Un relato de cuarentena

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Roberto Partida Guerrero*

Corresponsal

Madrid, España.- Alfredo llegó entumecido y con un dolor de cabeza sólo experimentado en los días más intensos de campaña, cuando el sol arreciaba y había que estrechar un sinfín de manos agrietadas, callosas, y siempre sucias.  Manos que arrebataban la energía y quitaban el apetito. 

Mientras estiraba sus pies sobre un banquillo de terciopelo naranja, a ojos cerrados se frotaba las sienes con la yema de los dedos. La brutal cefalea se vio interrumpida por la vibración del bolsillo derecho de su pantalón de mezclilla. El traqueteo del aparato se trasladó a la palma de su mano, dejando entrever el segundo de tres mensajes anunciados por la pantalla que rápido volvía a oscurecerse tras cada notificación. El último mensaje lo vio claro, era el Dr. Pedro Fernández. Titubeante ante la idea de contestar con la cabeza caliente, Alfredo no pudo deshacerse de su alto sentido de responsabilidad así que atendió al texto rectangular. Eran malas noticias. 

El acto reflejo que le hizo atender en inicio, cual burócrata de ventanilla recibiendo un formulario, se transformó en un helado espasmo que le atravesó la espina y congeló el dolor de cabeza poniéndole en pausa. Había un saldo mortal y nuevos contagios en la población que anhelaba cuidar como a su propia carne. 

La hora más oscura para el Estado debido a la expansión de un nuevo virus proveniente de EEUU, concretamente desde Vail, un poblado al oeste de Colorado. Rápidamente se convirtió en una epidemia, lo que hizo de los problemas cotidianos, principalmente los de violencia y narcotráfico, un asunto secundario, más bien terciario. Menudencias de lo público. Conflictos de poca monta. Nada de qué ocuparse allí. 

El mensaje del Dr. Fernández desarmó por un instante a Alfredo, una sacudida que le inundó los ojos e inyectó las pequeñas venas oculares. La sensación era familiar, la había tenido a los 16 años cuando su equipo perdió en las semifinales de la liga juvenil. Porque eso sí, Alfredo, pese a su actual fisonomía rolliza, había sido un mediocampista de nivel, una estrella emergente, hasta que le dio por unirse a las juventudes priistas. 

Ese recuerdo que por poco le hacía derramar una lágrima, mutó aceleradamente en coraje. Al igual que en aquella semifinal donde lo dio todo, donde corrió más que nadie, y aun así el marcador final arrojó un definitivo 3-0. Esa vez, en colérica reacción, estampó una patada en las nalgas del portero contrincante, cuando éste sonreía y dirigía señas triunfales a la porra de su bachillerato. Ahora, casi tres décadas después, volvía a enfrentarse con esa sensación oceánica donde el todo se convierte en nada por el mal desempeño del resto, de los otros, los pendejos que le hacían quedar mal. 

Alfredo, azotado por las preguntas más importantes de su carrera política y sacudido por la realidad que le rebasaba, de pronto tuvo claridad al amargo mensaje del Doctor Fernández.  

La claridad se encarnó en el pequeño Nicolás, su hijo, quien con su diminuta mano y los tiernos sonidos que a veces salen de las bocas con dientes de leche, le sacó de su letargo con un agudo –¡a comeeer! –, mientras trataba de levantar a Alfredo de su sillón, jalando la gruesa mano de su padre consiguiendo apenas separar los dedos del Gobernador. 

El momento era inmejorable. Un rayo de luz casi divino. La valentía le entró por la boca, inflándole los cachetes, luego la garganta envuelta por el pescuezo, para finalmente tragar ese soplo vigoroso. Su estómago volvía a sentir apetito, como al final de aquella campaña infernal de meses atrás. La tripa embravecida y hambrienta se convirtió en boca y labios con los que llenó de besos a Nico y, de avioncito, se lo llevó planeando al gran comedor donde lo esperaba su esposa. Rodeado por esas paredes, lo acarició el olor de un espeso caldo marrón y las tortillas calientes al centro de la mesa. Notó que no le hacía falta nada, tal vez sólo un poco de limón al adobo. Así, tomó una decisión, la más ejecutiva desde que había asumido el cargo: 

 –Pura madre que me rajo. Voy a cumplir mi sueño. Dios me ha bendecido, muchos matarían por lo que soy. Estoy seguro de que mi papel no es accidental, estaba destinado. Se me van a cuadrar esos pendejos. El partido que jugué a mis 16 me lo enseñó todo. Pero hay un cambio, en ese entonces no podía hacer nada por esos, esta vez sí. Está en mis manos, la cancha y el balón son míos.              

Sentado a la mesa, con aire valiente, empuñaba una tortilla enrollada con la mano izquierda al tiempo que mascaba la carne deshebrada del plato con birria frente a él. En su mente, repetía de manera compulsiva, casi como un rezo, las audaces palabras que le habían sobrevenido en el momento lúcido de un instante atrás. Absorto en su rosario mental, sorbió furiosamente el caldo humeante de la cuchara, pero el calor desprendido le quemó el gaznate al grado que se le soltó la lengua y se dedicó un sonoro ¡ay pendejo!

 

@Roberttpa

*Es maestro en Ciencia Política por la UdeG y doctorante en Ciencias Políticas y de la Administración y Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid.
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