El regreso de la naturaleza humana y el nuevo periodismo

816
0
Compartir

“Somos hijos de la tectónica de placas”.

Lewis Dartnell, Orígenes

Zoon politikon define Aristóteles a la humanidad que crea lenguaje, conforma organizaciones sociales complejas, fabrica herramientas, hace cultura y se empeña en la guerra como un arte. “Animal político”. Su intuición es correcta, y posiblemente más allá de su intención, será comprobada por la ciencia experimental de forma contundente entre los siglos XIX al XXI, de El origen de las especies a la decodificación del código genético.

Pese a todo el desgarramiento de vestiduras sobre todo entre hombres piadosos que crecieron bajo la premisa de que somos los “reyes de la creación”, se ha demostrado de forma patente la animalidad subyacente al ser humano. No es que descendamos del mono, como denunciaban, contra la teoría evolucionista, con los ojos en blanco, los creacionistas de los últimos siglos. Es que somos monos.

“La rama humana del árbol evolutivo, la de los llamados homininos, es parte del grupo más amplio de los primates. Nuestros parientes vivos más cercanos son los chimpancés. La genética sugiere que nuestra divergencia respecto de ellos fue un proceso sumamente largo, que empezó ya hace trece millones de años, y que el entrecruzamiento continuó hasta hace quizá siete millones de años. Sin embargo, al final nuestras historias evolutivas se separaron, y una rama dio origen a los actuales chimpancé común y bonobo, mientras que la otra se diversificó en las diferentes especies de homininos, una de las cuales, Homo sapiens, la nuestra, constituía solo una ramita. Si consideramos nuestro desarrollo de esta manera, los humanos no evolucionamos a partir de los simios, sino que todavía lo somos, de la misma manera que seguimos siendo mamíferos” (Lewis Dartnell, Orígenes. Cómo la historia de la Tierra determina la historia de la humanidad. Debate, 2019).

Reconocer este contexto podría ahorrarnos muchos dolores de cabeza en temas como la educación de los niños, la creación de las leyes que nos permiten convivir, el combate al crimen y en general la organización de nuestras sociedades. Es pertinente porque la decodificación de los genes demuestra que no hay tabula rasa, que no somos un libro en blanco sobre el que se puede escribir y determinar como si solo fuéramos artificio;  de algún modo insospechado, la sombría teoría del pecado original es la clave mítica de esta realidad: somos descendientes de un largo proceso evolutiva y nuestra herencia está en un poderoso instinto que en su momento nos ha hecho exitosos, y que ahora podemos encauzar o inhibir, pero nunca suprimir (vale la pena revisitar “la violencia tiene rostro de hombre”, en http://elrespetable.com/2019/08/22/la-violencia-tiene-rostro-de-hombre/).

 Pero si por un lado somos animales, ¿en que reside la singularidad de la especie que deriva del largo proceso arrancado hace 55 millones de años con la aparición de los primates? Un cristiano místico, con mucha ciencia matemática y una enorme carga metafórica, Blaise Pascal,  lo definió durante la alborada de la revolución científica en el siglo XVII:

“El hombre no es sino una caña, la más débil dela naturaleza, pero es una caña pensante. No es preciso que el universo entero se arme para aplastarla: un vapor, una gota de agua basta para matarla. Pero aun cuando el universo lo aplastara, el hombre sería más noble que aquello que lo mata, porque sabe que muere y la ventaja que el universo tiene sobre él; nada de eso sabe el universo. Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento…” (Pensamientos, Blaise Pascal).

Animales que pensamos, animales que nos pensamos, animales políticos que pensamos en los otros, animales que a ratos odiamos y frecuentemente cooperamos para elevar estructuras políticas imaginadas, una característica que nos distingue radicalmente de otras especies – somos los únicos que atisbamos un futuro y por ende construimos utopías-; animales que nos odiamos brutal o cortésmente, que competimos, que conquistamos. El pecado original es esa carga genética evolutiva que ha sido motor de nuestra conquista del mundo.

Imaginamos mundos pero sin dudas somos en el mundo. El ser humano se desarrolla a partir de condiciones ambientales qué van refinando sus capacidades, especialmente la enorme inteligencia adaptativa reflejada en la posesión del cerebro relativamente más grande de todas las especies. Animal inteligente y único, aunque a los posmodernos no les guste.

Regresemos a Dartnell: el divulgador científico promete al lector que va a demostrar cómo el mundo fue decisivo en la evolución humana, y cómo, a la vuelta de los tiempos, los seres humanos han devenido en un equivalente a fuerza geológica que altera la naturaleza incluso a riesgo de la propia especie.

Somos simios, sí, pero antes somos Tierra. “Desde luego, cada uno de nosotros está hecho literalmente de ella, como toda la vida del planeta. El agua de nuestro cuerpo fluyó alguna vez Nilo abajo, cayó como lluvia monzónica sobre India y se arremolinó alrededor del Pacífico. El carbono presente en las moléculas orgánicas de nuestras células fue extraído de la atmósfera por las plantas que comemos. La sal en nuestro sudor o nuestras lágrimas, el calcio en nuestros huesos y el hierro en nuestra sangre surgieron por erosión de las rocas de la corteza terrestre, y el azufre de las moléculas de proteína presente en nuestro pelo y nuestros músculos fue expulsado por los volcanes. La Tierra también nos ha proporcionado las materias primas que hemos extraído, refinado y ensamblado para generar nuestras herramientas y tecnologías, desde las hachas de mano elaboradas toscamente de la primera Edad de Piedra hasta los ordenadores y móviles de hoy en día […] como especie todavía estamos inextricablemente unidos a nuestro planeta”.

Esta no es una reflexión abstrusa, es posiblemente lo más pertinente que se puede decir en tiempos de crisis climática.

La realidad cambia a una velocidad nunca vista en diez mil años de civilización, y el motor de cambio es el poder artificial desencadenado por esa humanidad conquistadora e industriosa, que sin duda a su pesar, ha puesto en entredicho la salud planetaria. Aclaremos: esto, no como amenaza para la cuasi eternidad de un mundo que, como a la caña de Pascal, nos puede aplastar con facilidad con una breve reactivación masiva del vulcanismo, con movimientos de la tectónica de placas que destruirían las grandes ciudades del planeta (abrumadoramente construidas en zonas de convergencia de placas en perpetuo movimiento) , con una variación del eje terrestre que traería temperaturas más altas o más bajas, abruptamente, o un repentino meteorito como el que extinguió a los dinosaurios. Las fuerzas geológicas se mantienen con su poder incomensurables y a nuestros ojos, arbitrario, y llegado el momento, nada nos podrá salvar, como ha sucedido con otras formas de vida a lo largo de casi 600 millones de años. Pero hoy emerge la humanidad y sus artificios como una fuerza que más allá de los ciclos naturales modifica el ambiente con alto poder destructivo para sí y para las especies mayores en un plazo corto en relación con el modo en que evoluciona la atmósfera. Tenemos un planeta que se calienta artificialmente en una era interglaciar. Calor es energía. La energía desata fenómenos extremos como huracanes o sequías, modifica los patrones de circulación del viento, ahuyenta lluvias o las atrae desmesuradamente, deshiela glaciares y eleva el nivel de los mares. El calor abre oportunidades de colonización para especies y para enfermedades. Es difícil adaptarse a esa velocidad. No en balde, se habla de la sexta extinción masiva. En pocas décadas, la Tierra que dejemos a nuestros hijos y nietos sería irreconocible, y el reto es adaptarse y mitigar el impacto que hemos creado. El periodismo, eje de las modernas democracias, debe ser un instrumento para impulsar el debate y llevar la conciencia para tomar decisiones pertinentes, con base en las evidencias, en los hechos, en la ciencia. Un privilegio que sólo tenemos de poco más de dos siglo a la fecha.

Hace no mucho tiempo dijo un conferenciante que habría sido memorable para la historia del periodismo que se hubiera podido documentar con las metodologías y los instrumentos que hay en la actualidad, una tragedia tan inmensa y tan devastadora como fue la Muerte Negra, esa famosa epidemia de peste bubónica que invadió a Europa, a mediados del siglo XIV,  a través de los barcos mercantes que comunicaban con el oriente, y que permaneció varias centurias asentada en suelo occidental. Entre los siglos XIV y XV se calcula que un tercio de la población europea sucumbió. 

Los efectos no fueron solamente sanitarios – millones de vidas cobradas de forma prematura-; esta pesadilla, coinciden muchos grandes historiadores, trastocó la quieta calma de la baja Edad Media, y destruyó para siempre los cimientos de la fe medieval, fundados en el Dios todopoderoso al que se someten siervos y amos, y la inconmovible piedra de su ministerio mundano.

El fantasioso hombre tiene razón: hubiera sido envidiable hallar los muchos detalles, esenciales, de lo que se requiere para construir el buen periodismo. Los europeos de esos siglos no tenían más que vagas ideas de cómo se generan las enfermedades; no había explicaciones claras sobre el papel del ambiente, el clima, la higiene,  la cultura familiar y las costumbres de las superpobladas villas y ciudades medievales, que resultaron decisivas para la rápida difusión y la alta letalidad de esta epidemia.

 Ahora sabemos que las ratas fueron un vehículo fundamental de esa bacteria que a su vez transportaban garrapatas y pulgas que se hospedaban en los roedores; y como las sociedades medievales se encontraban más abajo en la higiene y prevención que civilizaciones antiguas como la Roma de 1,500 años antes, la llamada “fauna nociva” pululaba. La peste fue un fermento  para generar ideas nuevas, pero parecía irrefrenable; como los humanos siempre necesitamos explicaciones, se plantearon desde la vieja casuística mágica, teñida de pecados, de faltas desconocidas y de un Dios justiciero, hasta algunas tímidas tentativas de encontrar la mecánica de difusión de la enfermedad. Todo iba a ser trágicamente inútil. Los microorganismos no se descubrieron sino cuatro siglos después, y los remedios incluso posteriormente. Hoy vivimos la era de la súpermedicina que remedia casi todo y de la ciencia que nos ayuda a evitar las ocasiones de enfermar. O más o menos: la llamada pseudociencia, esto es, una explicación no científica o medianamente científica de causas y efectos con prestigioso lenguaje médico, abunda y ocasiona una errada toma de decisiones en muchos desesperados.

Así, el periodismo tiene un reto que no habría imaginado: desenmascarar la impostura, detrás de la cual siempre está la vieja fe del hombre en los milagros y en los seres omnipotentes que mueven los hilos del mundo, a su antojo.

Sin duda, hubiera sido apasionante discernir entre el conocimiento mágico y el racional, y hubiera sido extraordinario ver el efecto de la Mise-en-scène de los periodistas, con un papel que ha sido vital en las sociedades modernas: investigar, interpretar e  informar con el rigor y la distancia ética propia de un notario, al menos según la ley.

También nos permitiría destacar la importancia de una suerte de especialidad que se llama periodismo ambiental. Para mí esto parte de un equívoco más o menos grande, pues todo periodismo de algún modo debe ser ambiental, dado que el ambiente, o sea, la suma de las condiciones físicas,  biológicas, fisiológicas y de comportamiento de los seres vivos y sus ecosistemas, ligado a todo ese componente humano -primero individual y luego social-: lenguaje, cultura, religión, economía y política, son la variadísima fuente de todo lo que consideramos noticioso.  El conflicto es en esencia el relato de los desequilibrios entre todos estos componentes. Y el conflicto es la materia del periodismo. “Utopía”, una palabra inventada por el humanista inglés Tomás Moro, no en balde significa “el lugar de ninguna parte”. Hasta ahora no han existido sociedades que no deban enfrentar grandes dilemas y deban decidir sobre disyuntivas que en ocasiones son verdaderos callejones sin salida.

Bajo esa premisa, todo periodista debe beber del ambiente; es de lo que está hecho el contexto, que como decía otro profesor, es la mitad de la noticia, o dicho de otro modo, permite la noticia completa.  A partir de aquí podemos reflexionar sobre un hecho extraordinario: el enorme campo de oportunidad que tiene en la actualidad el periodismo llamado ambiental, gracias a asuntos como el cambio climático, las crisis locales y todas sus asociaciones en asuntos como crisis sanitarias, epidemias en seres humanos y en animales, pérdida de tierra fértil y escasez de alimentos, cambio en el patrón de lluvias, huracanes más extremos. Nunca hubo un mejor momento para darle valor al “periodismo ambiental”, que si hemos de definir de algún modo, es el que profundiza en las grandes explicaciones sobre las fallas y los efectos de nuestro modo de crecer y reproducirnos, de crear riquezas, de adorar a los dioses y de cultivar esos momentos de pereza y holganza que parecen ser el afán de nuestras sociedades democráticas y relativistas: el ocio.

Pero esa impresionante ventana de oportunidades no corresponde con lo que los medios de comunicación, entendidos como empresas, leen. Es verdad que los temas se despliegan en prensa, en radio, en televisión o en la web, pero en términos generales, por ser un periodismo que demanda gran inversión, que obliga a las agendas propias, que lleva tiempo en cernirse y cocerse, que no siempre ofrece espectáculo, es el gran sacrificado de la crisis del modelo de negocios de los mass media.

Esto deriva en el auge de la importantísima pero básica nota informativa: la información del día, la generada por fuentes, la poco investigada, la huérfana de contexto. Lo cual se agrava porque los periodistas experimentados son despedidos por “caros” (ninguna noción de “capital humano”), y resulta que son los que manejan mejor el ambiente, el contexto. Los grandes desastres han sido parte de la historia humana, pero con este irreversible calentamiento del planeta, y la necedad de los humanos en no cambiar patrones de desarrollo “peligrosos” (desde quemar combustibles fósiles hasta asentar comunidades en áreas territoriales inadecuadas, por el riesgo), serán más frecuentes, y acumularán estadísticas. ¿Quién entre los medios públicos y privados ha atisbado en esto un reto, y sobre todo, una grandísima oportunidad? Los menos.

Guadalajara, una de las plazas más representativas del periodismo mexicano, ofrece evidencias: hace diez años, todos sus medios importantes (El Informador, Mural, Milenio Jalisco, El Diario NTR,  Notisistema, Televisa) tenían reportero asignado en el tema ambiental. Hoy la mayor parte de esos reporteros experimentados se han ido en busca de mejores oportunidades (Canal 44, que es televisión pública, es sin duda la excepción a la regla). Sigue el atavismo de que los mejores reporteros deben estar en las fuentes “políticas” (como si no fuera política toda la agenda pública y ciudadana), es decir, gobierno estatal, municipios y Congreso. La otra agenda que sí se ha fortalecido es la de la violencia y la seguridad. Pero también huérfana de contextos, de datos que relativicen, de “ambiente” que lo contextualice (los reporteros policíacos descubrirían que la falta de agua en una comunidad puede ser el inicio de una larga historia… hasta esos “ejecutados” o “levantados” que ofrecen como el espectáculo del día). El resultado ha sido que con cada desastre, con cada emergencia y cada crisis, no hay de otra que improvisar, con periodismo de declaraciones y basado en “expertos” que a veces decepcionan, y una agenda marcada por el sector gubernamental, de la que sólo hay que reproducir, con cierta destreza, los contenidos, u organismos no gubernamentales que tienen buenas intenciones, pero no siempre ciencia, o ésta está “al servicio de la causa”.

Esto pone en relieve el otro problema: no se generan cuadros nuevos con conocimientos del asunto. La inversión en capacitación es nula, y algo se mantiene por gracia de instituciones internacionales y locales que apuestan a formar una prensa hoy inexistente para reportar sus historias, generar conciencia de los conflictos ambientales y formar opinión ciudadana, la base de toda democracia y de las soluciones a las crisis de desarrollo, sociales por esencia.

En el fondo, el “ambiente” o el “contexto” es el gran tema. Los periodistas son escasamente lectores –algunos se ufanan de esa carencia- y no son mejores en el tema de la alfabetización ambiental que el resto de sus conciudadanos. Ese es el mejor camino de tragarse –y atragantarse- con la agenda de los grupos de interés, sumados al gobierno, cuyo discurso “ecologista” sería fácil de desmontar frente a los hechos si no fuera… porque hay que saber diagnosticar. Es que no se es médico si no se pasa por la escuela. Las víctimas de la Muerte Negra no tuvieron oportunidades ni opciones, pero la moderna e hipertecnologizada sociedad moderna sí las tiene. Sin embargo, el periodismo, esa herramienta social de las democracias para conocer, para interpretar y para denunciar los intereses privados en colusión con los públicos, o los intereses públicos en colisión con los privados, no tiene muchos guardianes. Los procesadores de contenidos que hoy dominan los medios no se sienten herederos de esa vieja responsabilidad. Sus empresarios, salvo una minoría, difícilmente la asumen. Y una de las grandes noticias, la del desafío formidable y multiforme de la crisis ambiental – las locales y la planetaria-, necesita reporteros con tiempo y contextos de toda clase. O sólo habrá algunos cronistas para atestiguar el naufragio civilizatorio en muchas regiones. Quizás yo peco de ingenuo: ¿esa sería entonces la apuesta de los reyes de los mass media?

Compartir

Dejar un comentario