El obispo y el pederasta

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El 3 de julio de 2015, cientos de fieles acudieron a la iglesia catedral de Autlán para despedir a Gonzalo Galván Castillo quien hasta el 25 de junio había sido su obispo durante diez años.

Para los feligreses, algunos políticos y medios de comunicación, el ahora ex-obispo de Autlán, se despedía entre muestras de amor y agradecimiento por los fieles del obispado. Para otros, envueltos en un pesado silencio, la renuncia del obispo, aceptada por el papa Francisco, fue motivada por las acusaciones que pesaban en su contra por encubrir actos de pederastia en su diócesis.

Ahora, cuatro años después, las sospechas como encubridor de pederastas cobran sentido: el 2 de octubre de este 2019, el Vaticano difunde la sentencia en donde encuentra responsable al sacerdote de Autlán de Navarro José Guadalupe Santos Pelayo, “del delito contra el sexto mandamiento del decálogo en agravio de un menor de edad”, por lo que fue excomulgado y separado de la iglesia.

La excomunión del Vaticano en contra del sacerdote José Guadalupe Santos Pelayo, advierte que el sacerdote queda impedido para oficiar misa o ejercer cualquier otro tipo de actividad eclesiástica. La sentencia es muy clara: en pocas palabras, el sacerdote Santos Pelayo queda completamente fuera de la Iglesia Católica por pederasta.

Sobre este sacerdote pederasta, pesaban serias acusaciones desde hace muchos años, las cuales se acrecentaron cuando fue sacerdote de Unión de Tula. Ante las acusaciones y reclamos de los feligreses, el ahora ex-obispo de Autlán, decidió protegerlo cambiándolo de parroquia y alejándolo de las actividades de la diócesis.

El ahora ex-sacerdote Santos Pelayo incluso llegó a habitar la famosa Casa Alberioni, en Tlaquepaque, lugar de reposo, desintoxicación y albergue refugio para sacerdotes alcohólicos, drogadictos y pederastas.

El mecanismo seguido por el ex-obispo de Autlán Gonzalo Galván Castillo, no es nuevo y es frecuentemente utilizado por varios de los obispos en México y el mundo: cuando un sacerdote de su diócesis es acusado reiteradamente, subrayo la palabra reiteradamente, por sus feligreses, de delitos graves como la pederastia, “contra el sexto mandamiento del decálogo en agravio de un menor de edad…” según la sentencia del Vaticano, los obispos en lugar de denunciar al sacerdote pederasta, lo cambian de parroquia como una forma de tranquilizar a los feligreses.

Con este mecanismo como solución, los obispos envían el problema a otra parroquia o a otra diócesis, porque es lógico que el sacerdote pederasta no va a cambiar sus hábitos, aún pasando por casas de rehabilitación como la Casa Alberioni, y continuarán siendo pederastas en la diócesis que los reciba.

Un sacerdote pederasta es un depredador.

Normalmente hace de la violación de niños bajo su confianza una práctica habitual, común, por lo que es muy difícil saber de cuántos casos “en contra del sexto mandamiento del decálogo…” fue acusado y sentenciado por el Vaticano, el ex-sacerdote Santos Pelayo.

De este caso, de los pocos que se ventilan y juzgan por el Vaticano, surgen dos dudas: la primera ¿El Vaticano persigue y sentencia a los sacerdotes pederastas pero no a los obispos que los encubren? 

Y la segunda: ante la condena vaticana contra el ahora ex-sacerdote Santos Pelayo ¿la fiscalía del estado de Jalisco no va a actuar?

Un sacerdote pederasta es un depredador y es muy difícil que suspenda o disminuya el nivel de su perversión a la que está acostumbrado. Santos Pelayo dejó de ser sacerdote, pero sigue, sin ninguna duda, siendo pederasta. 

Hasta que la fiscalía haga su trabajo. Lo cual se ve muy difícil.

 

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