QUEMAZÓN

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La Amazonía arde. Y tal es la extensión de los incendios que afectan a esta región crucial para el planeta, que muchos estados amazónicos como Amazonas y Acre en Brasil se han declarado en emergencia o alerta ambiental.

Con más de 74,000 incendios registrados desde enero, según datos del INPE (siglas en portugués del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil), Brasil muestra un aumento de incendios forestales de 83% respecto al año pasado.

Se trata del número de incendios más elevado desde que comenzaron a tomarse registros en 2013.

La etiqueta #PrayForAmazon fue la principal tendencia global en Twitter el 21 de agosto, a medida que las imágenes de la Amazonía en llamas se extendían por todo el internet. 

El Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, dijo esta semana que había detectado 39,601 incendios este año en la Amazonía, la selva tropical más grande del mundo. Alrededor del 60 por ciento de la Amazonía se encuentra ubicada en Brasil.

También hay fuegos ardiendo en Brasil fuera de la Amazonía. En todo Brasil, el instituto de investigación reporta que hasta el momento había detectado más de 75,000 incendios este año, la cifra más alta desde que comenzó a llevar los registros en 2013.Los incendios naturales en la Amazonía son poco comunes, y la mayoría de estos fueron comenzados por granjeros que preparaban tierra de labranza cercana a la Amazonía para los cultivos y la pastura del próximo año.

Gran parte de la tierra que arde no era parte de los árboles más antiguos de la selva tropical, sino tierra donde ya se habían cortado los árboles y que ya había sido preparada para el uso agrícola.Las cifras del INPE representan un incremento del 83 por ciento en incendios en comparación con el mismo periodo en 2018. 

La deforestación más extendida siempre es motivo de preocupación. El año pasado, el mundo perdió 12 millones de hectáreas de dosel arbóreo, incluidas 3.6 millones de hectáreas de selva tropical primaria, de acuerdo con datos de la Universidad de Maryland.

La destrucción de la Amazonía en Brasil se ha incrementado rápidamente desde que el nuevo presidente brasileño, Jair Bolsonaro, de extrema derecha, asumió el cargo y su gobierno redujo los esfuerzos para combatir la tala, la ganadería y la minería ilegales.

Durante su campaña el año pasado, Bolsonaro declaró que las vastas tierras protegidas de Brasil eran un obstáculo para el crecimiento económico y prometió abrirlas a la explotación comercial.

A menos de un año de comenzado su periodo, eso ya está ocurriendo.

El área de la Amazonía que corresponde a Brasil perdió casi 3000 kilómetros cuadrados de dosel arbóreo en la primera mitad de 2019. 

La Amazonía a menudo es llamada el Pulmón del Mundo, debido a que su vasta selva libera oxígeno y almacena dióxido de carbono, un gas que atrapa el calor y que es una de las principales causas del calentamiento global. Si se pierde demasiada selva tropical y no puede ser restaurada, el área se convertirá en una sabana, que no almacena tanto carbono y significaría una reducción en la “capacidad pulmonar” del planeta.Estos incendios no fueron causados por el cambio climático. Fueron iniciados por los humanos; sin embargo, el cambio climático puede empeorar los incendios. Los fuegos pueden arder a mayores temperaturas y extenderse más rápidamente en condiciones de más calor y sequía.

Cuando se trata del futuro de la crisis climática, los incendios extendidos contribuyen con un efecto dual negativo. Los árboles son valiosos porque pueden almacenar dióxido de carbono, y esa capacidad de almacenamiento se pierde cuando los árboles arden. Los árboles en llamas también lanzan más carbono a la atmósfera.La deforestación puede ser causada por factores naturales, como los insectos o plagas, o por los humanos. 

Este es un caso típico de deforestación humana: granjeros talan árboles para plantar o para expandir una granja, posteriormente queman los restos para preparar la tierra.

Antes Brasil había intentado presentarse a sí mismo como un líder en la protección de la Amazonía y del combate al calentamiento global. Entre 2004 y 2012, el país creó nuevas áreas de conservación, incrementó el monitoreo y retiró créditos gubernamentales a productores rurales que se descubrió destruyeron áreas protegidas. Esto llevó a la deforestación al nivel más bajo desde que se comenzó a llevar registro.

No obstante, a medida que la economía cayó en recesión en 2014, el país se volvió más dependiente de los bienes agrícolas que produce —res y soya, que son generadores de deforestación— y del poderoso cabildeo rural. La quema de terreno —la mayor parte de él ilegal— comenzó a aumentar de nuevo.Existe evidencia de que los granjeros se sienten más motivados a quemar tierra después de la elección de Bolsonaro.

Un análisis de The New York Times de registros públicos descubrió que las acciones de vigilancia para desalentar la deforestación ilegal, como las multas o el decomiso de equipo, por parte de la principal agencia ambiental de Brasil se redujo en un 20 por ciento durante los primeros seis meses de este año.

Bolsonaro culpa a las organizaciones de la sociedad civil por los incendios. No ha presentado ninguna evidencia, y los expertos ambientales disputan sobre tal afirmación.Algunos gobiernos locales han dicho que están organizando a sus brigadas de combate de incendios. 

El gobierno federal no ha ofrecido ningún esfuerzo organizado importante para combatir el fuego. 

El 22 de agosto, Bolsonaro dijo que el gobierno brasileño carecía de los recursos para combatir los incendios.

El presidente brasileño compareció en la televisión, que emitió un discurso en diferido destinado a apagar el fuego político y diplomático en el que su Gobierno se ha envuelto estos días. Más comedido que en sus tuits e intervenciones habituales, el ex militar recalcó algunas de sus ideas recurrentes, como que la Amazonia es brasileña -“me dirijo a todos para tratar de nuestra Amazonia”-, que precisa desarrollarse económicamente -“viven más de 20 millones de brasileños que desde hace años aguardan el dinamismo económico proporcional a la riqueza allí existente”-.

Sorprendentemente, días después de haberse autodefinido como el “capitán motosierra”, destacó que “su protección es nuestro deber, somos conscientes de ello y estamos actuando para combatir la deforestación ilegal y cualquier otra actividad criminal que coloquen a nuestra Amazonia en riesgo”. Combatir la criminalidad -aunque no precisamente medioambiental- le dio muchos votos y volvió a escudarse en ella, por ello anunció que los estados amenazados por el fuego que así lo deseen podrán contar con las Fuerzas Armadas para combatir los incendios.

Aseguró que los incendios -“infelizmente comunes en la época seca”- “están dentro de la media de los últimos 15 años” , aunque se actuará “fuertemente” para acabar con ellos, aunque no especificó cómo. 

Apeló a la serenidad y jugó con otras de sus salidas retoricas favoritas, las fake news para acabar con su Gobierno, porque “esparcir datos equivocados dentro o fuera de Brasil no contribuyen para resolver el problema y se aprestan a su uso político”, dijo.

Concluyó con un recado para la comunidad internacional, donde la imagen de Brasil se ha visto terriblemente dañada, afirmando que el país es “un ejemplo de sosteniblidad” cuyas leyes deberían de servir de ejemplo para el mundo. Y después de que su hijo, diputado aspirante a embajador en Estados Unidos, llamara “idiota” al presidente Macron dejó entrever que no se saltará el Acuerdo de París. “Seguimos siempre abiertos al diálogo, con base en el respeto, la verdad, y conscientes de nuestra soberanía”.

En cualquier caso no se olvidó del G7 ni de la Unión Europea, aunque no los mencionara explícitamente: “Incendios forestales existen en todo el mundo y eso no puede servir de pretexto para posibles sanciones internacionales. Brasil seguirá siendo, como fue hasta hoy, un país amigo de todos y responsable de la protección de su selva amazónica”. ¿Le creemos?

Tras casi 20 días de incendios forestales en Brasil, el Instituto Nacional de Investigación Espacial  reportó 73 mil incendios hasta el 20 de agosto, esto representa un aumento de más de 80% en comparación con el mismo periodo del 2018. Del total, 52.5% (38 mil) se registraron en la región amazónica.

Un gran incendio de este tipo es abrumador, pero es el resultado de una multiplicidad de pequeñas negligencias que se van acumulando a lo largo del tiempo. Tolerar lo que debería ser intolerable, hacer lo que no debe ser, mirar una parte sin ver el todo, buscar el resultado inmediato sin ver las consecuencias mediatas, es lo que va generando un proceso de acumulación de tensiones subterráneas que, en algún momento, explotan trágicamente.

Los ejemplos están a la vista: el autorizar una construcción en una ciudad obstaculizando un curso de agua puede ser irrelevante, hasta que, por el exceso de construcciones, una tormenta fuerte inunda toda la ciudad, generando enormes daños personales y materiales, como ya ha sucedido por ejemplo aquí en el área metropolitana de Guadalajara, particularmente al sur de la ciudad, y en las confluencias del bosque de La Primavera, o bien el permitir el desmonte de una parcela de tierra, y luego otra y otra, cambiando el clima de manera progresiva hasta que, eventualmente, todo explota.

De acuerdo con fuentes locales, sólo en la última semana se han suscitado más de 9 mil quinientos incendios, que han convertido en ceniza millares incalculables de hectáreas de bosque.

Esto ha obligado a que algunos estados de la Amazonia (región de la parte central y septentrional de América del Sur), como Amazonas y Acre, ubicados en Brasil, hayan declarado situación de emergencia o alerta ambiental debido a que el humo ha multiplicado los riesgos a la salud como enfermedades respiratorias y la afectación del tránsito aéreo.

El bosque tropical amazónico es reconocido como una reserva que genera servicios ecológicos no sólo para los pueblos indígenas y las comunidades locales, sino también para el resto del mundo. Se trata del único bosque tropical que queda de ese tamaño y diversidad en la Tierra.

De acuerdo con datos de la NASA, en la región amazónica, los incendios son raros durante gran parte del año porque el clima húmedo les impide comenzar y propagarse. Sin embargo, en julio y agosto, la actividad generalmente aumenta debido a la llegada de la estación seca. Por lo general, la actividad alcanza su punto máximo a principios de septiembre y se detiene principalmente en noviembre. De acuerdo con el INPE, los focos de incendio tan sólo en la última semana han afectado 68 áreas protegidas por ser reservas ambientales o indígenas, principalmente en la Amazonia.

Apenas en el mes de julio, México vivió un incendio similar en la Reserva de Sian Ka’an, situado en la Península de Yucatán; un sitio declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y conformado por tres Áreas Naturales Protegidas. 

Sin bien los incendios forman parte de la dinámica de los ecosistemas y pueden ser una herramienta de manejo, también son un factor de deterioro ambiental, según las condiciones en las que se presenten.

Estadísticamente, el 98 y 99% de los incendios forestales son provocados por el ser humano. 

Los ecosistemas de la región han sido afectados por la actividad humana en los últimos años. Esto constituye un factor que amenaza el equilibrio ecológico en la reserva de la biosfera, también algunas zonas han sido deforestadas para extraer de ellas especies maderables.

Lo anterior coincide con los especialistas que identifican lo ocurrido en la Amazonia como acción directa del hombre.

El director del Programa para Amazonia del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés), Ricardo Mello, aseguró que en la región de la Amazonia no existen procesos naturales que provoquen incendios, por lo tanto, el incremento es atribuible al hombre.

También la directora de ciencias del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonia (IPAM, por su sigla en inglés), Ane Alencar, dijo que “en el 2019, no hemos tenido sucesos climáticos que influyan en las sequías, como El Niño, éstos no están ocurriendo con fuerza”, por consiguiente, el clima no puede explicar el incremento de los incendios.

Agregó que los incendios se deben al aumento en la deforestación, provocada por granjeros para obtener tierras de cultivo. A esto se le suma la expansión de infraestructura vial y de la frontera agrícola y ganadera, el aumento de cultivos ilícitos y el tráfico de madera.

Hasta ahora, el gobierno del estado de Amazonas no ha podido confirmar si los incendios de este año provienen de la actividad agrícola o de la deforestación y han dicho que los datos oficiales de la agencia de investigación espacial de Brasil no se consolidarán hasta el 2020.

Por último, atendiendo a las cifras generales, la NASA asegura que a partir del 16 de agosto del 2019, las observaciones a través del satélite Aqua, indicaron que la actividad total de incendios en la cuenca del Amazonas fue ligeramente inferior al promedio en comparación con los últimos 15 años. Aunque la actividad ha estado por encima del promedio en Amazonas y Rondônia, para Mato Grosso y Pará ha estado por debajo del promedio.

Ahora bien, el impacto humano sobre el ambiente está haciendo perder su identidad y vamos hacia otro nivel, en el que la vida humana va a ser distinta y, lamentablemente, trágica. En Barbados o en Sudáfrica hay crisis por falta de agua, en el Artico deshielo, en la Amazonia incendios.

Nos asusta el resultado, pero somos indiferentes a las causas.

Esta mediocridad en la mirada, esta simplicidad del que actúa con ceguera sistémica, está poniendo en riesgo al mundo que conocemos.

Por esta razón, no se trata solamente de reaccionar frente a las catástrofes sino de actuar frente a los pequeños cambios que van a tener impactos dramáticos. No es posible que una persona o un estado adopte medidas sin un estudio de las consecuencias sistémicas; no es admisible que autoridades locales se sientan con derecho a ignorar el impacto sobre otros países o el planeta.  “No se trata de prohibir irracionalmente, sino de autorizar razonablemente” (CS” Comunidad del Pueblo Diaguita de Andalgalá”), y en caso de duda hay que proteger la naturaleza (“in dubio pro natura”) para lograr un desarrollo que sea sustentable.

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