Un gobernador armado

Compartir

El hecho se guardó en el cajón sin fondo de las anécdotas: el gobernador del estado y el secretario de seguridad solicitan a la secretaría de la defensa nacional, un permiso para portar arma. El trámite no llega a buen fin porque los solicitantes no presentan un requerido examen toxicológico.

Una historia simple, dos o tres notas en la prensa, una que otra caricatura convertida rápidamente en “meme”.

Sin embargo, vista desde otro ángulo, la historia no parece tan simple : ¿por qué el gobernador del estado y su secretario de seguridad se ven en la necesidad de portar un arma? ¿Por qué, siendo tan sencillos los requisitos, no completaron el trámite para obtener el permiso?

La respuesta inmediata a la primera pregunta espanta: porque se sienten inseguros en el mismo estado que ellos gobiernan. En otras palabras, porque como autoridades son incapaces de garantizar la seguridad a los ciudadanos del estado que gobiernan, y siendo ellos mismos ciudadanos de ese estado, comparten la misma percepción de inseguridad que sus electores.

Entonces ¿quién garantiza la seguridad de los habitantes del Estado de Jalisco?

Respuesta obvia: nadie, absolutamente nadie.

Cada ciudadana, cada ciudadano es responsable de su propia seguridad. Cada uno debe procurarse los medios para proteger a su familia y a sus bienes. Como lo hace el mismo gobernador del Estado y el secretario de seguridad, quienes decidieron hacerse cargo de su propia seguridad, portando un arma, por lo que se fuera a ofrecer.

Este absurdo se complica cuando todo el mundo sabe que tanto el gobernador como su secretario de seguridad son los ciudadanos más protegidos del Estado y su protección corre a cargo de los contribuyentes. Ellos, sus familiares y las casas en donde habitan, cuentan con seguridad, con cargo al erario, las veinticuatro horas del día.

Ningún ciudadano común y corriente tiene a su disposición para salir a trabajar un automóvil blindado, ni uno o dos más siguiéndolo en su trayecto hasta instalarse cómodamente en su oficina. Es difícil encontrar a una ciudadana, o ciudadano, seguida de cerca, día y noche, por guardias de seguridad mientras realiza sus actividades cotidianas.

Ahora, imagínese al gobernador del estado, en su día a día, cumpliendo con las funciones propias de su cargo, portando siempre un arma en la cintura. ¿O debajo del sobaco? ¿O atrás en la espalda? Imagínelo recibiendo a una persona, o a una delegación de otro país, a un grupo de colonos, a un sindicato de panaderos, o a quien tenga que recibir en su oficina de Palacio de Gobierno: ¿traería el arma en su cuerpo, visible a los aterrorizados ojos de sus visitantes? ¿La pondría encima del escritorio sosteniendo unos papeles, como un cenicero, unos lentes o una pluma?

Esas imágenes, en una democracia, son repugnantes.

La otra pregunta es más delicada: ¿por qué no entregaron el examen toxicológico? Hay dos respuestas posibles: porque les dió flojera ir a un laboratorio a hacerse un sencillo análisis, o porque consumen algún tipo de sustancia rechazada en los requisitos para portar un arma.

Tal vez el paracetamol, la sal de uvas, o el hidróxido de aluminio contenido en el Melox, sean substancias tan dañinas para el organismo que impiden a quien las consume portar un arma.

Esa sería una explicación razonable.  

Compartir

Dejar un comentario