Con las mujeres topamos…

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“…viejos locos, ya por la edad caducos, vienen acá cargados de rajas de madera tantas como se requieren para calentar un baño […] pregonando con amenazas vociferantes que hay que quemar, hay que aniquilar a esas abominables y odiosas mujeres.
Pero no, oh diosa, que nunca sean alimento de la llama, antes bien ella salvan a la Hélade y a mis conciudadanos. Para eso vinieron y para eso ocupan, oh diosa del áureo casco, guardiana de esta ciudad, esta tu mansión sacra…”.
Lisístrata, Aristófanes 

 

 

Ya es perogrullada señalar que el presidente Andrés Manuel López Obrador podría estar autoinfligiéndose un serio golpe político, el mayor en su corto gobierno de quince meses, con su pésima reacción frente al movimiento de las mujeres en reclamo de seguridad, de frente a la innegable escalada de violencia de la que son víctimas. 

 

Con una increíble insensibilidad por las víctimas, el mandatario ha decidido marcar cualquier reclamo en el tema, desde la sociedad civil, como fruto de una conspiración “conservadora”, o al menos, como un malestar genuino que es cooptado por la “derecha “. Su peculiar diagnóstico le hace flaco favor a su gobierno, pues las reivindicaciones de derechos han sido históricamente un discurso de izquierdas.  Que lo enfrente a la defensiva, agazapado en la legitimidad de sus 30 millones de votantes, solo destaca la increíble incapacidad para asumir el reto y mostrarse empático con la mitad de la población del país, y de paso, arrebatar la bandera a sus rivales políticos. 

 

La persistencia de su descalificación es digna de análisis: parece que le cuesta salirse del personaje que ha encarnado por años, siempre presto a reclamar el monopolio de las causas justas. Si alguien reclama desde afuera, sea el asesinato de mujeres, la escasez de medicinas o las flagrantes violaciones al Estado de derecho en las consultas de proyectos a mano alzada, es inevitable la condena: solo un enemigo del presidente puede exhibir tamaña impaciencia por la falta de resultados o tan crasa mezquindad ante los innovadores procesos de “democracia directa ” en que se ha decantado esta gestión, la de la “cuarta transformación “.

 

Ese análisis debería darse en el diván, pues entraña un pensamiento egotista y con tendencia paranoide (narcisismo, megalomanía), pero resulta que es muy propio de los políticos populistas que hoy llenan el mundo, las regiones y los estados (Enrique Alfaro en Jalisco, para no ir lejos). Es decir, las pulsiones personales del presidente se convierten en un problema para todos: no es lo mismo el pensamiento de mi vecino solitario que siente que el mundo no lo merece, al de un “pastor del pueblo” -como le gusta pensarse- cuya visión de la realidad determina tantas cosas en la vida de millones de personas. 
De este modo, independientemente de que las creencias de López Obrador dan el tono de su administración, sin duda afectan vida y destino de millones de personas.
Su idea de combatir corrupción con “compras consolidadas “ en el sector salud, por ejemplo, ha acrecentado el sufrimiento de miles de pacientes que se  han visto privadas de medicinas para sus tratamientos; su pretensión de establecer un amplio sistema de asistencia social vía subsidios directos ha dejado sin recursos a programas institucionales que paliaban pobreza y exclusión, como guarderías o centros de atención para mujeres violentadas; su idea de la austeridad a rajatabla ha hecho perder empleos a miles de burócratas y reducir dinero a sectores tan esenciales como el ambiental o el educativo, sin perder de vista la postergación de la urgente reforma fiscal. 

 

En el tema de seguridad, “abrazos no balazos ” y la constitución moral revelan que las buenas intenciones agrandaron las llamas del infierno ciertamente heredado… entre otras cosas, el aumento de delitos de odio contra mujeres o los incalificables abusos impunes y criminales contra los niños. 

 

Las mujeres alzan la voz y ponen en predicamento la enorme popularidad de López Obrador.  En el mejor de los casos, abren oportunidad de que el mandatario se baje de la nube de la “realidad alternativa ” en que viven sus discursos, y se decida a enfrentar a ese México real, complejo, pluralista y contradictorio.  

 

¿Cual es el riesgo de que eso no suceda? No solo que no asuma la urgencia del cambio, sino que ahonde más en las divisiones que su discurso ha generado y dé pie a que muchos de sus defensores asuman un papel justiciero que por lo menos normalice la violencia contra ese segmento mayoritario de nuestra población. Y ese costo es inadmisible para México.  
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