A favor de la autonomía, pero no tanto

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Tener organismos autónomos, pero que mantengan cierta cercanía y, sobre todo, dependencia de los gobernantes, es algo más común de lo que creemos. A las autoridades les gusta esa combinación que tiene una dosis de democracia, pero sin perder el control de las acciones, decisiones y pronunciamientos.

Pero existe un límite que, desafortunadamente, no pocos alcaldes, gobernadores y presidentes están dispuestos a brincar, cuando creen que sus intereses peligran. Lo vemos con contralores, auditores, integrantes de órganos garantes de la transparencia, de organismos electorales, y un largo etcétera.

Los problemas vienen cuando ese límite se atraviesa. Eso es lo que está pasando al gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador con la designación de Rosario Piedra Ibarra como titular de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

Rosario Piedra Ibarra.

No es necesario hurgar demasiado para conocer cómo se violentó el procedimiento para su designación, incumpliendo lo establecido en la ley sobre los impedimentos por su militancia partidista, y el desaseado proceso en la Cámara de Senadores.Ante eso se ha alzado más de una voz, pues la comisión, a pesar de tener una historia imperfecta, es muy importante para la vida democrática de nuestro país.

Los organismos defensores de derechos humanos en los estados y en el país siempre han conservado una cercanía moderada con el poder, ante el que más de una vez han matizado  sus recomendaciones o sus acciones en la defensa de los ciudadanos. Sin embargo, eso es menor ante el manoseo del partido en el gobierno con respecto a la Comisión Nacional de Derechos Humanos, una institución que todos los mexicanos, con garantías individuales tan vulnerables, debemos ahora defender.

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