AMLO: el desmonte del estado

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“Oportuna del todo será la ocasión de aumentar los tributos si el príncipe corta a cercén los gastos excusables, si descuaja los empleos ociosos, si evita las guerras y los viajes, que tanto se parecen a las guerras, si pone freno en las rapacidades de la administración y si consagra a la gobernación austera del país celo mayor que a ensanchar sus fronteras…”.

Erasmo de Rotterdam, La educación del príncipe cristiano

Estamos viviendo un escenario inédito en historia del México moderno: el progresivo desmonte del Estado por la presidencia de Andrés Manuel López Obrador, quien dice creer en el viejo sistema, el estado paternalista que creó el PRI del nacionalismo revolucionario entre 1930 y 1980.

En particular, se vive hoy una transformación de las instituciones que conforman el sector ambiental, pero ya ha afectado otras áreas como la ciencia, la salud, la educación, la energía, y ha raspado fuertemente a los órganos electorales y de derechos humanos. La embestida es particularmente contra esas instancias intermedias, notoriamente ciudadanizadas, que han significado un coto efectivo a los gobernantes, autorreconocido y legitimado, no sin empellones y estira y afloja, por presidentes anteriores, esos temibles portadores de la maldad neoliberal. La novedad de este fin de mes es la integración de la Comisión Nacional para Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio) como órgano desconcentrado la Secretaría de Medio ambiente y Recursos Naturales, es un camino aparentemente garantizado hacia su irrelevancia; no es casualidad que sea la hora de las instituciones ambientales, esto está claramente marcado en la agenda de destrucción del sistema generado a partir de Miguel dela Madrid, cuando prácticamente cobró vida el sector ambiental; el presidente López Obrador lo llama neoliberal, pero que paradójicamente significó un estado ampliamente regulador que se opone a la noción básica de lo que es el neoliberalismo.

Tenemos que empezar deshacernos del discurso: el embate contra el llamado neoliberalismo es básicamente la propaganda con base en la cual el nuevo gobierno legitima y lleva a cabo un desmonte de las instituciones que lo acotan y lo condicionan; en la vía de los hechos significa una mayor cercanía a la doctrina neoliberal, que como indica cualquier libro de texto de economía o de ciencias políticas, sabemos significa la reducción del estado a un punto mínimo, para que sean las fuerzas del mercado las que definan el juego.

Ciertamente esto último es muy opuesto el planteamiento ideológico del presidente. Su propósito seguramente no es el neoliberalismo, aunque parece conducir hacia allá. La idea de López Obrador de minimizar al estado y las instituciones intermedias, autónomas y no controlables que han canalizado políticas, recursos y apoyos en los últimos 40 años hacia los ciudadanos, no es entregar a estos a las fuerzas ciegas del mercado. En realidad su apuesta es una versión muy poco sofisticada de los viejos caudillismos del siglo XIX, que fueron superados lenta y contundentemente a partir del porfiriato: tanto Porfirio Díaz como el singular nacionalismo revolucionario y sexenal del PRI aprovecharon el carisma del hombre fuerte sentado en la silla presidencial para establecer instituciones qué le dieron fortaleza a un país crecientemente complejo. Es decir, el estado del desarrollo estabilizador que tanto dice admirar el mandatario de origen tabasqueño tiene un verdadero andamiaje institucional, aunque subordinado a la figura del presidente.

Lo que hace López Obrador en un país de 120 millones de habitantes es en realidad un verdadero y novedoso ensayo histórico de alto riesgo: porque demoler instituciones que dan sentido a la complejidad de un país con este tamaño económico y demográfico obligaría a que la presidencia fuera omnisciente, omnipresente y sabia, extremos inéditos en los Estados modernos, sofisticados, burocratizados, tecnocráticos, dependientes de un grupo de servidores públicos de alto nivel que hacen imposible la pretensión de centralizar todo en la voluntad presidencial, y lo que podemos temer es que al presidente, en el escenario actual que se está construyendo, el país se le vaya de las manos con tan pocas instancias auxiliares y con tan poco músculo de planeación y ejecución de políticas. El desastre de Culiacán es una advertencia de lo que puede suceder, aunque en ese caso se agrava por la manifiesta voluntad de renunciar al monopolio de la violencia legítima que vertebra a todos los estados modernos, y que es esencial para que las naciones, presidencialistas o no, estatistas o no, caudillistas o no, den certidumbre que permita el pacífico desarrollo de sus gobernados… y de sus inversionistas.

No nos engañemos: Este es un proyecto personalista en que el presidente no quiere compartir el poder con otras instancias del estado laico, como partidos de oposición y minorías parlamentarias u organismos intermedios de toda ralea; lo que se asoma en el contradictoria discurso presidencial es más bien que lo podría vertebrar con instancias no gubernamentales del ámbito religioso y tradicional que expresamente no le disputarán un ápice del poder político; la pretendida renovación de la moralidad pública no la pretende buscar a través un diseño de estado y de burocracia eficiente, formal y profesional con reglas claras y sanciones contundentes que inhiban los actos de corrupción; vemos más bien que López Obrador, con cartillas morales y acuerdos con líderes evangélicos, anda por caminos que recordarían más a utopías como la República cristiana del Monje Savonarola en Florencia, ese remanso de autoritarismo y repulsión a la libertad y a la ciencia, o esos múltiples ensayos de totalidad religiosa que de tiempo en tiempo hacen comunidades evangélicas en México y el mundo. Algo sí como muchas nuevas Jerusalén. El líder político imanta moral y hace que el egoísta y salvaje individuo mexicano extraiga de su psique sus compromisos morales totales, cuyo ejercicio llevan a construir un estado virtuoso donde el príncipe tiene siempre la última palabra.

Es difícil que esto se pueda identificar con algo llamado socialismo, incluso socialismo cristiano. Pues el presidente patriarca no está interviniendo realmente la economía sino para desregularla y para que los contratos y las políticas se determinen ya no en Los Pinos, como  decía Echeverría -pues ese símbolo de una presidencia que López Obrador dice admirar ha sido eliminado para el retorno fuertemente simbólico a Palacio Nacional-, sino donde se ubique esa mañana o ese fin de semana el presidente-caudillo. Pero además, el desmarque lo hace bien: la conformación política planteada por el nuevo régimen sólo se inspira de lejos en los presidentes poderosos pero institucionales encerrados en sus seis años omnipotentes, e irónicamente legitimados por la creación de instituciones que han sido de largo aliento para la vida de los mexicanos. López Obrador no ensayará nuevamente ese camino aunque esté en su discurso. Con la minimización o destrucción de las organizaciones intermedias, de las instancias ciudadanizadas, en realidad el mensaje es que todo se somete a su voluntad. Con la entrega de transferencias directas a la población más vulnerable, pero la irrelevancia creciente de instituciones “neoliberales” como el seguro popular o las guarderías, el mensaje es que todo queda en sus manos. No es gratuito que los “siervos de la nación” que difunden su mensaje y su dinero (el dinero de los contribuyentes) lo hagan a nombre del parido del mandatario, Morena, y del propio presidente, con una falta de recato que si fueran el PRI o el PAN, escandalizaría a cualquier crítico de Peña Nieto o Felipe Calderón, quienes ahora mantienen quietas sus conciencias pues es el precio a pagar por esta revolución que conducirá a una república mucho más igualitaria… y cristiana.

Lo sorprendente es que Andrés Manuel López Obrador pueda creer que la historia le pueda dar la razón. La realidad empieza a pasar facturas, pero ¿la historia lo absolverá?

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