En camino hacia la no-democracia

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“No, la idolatría no es cultura. La cultura, al menos ella, muere de ridículo…”.

Albert Camus, Escritos libertarios

Creo que ganaremos mucho los tirios y troyanos (críticos y prosélitos) involucrados en esta disputa sobre el México del futuro -cuestión ante la que nos puso irremediablemente el ascenso de Andrés Manuel López Obrador-, si aceptamos con lucidez los hechos, y partimos de estos y no de los discursos con que se pretende disfrazar la apremiante realidad.

El régimen que se pretende instaurar en México con la Cuarta Transformación no es ninguna variedad de democracia, por más que una pléyade de intelectuales y articulistas mexicanos quieran maquillar las cosas -a veces de buena fe, a veces con cálculo cínico, no pocas con temor de que la tímida disertación “crítica” sea malinterpretada y se les asigne a la larga el mote ominoso de “enemigos de la 4T”- y decir que, después de todo, no estamos inmersos en la autocracia ni necesariamente caminamos a ella, a casi once meses del ascenso del tabasqueño a la cúspide del poder.

No entiendo bien la excesiva prudencia en el diagnóstico de mentes usualmente lúcidas, máxime que lo que tenemos en escena es el repetido libreto seguido por otros regímenes populistas de América Latina: la embestida, desde abiertamente discursiva hasta rudamente presupuestal, contra el entramado institucional y contra la sociedad civil y sus ínfulas de “contrapesos”; la omnipresencia de la figura del presidente-caudillo a nivel de propaganda; la preeminencia de un discurso oficial simplón contra la corrupción, en el cual, los corruptos y los adversarios del régimen son lo mismo y los corruptos que se adhieren a la causa son perdonados, santificados y resignificados (“el que puede controlar el pasado -rezaba el eslogan del partido- puede controlar el futuro”, recuerda en 1984 el atribulado Winston Smith en la antesala de su “reeducación” para extirpar su odio al Gran Hermano); el montaje de una estructura de dádivas, que sustituye el fortalecimiento de los bienes públicos (ambiente, educación, salud) y a cambio genera una relación directa y clientelar entre el caudillo y sus beneficiados.

Como el debilitamiento institucional de la salud y la educación se notan, surgen sentimientos contradictorios por la falta de medicamentos, de atención médica, de maestros disponibles (que no anden en movilización) y de equipamiento escolar, pero la narrativa de la corrupción (es un sacrificio temporal pero vale la pena), de la conspiración de las élites fifís (farmacéuticas que montan campañas de desprestigio, empresarios irritados porque se les acabó el negocio), y de la austeridad franciscana (todos debemos poner de nuestra parte para cambiar moralmente al país) son la apelación inmediata para  aquietar las agitaciones de la mala conciencia individual.

El nuevo régimen también tiene proyectos de infraestructura grandiosos (el Tren maya o la refinería Dos Bocas no dejan de recordar Assuan en el Egipto de Nasser o Tres Gargantas de la potencia autoritaria-capitalista China) porque son parte de la oferta de cambio; paradójicamente, adopta el discurso de desconfianza en la ciencia y la tecnología “capitalistas” y pretende restaurar sabidurías ancestrales aunque esté en los hechos enfrentado a los pueblos originarios, que ven en sus megaproyectos el viejo desarrollismo contra el que lucharon en los ominosos tiempos del PRIAN; también hay un asalto al modelo educativo “excluyente” y “meritocrático” y se considera como un lujo hoy innecesario el impulso a la cultura, incluso la cultivada por muchos de los suyos: la austeridad en el marco de la urgencia nacional por acabar con la pobreza debe concentrar todas las energías: ser intelectual -repiten con tufo revolucionario- es tomar partido.

Y a todo esto, si no es un movimiento democrático, ¿es entonces revolucionario?

Volvemos al tema de los guiños y los discursos, no de las realidades. Revolución como “vuelta a los orígenes” -si consideramos como origen el viejo estado paternalista del porfiriato y el priiato siglos XIX y XX- tal vez; revolución como trastocamiento de los privilegios y ampliación, si no de las libertades, al menos de las equidades y fraternidades vertebradas por un estado laico, es dudoso. Los hombres más ricos de México miran con recelo el espectáculo del “cambio”, pero están haciendo negocios con el gobierno e incluso han sido compensados por las pérdidas arrojadas en la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, ese gesto necesario de un presidente que ha demostrado que al menos algunas promesas se deben cumplir; y respecto al laicismo, no hemos tenido desde 1870 -con el panismo de doce años incluido- un mandatario más abiertamente proclive a la expansión de iglesias en la vida pública (como ocurrió en muchas dictaduras latinoamericanas, Pinochet o los generales brasileños), las que a cambio, garantizan fieles despolitizados que además son los beneficiados de la red clientelar. Esta construcción profundamente emocional es la que puede garantizar al caudillo poderes de excepción.

¿Y qué decir de la postura del presidente y su gobierno de simplemente ser omisos en el enfrentamiento legalmente obligatorio con las bandas criminales que asuelan el país desde hace más de una década? El jefe del Ejecutivo la vende como una distensión necesaria para que las aguas agitadas por el maligno calderonismo vuelvan a su cauce. Pero al garantizar la impunidad de los crímenes, pareciera una apuesta para que el Estado recupere el monopolio por la vía de la cooperación y los consensos de los cárteles, lo que no es extraño para estados y momentos históricos muy diversos, y sin duda es otro guiño nostálgico al México del desarrollo estabilizador, donde el amo del crimen era el gran policía, Javier García Paniagua.

¿Qué es lo que concede gran fortaleza a esta oferta tan emocional y disruptiva para nuestra endeble e ineficiente  democracia? Justamente el desprestigio de ésta. Los actores de la transición la vendieron como panacea para todos los males nacionales, pero la democracia básicamente entraña una cultura política donde el debate y la crítica amenazan la eficiencia (mientras el viejo estado nacionalista revolucionario era obedecido sin chistar) y requiere una gran madurez y una enorme capacidad de negociar (un juego democrático satanizado en México, el presidente dice que no se sienta a la mesa en privado con nadie, que “no negocia en oscurito”) bajo la premisa de que el interés general amerita momentos de concertación (¿ya nadie lee al gran Maurice Duverger?). Las encuestas demuestran que López Obrador apuesta a ganar: los mexicanos no creen en la democracia, prefieren a un “conductor del pueblo” que resuelva sus problemas cotidianos de acceso a alimento, empleo, algo de confort. La popularidad herética pero invencible del vilipendiado Porfirio Díaz, dictador por tres décadas, pacificador y modernizador de la república, es el mejor síntoma.

Ya sé que se puede debatir sobre política y pretender que la democracia representativa, con separación de poderes, con instituciones fuertes que se contrapesan, con derechos humanos, con leyes que se cumplen y con policías que combaten eficazmente al crimen, es sólo uno de los modelos. Pero regresaremos a los famosos debates que comenzaron con Voltaire y Rousseau sobre mayorías y minorías, sobre democracia directa o elitista, sobre gobernabilidad e intereses superiores del estado. Y aquí entra de nuevo la magia lopezobradorista: reducir el ejercicio de la democracia y eliminar el papel del órgano electoral, para virar hacia revocaciones de mandato eficaces para que el mandatario esté siempre en campaña, hacia un asambleísmo demagógico o hacia consultas sin rigor metodológico y abiertamente manipuladas, para legitimar decisiones que Yo, el supremo (Roa Bastos dixit) ya ha decidido, como fiel intérprete, casi profeta, de ese pueblo anheloso de redención y descanso en su largo peregrinar hacia el bienestar.

Es obvio que este país no es una autocracia, pero me parece que el presidente, con su formidable centralización de poderes y dineros y su red de clientelas electorales, camina a construir algo muy semejante, con ese olfato político y capacidad propagandística heredados del viejo PRI en el que militó, que le han permitido implantar un discurso político básico que explota el victimismo y el sospechosismo que es miel a los oídos resentidos del hombre común, pues explota con enorme habilidad las envidias que cunden en las sociedades tan desiguales. También es lógico pensar que podría no lograrlo, y eso será efecto directo de que los derechos políticos de sus adversarios, los fifís, no sean cancelados, y de que los órganos judiciales no sean controlados completamente, como al parecer, no ha sucedido. Esto explica la hostilidad de López Obrador, de su equipo y de su ejército de troles, al ejercicio de la libertad de prensa y de expresión y del derecho a la información de la sociedad.

Como maestros de la propaganda, saben que los humanos tienen defectos y son proclives al vicio o al error. Y hurgan en el pasado o lo inventan, y construyen argumentos “lógicos” para convertir la falacia ad hominen en el mejor método de desmontar a esos críticos. Eso explica que la justicia no vaya a fondo, sea selectiva y sólo exija que la plaza se rinda sin condiciones. Las acusaciones de corrupción, ciertas o posibles, se quedan guardadas, pues el camino a la Cuarta Transformación no puede dilatarse en odios mezquinos; de este modo, las discusiones de los grandes dilemas que enfrenta el país se quedan truncas, pues la idea que viene de un malvado no puede ser buena, dice la conveniente lógica moralista.

AMLO.

El otro apoyo para que la 4T triunfe en definitiva es el contexto mundial. Los populismo triunfan incluso en las plazas fuertes del capitalismo, los grandes acuerdos mundiales se tambalean, y pareciera que encerrarse frontera adentro es una tendencia creciente, que aunque dudo pueda triunfar, sin duda es un rasgo político que ejercerá gran influencia en los años siguientes.

La propia 4T tiene otros dos adversarios que pueden impedir el arribo a la tierra prometida: por un lado, hay personajes con genuinos valores democráticos, con apertura al diálogo y con visiones de estado laico, de respeto a las instituciones formales y de ampliación de derechos sociales e individuales. Aunque esos grupos están por ahora parcialmente desactivados, sin duda podrían un contrapeso interno a las ambiciones providencialistas del nuevo régimen. Y sin duda, el más formidable: la realidad.

Quizás el pecado más grande de este proyecto de ruptura con el pasado inmediato de México, es que al dar preeminencia a la política, olvida que la economía no es ni siquiera principalmente el poder de los ricos. La economía es toda esa compleja estructura que hace posible satisfacer las necesidades más básicas de la sociedad, del “pueblo”, y la historia recurrente de este subcontinente demuestran que los proyectos más ambiciosos de cambio se derrumban si no hay un manejo sabio y cauteloso de los dineros.

Es cierto que este primer año no ha habido indisciplinas en el gasto, pero la austeridad ha sido tan extrema, que miles han perdido su empleo y se han ido desmontando instituciones que proveían recursos, conocimientos y tecnología para resolver problemas básicos como la salud, los servicios ambientales, la infraestructura y la producción primaria, entre otros. Por el otro lado, la apuesta a proyectos faraónicos y mal sustentados como el aeropuerto de Santa Lucía, la nueva refinería o los megaproyectos turísticos del sureste, ya distraen el grueso de los recursos de inversión y afecta el desarrollo normal de muchos estados. Y si ha eso agregamos la prioridad de las transferencias directas -en algunos casos, indiscutibles, como a los ancianos o a las madres solteras-, la cobija presupuestal realmente no alcanza.

Esto ocasionará desgaste y tensiones, pues obligará a abordar una reforma fiscal en serio que amplíe las recaudaciones (por hoy, son solamente las políticas casi punitivas que elevan sanciones a la evasión fiscal y el uso de facturas falsas, mientras apenas se combate a las bandas criminales), dado que se está por llegar al límite de lo que puede dar la austeridad. También, hay un bajo crecimiento causado por la pérdida de confianza de los inversionistas, y sin duda, por la anunciada desaceleración del mercado mundial, y es carga extra que no se resuelve con discursos ni con denuncias de conspiraciones.

Esos contextos complicados derivan en virtudes realmente políticas -lo acaba de demostrar Lenin Moreno en Ecuador-: obligan a negociar, a respetar al opositor, a ceder. Es un modo en que quizás un presidente con fama de testarudo podría  empezar a ver de otro modo los problemas nacionales, y paradójicamente, transformar su proyecto en una verdadera opción democrática que ahora, ciertamente, ni lo es ni pretende que sea.

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