Jalisco: un gobierno débil

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“Dime de qué presumes y te diré de qué careces” afirma un conocido dicho y puede ser aplicable, sin más, al actual gobierno del Estado de Jalisco.

El gobierno lo encabeza un personaje ajeno a los procesos elementales de un sistema democrático, convencido de que la política es un mecanismo para controlar a los ciudadanos, no para mantener una interlocución de servicio con éstos. Pero el control requiere fortaleza. Entonces es necesario recurrir a la imagen del hombre fuerte. Sobre todo en un estado en donde el machismo no es mal visto, al contrario, es aceptado como la natural reafirmación de la masculinidad.

Por alguna razón, desde épocas pre democráticas el poder  implica el sometimiento de la fuerza del derecho al derecho de la fuerza. Nadie vería bien a un gobierno que se presentara ante sus ciudadanos como un gobierno débil. La fuerza se convirtió en el atributo obligado de un buen gobierno.

Y la representación de ese gobierno debe recaer en un hombre o una mujer a quien “no le tiemblen las piernas”. La imagen del “hombre fuerte”, de la “dama de hierro”, suele dar confianza y se asocia con la seguridad de que los gobernados por ese poder, seguirán un rumbo firme .

Esta premisa, que no ha podido ser cambiada ni por el cristianismo ni por los grandes líderes pacifistas, lleva a gobernantes débiles a simular fortaleza en donde no la hay. Sin embargo,  la demostración simulada de fuerza suele conducir al cinismo, a la exaltación vulgar y soterrada, patética, de una carencia. Y eso es lo que sucede en el Estado de Jalisco: ¿se puede tener un gobernador fuerte y un gobierno débil?

La respuesta obvia es no. Y para simular la debilidad de su gobierno, el gobernador recurre al disfraz del hombre fuerte. Chaplin disfrazado de Hitler. En “El Gran Dictador”, el mensaje es claro y va en dos sentidos: detrás del hombre fuerte se esconde un cómico, pero cuando el globo terráqueo revienta en sus manos, nos queda una lección: el mundo es más confiable en manos de un cómico que en las de un dictador.

El gobernador de Jalisco no lo entiende así y no está dispuesto a despojarse del disfraz de hombre fuerte. Sus muletillas: “lo digo fuerte y claro”, “callaremos bocas”, “no nos temblarán las piernas”, o las manos, ya no asustan a nadie, no significan nada, no aportan nada a la convivencia y vida democrática y surten el efecto contrario al buscado: mientras más fuerte grita, más evidencia la debilidad de su gobierno.

Dos ejemplos muy simples: la inseguridad y la devastación ecológica en el Estado de Jalisco.

¿De qué han servido sus gritos para contenerlas? Ambas crecen sin contención. En ambas, los ciudadanos contemplan al cómico disfrazado de dictador jugando con un globo que tarde o temprano le va a reventar en las manos. No hay otra posibilidad. Los sueños de grandeza no garantizan grandes acciones. Menos cuando esta grandeza es fingida, simulada.

En este momento en algún lugar de la geografía del estado de Jalisco, se están cometiendo crímenes, tal vez en un número mayor al día de ayer. También, en este momento, se están cometiendo infinidad de ecocidios en el ya lastimado territorio del estado.

La incapaz del gobierno para detener uno u otro es manifiesta. ¿Qué necesidad hay de gritar, de “alzar la voz” tan solo para simular fortaleza?

El gobierno de Jalisco es débil, muy débil. No tiene recursos para, ni siquiera intentar, solucionar los problemas que enfrenta el Estado. Es inútil tratar de suplir esa debilidad con el disfraz de un “Hombre Fuerte”.

Al final, el globo revienta.

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