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2020-04-23
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En defensa de la oposición

LOS GOBERNANTES ESTÁN TAN OBSESIONADOS CON LA CRÍTICA QUE ÉSTA YA HA SIDO ESTIGMATIZADA MORALMENTE: CUALQUIER MENSAJE QUE SEA CONTRARIO A MI PROYECTO NO ES DE ANTEMANO RACIONAL; ES ODIO, ES GOLPISMO, ES VIOLENCIA

“Mientras no se establezca por base moral y civil la tolerancia política y religiosa, es decir, la seguridad perfecta de no ser molestado por exponer las propias opiniones; mientras los hombres que siguen determinados principios se crean con obligación o facultad de maldecir o perseguir a los que profesan doctrina diferente o contraria; finalmente, mientras no se generalice el hábito de sufrir la contradicción y censura ajena, es imposible la regeneración política de los pueblos, porque éstos no llegan a reformarse sino cuando los ciudadanos gocen de las garantías sociales”

José María Luis Mora, Discurso sobre las aversiones políticas que en tiempos de revolución se profesan unos a otros los ciudadanos, 1830.

 

Veo a genuinos demócratas que se escandalizan de la estridencia en que México vive hoy. Y me extraña profundamente, pues un demócrata sabe que no hay mejor síntoma democrático que el ruido. Política “es lucha y es conciliación”, decía el famoso Maurice Duverger, pero cuando quienes detentan los poderes constitucionales son quienes viven a la ofensiva, obsesionados en identificar a la mitad menos uno (o el tercio, o el cuarto, según las cuentas alegres), malvada sin duda, que les impide gobernar, el ruido normal se hace estridencia: no les interesa otra política más que la del enfrentamiento.

Así han sido los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador, a nivel república, y de Enrique Alfaro Ramírez, a nivel Jalisco. Están tan obsesionados con la crítica que ésta ya ha sido estigmatizada moralmente: cualquier mensaje que sea contrario a mi proyecto no es de antemano racional; es odio, es golpismo, es violencia, es afán de descarrilar a la cuarta transformación o a la refundación. Es increíble la cantidad de adjetivos rimbombantes, sonoros y huecos que se endilga a la disidencia, al grado de que el lenguaje se desnaturaliza. Caray, decir que la crítica al plan de rescate de Pemex trasuda odio, o que los cuestionamiento que las mujeres organizadas lanzan contra el Estado que no les garantiza derechos, equivale a una convocatoria violenta, o que las quejas de los empresarios son un aviso golpista, es tan desproporcionado como comparar el enfrentamiento añoso entre palestinos e israelíes, con triunfos constantes del estado judío, con la ejecución del holocausto (la Shoah) judío a manos de los nazis (y el ejemplo es bueno, porque efectivamente, el eslogan de “genocidio sionista” se ha impuesto sin mesura… incluso entre genuinos demócratas). No vacilo en señalar que el uso de estos calificativos no constituye pensamiento, sino propaganda. Y la propaganda siempre quiere ahogar a la crítica porque construye estados ideales.. aunque falsos.

Para empezar: no existe una proporción de poder equivalente que permita culpar al mismo nivel a eso que llaman “oposición” y a los gobernantes investidos de poderes constitucionales. López Obrador, Alfaro, Corral, el Bronco, y demás mandatarios, se han distinguido por atropellar a la crítica con el uso de sus amplios recursos económicos (sale del erario la amplia red de bots para acosar disidentes) y de la notoriedad de su cargo, que les da foro muy por encima de sus críticos; su ataque a las instituciones democráticas es doblemente peligroso porque reúnen a millones de adeptos más o menos involucrados y más o menos decididos, que pueden incurrir en algo que yo llamaría “el síndrome Smerdiakov” (¿Recuerdan Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky? Smerdiakov asesina al padre de los Karamazov porque su hermano, el liberal Iván, que lo consideraba aceptable, no se iba a manchar las manos con el crimen…).

Agreguemos que estos gobernantes controlan las cámaras donde se determinan las leyes, y tienen una fuerte presión sobre los poderes judiciales, bajo la premisa -que nadie puede a priori desechar- del combate a las camarillas corruptas. Y usan sus direcciones de comunicación social para atacar disidentes, y especialmente, periodistas (profesión que en México es una de las más peligrosas).

La oposición, variada por intereses, dispersa por composición, diversa en cuanto a contactos políticos y capacidad económica (no es lo mismo la Coparmex que el movimiento zapatista o los feminismos contestatarios) ni tiene el poder ni puede ser responsabilizada al mismo nivel. Las palabras “golpista”, “odio” y “violencia”, entonces, se salen de su significado. México, que se ha distinguido por 80 años de ser ajeno a golpes de estado, que no ha podido cultivar un debate democrático que realmente influya en la vida pública y nos saque de los lugares comunes de las emociones interesadas, y que tiene una irresistible “intolerancia al conflicto” que ha cedido primero, el poder de la violencia al Estado, y luego lo ha permitido con exceso de pragmatismo en las bandas criminales, no pinta para merecer, por regla general, tamaños adjetivos. A lo más, lo que se nos da muy bien es la intolerancia. Las redes sociales vinieron a potenciarlo:

“México ocupa el lugar 17 de 25 en civilidad en el uso de internet, según una encuesta de Microsoft. La civilidad en internet, según la empresa de Bill Gates, se refiere a la tolerancia hacia otros usuarios, sus usos y costumbres. La encuesta arrojó que en México 75 por ciento de los usuarios de internet han sido incivilizados con otras personas. Los mayores detonantes de incivilidad son la apariencia física, orientación sexual, identidad de género, política e inclinaciones religiosas”.

Pero el problema es agrave a nivel mundial “El Índice de Civilidad Digital (ICD), una medida del tono de las interacciones en línea, es de 70 por ciento a nivel mundial, la lectura más alta de incivilidad percibida desde que comenzó la encuesta en 2016. Es la primera vez que ha alcanzado un porcentaje de 70. Tendencias como dolor emocional y psicológico, y las consecuencias negativas que siguen a la exposición al riesgo en línea también aumentaron significativamente. Cuanto menor sea la lectura del índice (en una escala de cero a 100), menor será la exposición al riesgo de los encuestados y mayor el nivel percibido de cortesía en línea entre las personas en cada país”, detalla el estudio, dado a conocer por El Sol de México.

Los países con las lecturas de civilidad en línea más bajas (peor que México) fueron Colombia (80%), Perú (81%) y Sudáfrica (83%), todos con un porcentaje igual o mayor a 80, “y es la primera vez que la lectura supera este nivel en cualquier país”.

A nivel mundial, 31 de cada 100 encuestados señalaron que la apariencia física y la política son los dos principales impulsores de la incivilidad en línea.

“El poder de las redes sociales y el consumo masivo de contenido en internet, son factores que dan pauta a comportamientos que atentan contra la seguridad de los usuarios. En Microsoft creemos en que la tecnología y sus avances deben ser utilizados para el bien de la humanidad en todos los sectores. Queremos ayudar a construir una mejor cultura de civilidad digital y promover una comunidad en línea más amplia e inclusiva. Todos podemos colaborar con acciones para promover el respeto y la amabilidad y este día, debe se un llamado a la civilidad digital, pongamos acciones en casa, en la escuela, en el trabajo y en nuestra vida diaria en general.”, dijo Jimena Mora, directora de Propiedad Intelectual y Seguridad Digital en Microsoft Latam. (El Sol de México, 15 de febrero de 2020, enlace: https://www.elsoldemexico.com.mx/finanzas/mexicanos-de-los-mas-intolerantes-en-la-red-4838997.html).

No olvidemos: vivimos la nueva era de los populistas, y si se lanza una mirada al contexto, no es casualidad. Es la misma sociedad en la que se ha impuesto el pensamiento “políticamente correcto” y la hipersensibilidad a la crítica, hija de la posmodernidad que bebe intelectualmente de la “escuela del resentimiento” (Harold Bloom). Lo que en el pasado se consideraba una notable carencia para encarar el debate público, la falta de fortaleza personalidad y de racionalidad para afrontar críticas, es ahora lo que tiene la fuerza y se utiliza para ganar (ver La tentación de la inocencia, de Pascal Bruckner). Lo importante no es convencer, es chatajear.

Esto aplasta la esencia de lo democrático: el disenso, el derecho a decir no, el poder de burlarse de los dogmas y de contradecir las iglesias cívicas o religiosas sin ser perseguido y condenado. Las democracias son ruidosas hasta la estridencia, mientras los autoritarismos “exitosos” son tan silenciosos y disciplinados, que nos regalan un engañoso pasaje a la armonía: en realidad sólo suprimieron el disenso. Si habría que establecer el catálogo de ventajas que muchos mexicanos ven -no siempre vergonzosamente- en el segundo modelo político, podemos enumerar: monopolio efectivo de la violencia y seguridad pública (“en Cuba no existen las mafias”), prevalencia del bien colectivo sobre el individual, de la administración sobre la “politiquería”, del orden sobre el caos. La comparación no deja bien parado al orden democrático. Se nos olvida que es el menos “exitista” de los modelos políticos, y que cuentan más sus principios que sus resultados. Pero estamos también, y es lógico, en una época resultadista.

El riesgo siempre ha existido. Un editorial de El País del 24 de marzo de 1984, ya lo subrayaba, y nos aplica de maravilla a la realidad mexicana: “desde que inició la transición se ha venido escuchando el mismo soniquete: el sistema democrático es débil y blando contra el terrorismo, el Poder se ve inerme y desbordado frente al delito, su actuación es caótica y desordenada para garantizar el orden público y las libertades y derechos son la causa del desorden. Estos conceptos o frases, de claro contenido demagógico, han venido acompañando con su concierto de clamores a los diferentes Gobiernos, desde que en España empezara el amanecer democrático. Como si la libertad supusiera dejación de la gobernabilidad de un país o negación total de la autoridad. La diferencia entre un régimen dictatorial y otro democrático está en que en el primero se priva de libertad a casi todos los ciudadanos, y en el segundo sólo a los delincuentes.( … )”.

En el mismo diario español, el pasado 15 de marzo, Pablo Simón reflexionaba: “Tradicionalmente se decía que la democracia, frente a la dictadura, estaba a salvo de shocks externos porque se podía separar lo justo de sus procedimientos de sus resultados. Es decir, que con una crisis económica te enfadas con el gobierno, pero no cuestionas las reglas democráticas. Ahora bien, el politólogo Pedro Magalhães ha apuntado que esta visión es demasiado complaciente; el apoyo a nuestros sistemas se ve mucho más afectado por sus rendimientos de lo que pensábamos. Ya hacía tiempo que algunos sectores sociales miraban con indisimulada envidia a China. Un país que ha crecido espectacularmente durante la última década sin pasar por el engorro de la lentitud en decidir y la fiscalización de las opiniones públicas. La gestión sanitaria del coronavirus la han aprovechado para remachar este argumento; la contención ha sido posible tomando decisiones drásticas y vulnerando derechos que para nuestros estándares son fundamentales”.

Ese es el gran tema que está en juego con la llegada al poder de estos populistas.

Enarbolan las dudas sobre la democracia representativa no sólo porque sus resultados parecen escuálidos, sino porque -aseguran- representan el poder de las elites y oprimen, aunque sea amablemente, al pueblo. Es un argumento aun más viejo que el de la ineficacia: bajo esa premisa, el “socialismo real” de la posguerra pretendió ser democrático, y sin rubor, bautizó múltiples “democracias populares” como opuestas a las “democracias liberales o burguesas”. El juego es simple: los capitalistas simulan, nosotros le damos el poder al pueblo. Ese vetusto argumento ha sobrevivido, sobre todo en una América Latina en donde no cayó su muro de Berlín, que está en La Habana: hoy, la izquierda política, del tipo que sea, cuestiona la democracia liberal y aspira a una democracia “directa” cuya mejor caricatura es la votación a mano alzada en los mítines de López Obrador, o los afanes del gobierno alfarista por suprimir movimientos sociales disidentes e integrarlos en una gran secretaría “de participación ciudadana” (¿quién dijo aquello de “todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”?…ah, pues es esa otra idea vieja que resucitaron).

¿Por qué el viejo estado autoritario priista (1929-1994) lidió con la disidencia con tanta soltura? No sólo porque logró una “legitimación de hecho” por su eficacia en extender el bienestar a costa de los silencios, sino porque supo lidiar con los disidentes sin tomar demasiado en serio sus críticas. ¿para qué, dado que controlaba todo el orden institucional? Incluso, la crítica le daba un aire de modernidad al dinosaurio. Los viejos políticos todavía hoy lo señalan, “antes se tenía la piel más dura”.

La novedad de nuestros populistas es que son de piel delgada porque tienen una relación casi mística e inmanente con el pueblo al que redimen. Entonces, la crítica es una traición. ¿Algún día asumirán sus responsabilidad los asesores emanados de las escuelas de estudios y ciencias políticas, que en aras del pragmatismo que demanda la lucha por el poder, legitimaron y ayudaron a construir ese tipo de personalidades esquizoides, paranoides y narcisistas que ahora nos gobiernan? ¿Gobernar perdió humanidad cuando dejó de ser arte y se convirtió en presuntuosa “ciencia”?

El tema es vasto e inagotable; habría que hablar en otro momento del enfrentamiento del populista de palacio nacional con los que gobiernan en los estados, pero por hoy me interesa concluir con tres recordatorios a quienes linchan a la crítica y la acusan de desmesuras como “odio”, “violencia y “golpismo”, pero sobre todo, que la equiparan con los poderosos gobiernos: uno, quien ostenta el poder legítimo y legal siempre es más responsable. Dos, el que ostenta el poder debe aprender a neutralizar la “mezquindad” (un término más realista) de sus opositores, pues tiene las herramientas legales para hacerlo. Tres, si controlas el ejecutivo, las cámaras y has asestado golpes tan severos a organismos autónomos para controlarlos, resulta increíble que la oposición, que se limita a redes sociales y a minorías legislativas, sea tan poderosa como para no dejar gobernar. En esencia, es más bien un problema de incapacidad del gobierno en turno que no van a reconocer. De ahí la utilidad del enemigo. Lo sabe Enrique Alfaro, lo sabe Andrés Manuel López Obrador.

 

Agustín del Castillo es periodista con tres décadas de andanzas, especialmente en temas ambientales, de desarrollo urbano y rural, que defiende como asuntos eminentemente políticos. Sus dos fes están en dos nociones precarias: la democracia liberal y las chivas del Guadalajara