Elecciones atípicas

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Bernie Sanders.

El miércoles 8 de abril, Bernie Sanders terminó su campaña para la nominación demócrata de cara a la elección presidencial de los Estados Unidos de América en noviembre. Superado por Joe Biden en las encuestas, el senador de Vermont prefiere retirarse para no provocar tensiones en la cancha de los demócratas. Las primarias de Wisconsin apenas se celebraron el martes 7 de abril, y aunque los resultados oficiales podrían estar el lunes 13 de abril, los sondeos no fueron favorables a Bernie Sanders y la partida indudablemente ha terminado.

Los allegados a Bernie Sanders le han presionado para que detenga su campaña lo suficientemente pronto en el proceso de nominación, a diferencia de 2016, donde se quedó el mayor tiempo posible para influir en el programa de Hillary Clinton. En ese momento, tenía una verdadera oportunidad de ser elegida. Hoy, existe una dinámica que parece estar del lado de Donald Trump y la prioridad de Sanders es no alargar las cosas para unir a los demócratas contra el presidente saliente. De hecho, el voto de los jóvenes es una de las claves, y las generaciones más jóvenes votan menos que sus mayores. Más importante aún, ningún candidato demócrata puede ganar sin el voto afroamericano. Hillary Clinton se benefició de ello en 2016 y Joe Biden también esta vez, por su proximidad a Barack Obama. Durante esta campaña, Bernie Sanders obtuvo un apoyo ligeramente superior a la de hace cuatro años en el electorado afroamericano, pero eso no fue suficiente. Es paradójico para un hombre que acaba de terminar su campaña, pero no es tan falso. Desde 2016, ha logrado mover a todo el Partido Demócrata a su izquierda. Bernie Sanders no es un candidato más, es conocido por sus ideas progresistas. Defiende una causa, dirige un movimiento muy amplio que atrae no sólo a los jóvenes, sino también a sectores enteros de la sociedad, que se adhieren a su programa, en particular el acceso gratuito a la atención médica para todos. Y Joe Biden tendrá que tener en cuenta esto: el Partido es mucho más centrista que su joven base militante. El liderazgo demócrata va a tener que enfrentarse a esa realidad.

El senador de Vermont no pudo aprovechar su impulso inicial en la carrera después de las victorias en New Hampshire y Nevada, así como el empate virtual en Iowa, y luego perdió una serie de estados ante Biden después de que el ex vicepresidente consolidara el apoyo de los demócratas moderados.

La partida marca el segundo intento fallido de Sanders en la nominación demócrata después perder las primarias de 2016 contra la ex secretaria de Estado Hillary Clinton.

El presidente estadounidense Donald Trump, quien en noviembre competirá para la reelección, reaccionó a la noticia en Twitter. “¡Bernie Sanders está fuera! Gracias a Elizabeth Warren. ¡De no ser por ella, Bernie habría ganado casi todos los estados el Supermartes! Esto terminó justo como los demócratas y el Congreso Nacional Demócrata querían, igual que la deshonesta de Hillary. El pueblo de Bernie debería venir al Partido Republicano, ¡INTERCAMBIO!”, escribió el mandatario. Trump también insinuó que Sanders “no quiere entregar sus delegados” y que Biden podría tener problemas en cosechar el voto progresista huérfano del senador de Vermont.

Trump.

Inicialmente, Sanders superó las altas expectativas sobre su capacidad para recrear la magia de su candidatura presidencial de 2016, e incluso superó un ataque al corazón en octubre pasado en la campaña electoral. Pero se encontró incapaz de convertir el apoyo inquebrantable de los progresistas en un camino viable para la nominación en medio de los temores de “elegibilidad” alimentados por preguntas sobre si su ideología socialista democrática sería aceptable para los votantes de las elecciones generales.

Sin embargo, Sanders logró encuestas contundentes y una recaudación de fondos sólida, recaudada casi en su totalidad de pequeñas donaciones hechas en línea, a los que dudaban más que los primeros. Como la primera vez, atrajo un amplio apoyo de los votantes jóvenes y pudo hacer nuevos avances dentro de la comunidad hispana, aun cuando su atractivo con los afroamericanos seguía siendo pequeño.

Sanders acumuló la mayor cantidad de votos en Iowa y New Hampshire, que abrió la votación primaria, y logró una victoria fácil en Nevada, aparentemente dejándolo bien posicionado para correr hacia la nominación demócrata mientras un campo de alternativas profundamente abarrotado y dividido se hundió a su alrededor. Pero un respaldo crucial de Biden por parte del influyente representante de Carolina del Sur Jim Clyburn, y una posterior victoria mayor de lo esperado en Carolina del Sur, impulsó al ex vicepresidente en el Supermartes, cuando ganó 10 de los 14 estados.

En cuestión de días, sus principales ex rivales demócratas se alinearon y anunciaron su respaldo a Biden. La campaña del ex vicepresidente había aparecido al borde del colapso después de New Hampshire, pero encontró una nueva vida a medida que el resto del establecimiento más moderado del partido se unió a su alrededor como una alternativa a Sanders.

Las cosas solo empeoraron la semana siguiente cuando Sanders perdió Michigan, donde había hecho una fuerte campaña. También fue golpeado en Missouri, Mississippi e Idaho la misma noche y los resultados fueron tan decisivos que Sanders se dirigió a Vermont sin hablar con los medios de comunicación.

Sanders posteriormente programó un mitin en Ohio, pero lo canceló en medio de temores sobre la propagación del coronavirus, y el brote lo mantuvo en casa ya que su campaña parecía insegura de su próximo movimiento. El senador se dirigió a los periodistas al día siguiente, pero también sonó como un candidato que ya sabía que había sido golpeado.

Si bien nuestra campaña ha ganado el debate ideológico, estamos perdiendo el debate sobre la elegibilidad”, dijo Sanders entonces. Y no estaba equivocado.

El inquilino de la Casa Blanca en los Estados Unidos de América, Donald Trump, está cada vez más seguro de que Joe Biden será su rival demócrata en las elecciones de noviembre, pero el coronavirus ya es el oponente más peligroso, haciendo tambalear su campaña y arrojando dudas sobre toda la competencia.

Hace tres semanas, Trump estaba tranquilo, al menos según los tumultuosos estándares de su presidencia. El mercado de valores estaba en auge. Los demócratas estaban divididos. Los actos de campaña en pos de la reelección, donde el mandatario hablaba frente a 15,000 personas, se sucedían en todo el país, noche tras noche.

Hoy, Estados Unidos es irreconocible y en el orden mundial significa ya el país donde se encuentra el mayor numero de contagios, siendo la cosmopolita ciudad de Nueva York el epicentro de la pandemia.

Desde hace dos semanas la economía se encamina a una fuerte recesión, los mercados están en caída libre y el miedo, en lugar del optimismo de Trump, está en el aire.

Las campañas electorales también han cambiado radicalmente, especialmente para Trump, que ha tenido que olvidarse de los mitines multitudinarios.

Biden, por su parte, ha surgido inesperadamente a la cabeza de la contienda demócrata. Y la crisis del coronavirus, en todo caso, lo está ayudando. El ex vicepresidente de Barack Obama, que participó en la respuesta al brote de Ébola y fue clave para abordar la crisis financiera de 2008, tiene las credenciales para presentarse como la figura firme y mesurada que se requiere ahora.

“El próximo presidente tendrá que salvar nuestra reputación, reconstruir la confianza en nuestro liderazgo y movilizar a nuestro país y nuestros aliados para enfrentar rápidamente nuevos desafíos, como futuras pandemias. Necesitamos un líder que esté listo desde el primer día”, tuiteó hace poco.

Trump, por el contrario, ha sido ampliamente acusado de generar confusión con su ambigua respuesta inicial al nuevo coronavirus. Una encuesta de NPR/PBS/Marist publicada recientemente mostró que alrededor del 60% de los estadounidenses tienen poca o ninguna confianza en las declaraciones de Trump sobre la crisis.

Durante semanas, casi bromeó descartando los riesgos, señalando con frecuencia que la gripe común mata a miles al año sin provocar emergencias nacionales. Más allá de los mensajes, Trump fue criticado por la falta de kits de prueba para detectar la enfermedad y una grave escasez en equipamiento médico, como tapabocas y respiradores artificiales.

Más recientemente, su insistencia en denominar el nuevo coronavirus como el “virus chino” ha generado polémica. El brote surgió efectivamente en China, pero al usar esa expresión el xénofobo magnate ha sido acusado de promover el mismo acoso racial del que ya fue criticado antes con respecto a las personas de América Latina.

Ante los crecientes reportes negativos sobre su gestión, Trump cambió el tono esta semana. Anunció un imponente paquete de rescate económico estimado en 1.3 billones de dólares y definió toda la catástrofe como una guerra en la que él es el general.

El patriotismo y los mensajes sobre triunfos devuelven a Trump a su zona de confort. Es el tono que lo ayudó a ser elegido en 2016 y que llenaba sus mítines de reelección.

Su cierre de las fronteras de Estados Unidos con Europa, China, Canadá y otros lugares es parte de la estrategia ampliamente compartida en todo el mundo de tratar de detener la propagación del virus. Para Trump, estas medidas se enmarcan fácilmente en la narrativa de Estados Unidos como una fortaleza, o de “Estados Unidos primero”, un mensaje que ha enviado a su base en los últimos cuatro años.

Pero lo que realmente podría decidir la batalla por la Casa Blanca en noviembre no es solo cómo se vence al virus, sino cuándo.

Si las cosas mejoran para mitad de año, Trump tendría tiempo para cantar victoria, y esperar una rápida recuperación de la economía. Si tuviera mucha suerte, esto teóricamente podría crear una oleada de percepciones positivas sobre su mandato.

Pero si no tiene suerte, la recesión económica podría no irse tan fácilmente, o el virus podría incluso volver hacia fin de año, antes de las elecciones del 3 de noviembre.

Así pues, al menos que ocurra algo inesperado, Joe Biden representará al Partido Demócrata contra Donald Trump este otoño. El lugar del ex vicepresidente en la boleta electoral presidencial se consolidó el miércoles por la decisión de Bernie Sanders de poner fin a su campaña.

Quiza, Biden no asegurará el número de delegados que necesita para afianzar la nominación sino hasta junio. Pero sin ningún rival demócrata a la vista, el ex vicepresidente ha dado inicio a una campaña electoral que seguramente será la más costosa y la más agresiva en la historia de Estados Unidos.

Y es que la elección que viene en el vecino país del norte es más que una contienda electoral, una suerte de venganza del Partido Democrata y de influyentes personajes al interior del mismo, como el propio ex Presidente Barack Obama, la ex candidata presidencial y ex Primera Dama Hillary Clinton y la líder de los Democratas en la Cámara de Representantes Nancy Pelosi, quienes cercanos a Biden ya configuran una alianza sin precedentes para arrebatarle la presidencia al engreido ricachon que por accidente y no por méritos llegó a despachar desde la oficina oval de la Casa Blanca.

Entre Biden y Trump, el electorado optará por uno de los dos septuagenarios blancos con posiciones completamente diferentes en torno a la atención médica, cambio climático, política exterior y liderazgo en una época de partidismo extremo.

Con 77 años, Biden se convirtió en el candidato demócrata a la presidencia de mayor edad en la historia moderna. Y al haber pasado gran parte de su vida como funcionario electo en Washington, ningún otro candidato ha tenido más experiencia en el gobierno

Pero en Trump, Biden enfrenta a un adversario que nunca había visto en décadas de carrera política. El republicano de 73 años arranca con una enorme ventaja, el sarten por el mango, y una posición financiera y una disposición bien establecida de ganar a toda costa.

La campaña de Trump avanza con un ataque por múltiples frentes que combina críticas legítimas con acusaciones sin fundamento y, en algunos casos, teorías de conspiración. Es parecida a la estrategia poco convencional que utilizó contra Hillary Clinton hace cuatro años con un éxito devastador e inesperado.

Tim Murtaugh, portavoz de la campaña de Trump, dijo que Biden será retratado como demasiado liberal para la mayoría de los estadounidenses, y se verá agobiado por preguntas sobre los negocios de su hijo en el extranjero y sobre la cuestionable agudeza mental a su edad. Brad Parscale, director de campaña de Trump, pronosticó que el mandatario “destruirá” a Biden, a quien el presidente y sus asesores han apodado “somnoliento Joe”.

La campaña de Trump también cree que con suerte pueden ganarse a los simpatizantes descontentos de Sanders, quienes ven a Biden como un miembro consumado de Washington. Poco después del anuncio de Sanders, el presidente acusó sin evidencia que los líderes demócratas conspiraban contra Sanders.

Antes de que Biden pueda cambiar por completo su enfoque a Trump, el exvicepresidente debe ganarse a los escépticos simpatizantes de izquierda de Sanders, que han destrozado el historial de Biden en torno al comercio, justicia criminal, las empresas estadounidenses y política exterior. La rama más progresista del partido también teme que las políticas de Biden sobre atención médica y medio ambiente, entre otras, no vayan lo suficientemente lejos.

Mientras tanto, ambos candidatos están observando una pandemia de coronavirus que ha puesto de cabeza la logística de las campañas electorales de 2020. Dado que el punto máximo de infecciones aún está a varias semanas de distancia para muchas partes del país, el brote y la devastación económica relacionada jugarán un papel importante para moldear la actitud de los votantes y las logísticas de campaña.

Por ahora, Biden y Trump están acuartelados en casa, al igual que gran parte del mundo, seguramente delineando cada uno la estrategia a seguir en estas atipicas elecciones cuyo escenario ha cambiado, pues de ser totalmente favorables a Trump hasta hace poco más de un mes, hoy y quizá con mayor incidencia en proximas semanas y meses, serán una moneda al aire para cualquiera de los dos.

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