TAMBORES DE GUERRA

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La oferta y la demanda no son los únicos elementos que entran en juego a la hora de determinar el precio del petróleo.

Como se pudo ver recientemente, un ataque con dron a instalaciones en Arabia Saudita, el segundo productor de petróleo del mundo, hizo que el precio del crudo se disparará en un 20% en poco menos de 48 horas.

Pero también la política y los intereses de los países que más producen y consumen petróleo juegan cada vez un rol más determinante en el precio del llamado oro negro. Los precios del petróleo subieron por temor a una escasez de suministro mayor a la prevista, tras los ataques contra refinerías de Arabia Saudita y una escalada de las tensiones en Medio Oriente.

El referente global Brent subió 1.26 por ciento; el referencial estadunidense West Texas Intermediate (WTI) avanzó 2 centavos y la mezcla mexicana de exportación sumó 1.67 por ciento, de acuerdo con el precio publicado por Petróleos Mexicanos (Pemex).

Los ataques de yemeníes hutíes la madrugada el fin de semana pasado paralizaron más de la mitad de la producción de crudo de Arabia Saudita y limitaron severamente la capacidad ociosa de extracción del reino, un colchón para los mercados energéticos ante cualquier interrupción de los suministros globales.

Estados Unidos y Arabia Saudita culpan a Irán de dañar la infraestructura petrolera del mayor exportador mundial del hidrocarburo.

La industria petrolera saudita podría ser amenazada nuevamente y podríamos ver más trastornos de la oferta desde el Golfo Pérsico. 

El precio del petróleo subió y llovieron las acusaciones, pero el ataque a las instalaciones petroleras de Arabia Saudita no provocó la respuesta dramática que hubiera sido normal hace 30 años en la región del Golfo Pérsico, una zona marcada históricamente por los enfrentamientos y los conflictos por controlar el precio del crudo.

Porque, aunque en estos días se ha visto escalar la tensión entre reino saudita y su antiguo enemigo, Irán, con fuertes pronunciamiento de Estados Unidos, es claro que las opciones militares han quedado en un segundo plano. Y lo que ha cambiado con respecto a dos décadas atrás es que el suministro de la primera potencia militar y económica del mundo no está en riesgo.

Es decir, Estados Unidos tiene garantizado su abastecimiento y eso hace pensar a los expertos que lo sucedido no desembocará en un conflicto armado.

En este caso, es mucho más probable que los países con intereses petroleros eviten la guerra antes que provocarla.

Durante muchos años las decisiones sobre la oferta y la demanda adoptadas por los países árabes productores de petróleo fueron capaces de mover el mercado y provocar numerosos problemas en las economías de Occidente.

A finales de los 70 y principios de los 80, Arabia Saudita tenía un papel importante como el mayor productor mundial y un gran poder a la hora de regular el mercado. Este ya no es el caso. El mercado internacional del petróleo ha sufrido una transformación radical.

Con 15.3 millones de barriles al día y una producción casi un 17% más en 2018 frente al año anterior, Estados Unidos lidera la producción mundial de crudo, sobre todo gracias a la tecnología del fracking.

La también llamada fracturación hidráulica permite extraer el gas de esquisto, un tipo de hidrocarburo no convencional que se encuentra literalmente atrapado en capas de roca y a gran profundidad.

La industria del petróleo de Estados Unidos empezó a usar a gran escala esta tecnología a principios de este siglo, lo que le permitió aumentar su producción y situarse como el primer productor mundial. Ese factor, junto con el compromiso de Donald Trump de movilizar las reservas estratégicas para abastecer el mercado y suplir el hueco en la producción dejado por Arabia Saudita, ha hecho que la cotización del barril de crudo se estabilice.

Aún se desconocen muchos detalles de lo sucedido, incluido si el ataque se originó en Irak, Yemen o Irán. 

La conclusión final de las investigaciones será importante, pero la respuesta más probable a la supuesta participación iraní sería cibernética o algo menos dramático que una acción militar. 

Donald Trump, que desde el inicio acusó a Irán de estar detrás del ataque con drones, escribió en su cuenta de Twitter que había dado instrucciones al Secretario del Tesoro para “incrementar sustancialmente” las sanciones contra Irán pese a que todavía se desconocen los resultados de la investigación saudí-estadounidense.

El segundo productor de petróleo del mundo es Arabia Saudita, un destacado aliado de Estados Unidos que mantiene desde hace años un enfrentamiento abierto con su poderoso vecino, Irán.

Ambos se encuentran en una lucha feroz por el dominio regional. A través de la petrolera estatal Aramco, la más rentable del mundo, el reino es capaz de llevar a los mercados internacionales hasta 12.2 millones de barriles de crudo al día.

Con una producción diaria de 10 millones de barriles y unos ingresos de casi US$356.000 millones, Aramco, la empresa estatal controlada por la monarquía de Arabia Saudita, también tiene el título de mayor petrolera del mundo

Pero solo un día después del ataque a la refinería de Abqaiq, la principal planta del país, y en el campo petrolero de Khurais, las autoridades saudíes reconocieron que hasta que no reparen las infraestructuras dejarán de producir hasta 5.7 millones de barriles diarios.

Esta cifra supone aproximadamente el 5% de la oferta mundial.

El siguiente productor de petróleo mundial, tercero en el ranking, es Rusia. Pese a la caída de los precios del petróleo y las sanciones impuestas por la comunidad internacional por anexionarse la región ucraniana de Crimea, la industria rusa consiguió aumentar ligeramente su producción de crudo entre 2017 y 2018.

Si en 2017 generaba 11.2 millones de barriles al día, en 2018 esa cifra pasó a 11.4, un 1.6% más.

El pasado mes de julio, los 14 miembros de la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP) y sus diez aliados, liderados por Rusia, aprobaron en bloque la reducción de la oferta petrolera global durante los próximos nueve meses para mantener más alto el precio del barril de crudo.

Este objetivo, que comparte con Arabia Saudita provocó que en los últimos años ambos países hayan estrechado sus relaciones. Antes de los ataques, la cotización del crudo se había estabilizado por debajo de los US$60 el barril de Brent.

Este nivel un valor demasiado bajo para las expectativas de Moscú y Riad, que buscan un precio al menos US$20 superior para cumplir con sus objetivos económicos, señalan analistas del sector a BBC Mundo.

En este sentido, está claro que unos y otros países quieren cosas distintas.

Mientras a Rusia, Arabia Saudita y el resto de exportadores quieren elevar precios para aumentar los ingresos derivados de la venta del oro negro, Estados Unidos prefiere que no suba pues afectaría al gasto de los consumidores. Especialmente Trump no estará contento con un precio más alto, pues en la práctica supone un impuesto al bolsillo de los consumidores, que son un pilar clave en la actividad económica estadounidense.

En pocas palabras: la salud del gasto de los consumidores de EE.UU. es clave para el crecimiento económico del país, pero también del resto del mundo. De ahí que la administración Trump haya hecho todo lo posible por rebajar los temores sobre restricciones del suministro en los mercados internacionales.

Canadá es el cuarto productor a nivel mundial.

Es una de las grandes potencias energéticas y sus reservas de petróleo son las terceras por detrás de las de Arabia Saudita y Venezuela.

Acumula 169,000 millones de barriles en provisiones y produce 5.2 millones de barriles al día. Una cifra muy lejos de su predecesor en el ranking.

Su principal problema es que el costo de extracción es muy elevado porque su crudo es mayoritariamente pesado.

Con una producción global equivalente a 4.7 millones de barriles al día, Irán es el quinto productor petrolero del mundo.

Las sanciones impuestas al país y la campaña de “máxima presión” internacional relacionada con el desarrollo de tecnología nuclear han hecho que su contribución al mercado internacional haya disminuido entre 2017 y 2018.

Tiene difícil comercializar su crudo y su red de compradores se ha reducido considerablemente.

Además, su eterna rivalidad con Arabia Saudita se ve exacerbada por las diferencias religiosas, ya que cada país sigue a una de las dos ramas principales del Islam: Irán es principalmente chiita, mientras que Arabia Saudita se considera la principal potencia musulmana sunita.

Aunque los rebeldes hutíes de Yemen se atribuyeron la autoría de los ataques, Estados Unidos acusó a Irán de estar detrás de la operación, algo que niegan sus autoridades.

Lo cierto es que todo depende del tiempo que tarde Aramco en reparar sus infraestructuras y volver a bombear al mercado petróleo al mismo nivel que antes del ataque.

Los inventarios estratégicos de petróleo ofrecidos por Estados Unidos o la propia Arabia Saudita deberían poder satisfacer las necesidades de demanda a corto plazo.

El ministro de energía saudita, el príncipe Abdulaziz bin Salman, dijo que espera que la mayor parte de la producción de crudo perdida se restablezca en dos semanas.

Pero si esto no fuera posible y no se restablece el suministro en ese plazo, el escenario global puede complicarse y hacer que el repunte en los precios del barril de petróleo se mantenga en el tiempo.

Junto con la debilidad de la demanda china y los temores a una recesión mundial, un precio más alto del petróleo supondría otro obstáculo para la economía mundial.

El ataque a través de drones por parte de los hutíes a instalaciones petroleras de Arabia Saudita durante la madrugada del fin de semana pasado, se vincula directamente con la fisura al acuerdo nuclear producida por nuestro vecino país del norte. Las sanciones impuestas por Donald Trump al régimen de los ayatolas avizoran un declive económico en Irán por la imposibilidad de colocar su petróleo en el mercado internacional.

Irán y Arabia Saudita han elegido un tercer país inseguro para desdoblar el terreno de guerra: Yemen. Debilitado (pero no destruido) por la Primavera Árabe, el dictador Ali Abdullah Saleh se vio obligado a dejar el poder del país en el 2012.

Fueron 22 años al frente del gobierno yemení, sin embargo, la realidad es que Saleh gobernó desde 1978 (34 años) porque estuvo al frente de la República Árabe de Yemen, la anterior personalidad jurídica del actual país.

La Primavera Árabe representó para Arabia Saudita la oportunidad para incidir directamente en Yemen a través de un presidente apoyado por Estados Unidos y potencias europeas, Mansur Hadi. En el 2014 el líder chiita (aliados de los hutíes) Hussein Badreddin al Houthi se hizo de la capital de Yemen, Saná, y un año después las tropas hutíes financiados por Saleh e Irán expulsaron las fuerzas armadas de Mansur.

En la actualidad, Irán está respondiendo de tres maneras a las sanciones económicas de Estados Unidos: embargando barcos petroleros en el estrecho de Ormuz, atacando áreas estratégicas de Arabia Saudita y anunciando que regresará al desarrollo del armamento nuclear.

Mohamed Bin Salmán, el impetuoso príncipe heredero de Arabia Saudí y auténtico gobernante del reino del desierto, está en horas contadas. La última prueba es el ataque por un enjambre de drones contra las instalaciones de extracción petrolera de Abqaiq y Khurais, que han dejado a la empresa saudí Aramco sin la mitad de la producción. El Gobierno de Riad, uno de los mayores clientes de la industria armamentística mundial, se ha mostrado incapaz de defender la industria extractiva sobre las que se basa la riqueza del país en una guerra asimétrica en la que se enfrenta directamente a la guerrilla huti, contra la que combate en Yemen, e indirectamente con su adversario estratégico, el régimen islámico de Irán. 

La participación de Arabia Saudí en la guerra de Yemen desde 2015, origen del actual ataque, se debe íntegramente a Bin Salmán, en aquella fecha ministro de Defensa y segundo en la sucesión nombrado por su padre, el rey Salmán. La llegada de Bin Salmán al poder imprimió un fuerte giro a la política regional de su país, con la participación en las guerras de Yemen y Siria, la ruptura y bloqueo comercial a Qatar, una extensa represión de la disidencia y de la oposición chií en su país y, sobre todo, la hostilidad abierta contra Irán.

El poder inmenso del que goza Bin Salmán, después de eliminar a sus rivales dentro del clan familiar, no se debe tan solo a su padre, que ya llegó al trono muy anciano y con limitadas capacidades, sino a la amistad de Donald Trump y especialmente la de su yerno Jared Kushner. Sin la bendición imperial del presidente, difícilmente Bin Salmán habría tenido manos libres para su activismo bélico y, sobre todo, su cruel persecución de quienes se oponen a sus designios, como el periodista Jamal Khashoggi, descuartizado cumpliendo sus órdenes en el consulado saudí en Estambul.

La tensión en el Golfo, que empezó con ataques a petroleros y ha culminado con un bombardeo de los pozos saudíes, se debe directamente al giro en la política de Washington, bajo la presión de Bin Salmán y también de Netanyahu. Aunque no cabe descartar que el ataque sea responsabilidad  Huti, cabe también la directa intervención de la Guardia Revolucionaria iraní, al menos en el suministro de la tecnología. Teherán busca y combate a su rival estratégico en toda la región, sea Yemen, Siria, Líbano o Irak, donde sus amigos se enfrentan a los amigos del enemigo común saudí.

El origen estadounidense de las armas utilizadas por Riad y los ataques directos con drones estadounidenses contra insurgentes en Yemen autorizan un razonamiento simétrico desde Teherán. A fin de cuentas, el ataque a las plantas de Abqaiq y Khurais debe identificarse como un episodio más de una guerra por procuración en la que los iraníes, sometidos al bloqueo petrolero dictado por Washington, han querido herir a Bin Salmán donde más podía dolerle, como son los yacimientos de la empresa nacional Aramco, justo en vísperas de la salida a Bolsa de un inicial 1% del capital, por valor de 20,000 millones de dólares, planificada como la mayor oferta pública de acciones de la historia y pieza indispensable del plan Visión 2030 para cambiar la economía y la sociedad saudíes.

Bin Salmán está perdiendo la guerra de Yemen, pero lo que es peor, bajo su batuta se ha incrementado la tensión en la región entre dos regímenes igualmente abominables, y se ha entrado en una zona de peligro que a todos asusta. Donald Trump, que le ha alzado en el poder y le ha animado en su aventurismo bélico, acompaña la gesticulación acusadora contra Teherán de la mayor de las prudencias a la hora de escoger las armas para responder al ataque, de momento exclusivamente económicas. Después de sembrar el desorden, Trump se enfrenta ahora con un riesgo de guerra que amenaza directamente sus pretensiones de renovar su presidencia en noviembre de 2020. 

En este sentido Pentágono anunció el envío de tropas a Arabia Saudita con fines “defensivos” tras el ataque a las refinerías saudíes sufrido el pasado sábado, que tanto Washington como Riad atribuyen a Irán, pese a que el régimen de los ayatolás lo niega. El Gobierno estadounidense hizo pública la decisión tan solo unas horas después de aprobar sanciones contra el Banco Nacional de Irán, calificadas por Donald Trump como “el mayor castigo impuesto nunca contra un país”.

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