador: iniciar el confinamiento una semana antes, insistir en las pruebas rápidas (que parecen haber quedado en el olvido), instalar retenes inter-estatales, autorizar reinicio de actividades productivas antes que a escala federal, entre otras.

Las iniciativas de Enrique Alfaro provocaron que otros gobernadores llevaran a cabo iniciativas semejantes, lo que propició una competencia en la que varios gobiernos locales trataron de vender la idea a la sociedad de sus entidades de que estaban implementando mejores estrategias que la del gobierno federal.

Como parte de estas estrategias desconcentradas ha comenzado una “epidemia” de solicitudes de contratación o renegociación de deudas estatales, con la justificación de tener recursos para promover la reactivación económica de sus entidades, como fue la decisión de Enrique Alfaro de endeudar a los jaliscienses con 6,200 millones de pesos.

En esta absurda competencia de gobernadores para responder a esta epidemia, encontramos absolutas pendejadas, como la del gobernador de Puebla, Miguel Barbosa, que declaró que el coronavirus sólo afectaba a los ricos, no a los pobres.

En esta mezquina competencia para demostrar quién ha sido mejor, y para capitalizar político-electoralmente sus iniciativas, comenzó una campaña en medios de alcance nacional o en redes sociales como la del propio Alfaro de Jalisco (MC); o la del gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles (PRD); del Estado de México, Alfredo del Mazo (PRI); o la de los mandatarios panistas de Chihuahua Javier Corral o Diego Sinhue Rodríguez de Guanajuato.

Creo que estas estrategias diferenciadas de los distintos niveles de gobierno, en lugar de una campaña unificada en información y medidas de emergencia sanitaria centralizada, han propiciado desinformación y escepticismo en la población y que a la postre se han convertido en un incentivo para dejar de cumplir los llamados de emergencia sanitaria de cualquier nivel de gobierno.

Esta descoordinación en la estrategia sanitaria se ha traducido en un estado de percepción social que propicia que se desoigan las recomendaciones de la emergencia sanitaria…

Como quedarse en casa, el uso de cubrebocas o de respetar la sana distancia, y por tanto se han convertido en un factor de expansión de los contagios.

El esfuerzo de contar con una estrategia centralizada, en la que participaran en su diseño el gobierno federal como todos los gobernadores, se perdió en la reunión de la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago) con los responsables del gabinete nacional para atender la pandemia, el martes 26 de mayo.

Al salir de la reunión, tanto la secretaria de Gobernación Olga Sánchez Cordero, como el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell insistieron en que habría una sola estrategia marcada por “semáforos” donde se alertaba si una entidad o región estaba todavía en situación baja, media, alta o máxima de contagios de Covid.19, y donde a cada semáforo correspondía un color: verde, amarillo, naranja y rojo.

Pero el mismo día de esta reunión el gobernador de Jalisco dijo que el estado tendría su propio semáforo y mandó un mensaje político retador de que asumir la estrategia nacional supondría una “sumisión” al gobierno federal. Es decir, supone que una estrategia coordinada entre niveles de gobierno, tan necesaria en una emergencia sanitaria como la que vivimos, se convierte en una supeditación del gobierno estatal al gobierno federal.

Al día siguiente el presidente López Obrador declaró que no quería confrontación con los mandatarios estatales y sólo los reconvino a impulsar medidas de austeridad en su gasto público.

La respuesta mezquina de algunos gobernadores pinta de cuerpo entero los estándares éticos de la clase política nacional. No buscan una estrategia común para responder a esta enfermedad, sino en capitalizar política y electoralmente los impactos de una epidemia que lacera a la sociedad mexicana.

Si queremos quedarnos al margen de las peleas de la clase política profesional por capitalizar la emergencia provocada por la pandemia, deben producirse desde abajo respuestas desde la propia sociedad para contener e inhibir la pelea de intereses mezquinos de la clase política profesional.

En este contexto, son manifiestas aún la falta de respuestas de una sociedad civil emancipada de la clase política que muestre la necesidad de una salida cooperativa, solidaria y comunitaria a esta crisis que revela el colapso de la sociedad capitalista.

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