El dengue y los lixiviados

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La tasa alta de incidencia de contagio del dengue en Jalisco este año, especialmente en el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG), tiende a convertirse en una crisis sanitaria, aunque todavía no se reconoce como una alerta epidemiológica. Y cualquier crisis tiene costos políticos, algo que no le gusta a ningún gobernante, como le ocurre al mandatario de Jalisco Enrique Alfaro Ramírez.

Hace un mes, cuando empezó a ser evidente que los casos de dengue serían históricos, el gobernador Enrique Alfaro Ramírez compartió un mensaje en redes sociales explicando las tareas que llevaba a cabo el gobierno del estado, regañando a los críticos (“como siempre, hay quienes tratan de infundir miedo y sacar raja política con algo más peligroso que la propia enfermedad: las mentiras”); y soltando una afirmación que causó polémica. 

Dijo que, en parte, la explicación de la alta incidencia de casos de dengue se debe “al cambio climático” ya que llegó desde Centroamérica una nueva variedad de mosquito a la que los jaliscienses no somos inmunes. De inmediato, no faltaron críticas o incluso sorna cuando Alfaro sostuvo que el cambio climático es en parte culpable del dengue en la entidad. 

Pero escuchando a los expertos, resulta que el gobernador tiene razón. Tenemos qué asumir que las advertencias que hace décadas hicieron los expertos acerca de cambios acelerados en el clima del planeta ya ahora son tardíos, pues estamos viviendo una crisis climática de proporciones inimaginables. Y fenómenos como tasas atípicas de enfermedades, comenzarán a ser habituales. 

El asunto es que durante muchos años las referencias al “cambio climático”, a los gases de efecto invernadero, al daño a la capa de ozono, a la reducción de emisiones de carbón se convirtieron en nociones abstractas, difíciles de comprender y asimilar excepto para las personas con una conciencia ecológica más asumida. 

Pero el cambio climático no son solo esas nociones abstractas sino afectaciones y daños concretos que debemos asumir y enfrentar.

Por eso me parece que los gobernantes locales, sean gobernadores o alcaldes, deben asumir que vivimos en una crisis climática y actuar en consecuencia.

Y si bien el gobernador Enrique Alfaro parece tener conciencia del desafío que implica el cambio climático, como lo manifestó al referirse a los extendidos casos de dengue en la AMG, lo que no parece tener es congruencia pues al mismo tiempo quiere hacer la presa El Zapotillo en Los Altos o avalar la urbanización de El Bajío, del mismo modo que se dejan de atender graves conflictos ambientales que son muestra local y gran contribución a la crisis climática que se cierne sobre la humanidad.

Uno de estos graves conflictos ambientales es la contaminación por lixiviados que padecen los pueblos de la Barranca del río Santiago, debido al funcionamiento de los tiraderos de basura de Picachos y Hasar´s. 

Hace más de una década que los pueblos de la barranca del río Santiago han denunciado las graves afectaciones que padecen producto de los líquidos contaminantes de los basureros. 

En octubre de 2009, cientos de vecinos de Huaxtla, Milpillas, San Lorenzo, La Soledad e Ixcatán, entre otros, bloquearon el ingreso al basureo de Picachos. Con esta acción lograron que el gobierno municipal de Zapopan los atendiera y se comprometiera a firmar un acuerdo para remediar la contaminación y devastación ambiental que habían padecido por años.

Pero pasó un década y año con año el temporal ha acarreado el mismo escurrimiento de lixiviados, el jugo envenenado que produce la acumulación de basura, en los pueblos de la barranca del río Santiago.

Como autoridad estatal, el gobernador Enrique Alfaro podría intervenir en casos como este, de grave crisis o devastación ambiental, para revertir aquellos procesos urbano-económicos donde se privilegia la acumulación de ganancias por sobre la vida de las personas. Aquellos procesos que desde lo local contribuyen a la crisis climática global. 

Culpar al cambio climático de la alta incidencia del dengue es real, pero un tanto abstracto; poner fin al escurrimiento de lixiviados que afectan a decenas de miles de habitantes de los pueblos de la barranca es una medida concreta y local que puede ser realizada aquí y ahora. Basta la voluntad política. Y la congruencia. 

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