La defensa (necesaria) de Greta Thunberg

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“México no tiene una clase intelectual, tiene una clase sentimental”.

Octavio Paz (en conversación con el periodista Andrés Oppenheimer)

El llamamiento emotivo de la joven adolescente sueca Greta Thunberg ante la asamblea de la ONU, en el contexto de la cumbre del clima, en Nueva York,  el pasado 23 de septiembre, ha perturbado al mundo.

Ha suscitado por igual entusiastas adhesiones y enconadas condenas. Por un lado, quienes han comprendido el valor simbólico de su odisea personal (viajar en velero para no emitir gases de efecto invernadero no es menor sacrificio para una hija de la sociedad con mayor nivel de vida del mundo): la fuerza emocional como un detonador para llevar a la práctica lo mucho que sabemos que se debe hacer frente al cambio climático y las crisis pequeñas y grandes que ya genera en el planeta, pero cuya ejecución los políticos postergan por los presuntos sacrificios que acarrea para el bienestar de sus ciudadanos (votantes) y para la salud de sus economías.

Por el otro, brotan desde miradas sospechosistas hasta agrias condenas ad hominem (ad mulier o ad puella, dirían ahora en lenguaje “incluyente”, como si los romanos hubieran sido políticamente correctos), incluidas las infaltables teorías conspirativas de los monstruos verdes escandinavos que la financian para devorarse a nuestras inocentes economías carbonizadas, sin faltar las idiotas y desinformadas (¿toda idiotez es desinformada?) “observaciones” sobre la condición personal de la rubia ojiazul, con su síndrome de asperger, o su crimen de nacimiento (el pecado original también existe en el mundo “laico” y “progresista”) por venir de cuna burguesa, o ya de menos, ser de la detestable “raza” (aunque las razas no existen en el Homo sapiens) blanca y occidental.

Exceso de ruido, generado por quienes no desean confesar sus motivaciones íntimas para oponerse al cambio. Más que las burlas esperables de la inagotable vulgaridad del presidente estadounidense Donald Trump, el zar-republicano de Rusia (hay que cuidar las formas) Vladimir Putin le pone palabras más racionales a la oposición a la niña sueca: su postura condena al subdesarrollo a las naciones que no han alcanzado el estatus de Europa occidental, de Estados Unidos y Canadá, de Australia y Nueva Zelanda (pero no es el caso de Rusia, gran productora de petróleo y primera de gas natural en el mundo, es decir, vive de la economía de carbono que la malvada Greta quiere acabar).

Greta Thunberg.

“Nadie le ha explicado a Greta que el mundo actual es complejo, muy diverso, se desarrolla rápidamente y la gente en África y en muchos países asiáticos quiere tener el mismo nivel de bienestar que Suecia […] pero, ¿cómo conseguirlo? ¿Obligándoles a usar la energía solar que en África hay de sobra? ¿Alguien ha explicado cuánto va a costar eso?”. A diferencia de otros opositores a la ola Greta, sólo pide que no se le exponga a “emociones innecesarias” y que no se permita la “manipulación de los niños” para causas interesadas.

En México, los cuestionamientos a Greta parten lo mismo de empresarios conservadores con intereses en la economía del carbono y la industria extractiva que de simpatizantes de Morena, que ven la furia de la adolescente como condenatoria de los ambiciosos planes desarrollistas del gobierno de Andrés Manuel López Obrador para recobrar la industria nacional del petróleo y abrir las últimas selvas preservadas del país, en la península de Yucatán, al turismo masivo. Llama la atención que nadie de ellos se detenga a escuchar las palabras de la infanta y lo que de verdad dijo. Les gana la dialéctica de identificar al occidente blanco y desarrollado con el mal, aunque Trump sea suficiente para romper esa conspiración perfecta. Sentimientos “buenos” contra las siempre malas razones.

Esto fue lo que dijo Greta:

Todo esto está mal. Yo no debería de estar aquí, debería de estar en la escuela del otro lado del océano. Sin embargo, ¿vienen a mí en busca de esperanza? ¡Cómo se atreven! Ustedes se han robado mis sueños y mi niñez con sus palabras vacías. Y, sin embargo, yo soy una de las afortunadas. La gente está sufriendo, la gente está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando. Estamos en el inicio de una extinción masiva y lo único de lo que ustedes pueden hablar es de dinero y de cuentos de hadas sobre crecimiento económico eterno. ¡Cómo se atreven!”, les dijo a los líderes mundiales.

“Por más de 30 años la ciencia ha sido más clara que el agua. Cómo se atreven a seguir mirando para otro lado y venir aquí a decir que están haciendo lo suficiente, cuando las políticas y soluciones requeridas no están a la vista por ninguna parte […] Ustedes dicen que ‘nos escuchan’ y que entienden la urgencia. Pero, sin importar cuán triste o enojada esté, no quiero creerles eso. Porque si ustedes entendieran completamente la situación y aun así estuvieran rehusándose a actuar, ustedes serían malignos. Y me rehúso a creer eso”, agrega.

La idea común de reducir nuestras emisiones a la mitad en 10 años sólo nos da 50 por ciento de probabilidad de permanecer por debajo de (un aumento promedio de la temperatura global) 1.5 grados centígrados, así como del riesgo de detonar reacciones en cadena irreversibles y más allá del control humano. Tal vez 50 por ciento esté bien para ustedes, pero esas cifras no incluyen los puntos de inflexión, la mayoría de los ciclos de retroalimentación, el calentamiento adicional escondido en la tóxica contaminación del aire ni los aspectos de justicia y equidad. También dependen de que mi generación y la de mis hijos succionen del aire decenas de billones de toneladas de su dióxido de carbono (CO2) con tecnologías que apenas y existen. Así que 50 por ciento de riesgo simplemente no es aceptable para nosotros, que tendremos que vivir con las consecuencias”.

Añade más datops: “Al 1 de enero de 2018, para tener 67 por ciento de probabilidades de permanecer bajo 1.5 grados centígrados de aumento en la temperatura global –la mejor oportunidad que nos da el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático—, el mundo sólo podía emitir 420 gigatoneladas de dióxido de carbono. Hoy esa cifra ha disminuido a menos de 350 gigatoneladas. Cómo se atreven a pretender que esto puede ser solucionado con soluciones comunes y técnicas. Bajo los niveles de emisiones de hoy, el presupuesto restante de CO2 estará totalmente agotado en menos de ocho años y medio”.

Y se pone ácida: “Hoy no se presentarán aquí soluciones o planes en línea con estas cifras, porque estos números son demasiado incómodos y ustedes aún no son lo suficientemente maduros para decir las cosas como son. Ustedes nos están fallando, pero los jóvenes estamos empezando a entender su traición. Los ojos de todas las generaciones futuras están sobre ustedes y, si eligen fallarnos, yo digo que nunca los perdonaremos. No dejaremos que se salgan con la suya en esto. Aquí y ahora mismo es donde trazamos la línea. El mundo está despertando y el cambio está en camino, les guste o no” (traducción de Juan Mayorga, Animal político).

No encuentro nada reprochable en el llamamiento ético ni que haya incurrido en inexactitudes o mentiras en el tema de los datos. Es un discurso con la fuerza moral que puede tener una adolescente que, efectivamente, debería ocuparse de estudiar y divertirse, y no convertirse en una Mafalda o una Lisa Simpson que debe salvar al mundo de la torpeza de los adultos. Greta no entra en los detalles de los acuerdos climáticos, que desde el principio reconocieron que la responsabilidad superior era de las naciones industrializadas justamente porque prosperaron a costa del clima y la naturaleza. Pero además, los acuerdos parten de una creciente evidencia científica: serán los pobres, que son más en las naciones pobres, los que paguen los costos más altos en escasez de agua potable, sequías y pérdidas de tierras productivas, enfermedades oportunistas, golpes de calor y presencia de plagas. Se estima 45 por ciento de la población mundial.

No se necesita ser un genio para entenderlo: en la franja intertropical del planeta, donde ubican dos tercios de México, toda América central y el Caribe, el norte de Sudamérica incluidos medio Brasil, todo Perú, Colombia, Ecuador y Venezuela; el África subsahariana, el Asia del sur, entre China e India, Indochina, toda Indonesia, Filipinas, y buena parte de las islas del Pacífico, se guarda una sobrerrepresentación de la riqueza biológica mundial: por arriba de 70 por ciento. El milagro es explicable: es la zona del mundo con más calor, proveniente de su mayor insolación. El calor es vida pero también es energía: en esa franja se forman todos los eventos meteorológicos de mayor calado, que traen agua en exceso o en defecto, vientos huracanados. El calor también hace que prosperen numerosas enfermedades animales o humanas.

El caso del dengue no es sino un efecto más de cómo la región es colonizada por vectores en zonas cada vez más altas ante el ascenso de las temperaturas sobre los territorios templados.

Así, efectivamente, el Protocolo de Kioto no establece que estas naciones deban cargar con el grueso de la reducción obligatoria de emisiones, porque son más víctimas que actoras del desastre en las emisiones acumuladas desde principios de siglo XIX, pero al mismo tiempo, por su condición climática, deberían ser las más interesadas en que estas metas se cumplan. El exceso de carbono en la atmósfera produce de manera inevitable un incremento del efecto invernadero y esto ocasiona más energía, lo que, hay que insistir, se traduce en huracanes, ciclones y sequías más intensos, olas de calor, temperaturas promedio más altas, enfermedades oportunistas, avance de los desiertos históricamente establecidos en las fronteras de los dos trópicos, con todas las consecuencias económicas que esto puede acarrear.

Dicho más llanamente, más que para la tundra rusa, los inmensos bosques de taiga de Canadá e incluso para los hielos que parecían eternos en los polos, la preocupación debe estar en quienes habitamos el intertrópico, porque la naturaleza nos va hacer pagar lo que no debemos, una cuenta a la que abonamos solamente desde 1950. Es decir, desarrollarnos con economía de carbono es un lujo que no nos podemos dar. Debemos establecer no sólo por ética sino por interés un modelo sostenible de largo plazo con energías alternativas y además utilizar la diplomacia para reclamar cumplimientos puntuales de metas de las naciones desarrolladas, además del financiamiento para mantener los sumideros de carbono que son las selvas tropicales y los bosques templados, que se siguen destruyendo por no tener valor en la economía local o regional, además de que urge una acción decisiva en los mares tropicales y templados porque son fuente de alimento para la mitad de la humanidad, y otra vez hay que decirlo, la fuente calórica barata para los más pobres.

No olvidemos que también estamos obligados a generar una política sensata de manejo de agua que haga a nuestras ciudades resilientes y preservar nuestras zonas productoras de alimentos. Y con carbono no se va a lograr. Ya se ha llegado al punto en que ese discurso desarrollista está agotado.

El problema es que el populismo vigente en México y en otros lugares de América Latina ve la historia al revés.

Y eso explica la reacción sentimental de ira a la Thunberg, y de nostalgia por un pasado que aunque fue autoritario dio mayor prosperidad material porque éramos mucho menos población y porque efectivamente, la economía cerrada permitió un mercado interno fuertemente potenciado por las clases medias que hoy están en crisis.

Nadie ha dicho, y Greta no lo sugiere, que esto vaya a ser una tarea fácil. Pero a decir verdad cuesta mucho menos de lo que piensan los detractores del modelo. El Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático, otros de los organismos “fifís” que le disgustan al presidente López Obrador, ya hizo la tarea hace un par de años.

120 mil millones de dólares le costaba a México la mitigación y adaptación al cambio climático entre 2018 y 2030, esto es, 10 mil millones de dólares anuales. 87.4 mil millones de dólares más, si se plantean metas más ambiciosas para alcanzar la economía de “cero carbono”. La suma es de 207.4 mil millones de dólares, 18 por ciento del PIB anual del país. La meta es muy clara: que el aumento de la temperatura global no sea mayor de 1.5 grados, porque el límite de 2 grados “no garantiza” que no se vayan a presentar problemas severos y un alto riesgo. Eso me lo dijo la directora del INECC, María Amparo Martínez Arroyo. Ese monto diferido a diez años equivale a poco menos de un año de gasto público federal, que repartido en diez años que quedan, da 20 mil millones de dólares anuales, es decir, 1.8 por ciento del PIB. ¿De verdad es tan difícil invertirlos?

“Estamos convencidos que esto es posible, no solamente porque se trata de cumplir con compromisos y acuerdos internacionales en el tema de cambio climático, sino porque esos cambios nos van a ayudar a vivir mejor como sociedad, permitirán una economía diversificada sobre unas bases ambientales sostenibles”, me dijo la funcionaria en la segunda jornada del II Encuentro Nacional de Respuesta al Cambio Climático, innovación en ciencia y tecnología, realizado en la Biblioteca México de la Ciudad de México, en noviembre de 2017.

En una manifestación.

Así, “uno de los grandes objetivos es ir separando el desarrollo económico de las emisiones de carbono, lo que lleva a desarrollar fuentes de energía alternativa […] debemos comprender que si tomamos otras decisiones [como seguir con la explotación de vetas petroleras], eso implica consecuencias, y será decisión de los ciudadanos […] en todo caso, que en otros sectores se compense fuertemente para que alcancemos las metas acordadas”, añadió.

En esa misma reunión, el entonces subsecretario de planeación y política ambiental de la Semarnat, Rodolfo Lacy Tamayo, destacaba. “Hablando del tema de financiamiento y precio al carbón, básicamente lo que hemos hecho en materia política climática en México lo hacemos con dos intenciones generales; la primera es exigirle a los principales responsables del cambio climático que hagan un esfuerzo mayor para que países altamente vulnerables como México no nos veamos afectados como se pronostica; lo otro es buscar modificar nuestra economía para que sea baja en carbono y resiliente frente a un conjunto de fenómenos que ya en gran medida son irreversibles. Hablo entonces de un tema de dinero”.

Después del acuerdo de París “viene una parte de financiamiento que ha estado en los reclamos a los países desarrollados, que no sólo vendan tecnologías bajas en carbono, sino también transferencia tecnológica y financiamientos para mejorar nuestras políticas públicas y desarrollo no más basado en combustibles fósiles; nos preguntamos, si es tan claro el diagnóstico, por qué los que tienen el dinero no actúan en consecuencia”.

Ese mismo año, en Davos, Suiza, los grandes grupos empresariales del mundo “clasificaron el tema de cambio climático como de riesgo para el sistema mundial; si algo preocupa a los que tienen dinero es el riesgo, sea una guerra, una inestabilidad política, o en este caso, riesgo climático […] el riesgo ya es reconocido por esos grupos de poder económico”.

Además, “existe un reporte de la Organización Mundial de la Salud, que dice que el cambio climático no sólo afecta a personas matándolas con huracanes, grandes inundaciones, sino también con procesos biológicos, muertes asociadas a enfermedades que se extienden por lugares donde no había. Los desplazados climáticos suman ya 22.5 millones de personas […] las reconstrucciones tras eventos cambian de regla: que los cambios ya sean una adaptación a lo que viene, es decir, reconstruir en lo sencillo y lo complejo las sociedades”.

Por su parte, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), ha informado que “los sistemas mundiales de alimentación se han afectado en 22 por ciento”.

De manera que la niña sueca no se equivoca. Estamos inmersos en el cambio climático y nuestros países lo pagarán más caro. Y sobre todo, los pobres, esos por los que dice luchar la Cuarta Transformación, que apuesta por un retroceso, el retorno a un pasado simplificado que no podrá regresar. Así lo dijo su incomprendido profeta, más citado que leído, en su calidad indiscutible de gran crítico, Karl Marx: “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa” (18 de Brumario de Luis Bonaparte).

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