La violencia tiene rostro de hombre

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Homo homini lupus (“El hombre es el lobo del hombre”)

Plauto 

Una de las causas del reiterado fracaso de las política de seguridad, en su afán por controlar la violencia que ha enlutado de forma creciente a miles de hogares mexicanos, y que amenaza de forma ascendente a los núcleos de población más frágiles o vulnerables, como los niños y las mujeres, deriva con toda certeza de la incapacidad por parte de las instituciones del Estado y de la sociedad civil en aceptar que tanto la visión idílica sobre la naturaleza humana (aquella de que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe), como la peregrina idea de que no existe una naturaleza humana (y entonces los humanos somos una tabula rasa sobre la cual el ambiente y la cultura escriben), no conforman ciencia seria. Esas dos ficciones idealistas no pueden, entonces, ser base de la toma decisiones para afrontar a los malosos, que cada día son más numerosos.

La verdad es que no hay cosas tales como el místico “pueblo bueno y sabio”, o sistemas educativos que triunfen sobre el instinto biológico (casi siempre negando que exista), o sociedades que puedan sobrevivir largo tiempo sin el Estado y su provisionamiento de coerción para inhibir la violencia de los particulares (a menos que esos grupos sociales se aíslen perfectamente, puedan resolver de forma autónoma sus necesidades… y se olviden de la carga biológica que hizo al Homo sapiens sapiens el amo del mundo y el ser más peligroso de cuantos han pisado la Tierra).

Dejemos las justificaciones ideológicas. La estadística es muy clara. Algunos datos: México, en números absolutos, es uno de los cinco países donde más mueren asesinadas personas de todo el planeta, sólo por debajo de Brasil e India(la tasa de 22 por 100 mil todavía es moderada ante las de Centroamérica, Venezuela y Brasil, pero es casi cuatro veces mayor a la de Estados Unidos, el país de las armas de todos y para todos); México tiene registros objetivos de una tendencia creciente a explotar, vejar, violar o asesinar mujeres que justifican todas las expresiones de indignación colectiva, por más excesivas que parezcan al establishment (conformado por hombres y algunas mujeres); México tiene un preocupante alza de registros de abuso y asesinato de niños, explicado por los sociólogos como respuesta a problemas de pobreza, pero sin duda fuertemente ligado a la creciente inestabilidad de las estructuras familiares y el abandono de los padres biológicos.

El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública reporta, para el primer semestre de 2019, poco más de un millón de delitos, de los cuales, 34.6 por ciento fueron cometidos en contra de mujeres. 7.7 de cada diez de estos, son lesiones dolosas o culposas, pero hay una larga baraja de actos delictivos: trata de personas, homicidios dolosos (1,364 casos), homicidios culposos (1,580 casos), feminicidios (448 casos), extorsión, rapto, corrupción de menores, tráfico de menores, secuestro.

Si el registro global es 22,294 homicidios en ese periodo de seis meses, hablamos que el asesinato de mujeres (3,392) ya representa más de 15 por ciento de las víctimas. En 2007 se asesinaron a 1,083 mujeres en todo el año contra 8,867 homicidios, lo que arroja un 12 por ciento de agresiones fatales contra las mujeres. Respecto al perpetrador, queda fuera de duda: 95 por ciento de los victimarios son hombres.

Sin dificultad se tendrá que dar razón a muchas feministas que denuncian en todos los rincones del país, que son los hombres los que las están matando.

Es necesario una explicación de fondo. Hay causas socioeconómicas: la mujer ya tiene un peso muy relevante en la generación de riqueza, y no como en el pasado, en que se dedicaba fundamentalmente a la crianza de los hijos; hay causas culturales y políticas: la mujer ya vota e incide sobre los destinos nacionales, ya es votada, ya compite por el poder; ya estudia en niveles similares a los hombres y obtiene importantes cotas de éxito en un mundo antaño dominado por varones. Y en contraste, ya no tiene las mismas redes familiares de protección que la familia tradicional le brindaba, sobre todo, por parte de sus familiares varones.

Pero esta visibilización no sería suficiente. Se requiere saber también por qué el hombre, el macho de esta especie de simio del género Homo, es tan notoriamente violento, y por qué en algunos periodos de la historia se comporta más pacíficamente. En lo segundo, me parece que la respuesta es simple: corresponde a tiempos en que el Estado es eficaz, monopoliza la violencia y sanciona a los delincuentes. Funciona como un claro inhibidor de lo antisocial, y garantiza de forma más o menos permanente que un asesino o criminal no goce impunidad. La ausencia del Estado o la merma de su presencia mina el edificio social y propicia la transversalidad de la violencia: los delincuentes desde la esfera pública violentan también el espacio privado, antaño sagrado, de las familias, de sus propios núcleos familiares. Esas vidas dobles motivadas por las restricciones del Estado y los valores sociales y religiosos, ya no tienen razón de ser. La violencia quirúrgica y los tabúes han perdido gradualmente su eficacia. Los amos de los grupos delictivos son ya los últimos referentes de control de conductas, y es claro que conservar la moralidad de sus asociados y aminorar la desintegración social no está en sus prioridades. La experiencia mexicana ilustra cada uno de estos aspectos.

Pero en esencia, todo esto brota de la propia naturaleza humana, y no lo dice un filósofo especulativo, sino un antropólogo y biólogo evolucionista de la Universidad de Arizona, Michael P. Ghiglieri, autor de un inquietante y erudito trabajo científico: “El lado oscuro del hombre. Los orígenes de la violencia masculina” (colección MetaTemas, TusQuets editores, 2005). El provocador texto ya es un clásico para entender el comportamiento humano, pero parece que los políticos y los expertos gubernamentales todavía lo leen poco.

“¿Está diseñada de forma intrínsecamente distinta la psique de los hombres y las mujeres? En ese caso, ¿cómo y por qué? ¿Han nacido los hombres para ser malos? ¿O acaso empiezan siendo inocentes y se van corrompiendo con el tiempo?”, lanza Ghiglieri como dardos punzantes.

La explicación: “El sexo, por encima de cualquier rasgo distintivo, es la piedra angular del comportamiento humano […] la testosterona (hormona dominante en los machos) es tan potente que se ha convertido en un cliché para explicar la idiotez de los hombres. Sin embargo, la reputación de la testosterona para hacer que los hombres se comporten como hombres está bien ganada. La testosterona reduce el miedo, aumenta la agresividad y acelera el aporte de glucosa a los músculos […] la masa muscular media de los hombres es de unos 31 kilogramos y las de las mujeres de unos 20 kg. Esta disparidad es incluso mayor de lo que parece: desde el punto de vista bioquímico, los músculos de los hombres son entre 30 y 40 por ciento más fuertes, por unidad de masa, que los de las mujeres, y son más rápidos a la hora de neutralizar residuos químicos como el ácido láctico”. Y añade: “la evidencia bioquímica es inapelable: la naturaleza diseña a los hombres para que sus acciones agresivas y físicamente exigentes alcancen un mayor rendimiento”.

Como otros primates cercanos, sobre todo el chimpancé y el bonobo, el humano es social y ha estructurado sus sociedades con una combinación de agresividad y cooperación. Los vínculos de estos grandes simios se articulan a través de los machos, que hacen fuertes compromisos para que, basados en su fuerza y su inteligencia, puedan robar a grupos más débiles, sobre todo, para alcanzar más oportunidades de apareamiento. La agresividad se convierte entonces en un factor de éxito. Las hembras de esas especies buscan un macho que les dé seguridad porque su prioridad es que las crías tengan más oportunidades. A cambio pierden su libertad, pero “lo revelador acerca de la violencia masculina es cómo han resuelto este problema muchas mujeres a lo largo de la historia: casándose con hombres capaces de ayudarlas y protegerlas y dispuestos a ello”.

Y se acerca a inquietantes respuestas: “…¿son los hombres letalmente violentos por naturaleza?

La respuesta es afirmativa. La agresión está programada por nuestro ADN. Un equipo holandés incluso ha identificado en los hombres un gen de la hiperagresividad. Pero incluso los hombres normales son asesinos por naturaleza {…] las estadísticas de homicidios confirman esta conclusión. Aunque la socialización ayuda a los hombres a escoger sus armas, no es la causa de que utilicen esas armas para matar más a menudo que las mujeres. Lo que provoca que los hombres maten, violen, roben y hagan la guerra es algo mucho más básico, algo totalmente ajeno a la mayoría de las mujeres. Sí, los hombres son malos por naturaleza, pero no los son siempre, muy pocas veces de forma gratuita y rara vez a sangre fría. En cambio, en la mayoría de los casos, la violencia destructiva de los hombres tiene su origen en un cúmulo de emociones mucho más primitivas que las de los hombres de las cavernas”.

A esta respuesta se ha llegado por vía de la neurobiología: los cerebros de los hombres y de las mujeres divergen. El sistema límbico masculino es el más poderoso titiritero de las emociones que desbordan a los machos y los alista para los celos, el asesinato, el pillaje, la guerra.

Eso, recuerda Ghiglieri, hizo decir a Charles Darwin, profundamente apenado, en 1871: “Por mi parte, preferiría ser descendiente de aquel pequeño mono heroico que hizo frente a su temido enemigo para salvar la vida de su guardián, o de aquel viejo babuino que bajaba de la montaña llevando con júbilo a su pequeño camarada que había conseguido arrancar a una jauría de sorprendidos peros, antes que serlo de un salvaje que se deleita torturando a sus enemigos, ofrece sacrificios sangrientos, practica el infanticidio, trata a sus mujeres como esclavas, carece de decencia y se obsesiona con las supersticiones más burdas”.   

Pero entonces está abierta la otra posibilidad que también emerge del super cerebro humano: su creación de lenguaje y cultura, de arte, de valores de convivencia, de civilización, de ciencia, de la filosofía de la mesura y autocontención, que muchas veces nos salvó del desastre. “Allí donde está el peligro crece también lo que nos salva”, dice uno de los más famosos versos del gran poeta Holderlin. Sin pretextos: la biología nos condiciona, pero no tiene por qué ser una fatalidad. Además de actitudes privadas autocríticas en los violentos, se necesita medularmente que el Estado recupere su poder represivo del mal privado, para garantizar lo que no puede darnos el voluble corazón de los hombres. 

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