Alfaro, denuesto de la iracundia

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“Piensa cuánto son más dolorosas las consecuencias de tu ira que las acciones que la han originado”

Marco Aurelio, Meditaciones

“El hombre debería aprender a mantenerse ecuánime. Con el fuego de la ira, a sus inferiores los hace superiores a sí mismo”

Ralph Waldo Emerson, Conferencias inéditas

 

Enrique Alfaro Ramírez, tiene una bien ganada fama de rijoso en todo el concierto de la política nacional. Puedo observar que el mandatario -dada su persistencia en exhibiciones iracundas-, está particularmente orgulloso porque esto retrata a un gobernante “con carácter”. Peor aún, juzga necesaria esta especie de ira de profeta bíblico para cambiar una sociedad sumida en la decadencia y el marasmo por los gobernantes del pasado, corruptos y malevolentes. 

El mesianismo es inherente, y como pasa por moda mundial en la política regresiva y autoritaria de nuestros tiempos, Alfaro y sus asesores encuentran óptimo dar rienda suelta a este tipo de ejercicios en que, como buen populista, divide a Jalisco entre buenos y malos, entre los de siempre y nosotros, entre los mentirosos y falaces y su grupo, que es adalid de la verdad, del bien y del progreso.

Más allá de las flagrantes violaciones a los derechos políticos de todos sus “adversarios” –desde la prensa hasta la sociedad civil no cooptada, pasando por personajes de partido que no se han adherido a su causa apostólica; no existen los matices, si no estás conmigo eres enemigo-, y del cinismo que entraña su conducta radical –somos diferentes, dice, pero su carrera personal se hunde en el sistema del que emanan sus oponentes, incluso sus ligas familiares corresponden a conspicuos miembros de la elite económica y política de la región por varias generaciones-, preocupa la falta de lucidez de esta persistencia: la actuación ya le pasa altos costos, pues su base popular se ha reducido considerablemente por el desgaste de su figura atrabiliaria, cuya tendencia a la violencia verbal preocupa a buena parte de la sociedad tapatía y jalisciense, y pierde por comparación ante la imagen, más afable y considerablemente mejor manejada, del presidente Andrés Manuel López Obrador, con quien vive desde hace años –desde que Alfaro dejó las ligas con Morena por frío cálculo de rentabilidad política, situación de la que quizás ahora se arrepiente- episodios de aspereza y simuladas concordias que, en la arena pública, siempre gana el tabasqueño, mucho más experimentado en lides políticas y con mejor conexión con la mitología y las preocupaciones del ciudadano común.

Sin duda Alfaro Ramírez lamenta haberse malquistado con el presidente. Se ve en su espejo.

Lo demuestra con demasiada frecuencia, cuando su timidez ante algún ataque presidencial se convierte en una claudicación política que trata de hacer pasar por prudencia, una virtud desconocida en la relación con sus críticos y disidentes. Pero presa de su propia imagen, el gobernador debe abandonar esa sumisión de tiempo en tiempo, pues entiende bien que no se puede aspirar a llegar más lejos si no existe la dignidad, siquiera como careta.

Para la vanidad del político y del tan ambicioso como hueco proyecto de “refundación de Jalisco”, la verborrea con tintes revolucionarios (de “guerrilleros dandy”) ya presenta síntomas de agotamiento. Es alarmante verificar cómo un amplio sector de la opinión pública y privada, no le cree, ni siquiera cuando hace o permite a sus funcionarios tomar medidas que son positivas para el interés público.

Para mí son indudablemente positivas, con todos sus bemoles, dos medidas tomadas por su secretario de Medio Ambiente, Sergio Graf Montero: el decreto de la zona de recuperación ambiental en El Bajío del Arenal, Zapopan, y el cierre en dos años del vertedero de Laureles, enclavado entre Tonalá y El Salto. ¿Por qué una parte sustancial de la opinión lo ve como meras simulaciones?

El mensaje que se envía es claro: es momento en que Alfaro tendría que revisar su política de comunicación, la estrategia de enfrentamiento permanente y nula autocrítica lo está aislando y le está generando un desgaste impresionante: ese discurso de que los de atrás son los culpables ya está obsoleto, al grado de que el propio AMLO empieza a recurrir menos a él, pero además, porque parece pretexto para tomar decisiones que hasta hace muy poco el propio gobernador consideraba inaceptables

No tengo dudas de que Enrique Alfaro es menos simple y más preparado que López Obrador. Pero para ser populista, esa es justamente su debilidad. El que hoy es presidente articuló un duro y sencillo discurso contra las élites y a favor de los menesterosos, pero bajo un estilo de vida poco ostentoso que hace que le crean, y que le sigue redundando beneficios, como el de pagar menos costos políticos ante las asperezas de la realidad. Alfaro, por más que lo intenta, no puede evitar asumir que gobernar implica costos. Es más convencional, mortal, dado a los placeres y la molicie de los poderosos. ¿Veremos alguna vez a AMLO en algún juego de la Champions, de un mundial de futbol, o ya siquiera, de la serie mundial de su muy querido beisbol? Realmente lo dudo, el presidente es astuto y entiende el enorme valor de los símbolos. Para “su” pueblo, es esencial la congruencia entre el decir y el hacer, aunque las consecuencias puedan ser delirantes. Son razonamientos sencillos. El votante de López Obrador desconfía de los poderosos, de los ostentosos y de los rijosos. Alfaro con los Lakers de los Ángeles está en las antípodas. Y su furia ante las revelaciones de la prensa no lo salvan. Es evidente que no cuida las formas pero al mismo tiempo pretende, como el inquilino de palacio nacional, que no lo roce la crítica ni con el pétalode una rosa. Imposible.

De este modo, su desesperada ira contra los jaliscienses que no puede controlar, porque no les paga el sueldo y no los tiene sometidos con favores, sólo retrata lo peor de su personalidad. Pero se asume como el personaje más poderoso de la región, por lo que ataca con impunidad total a los periodistas y los medios críticos, mientras la prensa sometida a golpe de contratos de publicidad despide críticos y hace un periodismo descafeinado, en busca de no amargar las mañanas al obsesivo político “diferente” pero lleno de gestos iguales a los de los otros políticos del terruño.

Ni caso tiene enumerar la larga lista de posturas contradictorias, incluida la abierta traición a compromisos políticos y promesas de campaña. Casos como la presa El Zapotillo y el trasvase a León, el odio que se tornó en amor súbito por el grupo Universidad, la integración de prominentes neopanistas totalmente conservadores en su administración dizque de izquierda (¿dentro de la constitución, como decía López Mateos?), demuestran un líder pragmático que incorpora una racionalidad tecnocrática o realismo político en su discurso justificativo de los virajes sorprendentes. Y uno de sus peores rasgos: cuando su hostilidad a los verdaderos “ciudadanos libres”, los que no están en su organigrama ni en la tarea de legitimar su Secretaría de Planeación y Participación Ciudadana, llega al ámbito judicial. Por eso, nunca fue tan valioso el control de la fiscalía, es el abogado de los intereses del grupo gobernante y debe aporrear a sus enemigos, cuáles derechos de la sociedad, la sociedad “verdadera” está con nosotros y no los necesita ejercer.

Lo preocupante para la democracia jalisciense es que el gobernador ha dividido de tal modo la sociedad que difícilmente se le va a reconocer el menor de los méritos.

¿De verdad tenía necesidad de enlodarse con la Villa Panamericana cuando la última palabra la siguen teniendo las instancias judiciales y el gobierno de Zapopan? Pero optó por hacerlo, y dificultar la aceptación de un decreto que es positivo, por más debilidades que tenga. Es muy similar al de Aristóteles Sandoval en la zona de El Tajo, donde los intereses inmobiliarios son mayores que en El Bajío del Arenal. ¿Por qué allá hubo una general aceptación social, y acá cunde la sospecha? Porque Enrique Alfaro es ave de tempestades, aunque sea un político con un estilo de vida muy similar al promedio “de los que estaban antes”.

Y pocos días después, el ansiado anuncio del abandono del relleno sanitario de Laureles, que debería haber traído satisfacción a muchos grupos civiles, es recibido con tibieza o denuncias de simulación. La respuesta es clara: porque es el gobierno de Enrique Alfaro y le gustan las cosechas amargas.

No sé qué se piensa en el círculo más íntimo del gobernador: tal vez crean que pueden hacer una narrativa épica de la lucha colosal del mandatario frente a los grandes intereses, para seguirlo vendiendo como “la última esperanza” de los jaliscienses (Alfaro dixit, modestamente). Lo cierto es que su estilo de toma de decisiones y de hacer política está seriamente erosionado. Y cuando apenas han transcurrido diez meses desde su asunción al cargo, es momento oportuno de algún viraje que atempere, que modere, que haga un poco amable la figura de caudillo poseedor de las verdades. Pero la inmensa soberbia de ese círculo parece que lo tiene secuestrado, además de su propia vanidad. Habrá que seguir entonces inmersos en esta política teatral, gatopardista y pendenciera; ya llegarán costos mayores para la sociedad, y luego, el gustoso reparto de botín entre los oponentes, que como Alfaro, también tienen apetito de poder; eso es política en las sociedades (aún) democráticas, así sean más o menos pinches (cortesía de Carlos Fuentes).

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