Covid y la ficción en el cine

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Imagen de la película “The Flu”.

Roberto Partida Guerrero*

Corresponsal

Madrid, España.- La pandemia del COVID-19 tiene una atmósfera apocalíptica familiar. La épica construida nos arroja constantemente a las pantallas, enfrentándonos con toda clase de elaboraciones donde la única constante es la incertidumbre. En todo esto hay una especial cercanía con escenarios ficcionales, especialmente aquellos convertidos en películas. 

Aunque el escenario global es: demasiado serio para entrar en pánico, como dijo el filósofo esloveno SlavojŽižek hace unos días, mientras criticaba las reacciones egoístas que no toman el asunto con seriedad. Por ejemplo, con la epidémica compra de papel higiénico. A propósito de esto, propongo una ficción de la contingencia global con la única intención de… ya veremos. 

El fenómeno del papel higiénico es tan vulgar como interesante. Sobre él, circula toda una serie de explicaciones al respecto, destacándose el síndrome de FOMO –Fear of Missing Out, por sus siglas en inglés– como una de las más exitosas interpretaciones. Este miedo por quedarse fuera o perderse de algo, en relación con la compra de productos de limpieza, coronaba el papel higiénico como núcleo de batallas y conflictos en los supermercados. 

Básicamente, la descripción establece que, debido al gran espacio ocupado por ese producto en las estanterías, su escasez se torna especialmente visible, provocando una especie de contagio fundado en el vacío de algo que suele estar ahí. 

Esta explicación es sumamente racional y llamarle síndrome me parece cuestionable.

Por el contrario, como metáfora es mucho más atrayente, se anuda plenamente con la aparición y ascenso del miedo colectivo acerca de otra curva de contagio, la del pánico, que parece no aplanarse en lo global. 

En general, las explicaciones psicológicas suelen aportar a estos escenarios lo mismo que la materia a la cual está condenado limpiar el producto en cuestión (ya lo dijo Michel Foucault, claro que de otra manera y a propósito de otras expulsiones). 

Para poner en juego lo que intento decir, el cine mainstream –ese que marca la tendencia resulta revelador sobre la potencia del contagio que ha ido creciendo durante la transmisión del virus –del miedo– y esa atmósfera apocalíptica familiar mencionada al inicio.  Al pensar en las producciones del cine hecho en Hollywood sobre grandes pandemias, las imágenes de los lugares devastados suelen apelar a las grandes ciudades, a lugares icónicos en la representación del espacio-ciudad-mundo. 

El género de ficción apocalíptico y postapocalíptico suele recurrir a la escena del vacío urbano como uno de sus elementos privilegiados, especialmente cuando algún contagio azota y descompone la humanidad.  La devastación humana se representa en espacios comunes y fácilmente distinguibles: calles solitarias rodeadas por altos edificios deshabitados, con rastros del abandono durante el ascenso del caos.

En estas películas, es importante representar la evolución del tiempo y una de sus formas habituales es la del avance de lo salvaje. El asfalto que se vuelve jungla, y los animales que reclaman territorios en medio de la urbanización. Tal como se muestra en el Nueva York habitado por Robert Neville –Will Smith– y su perra Sam, en el filme Soy Leyenda –I am legend–, donde ciervos corren por emblemáticas avenidas de la ciudad, mientras son cazados por leones. 

Combate al coronavirus en Corea del Sur.

Las ficciones sobre pandemias apelan a diferentes recursos cinematográficos para abordar el contagio, ya sea en el pasado o durante el desarrollo, pero resaltando una propagación acelerada que deshumaniza a las masas y convierte los muros y fronteras en una frágil contención del virus. Esto se muestra perfectamente en Guerra Mundial Z –World War Z– cuando Gerry Lane –Brad Pitt– comisionado de la ONU, viaja a Jerusalén, en búsqueda del paciente cero. 

Ahora, la reflexión en torno a esto va encaminada a pensar el inicio del contagio y el espacio que ha ido habitando en lo que hasta ahora llevamos del rodaje de nuestra película. En ella, la curva de pánico aparece como desarrollo cercano al síndrome aplicado a los estantes vacíos de supermercados. Aquella inicial lejanía del virus azotando China, ha mutado en su relación con los espacios comunes que reconocemos como ciudades del mundo. Es decir que, mientras el avance ha irrumpido los emblemáticos espacios vaciados de las multitudes que regularmente los habitan, también podrían estar contribuyendo al repunte del pánico. 

El contagio que protagoniza el COVID-19, en comparación con otras pandemias es aterrador, pero ¿por qué éste nuevo coronavirus hace repensar los imaginarios políticos y nuestras relaciones productivas con tanta fuerza?

La respuesta está probablemente alejada en el tiempo. Es simplemente muy pronto. Circulan críticas sobre las lógicas del mercado que desvelan su incompetencia, casi al mismo grado que las democracias liberales, que han pasado de la defensa a ultranza de la libertad, a un anhelado sometimiento. La vena reventada del Estado del bienestar se muestra blanda como tomate hervido. 

El oriente en cambio, con sus Estados centralizados, maximizaron el control sobre los cuerpos febriles escaneándolos velozmente. Vigilancia al fin. Ya habrá tiempo de reflexionar los conceptos y el orden mundial tambaleante con más seriedad, pero, principalmente, sin prisa.

Volviendo a la pregunta formulada, la ficción, por el momento, no restringe tanto la urgencia. El avance del contagio ha removido la pluralidad política al terreno de la comunidad, en lo relacionado a su despliegue. En otras palabras, el traslado del virus desde su punto de partida ha ido diseñando y potenciando el miedo, no sólo por la infección acelerada, sino por la distribución del espacio. Ha tocado la imaginación de los espacios comunes sobre nuestra ficción del final 

Es cierto, por una parte, las redes y medios digitales otorgan la posibilidad de vivir esto en tiempo real, en la indefensión del inevitable impacto que avanza como una mancha atómica vista desde el espacio que va oscureciendo el terreno en su viaje trasatlántico. Evidentemente este flujo de (des)información tiene su parte. Sin embargo, el elemento espacial del desplazamiento viral parece otorgar ese tono apocalíptico a la contingencia, por el vaciamiento de esos espacios idealizados.

Así, una Roma cercada, con su fe expectante al triunfo de la ciencia. La Venecia vacía que dejó de agitar sus canales para dejar caer la mugre hasta el fondo, mientras peces y delfines sustituyen a innumerables embarcaciones sobrecargadas. Pavorreales que marchan por Madrid y jabalíes gruñendo por las calles de Barcelona, son tan sólo algunos de los ejemplos. Tal vez no falte tanto para ver esas ocupaciones salvajes por el territorio de EEUU, espacio privilegiado de la ficción. 

No hay ficción en lo que está ocurriendo, pero abunda la metáfora, como en todo lo que inicia. 

 

@Roberttpa

*Es maestro en Ciencia Política por la UdeG y doctorante en Ciencias Políticas y de la Administración y Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid.
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