La decadencia panista

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Una de las piezas centrales de la partidocracia mexicana, el Partido Acción Nacional (PAN), acaba de festejar 80 de su fundación de la peor manera: teniendo como a su invitado principal a Vicente Fox, uno de los presidentes más nefastos de la historia del país.

Acción Nacional fue fundado entre el 14 y 17 de septiembre de 1939 en el Frontón México, en la capital del país, por dos de sus grandes ideólogos: Manuel Gómez Morín y Efraín González Luna. En sus orígenes convergían corrientes tanto liberales como conservadoras. El PAN fue un partido de derecha, cercano a los empresarios y a la ideología capitalista de la libre empresa, pero también un gran partido de base que recogía reclamos legítimos en contra del autoritarismo y los fraudes electorales cometidos por el entonces partido hegemónico, el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Éste último atributo lo convirtió en el principal partido opositor al PRI en Jalisco durante la segunda mitad del siglo XX.

Al PRI le tocó gobernar, o controlar México, en la época de oro del capitalismo en el siglo XX. El llamado “milagro mexicano” es la versión vernácula del periodo de expansión del capitalismo mundial tras la II Guerra Mundial. Ese periodo de expansión de la economía capitalista le permitió al régimen priista aumentar el gasto público, expandir los servicios estatales, multiplicar las obras públicas, crear un incipiente sistema de seguridad social y de ese modo promover empleo, servicios y prestaciones para una población en ascenso. Esto fue el “milagro mexicano”.

Pero junto a este “milagro”, el partido-Estado priista gobernaba reprimiendo disidencias políticas y mediante el fraude electoral cuando los votos no le alcanzaban.

En todos esos años los panistas fueron una férrea oposición. Aunque el partido no fuera de masas, sus cuadros tenían presencia y penetración en la sociedad jalisciense. Sus militantes lo eran por convicción, por un ideal, por una ideología, por una propuesta política.

La crisis del “milagro mexicano”, es decir del capitalismo mundial en México, propició la falta de legitimidad de los gobiernos priistas, aunado a la creciente corrupción, convirtieron al PAN en una opción de gobierno en Jalisco.

Tras gobiernos de corrupción, episodios de inseguridad y especialmente la crisis social y de legitimidad política tras las explosiones del 22 de abril de 1992, el PAN ganó la mayoría del poder público el 12 de febrero de 1995 en Jalisco de la mano del ex alcalde de Ciudad Guzmán, Alberto Cárdenas Jiménez. Inició entonces un periodo de 18 años de gobiernos del PAN en el estado.

Los comentaristas, académicos e intelectuales liberales compraron el cuento de que entonces comenzó la transición democrática en Jalisco. Nada más falso.

En lugar del cambio político, económico y social prometido, los gobiernos del PAN dieron continuidad al proyecto neoliberal que se impulsaba desde el gobierno federal, y traicionaron la demanda de cambio político radical que demandaba la sociedad jalisciense.

Un ejemplo es clúster de la industria electrónica (que se define por conceder incentivos a las corporaciones privadas y en la explotación de la mano de obra) iniciado por gobiernos priistas pero consolidado por en el gobierno del panista Alberto  Cárdenas. Otro ejemplo, la consolidación de la agroindustria  en los gobiernos de Francisco Ramírez Acuña y Emilio González Márquez, que se define por el acaparamiento de tierras, el monocultivo, la explotación del trabajo y la contaminación por agroquímicos. Lo mismo puede decirse de la consolidación de los negocios turísticos y de la desastrosa política de vivienda e inmobiliaria que se consolidaron en Jalisco durante los gobiernos panistas.

Pero más allá de la continuidad de los grandes negocios del periodo neoliberal, la crisis panista reside en la mutación del alma política de sus militantes.

Pasaron de hacer asambleas distritales en las quien pronunciaba el discurso político más convincente se ganaba la candidatura a alcalde o diputado a asambleas donde tras bambalinas del salón Fiesta Guadalajara, un cacique distrital negociaba sus 300 votos a cambio de una regiduría y puestos en un gobierno municipal.

Los políticos profesionales panistas dejaron de ser políticos opositores al régimen para convertirse en marchantes de la política, en negociadores con intereses y sin escrúpulos para alcanzar un fin. Sin tapujos, vendieron su alma al diablo de la política profesional.

De ese modo los panistas dejaron de ser militantes políticos contra el autoritarismo y la antidemocracia priista para convertirse en una clase política profesional dispuesta a hacer todo para permanecer en el poder. Fue una camada política a la que le gustó el poder y sus prebendas, es decir, que se aburguesaron y en el camino se corrompieron para convertirse en todo contra lo que lucharon en 60 años de partido opositor. Su celebración de 80 años de fundación es a la vez una constatación de su crisis y decadencia política.

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