DIVORCIADOS

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Reino Unido ya no es parte de la Unión Europea (UE), se consumó el Brexit. El país se convirtió en la madrugada de este sábado en el primero que abandona la UE y lo hizo tras un tumultuoso proceso de “divorcio” de más de tres años. ¿Qué implica la salida de la UE?

Reino Unido abandonará la Unión Europea y comenzará inmediatamente un periodo de transición en el que la ley y las políticas europeas todavía se aplicarán. Eso significa que la mayoría de la gente no notará muchos cambios hasta el 1 de enero de 2021.

Los próximos meses estarán dominados por negociaciones para construir una nueva relación entre Reino Unido y Estados Unidos que abarque el comercio, la seguridad, los servicios, la agricultura, la pesca, la investigación y muchas más áreas.

El primer retó será acordar una estructura para las negociaciones: ¿cuán intensas serán y qué sectores se priorizarán?

Es probable que haya una discusión sobre cómo se vincularán las diferentes partes de las negociaciones. La UE insiste en que Reino Unido tendrá que permitir el acceso europeo a aguas pesqueras británicas y comprometerse a una competencia económica justa para desbloquear todo lo demás.

Ambas partes celebrarán una cumbre en junio para evaluar el progreso. Existe la posibilidad de que no haya acuerdo en algunos sectores cuando termine el periodo de transición a finales de este año.

Al mismo tiempo, Reino Unido negociará sus propios acuerdos comerciales con otros países por primera vez en décadas. Construirá un nuevo sistema de inmigración y asumirá tareas que antes hacía la UE.

Todo parece muy complicado. Pero, en realidad, lo que están sucediendo aquí son dos grandes experimentos.

¿Es bueno para la Unión Europea tratar a su vecino más grande, más cercano y más rico como si fuera cualquier otro país no perteneciente a la UE?

¿Podrá Reino Unido obtener más del resto del mundo de lo que pierde de la UE?

Vale analizar que en primer lugar, que los británicos ya no estarán representados en instituciones europeas.

Y segundo que comenzó un periodo de transición clave para saber cómo será la futura relación entre británicos y europeos.

Durante el periodo de transición, Reino Unido seguirá acatando las normas de la UE y contribuyendo a su presupuesto.

De hecho, permanece en la unión aduanera y en el mercado único, pero queda fuera de las instituciones políticas y del Parlamento.

En este lapso, se aproximan una serie de fechas importantes en el calendario de este complejo proceso que se puso en marcha hace tres años y medio con el referendo sobre la salida de Reino Unido de la UE en el que votó “Sí” un 52%.

La más importante, seguramente, es el 31 de diciembre de 2020, cuando termina la transición. El primer ministro Johnson se comprometió a no extender la fecha.

Pero no es la única. En el periodo de transición se trabajará para negociar un acuerdo comercial que se antoja una de las cuestiones más urgentes que el gobierno británico post-Brexit debe resolver.

El gobierno británico quiere que sus bienes y servicios tengan el mayor acceso posible al bloque europeo, pero dejó claro que abandonará la unión aduanera y el mercado único, y que deberá poner fin a la jurisdicción general del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE). El tiempo apremia. Londres y los 27 miembros de la UE deben llegar a un acuerdo.

Las conversaciones formales solo pueden iniciarse en marzo de 2020.

Un acuerdo de libre comercio permitiría que los bienes británicos circulen por la UE sin chequeos o cargos adicionales.

Si no negocia y ratifica un nuevo acuerdo a tiempo (para finales de año), Reino Unido se enfrentará a la posibilidad de que le impongan aranceles sobre sus exportaciones a la UE.

Johnson argumentó que, dado que Reino Unido está completamente alineado con las normas europeas, la negociación no debería tener muchas complicaciones.

Sin embargo, sus críticos señalan que su deseo de tener la libertad de divergir de las reglas europeas para poder establecer acuerdos con otros países como Estados Unidos podría dificultar las negociaciones. También hay que tener en cuenta que el “divorcio” de la UE le cuesta dinero a Reino Unido, aunque el (repetido) retraso del Brexit redujo la cantidad, pues ya se abonó una parte en contribuciones habituales.

La “factura” de ese divorcio asciende a unosUS$39.000 millones. La mayor parte se pagará en 2022, aunque habrá pagos menores hasta la década de 2060.

Con ese dinero, Reino Unido contribuirá al presupuesto de la UE para 2020 y también a compromisos que asumió cuando aún era miembro del bloque.

Pero no se trata solo de llegar a un acuerdo comercial o de pagar una factura de “divorcio”.

Reino Unido también deberá gestionar acuerdos en una serie de áreas en las que se requiere cooperación: Orden público, intercambio de datos y seguridad, Normas de aviación y seguridad, Acceso a aguas de pesca, Suministro de electricidad y gas, Licencia y regulación de medicamentos

Uno de los retos principales de la etapa de transición del Brexit es acordar cuán intensas serán esas negociaciones y qué sectores se priorizarán.

También es posible que no se lleguen a acuerdos en algunas áreas antes de que finalice el periodo de transición.

Boris Johnson insistió en que ese periodo de transición no se extenderá, aunque la Comisión Europea advirtió que el cronograma del Brexit es muy exigente.

Entre otras cosas, el gobierno británico debe acordar cómo va a cooperar con la Unión Europea en materia de aplicación de leyes y de seguridad. El país abandonará la orden europea de detención y entrega, un procedimiento judicial simplificado y transfronterizo que facilita procesos judiciales entre miembros de la UE. Esa ley deberá ser reemplazada por una orden internacional.

Varios miembros del Parlamento europeo han dicho que están”gravemente preocupados” respecto a los aspectos del plan de gobierno británico relativos a proteger los derechos de ciudadanos europeos en Reino Unido tras el Brexit (y viceversa). Algunos ciudadanos comparten esa inquietud.

Ahora bien, en el tema de Irlanda, lo que prevalece es que la frontera que divide Irlanda e Irlanda del Norte ha resultado ser el mayor obstáculo del Brexit desde el referendo de 2016.

Es la única frontera terrestre de Reino Unido con la UE y el delicado acuerdo de paz que se llevó a cabo en su día ha sido crucial durante las negociaciones.

Irlanda del Norte es la parte más claramente afectada por el Brexit. La introducción de una ‘frontera dura’ con la República de Irlanda plantea una especial preocupación, con probables controles aduaneros y migratorios

Una de las cuestiones principales para una fuerte relación bilateral es la libre circulación en la isla, señalaba el organismo.

El acuerdo definitivo del Brexit evitó que se levantara una frontera física entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda, y a la vez mantuvo la integridad del mercado único europeo gracias a la llamada “salvaguardia irlandesa”. Sin embargo, el Parlamento norirlandés podría decidir en el futuro si deja de aplicar las concesiones que se pactaron entre Londres y Dublín, cuando decida (el 1 de noviembre de 2023) si ratifica o rechaza el acuerdo.

Mientras la exposición de motivos del Tratado de Roma hablaba de una “unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa”, la salida de Reino Unido de la Unión Europea, tres años y medio después del referéndum, demuestra que es posible deconstruir Europa. ¿El riesgo de propagación es creíble?

El enorme éxito de Boris Johnson en las elecciones parlamentarias de diciembre en Reino Unido acababa con el suspenso que se había creado desde la victoria del Brexit en junio de 2016 y que mantuvo despiertos a muchos eurócratas de Bruselas. ¿Puede un Estado miembro dar marcha atrás y salir de la Unión Europea? Ahora sabemos que la respuesta es sí; los diputados de Westminster aprobaron finalmente el « Brexit Bill » el 22 de enero. Un seísmo en la historia de la integración europea.

La materialización del Brexit el 1 de febrero marca una ruptura con el método de Jean Monnet, uno de los padres fundadores de Europa, defensor de los “pequeños pasos” en la construcción de Europa.

El Brexit muestra que Europa ha transformado los Estados, sus élites, su legislación, su relación con las fronteras, que la UE los ha transformado desde dentro.

Total que los británicos se despertaron por primera vez con el Brexit al otro lado de la cama, se vistieron y salieron a la calle. Unos, llenos de remordimiento, convencidos de que la historia va a acabar mal; otros de ilusión ante el futuro.

El Reino Unido ya no es parte de la Unión Europea después de una tumultuosa relación de 47 años en la que siempre ha tenido por lo menos medio pie fuera. ¿Qué les espera ahora a los británicos? Nada mejor para palpar el estado de ánimo que un paseo por la England’s Lane del norte de Londres, la calle de Inglaterra, porque el Brexit es un fenómeno esencialmente inglés, hijo del nacionalismo inglés, rechazado por la mayoría de los escoceses y los irlandeses y buena parte de los galeses (los partidarios de la independencia). La respuesta es que el país está tan dividido como antes, y las heridas tardarán en cicatrizar.

Londres amenaza a la Unión Europea con controles aduaneros a todas sus exportaciones

Boris Johnson no ha perdido el tiempo, y el primer día después del Brexit filtró a medios afines que va a imponer controles aduaneros a todas las mercancías que entren procedentes de la Unión Europea, aunque ello ralentice las cadenas de suministros, aumente la burocracia para los empresarios y provoque escasez en los supermercados. Cree que de esa manera Bruselas hará concesiones. Londres ha vuelto a la política de divide y vencerás, pensando que los países con más exportaciones al Reino Unido presionarán al resto para que no sea necesario un alineamiento regulatorio.

La consumación de la ruptura ha exacerbado más la división entre pro y antieuropeos

Consumada la salida del Reino Unido de la UE, empiezan el periodo de transición y las negociaciones de un futuro tratado, la primera vez en la historia que dos países o bloques van a partir de una posición de libre comercio y decidir qué barreras establecen, en vez de lo contrario. Boris Johnson ya ha indicado que quiere que sea un pacto sencillo, y que no aceptará ningún tipo de alineamiento regulatorio, porque ello significaría volver a renunciar a soberanía. “Los exportadores e importadores han de prepararse para estrictos controles, todas las mercancías que vayan a los supermercados serán revisadas, todos los animales examinados, en eso consiste tener una frontera”.

El epílogo de esta historia hasta ahora sin final feliz, debemos recordar, se empezó a forjar en junio de 2016, cuando, en vista de la crisis económica, las presiones migratorias y el desborde de las redes sociales, se forzó a la realización de un referendo en el cual se les consultaba a los británicos si querían o no un divorcio. Ganaron los partidarios del rompimiento, pero luego se constató que hubo en la campaña de los vencedores muchas mentiras, exageraciones o medias verdades (fake news) que al final fueron determinantes.

Uno de los líderes de esta campaña es hoy el primer ministro, Boris Johnson, que tras su rotundo triunfo hizo una celebración con bombos y platillos, una especie de fiesta nacional del divorcio, mientras que en Bruselas apenas si se retirará con gran pesar la bandera británica. Esto mucho más allá de que Londres no se hubiera integrado del todo y de que avances como la moneda única –el euro– no hubieran llegado a sus costas, en beneficio de la emblemática libra esterlina.

Tampoco hubo festejos en Escocia e Irlanda del Norte, territorios del reino que votaron mayoritariamente contra el brexit y ahora se plantean seriamente su futuro. La primera porque luchará por llevar a cabo un referendo secesionista, y la segunda porque tiene tras de sí un proceso de paz y porque no sorprendería que quisiera unirse a la hermana Irlanda, que es miembro de la UE. Así que sobre el feliz Johnson se ciernen situaciones que podrían amenazar la integridad territorial.

Además de la desazón por el matrimonio roto, viene el tema de las cuentas, que para las dos partes será complejo. La factura para Londres por dejar la unión será de unos 45,000 millones de dólares, mientras que a la UE se le abrirá un agujero de más de 12,000 millones anuales.

 

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