15 49.0138 8.38624 arrow 0 bullet 1 6000 1 0 horizontal http://elrespetable.com 300 0 1
theme-sticky-logo-alt
Please assign a Header Menu.
2020-03-26
3870 Views

El góber, la salud y la ética 

“Si duda, Karl Kraus habría comentado en tono burlón: ¿Quieren ustedes hablar de ética política? Pues decídanse por lo uno o por lo otro”. Así inicia Alois Riklin su texto Ética política, publicado en el libro Ciencia y Ética mundial, coordinado por Hans Küng y Karl-Josef Kuschel.  La cita viene al caso porque la gran... Read More

“Si duda, Karl Kraus habría comentado en tono burlón: ¿Quieren ustedes hablar de ética política? Pues decídanse por lo uno o por lo otro”. Así inicia Alois Riklin su texto Ética política, publicado en el libro Ciencia y Ética mundial, coordinado por Hans Küng y Karl-Josef Kuschel. 

La cita viene al caso porque la gran ausente en la política actual es la ética. Y esa ausencia se hace más profunda, se vuelve más drástica, en tiempos como en los que estamos viviendo, en donde la gran mayoría de los habitantes del mundo, está obligada a recluirse en sus casas, evitando todo contacto físico con sus semejantes, por miedo al contagio del Coronavirus. Son tiempos de decisiones éticas. 

Sin embargo, quienes toman las decisiones son los políticos, personajes ajenos, alejados de la ética. Los políticos son pragmáticos. Su primera y única preocupación es la vigencia positiva de su imagen. Ella le permitirá continuar administrando el poder y servir con eficiencia a las grandes empresas encargadas de dictarle el rumbo que debe seguir la economía, la administración del hogar, según Aristóteles. 

En nuestro pequeño espacio, también amenazado por los estragos mortales del virus, el gobernador del Estado es un ejemplo paradigmático de esa separación entre ética y política. En este caso, una separación llevada a extremos, tal vez caricaturescos, pero dado los tiempos que corren, podría llevar a resultados dantescos. 

Planteemos el problema de esta manera: en el mundo civilizado en el que vivimos, gobernado por sistemas democráticos capaces de controlar el poder de una sola persona, de dividirlo para equilibrarlo y evitar desigualdades y autoritarismos, se antoja imposible ver a un político, o a un grupo de políticos, servirse de una crisis de salud pública y emplear los recursos públicos necesarios para paliar esa crisis, sólo con la intención de fortalecer, hacer crecer o alargar, la vigencia positiva de su maltrecha imagen. 

Así planteado el problema, se antoja difícil que un político sin escrúpulos pudiera ser capaz de imponer su inmoralidad personal, su evidente falta de ética, a una sociedad democrática, vigilante y celosa de los equilibrios y consensos en su seno. Sin embargo, pensemos en una sociedad vejada durante un largo tiempo, desintegrada, humillada en su dignidad, carente de los elementos esenciales para reconstruirse y ser capaz de impedir al gobernante abusivo llevar a cabo sus planes egoístas, individuales, sin principios. 

Frente a una sociedad de estas características, lo primero sería pensar en las instituciones: ¿qué pasa con las instituciones democráticas paralizadas, incapaces de cuidar a la sociedad de las ambiciones de un gobernante sin escrúpulos? ¿Cómo es posible que en una democracia una persona se sienta capaz de aprovechar una crisis grave, intente ponerla al servicio de su proyecto personal y además pueda hacerlo? 

Supongamos que las instituciones son buenas y entonces le daríamos la razón a Willian Penn, un político cuáquero, cuando dijo en la fundación del estado de Pennsylvania: “Si los políticos son buenos, consiguen imponerse aunque las instituciones sean malas; pero si son malos, tampoco las buenas instituciones sirven para nada”. 

En el caso de Jalisco, los políticos son malos y frente a ellos, las buenas instituciones, en caso de serlo, no sirven para nada.

El Estado de Jalisco tiene años viviendo una seria crisis de inseguridad. Somos de los estados con mayor índice de feminicidios, homicidios dolosos, desaparición de personas y líderes en casos de dengue e influenza. 

Por si no fuera suficiente, Jalisco enfrenta una de las peores devastaciones de su medio ambiente, en donde la ambición de las empresas aguacateras, tequileras, fotovoltaicas, gaseras y turísticas, entre otras, se han adueñado de la geografía del Estado ante la mirada cómplice y complaciente del Gobierno del Estado. Como es lógico, este escenario de crisis social, sanitaria y ecológica tiene sumido en un gran desprestigio a quien gobierna el Estado. 

Y es precisamente en este escenario, en donde se presenta una de las mayores crisis sanitarias padecidas por el mundo desde de la Segunda Guerra Mundial. Un buen político, enfrentaría esta gran crisis comportándose como un estadista, sin importarle los riesgos de pérdida de imagen que toda gestión de crisis conlleva. Un mal político aprovechará la esclerosis institucional y buscará aprovechar la crisis y los recursos que podrían ser destinados a ella, en recomponer su maltrecha imagen. 

Obviamente, mientras mas maltrecha está esa imagen, más necesitará profundizar sobre la crisis y emplear abundantes recursos públicos para tratar de recomponerla. Además, podrá aprovechar e inyectar recursos frescos a grupos de empresarios previamente convertidos en sus socios. 

Para el gobernador de Jalisco, la crisis provocada por el Coronavirus, se convirtió en una posibilidad de limpiar su imagen, presentándose como un gobernante responsable, cuidadoso de sus gobernados, que actúa a tiempo y con energía en bien de la población, y también como una forma de enriquecer a sus socios, obviando licitaciones y repartiéndoles dinero fresco para sus futuros planes políticos. 

En Jalisco, la ética y la política, sobre todo en tiempos de crisis como el que vivimos, están más aisladas que nunca.

 

Doctor en Historia por la Universidad de París. Profesor investigador en la UdeG
0 Comment

Leave a Reply