A CONTRARELOJ

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Es indudable que las cosas cambiaron para el ex premier británico David Cameron. Viendo arder su carrera en las cenizas de un movimiento táctico partidista (el referéndum del 2016 sobre la Unión Europea), parecía que iba a convertirse en el peor primer ministro de los tiempos modernos. Tres años más tarde, ya sólo es el tercer peor primer ministro. Perdió el referéndum. Theresa May no pudo dar cumplimiento al resultado de la consulta y, aunque pueda concitar ciertas simpatías por el hecho de ser la receptora de un regalo envenenado, lo cierto es que deja el cargo habiendo fracasado en prácticamente todo.

Las malas noticias no terminan en Gran Bretaña, el nuevo líder del Partido Conservador y primer ministro de Reino Unido, Boris Johnson, es uno de los políticos más conocidos de su país. A lo largo de su carrera política siempre hizo gala de su carácter afable y cómico. Y esto no es muy común en la vida pública actual.

Pero su perfil —construido primero como periodista y luego como parlamentario, alcalde de Londres y ministro de Exteriores— los logros han ido con frecuencia de la mano de ácidas polémicas.Amado por unos y odiado por otros, Johnson ha sido descrito como un bufón sin principios por sus críticos y como “un tesoro nacional” por sus partidarios.

Pero con él al frente de la alcaldía de Londres la tasa de criminalidad bajó, se celebraron los Juegos Olímpicos y se impulsó el uso de las bicicletas.

El exalcalde de Londres ciertamente ha sabido sacar partido a su imagen de inglés excéntrico y erudito que no le tiene miedo al ridículo, hasta llegar al cargo más importante del país. Amado por unos y odiado por otros, Johnson ha sido descrito como un bufón sin principios por sus críticos y como “un tesoro nacional” por sus partidarios.

Un estilo desaliñado ejemplificado por su alborotada melena rubia y unas camisas que se le salen de los pantalones son parte de esa imagen. Más recientemente, Johnson asumió un papel preponderante en la campaña a favor del Brexit y prometió que, si era nombrado primer ministro, sacaría a Reino Unido de la Unión Europea el próximo 31 de octubre con o sin acuerdo.

Pero sus críticos destacan que su postura antieuropea no estuvo siempre tan clara. En un artículo que escribió en 2013 para el diario británico Daily Telegraph, aseguró que abandonar la Unión Europea no solventaría los problemas de Reino Unido.

Y su defensa del famoso “tener la tarta y también comérsela” (un dicho que en inglés significa obtener lo que uno quiere sin renunciar a nada) en el tira y afloja con Bruselas lo enfrentó políticamente incluso con su propio hermano, Jo Johnson.

Este último, también parlamentario, votó a favor de la permanencia en la UE y renunció a su puesto de ministro de Transportes en el gobierno de Theresa May pidiendo un nuevo referéndum sobre el Brexit. De cuna privilegiada, Alexander Boris de Pfeffel Johnson (con antepasados turcos, franceses y alemanes) nació en Nueva York en 1964 y realizó sus estudios de secundaria en la famosa escuela de Eton, fundada por Enrique VII en 1440 y a la que han asistido 19 primeros ministros, así como príncipes, diplomáticos, académicos y héroes militares.

Su padre, Stanley Johnson, fue también diputado conservador y trabajó para el Banco Mundial y la Comisión Europea. Es un ferviente europeísta.

Tanto él como Jo acudieron a la conferencia del Partido Conservador donde este martes se anunció la victoria de Johnson sobre su rival, Jeremy Hunt, lo cual lo conviertió en el líder de los tories y lo catapultó directamente al puesto de primer ministro.

Boris se graduó en Estudios Clásicos por la Universidad de Oxford, donde fue elegido presidente de la asociación de estudiantes en 1986. Posteriormente empezó su carrera como periodista en el diario The Times, pero fue despedido tras falsificar una cita sobre el supuesto amante de Eduardo II y atribuirla a su padrino, el historiador de Oxford Colin Lucas, según han publicado diversos medios británicos.

“Tenía 23 años, estaba lleno de culpa y vergüenza porque este error —esta metedura de pata mía atribuida a Colin— se hubiera deslizado a la portada de The Times, que era territorio sagrado para mí”, admitió él mismo posteriormente.

De ahí recayó en el The Daily Telegraph, para el que fue corresponsal en Bruselas durante cinco años.

Aunque no crearon un sentimiento que ya afloraba en determinados sectores, sus artículos sí ejercieron una importante influencia en el crecimiento del euroescepticismo entre la derecha británica.

Llegó a la capital europea —donde había vivido de niño— como un periodista “bastante convencional”, pero “cuanto más aparecía en portada, más tenía que cumplir las expectativas del personaje que había desarrollado”, declaró Charles Grant, quien trabajaba entonces para The Economist en Bruselas, en una reciente pieza para el diario The Guardian sobre el trabajo de periodista de Johnson en esta época.

Su artículo más famoso desde Bruselas fue, quizás, el titulado: “Delors quiere gobernar Europa”. Jacques Delors era por entonces el jefe de la Comisión Europea y la nota detallaba un supuesto plan para crear el puesto de presidente permanente de la UE y aumentar los poderes de la unión frente a los Estados, algo que nunca sucedió. Uno de los episodios más controversiales de la vida de Johnson se remonta a estos años. En 1990, una conversación telefónica entre él y su excompañero de Eton, Darius Guppy, fue grabada en secreto. En ella, Johnson accedía a proporcionar la dirección de un periodista a Guppy, quien quería que le dieran una paliza como venganza por su trabajo.

Esto nunca sucedió, pero la conversación fue publicada en 2009 por la cadena británica Channel 4. Preguntado por ella en una entrevista con la BBC en 2013, Johnson replicó: “Sí, fue cierto que él estaba un poco nervioso, y sí le seguí el juego en una larga conversación telefónica, de la cual nada derivó…”.

Johnson fue luego nombrado viceditor del Telegraph en 1994. Y en 1999 fue nombrado editor de The Spectator, puesto que mantuvo hasta 2005. Mientras, en 2001 fue elegido diputado al Parlamento británico por el distrito tradicionalmente conservador de Henley-on-Thames.

En aquel momento era considerado más liberal que muchos tories en temas como los derechos de los homosexuales.

Pero continuó creando controversia. En octubre de 2004, el entonces líder conservador Michael Howard le ordenó visitar Liverpool, una ciudad del noroeste de Inglaterra, para disculparse por un artículo en el que acusaba a sus habitantes de regodearse en una pena “desproporcionada” después de que un ingeniero de la ciudad fuera secuestrado y asesinado en Irak. En 2005, David Cameron lo nombró ministro de Educación superior “en la sombra”; es decir, responsable de esta área para el Partido Conservador, que estaba entonces en la oposición.

Tuvo que pedir disculpas a todo un país tras asociar en una columna a Papúa Nueva Guinea con “canibalismo y matanzas de líderes tribales”.

En 2008, Johnson accedió a uno de los mayores puestos en la política británica: el de alcalde de Londres, puesto que no solo logró arrebatar al laborismo, sino que pudo revalidar hasta 2016.

Como alcalde tomó decisiones populares, como prohibir el consumo de alcohol a los pasajeros del transporte público o lanzar el sistema público de alquiler de bicicletas en el centro de la ciudad, que todavía hoy se conocen informalmente como “Boris bikes”. Él mismo es un ciclista habitual. En 2012 estuvo al frente de unos Juegos Olímpicos considerados ampliamente como un éxito.

Decidió volver al parlamento antes de terminar su mandato como alcalde y ganó el escaño por la circunscripción de Uxbridge y South Ruislip, en el oeste de Londres, en 2015.

En 2016 fue nombrado ministro de Exteriores por Theresa May, algo que fue interpretado como un reconocimiento del papel que había jugado como uno de los líderes en la campaña para salir de la Unión Europea.

Durante la misma, y posteriormente, fue criticado por apoyar la afirmación de que Reino Unido envía semanalmente unos 435 millones de dólares a la Unión Europea, cifra que apareció en uno de los autobuses de campaña y que llevó a un intento infructuoso de perseguir legalmente a Johnson por “engañar a la gente”. Los críticos mantienen que la cifra es errónea al no tener en cuenta los reembolsos de Reino Unido o lo que la UE gasta en el país.

Pero Johnson siguió erigiéndose como uno de los mayores portavoces y líderes del ala más favorable a un Brexit “duro” dentro del Partido Conservador.Tanto que, en julio de 2018, renunció a su puesto en el gobierno de May, criticando el acuerdo al que la primera ministra había llegado con la UE y su enfoque de las negociaciones.

En su imaginación, Johnson se considera un Winston Churchill. En realidad, es un Trump al 100 por ciento. Miente con la misma facilidad que el presidente estadounidense. Como Trump, busca atribuirse el mérito de todo lo positivo. Como Trump, elude las responsabilidades cuando debería asumirlas.

Lo más importante es que la cuestión del Brexit sigue sin estar resuelta. Resolverla exige la clase de cualidades que demostró Tony Blair cuando se enfrentó al proceso de paz de Irlanda del Norte y en Gordon Brown cuando se enfrentó a la crisis financiera mundial. Una concentración permanente. Estar al corriente de una abrumadora cantidad de detalles. Una capacidad para establecer relaciones de confianza con personas distintas. Algo que parece, o al menos así ha dado muestras, el premier Boris no tiene.

Boris Johnson sabe que está obligado a actuar rápido y que no tiene margen de error. Faltan menos de 100 días para la fecha límite que le dio la Unión Europea (UE) al Reino Unido para decidir si quiere salir del bloque de forma ordenada y progresiva, aceptando el proyecto firmado en 2018 por Theresa May, o de manera caótica y abrupta, sin ningún acuerdo.

Johnson fue categórico en su primer discurso como primer ministro ante la Cámara de los Comunes. “Debemos cumplir las reiteradas promesas del Parlamento a los ciudadanos saliendo de la UE, y haciéndolo el 31 de octubre. Yo y todos los ministros de este gobierno nos comprometemos a salir en esa fecha, cualesquiera que sean las circunstancias (…) Preferiría que fuera con un acuerdo. Lo preferiría mucho más. Creo que todavía es posible, incluso en esta fase tan avanzada, y trabajaré a fondo para que así sea (…) Espero que la UE esté igualmente preparada y que reconsidere su actual negativa a introducir cambios. Si no lo hace, por supuesto tendremos que abandonar la UE sin un acuerdo, en virtud del artículo 50″.

Así las cosas, todos los caminos están repletos de obstáculos. La idea de renegociar lo pactado por May choca con la resistencia de Bruselas, especialmente preocupada por el futuro de la frontera entre la República de Irlanda —que es un país independiente y permanecerá en la UE— e Irlanda del Norte —que forma parte del Reino Unido—. Pero la posibilidad de una ruptura no negociada fue rechazada en varias oportunidades por el Parlamento, que parece dispuesto a hacer lo posible para evitarla.

Lo que todavía no saben muchos periodistas y políticos británicos, y la propia UE, es cuáles son las verdaderas opiniones de Boris Johnson. Está la versión pública, que hace grandes promesas y comentarios provocativos, que lo muestran como un ‘duro’ y como un populista, una versión británica de Donald Trump. Pero también hay una segunda versión, la de alguien pragmático, que da marcha atrás cuando se enfrenta a la complejidad o a la impopularidad. Incluso sus colegas y aliados más cercanos admiten que no es un ‘hombre de detalles’, así que es poco probable que persevere en un curso de acción difícil.

¿Qué camino seguirá Johnson y qué le permitirán hacer sus dos interlocutores principales, la UE y el Parlamento? Todo parece reducido a tres escenarios. Uno de ellos se impondrá en los próximos tres meses. Aunque el futuro es tan incierto que ni siquiera se puede descartar que terminen combinándose. Johnson emprenderá en las próximas semanas una gira por Europa. Se reunirá con Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, y quizá también con quien será su sucesora a partir del 1 de noviembre, Ursula von der Leyen. Se espera que también mantenga encuentros con la canciller alemana Angela Merkel y con el presidente francés Emmanuel Macron.

El objetivo declarado es tratar de renegociar el acuerdo de May. “Ningún país que valore su independencia y su autoestima podría aceptar un tratado que renuncie a su independencia económica y autogobierno”, afirmó Johnson.

Más allá de esa retórica firme, nadie espera que vaya a obtener grandes concesiones. Los líderes europeos quieren que Londres pague un precio elevado por ser el primer país en abandonar el bloque. Pero quizás estén dispuestos a aceptar algunas modificaciones menores, que el ex alcalde de Londres podría tratar de presentar como cambios mayores, apelando a sus cualidades como vendedor. Si tratara de conseguir un Brexit más suave, tal vez manteniendo al Reino Unido en el mercado único europeo o en la unión aduanera, sería denunciado como un traidor por los brexiters, que han pasado meses impulsándolo como reemplazante de May porque creen que es el único conservador de alto rango que puede conseguir un Brexit duro.

Si bien no se puede descartar, las probabilidades de que se materialice este escenario son mínimas. El Partido Conservador tiene una mayoría muy exigua, sostenida en el apoyo del Partido Unionista de Irlanda del Norte (DUP), que quiere una ruptura tajante con Europa. Eso significa que no puede darse el lujo de perder prácticamente ningún voto en la Cámara de los Comunes.

Por eso, aunque logre convencer a más legisladores que su antecesora, es difícil imaginar que un acuerdo levemente modificado logre imponerse en una votación. Para tener perspectivas verosímiles, las modificaciones aceptadas por la UE deberían ser importantes, y todo indica que eso no ocurrirá. El tratado acordado entre May y el equipo de la UE tomó casi tres años y abarca una gran cantidad de detalles. No hay ninguna posibilidad de que el Reino Unido tenga tiempo de renegociar la mayoría de las áreas antes del 31 de octubre.

Este es un problema potencialmente grave para Johnson.

 Lo que objetan los tories radicalizados es lo más importante para la UE, el llamado backstop (barrera de contención) en Irlanda del Norte. Es una cláusula incluida en el acuerdo para evitar que se instaure una frontera estricta en la isla. Estipula la creación automática de una unión aduanera entre Belfast, Dublín y el resto de Europa en caso de que el Reino Unido y la UE no lleguen a un entendimiento sobre el futuro del vínculo al cabo de un período de transición de dos años.

Se prevé que Johnson hará relativamente poco para modificar el acuerdo, y presentará el problema como una consecuencia de la ‘intransigencia europea’. Entonces, puede sentirse ‘obligado’ a convocar una elección, tal vez solicitando a la UE una prórroga para celebrarla a principios de 2020, lo cual sería aceptado por Bruselas. Johnson haría campaña para conseguir dos mandatos de los votantes: negociar un ‘verdadero Brexit’, sea lo que sea que eso signifique, y evitar que Jeremy Corbyn, líder laborista, se convierta en primer ministro. Los comicios serían un referéndum sobre Boris y sobre el Brexit. Sería una jugada política muy arriesgada.

Un indicio de que tal vez Johnson no esté del todo comprometido con la renegociación del pacto de salida es que, al menos hasta el sábado, seguía sin llamar a su par irlandés, Leo Varadkar. Si verdaderamente estuviera decidido a cambiar el acuerdo, o al menos a intentarlo, es al primero que tendría que convencer, ya que es su resistencia a abandonar el backstop lo que fuerza a los líderes de la UE a mantenerse firmes.

Pero los distintos escenarios no se excluyen mutuamente porque una elección anticipada podría ser un paso previo necesario tanto para aprobar un Brexit suave como para avanzar con uno rupturista. El Parlamento se opone actualmente a ambas alternativas, así que, antes de jugarse definitivamente por alguno de esos caminos, sería razonable que vaya a las urnas para conseguir una mayoría más robusta, que le permita concretar sus planes.

El escenario más probable si Johnson no consigue un mejor trato para el 31 de octubre es que sea empujado a unas elecciones generales. En ese caso, podría incluir en el manifiesto del Partido Conservador el compromiso de un no deal (no acuerdo), lo que le daría el mandato para llevarlo a cabo si gana. Sin embargo, si pasa el 31 de octubre sin intentar una ruptura y sin organizar los comicios, probablemente esté acabado y el Partido Conservador pierda aún más apoyo en manos del Partido del Brexit.

El escenario más probable si Johnson no consigue un mejor trato para el 31 de octubre es que sea empujado a unas elecciones generales.

La estrategia sería indudablemente peligrosa. May convocó a elecciones anticipadas en 2017, poco antes de asumir, con la expectativa de engrosar su mayoría y negociar el Brexit desde una posición de fortaleza. Pero le salió al revés: los conservadores perdieron curules y se vio obligada a armar una coalición para continuar en el poder, lo que redujo su margen de maniobra.

Si le creemos a Johnson, lo más probable es que el Reino Unido se vaya de la UE sin un acuerdo. Esta es también la posición legal por defecto (si no hay un pacto o una prórroga antes del 31 de octubre). La cuestión es política. Hay una clara mayoría parlamentaria en contra de un no deal, pero impedirlo implicaría la sanción de una norma para revocar el artículo 50 (lo que implicaría dar marcha atrás con el Brexit) o que el Reino Unido pida una nueva prórroga. El camino a un Brexit sin acuerdo quedaría marcado si fracasan los intentos de renegociación con Bruselas y Johnson descubre que las encuestas no son lo favorables que él pretendería. En ese caso, apostar a una salida radical podría ser el único camino para conservar al menos el respaldo de su base electoral.

Al igual que sus predecesores, haga lo que haga con el Brexit, Johnson se enfrentará a la amarga oposición de su propio partido. Muchos de sus diputados no votaron por él y hay varios ministros que renunciaron en las 24 horas siguientes a su elección como primer ministro, porque se niegan a servir bajo su mando. Si persigue un Brexit duro, muchos tories votarán en contra, y con una mayoría de sólo tres legisladores, perderá igual que May.

 Si Johnson se dirige hacia un Brexit sin acuerdo y hay efectos económicos nefastos, aunque sea sólo a corto plazo, hay una posibilidad real de que Escocia vote por la independencia.

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