Nuestro Homo populi de casa Jalisco

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“Gobernar no consiste en solucionar problemas, sino en hacer callar a los que los provocan”.

Giulio Andreoti

La gran novedad histórica para nuestro siglo XXI es el regreso, poderoso e inquietante, de los populistas, en todas las escalas: desde la mismísima oficina oval de Washington, donde su huésped de esta era, Donald Trump, se empeña en parecer avatar de Darth Vader (el famoso tema musical de John Williams le daría una sombría grandeza de la que el personaje real se despoja empeñosamente en cada verborreico tuit) y tiene al alcance los poderes de un país que le permiten jugar a esa peligrosa ficción; pasando por los astutos nacionalismos de Vladimir Putin (más inteligente que el mandatario yankee, al grado que nos hace olvidar que la Rusia que gobierna es apenas una economía de segundo orden) o de Tayyip Erdogan (el implacable y hábil negociador líder turco), hasta arribar al puerto final: la creciente ferocidad discursiva de un Bolsonaro en Brasil o la real de un temible y agonizante Maduro que se debate en la desastrada Venezuela, ambos, inquietantes símbolos de una América Latina experta en dar tumbos a cada siglo que pasa.

En México, ellos ya llegaron. Andrés Manuel López Obrador es sin duda la figura más notoria de ese fenómeno político que tiene más de personalismo y sentimientos de redención cuasi religiosa que de ideología programática. Es por eso que personajes presuntamente extraídos de la izquierda o la derecha, del neoliberalismo más enconado o del conservadurismo más rancio, se sienten a gusto con esas vestiduras: lo importante es tener espíritu impositivo, certeza de que las ideas de su cerebro (por más arbitrarias y gratuitas que sean) son superiores a la constitución y las instituciones (burguesas o no tanto), y que se encarna la fuerza del cambio, la luz contra las tinieblas del caos o la grisura de los intereses inconfesables de los enemigos del pueblo, o el afán de revolucionar a la lastrada sociedad, para llevarla al futuro… muchas veces por la paradójica ruta de empujarla hacia al dudoso edén de un pasado selectivamente recordado (remeber, el desarrollo estabilizador o el nacionalismo revolucionario).

Y en Jalisco, tenemos a nuestro Homo populi (hombre del pueblo).

A estas alturas, nadie debería albergar dudas de que el carácter mesiánico, impositivo hasta la intimidación y atrabilario de Enrique Alfaro Ramírez, lo califica ampliamente como un espécimen de este tipo de Zoon politikón, independientemente de que, en comparación con AMLO, utilice un lenguaje más depurado y tecnócrático, menos estremecedor para los inversionistas, más gentil con los mercados, más respetuoso de la tortuosa gramática del burocrañol y de las evidencias de la ciencia, así sea, según las necesidades de la causa, una ciencia inventada.

Estas características fueron pronto identificadas. “Alfaro es entrón, un personaje que habla rápido, que saluda niños y besa ancianas, o al revés, que no oculta cuando se enoja en público, un tipo bronco como Jaime Rodríguez, el candidato independiente en Nuevo León, y también se llama asimismo un candidato ciudadano, al grado de exponer que el MC que lo arropa, es sólo un vehículo de su lucha”, comentaba luego de ver el debate por la presidencia municipal de Guadalajara, la analista Mayra Jazbeth Martínez Pérez (SDP, 13 de mayo de 2015).

“Lo que este personaje que militó también en el PRD, propone y ratificó anoche en el debate, es algo muy cercano al populismo demagógico que plantean otros líderes carismáticos en México y en América Latina. Su discurso incendiario convoca multitudes, quienes como ocurre en estos casos, dejan de ser militantes de una causa para convertirse en fans de su ídolo, al que le perdonan lo mismo que amenace a periodistas que lo critican, que tenga en su equipo a personajes que públicamente han sido ligados al narcotráfico o que viole ‘poquito’ la ley municipal para ampliar su casa en Zapopan”, remataba.

Así, se trata de un “hombre del pueblo” que se vende bien para la modernidad, una especie de gerente-caudillo que no sólo sabe administrar problemas, sino que utiliza los mecanismos de la demagogia clásica para cambiar su naturaleza, al menos discursiva e identificar siempre al necesario enemigo: ¿tenemos un problema con la aceptación de la presa El Zapotillo? Digamos que recuperamos agua  para Jalisco que entregaron los traidores gobernadores del pasado (aunque esa agua jamás estuvo en riesgo); señalemos a nuestros antiguos aliados electorales como opuestos al beneficio mayoritario (los egoístas, los mentirosos, los que siempre se oponen al progreso); hagamos que los poderes establecidos se alineen y manifiesten públicamente su devoción por el nuevo acuerdo del agua (desplegados de alcaldes, diputados, empresarios, las “fuerzas vivas” en la vieja  escuela); apelemos a la desmemoria: el agua es ahora un bien nacional, hace dos años era patrimonio de los jaliscienses.

El gobierno está encarnado, es un estilo personal. Y Alfaro vende la eficacia, el pragmatismo, la toma de decisiones, el “no me tiemblan las corvas”, el desgaste temporal de la popularidad. Un gasto intenso en productos de propaganda en redes sociales y exhortaciones más o menos amistosas hacia la morigeración de las coberturas de los medios de comunicación aliados, permitirán el control de daños. El caso de la subida de 35 por ciento a la tarifa del transporte, y los hechos violentos que se suscitaron, sobre todo ante una de las protestas, ilustra perfectamente este proceso de rediseño del relato: los spots, los memes, los gráficos, las opiniones técnicas, nos encaminarán hacia lo que es “la verdad verdadera”. De nuevo son “los de siempre”, los que buscan secuestrar nuestro futuro o los que no tomaron decisiones y fueron corruptos en el pasado. Queda claro que el enemigo es indispensable para legitimar esta reingeniería de los hechos.

Es un hecho problemático que la sociedad sea plural, y que los jaliscienses se hayan acostumbrado a litigar por sus intereses. Entonces se trata de controlar esa anarquía estorbosa para alcanzar los fines políticos, la pomposa “refundación” (las palabras son revaloradas en la propaganda alfarista, como en todo buen populismo). Para eso, se clasifica a la sociedad: existe esa oscura masa de intereses inconfesables de los vivales, de los vividores, de los corruptos, de los retrógradas… y existen los “ciudadanos libres” (el pleonasmo se repite como martillo en cada discurso, es importante decir, sin decirlo, que los otros son esclavos de su ignorancia y de sus intereses inconfesables). Luego, se les busca integrar. El que se suma a la refundación está salvado por la buena nueva… y por el presupuesto. Pero para asegurar la adicción de las fuerzas cívicas más recelosas, reformemos las estructuras y no dejemos la lealtad en manos del volátil y evanescente azar: una nueva secretaría del ejecutivo con el componente de la participación ciudadana, es por una parte, un audaz salto al pasado (el control político de juntas vecinales y de organizaciones de la sociedad civil fue uno de los ejes del poder político del viejo PRI) y por la otra, una proyección hacia un nuevo modelo de gobierno que despoja a las instituciones públicas-ciudadanas de contenido y a las organizaciones civiles, de independencia (el que paga manda).

El alfarismo ya había dado pruebas de este afán de no ser medido ni cuestionado desde afuera, muy propio de este tipo de regímenes, con ese notable ejercicio de propaganda que fue “la ratificación de mandato”, en 2017. Los ediles de Movimiento Ciudadano se autopromovieron sin pudor un año antes de las elecciones sin que el árbitro, el Instituto Electoral y de Participación Ciudadana, pusiera orden al experimento pseudodemocrático, ni los partidos supuestamente opuestos (el PRI en el gobierno del estado),  hicieran un mínimo escándalo por los excesos. El pago al instituto ha llegado en 2019: quitarle presupuesto para dejarlo en mínimos de operación, y sobre todo, retirarle atribuciones (poco ejercidas, en honor a la verdad, pero que allí estaban) de fomentar y encauzar la participación ciudadana. Hoy ese control se ha quedado de nuevo en manos del ejecutivo. Como en otras doradas épocas, pero con una fuerza maximizada por la cultura democrática que efectivamente emergió de la transición de 1995 en Jalisco, y por las redes sociales, la nueva ágora.

Una gran tentación.

Si usted sigue sin aceptar que eso es populismo, podemos abordar la conflictiva relación del gobernador con las instituciones de justicia, bajo la acusación sin duda comprobada de que están minadas por la corrupción, pero con el nada oscuro deseo de controlarlas.

En tono épico, declaró: “Yo estoy listo para dar la batalla en la cancha que me corresponde porque si no, pues perdón, pero yo soy gobernador de Jalisco, busqué ser gobernador de Jalisco para que en mi estado cambien las cosas y no me voy a ir al final de mi sexenio con la frustración de que no hice todo lo que estaba a mi alcance para que las cosas cambien. Entonces, quienes piensen que van a seguir con abusos legales, abusando de nuestro estado y del dinero de los jaliscienses, de una vez les digo, se les acabó el veinte…” (11 de julio de 2019).

Y apenas a comienzos de este mes de agosto, su inquietante afán de control de la realidad fue tan evidente, que sorprende que los medios de comunicación tapatíos no haya llamado la atención sobre eso. Fue a propósito de la revocación de permisos para una inmobiliaria en el cerro de El Tajo, Tlajomulco, medida cuya solidez jurídica ha sido cuestionada por expertos en derecho.

Según El Informador: “Alfaro Ramírez llamó a los magistrados del Tribunal de Justicia Administrativa (TAE) a no intervenir en el caso y no emitir suspensiones que frenen la estrategia jurídica del municipio”.

Textualmente: “que ni se le ocurra a los del Tribunal de lo Administrativo querer salir con suspensiones y con lo que saben, porque hoy en Jalisco se acabó lo que se vendía. Los hechos que vendrán muy pronto serán la mejor señal y la mejor muestra de que aquí nadie va a seguir actuando en la impunidad total…”.

Caray, ¿tan normalizado está ya ese autoritarismo, que le pide a los magistrados que no hagan su trabajo? Es claro el hartazgo de las instituciones en buena parte de los electores, los que votan los proyectos populistas. Pero la enorme perversidad de ese discurso es la antesala hacia instancias menos democráticas, más controladas, más dominadas por el espectáculo de las emociones al que apela el huésped de Casa Jalisco para unir y dividir. Un inquietante ejemplo de cómo la salud democrática de este país con tradiciones republicanas e institucionales tan endebles, se tambalea. Son tiempos aciagos y el Homo populi está aquí para salvarnos, aun a nuestro pesar. Como sucedió al insumiso Winston de 1984, quizás el camino del opositor termine igual que el protagonista de la famosa novela de Orwell: “he loved big brother” (él amaba al gran hermano). 

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