Mujeres: Gandhi es la respuesta

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“…si la balanza de nuestras existencias no tuviera un platillo de razón para equilibrarse con otro de sensualidad, la sangre y bajeza de nuestros instintos nos llevaría a las consecuencias más absurdas. Pero poseemos la razón para templar nuestros movimientos de furia, nuestros aguijones carnales, nuestros apetitos sin freno…”

Shakespeare, Otelo, I, III

 

 

La violencia verbal es antesala de la violencia física, decía Octavio Paz, y este es un país violento y violentado. Un país donde siempre se ha justificado la violencia del más fuerte y encumbrado y la violencia frecuentemente extralegal de los agentes del Estado y de las iglesias; pero también, la violencia de los oprimidos, una suerte de legítima defensa cuya teología puede rastrearse en la ortodoxia de Santo Tomás de Aquino -una buena referencia de por qué la cultura católica tradicional tiene una cierta proclividad a soluciones violentas: la guerra cristera, por ejemplo-, pero que vive en la imaginación de todos los sujetos oprimidos bajo los fantasmas esperanzadores de la revolución, la superstición suprema de modernos y posmodernos, elevada a rango de ciencia social y de fatalidad histórica por Marx: la violencia como partera de la historia.

Por ello, no es una novedad que veamos con total naturalidad que los movimientos sociales irrumpan de forma incidental en los hechos, pero cada vez más central en los discursos, en la justificación latente o abierta de la violencia. Se trata de una especie de herramienta sagrada que busca regresar el estado de cosas, violentado, a la armonía perdida (si quiera de forma imaginada) de la igualdad o la equidad, de la libertad y la fraternidad, de los derechos colectivos e individuales (que paradójicamente, siempre están en colisión y suelen ser fuente de violencias).

No debe privarnos de la necesidad de crítica la enorme empatía que ha generado la protesta de las mujeres -no todas feministas, evidentemente- contra la violencia, y en particular, contra los crecientes asesinatos de mujeres “por ser mujeres” (feminicidios), fruto del machismo atávico que arrastra México y que ha frenado su ingreso al concierto de las naciones modernas. De la mano con la derrota del Estado para ejercer el monopolio de la violencia de forma eficaz, esto ha derivado en una crisis de impunidad casi completa, atizada por el cambio real de papel de la mujer en la cultura, la economía y la sociedad política -se ha convertido en un consumidor, en un sujeto de derechos, en un actor público, y este peso se mide mucho más allá de su superioridad demográfica- a lo largo de los últimos 70 años. La sociedad tradicional “protegía” a sus mujeres tras los muros de las casas, y las controlaba bajo un papel latente, sumiso y abnegado, privada de ciudanía y en eterna minoría de edad, como dicen los clásicos. El México secularizado es hoy plural y diverso, y si el Estado falla en su misión de proveer seguridad frente a la violencia, muchos particulares que no pueden y no saben qué hacer con su desconcierto por el emergente poder femenino, frecuentemente lo expresan en tesituras y escalas violentas, alentados por la impunidad.

Así, al irrumpir México en una era de violencia extrema (fechable estadísticamente en los años 2007-2008, pero con raíces que se hunden en el fracaso por establecer una cultura de legalidad y de primacía de los público), el poder al alza de las estructuras criminales que retan al Estado, se impone: la ley de los insurrectos suele ser fundamentalmente violencia machista y arbitraria que se ceba contra la sociedad, contra hombres y mujeres, pero tiene como actor mayoritario a los hombres, como siempre ha sido en la historia y la prehistoria de los Homo sapiens.

La manifestación del 8M en Guadalajara.

El éxito de esta “insurgencia” no es sólo perverso por sus resultados específicos, sino por el mensaje de impunidad que lanza a muchos que guardaban rencores en el clóset del resentimiento, desconcertados ante el “desacomodo” de lo masculino que ha traído la nueva sociedad.

Hasta allí todo, incluso el “sonido y la furia” (Shakespeare) de las mujeres contestatarias, es perfectamente explicable. Lo que habría que prevenir es que el aún tímido deslizamiento de las movilizaciones hacia incidentes de violencia menor se considere un precio menor -sin duda lo es, ante la evidencia de la carnicería- y esto suscite una creciente escalada de algunos grupos radicales. Sería un error por dos razones fundamentales: la primera, porque privaría a la lucha civil del amplio consenso y simpatía que la sociedad mexicana -no solamente las mujeres- le otorga; la segunda, porque va contra la evidencia de la ciencia. Es decir, está demostrado que los movimientos de resistencia pacífica, de no violencia, son más eficaces en la obtención de sus fines.

¿Quién afirma esto? Remito al lector a la lectura del capítulo 22, “Ciencia”, del reciente bestseller del afamado psicólogo experimental Steven Pinker, En defensa de la ilustración, un formidable esfuerzo intelectual que demuestra que el progreso humano no es una quimera y que la razón, la ciencia y el humanismo han construido hoy la sociedad más próspera de la historia, aunque esté enferma de pesimismo cultural.

“¿Funcionan las campañas de resistencia no violenta? Muchos creen que Gandhi y Martin Luther King simplemente tuvieron suerte: sus movimientos tocaron la fibra sensible de las democracias ilustradas en el momento oportuno, pero en el resto de los lugares, los oprimidos necesitas recurrir a la violencia […] las politólogas Erica Chenoweth y María Stephan recopilaron un conjunto de datos de los movimientos de resistencia política de todo el mundo entre 1900 y 2006 y descubrieron que tres cuartas partes de los movimientos de resistencia no violenta triunfaron, en comparación con tan solo un tercio de los violentos. Gandhi y King tenían razón, pro a falta de datos, jamás lo sabríamos”.

De este modo, añade el analista, “¿qué sucedería si todo el mundo supiera que las estrategias violentas no son solo inmorales sino también ineficaces? […] ¿Qué ocurriría a la larga si un currículo universitario estándar prestara menos atención a las obras de Karl Marx y Frantz Fanon y más a los análisis cuantitativos de la violencia política”.

El lector puede leer en internet un artículo de las dos científicas citadas, libre en internet: “Por qué la resistencia civil funciona. La lógica estratégica del conflicto no violento” (en https://www.nonviolent-conflict.org/wp-content/uploads/2011/01/Why-Civil-Resistance-Works-Spanish.pdf). Fue elaborado en 2008 y no tiene todos los datos aludidos por Pinker, pero ya adelanta la respuesta:

“El supuesto de que los medios más eficaces de lucha política presuponen que la violencia se encuentra implícita en los recientes debates académicos sobre la eficacia de los diferentes métodos de guerra. La opinión dominante entre los politólogos es que los movimientos de oposición optan por métodos violentos porque los encuentran más eficaces que las estrategias no violentas para lograr sus objetivos políticos. A pesar de lo anterior, desde el 2000 hasta el 2006, diversos grupos civiles organizados en Serbia (2000), Madagascar (2002), Georgia (2003), Ucrania (2004-2005), Líbano (2005) y Nepal (2006)3 utilizaron exitosamente diferentes métodos no violentos como los boicots, las huelgas, Las protestas y los movimientos organizados de no cooperación para desafiar al poder arraigado y lograr concesiones políticas”.

Agrega: “Nuestros resultados muestran que 53% de las grandes campañas no violentas han tenido éxito, frente a 26% de las campañas de resistencia violenta. Dicho éxito tiene dos razones. En primer lugar, el compromiso de una campaña con métodos no violentos refuerza su legitimidad nacional e internacional y promueve una participación más amplia en la resistencia, lo que se traduce en una mayor presión sobre el objetivo. El reconocimiento de los motivos de lucha del grupo puede generar más apoyo interno y externo para ese grupo y el alienamiento del régimen objetivo, socavando las fuentes de poder político, económico e incluso militar del régimen”.

En segundo lugar, añade, “a pesar de que los gobiernos pueden justificar fácilmente las respuestas violentas contra insurgentes armados, es más probable que la violencia estatal contra los movimientos no violentos genere reacciones negativas contra el régimen. La percepción del público potencialmente simpatizante es que los militantes violentos tienen objetivos maximalistas o extremistas que sobrepasan la mera posibilidad de llegar a un acuerdo, pero que los grupos de resistencia no violenta son menos extremos, lo que los hace más atractivos y facilita el logro de concesiones mediante negociaciones”.

Así, “nuestros resultados contradicen la opinión ortodoxa de que la resistencia violenta contra adversarios que son superiores en términos convencionales es la manera más eficaz para los grupos en resistencia de alcanzar sus objetivos políticos. Por el contrario, sostenemos que la resistencia no violenta es una poderosa alternativa a la violencia política ya que representa retos eficaces para los oponentes democráticos y no democráticos y, a veces, lo hace incluso de una manera más eficaz que la resistencia violenta”. Vale la pena leerlo a detalle.

Y es una alerta a tiempo para que una insurrección tan sana y necesaria para la sociedad mexicana alcance sus fines más ambiciosos.

Que no son solamente la erradicación de la violencia machista, sino que la cultura subyacente que la hace posible, continúe su camino hacia la conformación de una cultura más equitativa, más justa y más pacífica.

Mahatma Gandhi lo expresó con claridad hace casi un siglo: “Una serie de experiencias a lo largo de los treinta últimos años (de ellos, los ocho primeros en África del Sur) me ha confirmado que el porvenir de la India y del mundo depende de la adopción de la noviolencia. Es el medio más inofensivo y el más eficaz para hacer valer los derechos políticos y económicos de toda la gente que se encuentra oprimida y explotada. La noviolencia no es una virtud monacal destinada a procurar la paz interior, sino una regla de conducta necesaria para vivir en sociedad, que asegura el respeto a la dignidad humana y permite que progrese la causa de la paz, según los anhelos más fervientes de la humanidad. La primera exigencia de noviolencia consiste en respetar la justicia alrededor de nosotros y en todos los terrenos. No se puede ser noviolento de verdad y permanecer pasivo ante las injusticias sociales”.

Y añadía: “La no violencia es la fuerza más grande que la humanidad tiene a su disposición. Es más poderosa que el arma más destructiva inventada por el ser humano. La destrucción no corresponde ni mucho menos a la ley de los Hombres. Vivir libre es estar dispuesto a morir, es preciso a manos del prójimo, pero nunca a darle la muerte. Sea cual fuere el motivo, todo homicidio y todo atentado contra la persona es un crimen contra la humanidad” (El camino de la noviolencia, Gandhi, en https://www.elviejotopo.com/topoexpress/camino-la-noviolencia/).

Y su discípulo más célebre, Martin Luther King, subrayaba casi medio siglo más tarde: “[…] permítanme enfatizar que la resistencia no violenta no es un método para cobardes: la no violencia implica resistencia. Si uno recurre a este método por miedo o simplemente porque carece de los instrumentos para ejercer violencia, no es verdaderamente no violento. Es por ello que Gandhi afirmaba con frecuencia que si la cobardía era la única alternativa a la violencia, sería mejor pelear. Gandhi hizo esta afirmación consciente del hecho de que siempre hay otras alternativas: ningún individuo o grupo tiene que someterse a ninguna injusticia ni recurrir a la violencia para corregir la injusticia; esa es la vía de la resistencia no violenta. Este es, en última instancia el camino del fuerte. No es un método de pasividad estancada. La frase-resistencia pasiva- con frecuencia da la impresión de que este es un método para -no hacer nada- y aceptar callada y pasivamente el mal. ¡Nada más alejado de la realidad! Porque si bien es cierto que el resistente no violento es pasivo en el sentido de que no agrede físicamente a su oponente, su mente y sus emociones están siempre activas, buscando constantemente persuadir a su oponente de que está equivocado. El método es pasivo físicamente, pero muy activo espiritualmente” (en https://cmlk.org/article/principios-de-la-no-violencia-de-martin-luther-kin/).

El movimiento de la defensa de las mujeres, feminista o no, está en esa encrucijada en que asume una larga lucha de desgaste frente a la resistencia de los actores políticos y sociales de México, y deberá escoger sus armas para que la resistencia lleve a buen puerto sus demandas legítimas. La ciencia política le demuestra por qué no tolerar la violencia siempre será el mejor camino.

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