Magia y pandemia

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“La primera de todas las fuerzas que dirigen al mundo es la mentira. La civilización del siglo XX se ha basado, más que ninguna otra antes de ella, en la información, la enseñanza, la ciencia, la cultura; en una palabra, en el conocimiento, así como en el sistema de gobierno que, por vocación, da acceso a todos: la democracia […] la incoherencia y la falta de honradez intelectual son tanto más alarmantes y graves en nuestros días, precisamente porque tenemos ante nuestros ojos, en la ciencia, el modelo de lo que es el pensamiento riguroso…”.

Jean Francois Revel, El conocimiento inútil (1988).

 

 

En Body of lies (Red de mentiras, película de Ridley Scott), el jefe del servicio secreto jordano, Hani Salaam (Mark Strong), le pide al agente de la CIA, Roger Ferris (Leonardo di Caprio), que en busca de una mayor eficiencia y celeridad en la operación conjunta para capturar a un temible terrorista islámico, el mando quede en la corporación del reino árabe y no en la agencia estadounidense, y lo justifica más o menos así: “ustedes son una democracia, y en una democracia, a la larga, los secretos se deben ventilar públicamente”. 

Más allá de las filias y las fobias que suscita la mención de la CIA y del país cuyos intereses gestiona, los Estados Unidos, la anécdota peliculesca puede ser un buen punto para tratar de desgranar y refutar, a propósito de la emergencia mundial del coronavirus, a la industria “del conocimiento inventado”, que por cierto es título de un famoso libro de Ronald H. Fritze (Turner Noema, 2010), donde el epígrafe inicial da en la clave de la sed de ficciones inteligibles que tiene el grueso de la humanidad, lo que a su vez explica el fabuloso mercado de esa centenaria actividad de producir y publicitar mentiras, medias verdades y simplificaciones: “el hombre es un animal histórico con un sentido profundo del pasado, y si no puede incorporar el pasado mediante una historia explícita y verdadera, lo incorporará mediante una historia implícita y falsa” (Geoffrey Barraclough, History in the Changing World, Oxford, 1956)

Como resulta normal, las crisis generan ansiedad y la pandemia del COVID 19 (causado por un tipo de coronavirus) la ha puesto al tope entre cientos de miles de personas que viven momentos que van de la incomodidad del encierro a la tragedia de la pérdida de familiares, debido a una infección nacida en territorio chino en los meses finales de 2019, probablemente de la ancestral costumbre de consumir animales salvajes, y que de paso permite subrayar otro de las grandes inconveniencias de la invasión humana sobre tierras silvestres y la general falta de respeto de la humanidad a la vida salvaje, que tiene a esta al borde de múltiples extinciones.

La ubicación territorial del primer brote en Wuhan, una populosa provincia del centro-este irrigada por el río Yangtze donde se ubica un importante centro de investigaciones biotecnológicas, y el hecho de tratarse de una nación con régimen político autoritario, donde el Estado regula la información e impide la libre expresión de ciudadanos y extranjeros, es el primer semillero de hipótesis no comprobadas: que en esos laboratorios y no en el mercado donde se venden animales como murciélagos y pangolines, se pudo haber manipulado genéticamente el nuevo organismo que ha generado un padecimiento infeccioso llamado COVID 19.

Es decir, el gobierno chino habría creado esa bomba biológica.

Pero eso no se detuvo en una presunta paternidad china: un importante funcionario del país asiático soltó en twitter la especie de que en realidad sí es un organismo manipulado… que dejaron soldados estadunidenses con el propósito de afectar al coloso oriental, con el que sostiene una cerrada guerra comercial y una disputa de más largo aliento por la hegemonía planetaria. De paso, soltemos lo que intento ilustrar con la escena de la película de Ridley Scott: si la acusación contra el gobierno estadounidense es verdad, tenemos más posibilidades de enterarnos algún día de ello, precisamente porque -pese a Donald Trump- se sostiene sobre un régimen democrático donde la transparencia y la rendición de cuentas son pilares. La mentira puede ser sin problema parte de un discurso legitimador en un régimen autoritario (donde la política está ausente, es decir, los ciudadanos no ejercen) y en ese caso, tiene el servicio de ser parte de un relato mítico, integrador, contra el que es delito levantarse. Pero en democracia, su efecto es corrosivo, porque el poder está repartido y el buen gobierno es trabajo de todos y cuenta para todos. Si un político de un país democrático es pillado en mentira flagrante (o era: hoy son tiempos donde la verdad es indiferente, apenas un relato más, lo cual es el mejor síntoma de la enfermedad moral de las democracias), su carrera podría terminar. Evidentemente, Nixon no es ni podía ser Mao o Stalin.

Pero allí no se agotan las historias: no puede faltar en la trama la siempre perversa industria farmacéutica, que inventa enfermedades para reproducir sus ganancias. Y no olvidemos otras conspiraciones más viejas y siempre recicladas, sobre el nuevo orden mundial, el sionismo, la comisión trilateral, el pentágono, los grandes plutócratas y un largo etcétera. La cuestión en todo esto es que son relatos hechos para ser creídos, se mezclan algunos documentos y evidencias aisladas, se inventan reuniones imposibles, se habla de acuerdos desconocidos… y la trama se completa.

¿Es que es imposible conocer la verdad de todo esto? Bueno, yo creo que deberíamos de partir de lo que sabemos. Y la realidad es que las epidemias y las pandemias son la historia de la humanidad, sobre todo a partir de la aparición de las ciudades y de la ganadería: está demostrado el vínculo entre animales y humanos para la creación y transmisión rápida de enfermedades. Pero la ciencia médica ha dado colosales avances a partir de Pasteur y Koch para conocer la naturaleza de las infecciones, la mecánica de su difusión, y los modos de enfrentarlas… esencialmente con vacunas.

Segundo, ha sido necesario que el derecho a la salud se eleve a nivel mundial con un reconocimiento de todas las naciones integrantes de la ONU, para que las batallas contra las bacterias y los virus, se fueran ganando lentamente.

“Desde mediados del siglo XIX hasta comienzos del XX, el conocimiento de que los microbios, y no miasmas ni malos vientos, causaban las enfermedades infecciosas de los seres humanos produjo profecías eufóricas: el hombre ya era capaz de vencer a las pestes que lo abrumaban. Sin embargo, en 1926, cuando se publicó el libro -hoy clásico- de Paul de Kruif Los cazadores de microbios, casi todas las enfermedades virales continuaban causando víctimas implacablemente”, señala Michael B. A. Oldstone en Virus, pestes e historia (FCE, 1998).

Agrega: en 1796, el médico Edward Jenner creó la primera vacuna contra la viruela. “Transcurrirían casi 177 años antes de que, en Somalia, se diera el último caso de viruela endémica del mundo”. En 1979, la Organización Mundial de la Salud anunció la erradicación definitiva de una infección que “tan solo en el siglo XX mató a 300 millones de personas”, más que todas las atroces guerras de esa centuria.

Es decir, no basta el conocimiento ni la tecnología si no se tienen estados comprometidos que se imponen a los intereses privados, cuyo afán de negocio sería ralentizar la vacunación y los tratamientos para asegurarse mayores ganancias. Esto se logra con un financiamiento público de la ciencia y con acuerdos entre gobiernos e industria para que los medicamentos sean accesibles a los sistema de salud pública.

Tres: el mito decimonónico de que la humanidad derrotaría a las infecciones es eso, un mito. Las infecciones han jugado un papel esencial en la evolución, y lo jugarán hasta el final de la vida en la Tierra. Y no es, como dicen los adoradores de Gaia, que el planeta se vengue de la maldad destructora de los hombres (la vida no es un sujeto, es un fenómeno donde las combinaciones químicas y el azar dan resultados variados y extraordinarios), aunque ese relato sea seductor y llene de sentido a los espíritus más bondosos o radicales de nuestra era. Esto significa que la armonía es sólo un concepto humano que no rige a la dinámica de la naturaleza, que más bien tiende a equilibrios precarios sin detener las fuerzas formidables (clima, energía, tectónica de placas) que la suelen reconfigurar todo el tiempo y a muy diversas escalas.

Cuatro, en el caso de los virus, es sorprendente lo complejo que fue “descubrirlos”: se sabía que allí estaban por sus efectos (como con la influenza española de la segunda década del siglo XX), pero se necesitó inventar el microscopio electrónico para poderlos observar por vez primera… en 1931 (ver El jinete pálido, de Laura Spinney. Crítica, 2018). Toda la investigación fundamental de las influenzas y padecimientos virales como COVID 19 parte de esos años, en que se documentó la gran variabilidad y resistencia de esos organismos a la medicina humana.

Este párrafo ilustra bien la endiablada capacidad de cambiar de los virus: “Una vez que el sistema inmunológico se ha movilizado contra el nuevo virus, este establece un equilibrio más estable con su huésped. La pandemia pasa, pero el virus continúa circulando, en una variante benigna y estacional, y provoca brotes ocasionales a medida que va evolucionando gracias a la deriva. Este equilibrio se mantiene hasta que surge un nuevo virus. Sin embargo, un H antiguo también puede causar una pandemia nueva si surge en una población sin experiencia inmunológica previa del mismo, es decir, en una generación que nunca haya estado expuesta a él. Dicho de otro modo, puede reciclarse a lo largo de la duración de la vida humana. Hay algunas pruebas de que el H3 que causó la pandemia de gripe de Hong Kong de 1968 también fue causante de la gripe rusa de los años 80 del siglo XIX, mientras que el H1 causó la gripe española de 1918 y la llamada gripe porcina (en realidad, una gripe humana) de 2009” (Spinney, op cit).

Así, no hace falta recurrir a teorías de conspiración para entender la frecuencia con que este tipo de epidemias y pandemias se dan.

Cinco. Pero, ¿es posible manipularlas en laboratorio y usarla contra un enemigo político, sean estados o terroristas? En su famosa En defensa de la ilustración (Paidós, 2018), el profesor de Harvard, Steven Pinker, cita al experto en tecnologías Kevin Kelly: “cuanto más sofisticada y poderosa una tecnología, más gente se necesita para convertirla en un arma. Y cuanto más gente se necesita para convertirla en arma, más funciona el control social para desactivar, suavizar o evitar que produzca un daño […] incluso si dispusieras de un presupuesto para contratar un equipo de científicos cuya tarea consistiera en desarrollar un arma biológica capaz de extinguir la especie o desmantelar por completo internet, probablemente no podrás hacerlo, lo cual se debe a que cientos de miles de años de trabajo y esfuerzo humano se han dedicado a impedir que esto suceda (en el caso de internet) y millones de años de esfuerzo evolutivo a impedir la muerte de la especie (en el caso de la biología). Resulta extremadamente difícil, y más cuanto más pequeño sea el equipo de granujas. Cuanto mayor sea el equipo, mayor será su influencia social”.

El propio Pinker agrega: “los gérmenes que dependen del contagio rápido entre personas, como el virus del resfriado común, son seleccionados para mantener vivos y en movimiento a sus huéspedes de modo que estos puedan estrechar la mano y estornudar a tantas personas como sea posible. Los gérmenes se vuelven codiciosos y matan a sus huéspedes sólo si tienen alguna otra forma de pasar de un cuerpo a otro, como los mosquitos (en la malaria), un suministro de agua contaminada (en el cólera) o trincheras repletas de soldados heridos (en el caso de la gripe española de 1918)”.

A esto se agrega la dificultad de manipular o editar agentes patógenos, advierte el experto en biotecnología Robert Carlson. “No creo que estemos cerca de comprender cómo insertar combinaciones de variantes genéticas en cualquier patógeno dado, que actúen de forma concertada para generar una alta transmisibilidad y una virulencia establemente elevada para los humanos […] uno de los problemas de la fabricación de cualquier virus de la gripe es que necesitas mantener vivo tu sistema de producción (células o huevo) durante el tiempo suficiente para crear una cantidad útil de algo que está tratando de matar a dicho sistema de producción. Arrancar el virus resultante es todavía dificilísimo […] yo no descartaría por completo esta amenaza, pero francamente me preocupa más lo que la Madre Naturaleza nos está mandando todo el tiempo”.

De manera que los villanos tipo James Bond pertenecen al mundo de la ficción. Al menos por ahora.

Seis, ¿cuáles son entonces los verdaderos enemigos que propician que las infecciones prosperen? Sin duda, la escasa cultura de prevención e higiene de buena parte de la humanidad, las precarias condiciones de miles de millones de personas, el escaso conocimiento real puesto en sus manos. La alarmante opción por la medicina alternativa, es decir, sin comprobación científica, que se ha legitimado sin que apenas los gobiernos y las instituciones médicas defiendan los derechos de las personas a ser curadas de verdad. El tema de los antivacunas está en el centro de este problema de credibilidad de la ciencia, y el rebrote de sarampión en el valle de México, podría ser una de las consecuencias de la perniciosa idea de no vacunar a los menores.

Carl Sagan, en El mundo y sus demonios, aboga por la ciencia como modelo de conocimiento verdadero y comprobable para mejorar nuestras vidas. Reconocerlo no obliga a dominar todo el conocimiento, sino a admitir que es verdadero porque produce resultados.

“…¿en qué se diferencia la doctrina chamanista o teológica de la Nueva Era de la mecánica cuántica? La respuesta es que, aunque no podamos entenderla, podemos verificar que la mecánica cuántica funciona. Podemos comparar las predicciones cuantitativas de la teoría cuántica con las longitudes de onda de líneas espectrales de los elementos químicos, el comportamiento de los semiconductores y el helio líquido, los microprocesadores, qué tipos de molécula se forman a partir de sus átomos constituyentes, la existencia y propiedades de estrellas enanas blancas, qué pasa con los máseres y los rayos láser y qué materiales son susceptibles de qué tipos de magnetismo. No tenemos que ser físicos consumados para ver lo que revelan los experimentos. En cada uno de esos casos —como en muchos otros— las predicciones de la mecánica cuántica son asombrosas y se confirman con gran precisión”.

Es la tecnología la expresión de cómo esos abstrusos y complejos sistema de conocimiento son verdaderos. Y vivimos en una era inmersa en una profunda crisis de la verdad.

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