Agua, aunque no te la vayas a beber…

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“Cómo se han hecho las grandes fortunas en Nueva York, Astor, Vaderbilt, Fish… con los inmuebles, claro está. Ahora depende de nosotros participar o no de los próximos beneficios…”.

Manhattan Transfer, John Dos Passos

Inmersa en sus contradicciones, por políticas y economías de corto plazo aderezadas con ideas de sostenibilidad que sólo sirven al discurso; por la emergencia y la urgencia de un gobierno “resultadista” mareado en sus ambiciones mesiánicas que confunden “refundar” una sociedad con “reciclar los intereses de sus grupos de poder, y sobre todo, bajo la premisa discutible que una ciudad sólo es exitosa si crece y se expande, y eso obliga a estar permanentemente en los escaparates de las ofertas, el área metropolitana de Guadalajara tomará para sí, en un plazo que se promete corto, la mayor parte del agua del río Verde.

Vemos aquí reciclada la vieja lógica autoritaria del “bien mayor por el mal menor”, porque a la sociedad tapatía se le vende la bondad de la política extractora como una necesidad apremiante, sin reparar en la necesidad inicial de una autocrítica: más de medio siglo de descuidar el acuífero metropolitano, más de medio siglo de usar mal el agua potable y desperdiciar, más de un siglo de mezclar aguas pluviales limpias con aguas residuales, más de un siglo de destruir las cuencas de la metrópolis en expansión, sin reparar en la necesidad de un manejo territorial con criterios de cuenca que reduzcan los ya normalizados daños patrimoniales y pérdidas humanas que nos acarrea cada temporal.

La soberbia y fatuidad de nuestra clase dirigente contemporánea no tiene parangón con todo el pasado tapatío. Será porque antes, la mesura era la regla.

Por ejemplo, vayamos al principio. Las crónicas del padre Tello refieren que los fundadores de Guadalajara dudaron sobre el sitio correcto para establecer la ciudad en el cuarto y último asentamiento de su errante existencia. “… así nombraron a Juan del Camino y a Miguel de Ibarra, los cuales fueron al valle de Tonalán y pueblo de Atemaxac, y de allí pasaron al pueblo que agora es Toluquilla, y hallaron aquella hermosa fuente, y habiéndoles parecido bien, luego discordaron ambos capitanes, porque Miguel de Ibarra decía que allí era mejor […] Juan del Camino dijo que no era bien se poblase en el ojo de agua de Toluquilla, que era cenagoso…”.

El cronista tapatío Arturo Chávez Hayhoe, en Guadalajara en el siglo XVI, publicada hace casi sesenta años, insistía sobre ese detalle: “no quisieron, sin embargo, escoger un punto muy cercano al río por ser lugar cenagoso”.

Esa sabiduría práctica de quienes le dieron a la capital de Nueva Galicia su asiento definitivo se perdió en el siglo XX, los tiempos dorados de la ciencia de la planeación, cuando el desarrollo de técnicas para prevenir y resolver problemas urbanos quizás dio cierta sobradez fáustica a las elites: esa noción idiota y un poco bárbara –al borde del precipicio, pero business are business– de que la tecnología siempre tendrá una nueva invención en el momento justo para salvarnos a todos sin sacrificar la legítima ganancia. El de los idiotas, sin duda, es el mundo perfecto.

La agenda de la desmesura comienza a partir de 1908, cuando arrancan las obras del entubamiento del río San Juan de Dios.

De ser una ciudad armónicamente trazada y que tendía puentes sobre sus arroyos, comenzó a taparlos, a invadirlos, a crecer caóticamente generando amplias fortunas a sus promotores, hasta convertirse en la megalópolis actual que año con año se inunda.

“Si no se le da el poder a la planeación, el poder lo tiene la especulación, y eso es lo que ha sucedido con Guadalajara”, me ha dicho muchas veces, a lo largo de tres décadas, el hoy presidente de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística de Jalisco, Arturo Curiel Ballesteros. “Nuestro estilo de desarrollo ha sido dramático para los recursos naturales, porque la tendencia de enterrar los ríos, de ocultar el problema, permanece […] y eso nos ha llevado a desastres, a una ciudad más insegura donde no funciona bien su drenaje natural y se da fácilmente la saturación de agua en tormentas fuertes y pueden ocurrir deslizamientos por asentar viviendas en los lechos de los arroyos”.

Los datos son contundentes: a principios del siglo XX, del agua precipitada, sólo escurría 30 por ciento y el resto se infiltraba en el subsuelo. En la actualidad, la pérdida de espacios naturales ha cambiado drásticamente la relación: en promedios gruesos, sólo 14 por ciento del agua baja a los mantos subterráneos. El resto corre libremente, desborda los drenajes y colectores e invade el asfalto, en volúmenes copiosos, y mantiene anegadas las zonas bajas de la urbe. En los años 90 se hablaba de 70 sitios inundables. Ahora ya se contabilizan, por parte de los geógrafos que lidera Luis Valdivia Ornelas, en la UdeG, 350 sitios de riesgo por inundaciones. “¡En una ciudad con clima semiseco!”, expresa con estudiado asombro uno de sus colaboradores más avanzados, Alejandro Bravo.

Esa es la explicación más clara de los problemas periódicos de Plaza del Sol, avenida Patria, la calzada Independencia, la Expo Guadalajara, por haber sido construidos sin respetar los cuerpos de agua. Y pasa en Tlajomulco, donde en los últimos 20 años se ha dado un proceso que a la ciudad le tomó cien, es decir, se repiten errores por la prioridad especulativa y se pone en riesgo a miles de personas. Es el valle de Toluquilla, la misma zona empantanable que fue descartada por los fundadores hace 477 años.

La tremenda presión que desató el desarrollo desordenado ha venido por la especulación con la tierra urbana. “Aquí, los lechos de los ríos y arroyos son basureros, no hay cultura del agua, hay desprecio, una inercia de siempre tapar el arroyo; falta además el sentido común que tuvieron los que fundaron esta ciudad”. Pero son como los grandes empresarios neoyorkinos de quienes se mofa John Dos Passos. Parece que no existe la sociedad que comprenda la grandeza que puede subyacer a sus impulsos avariciosos.

Inundación en Santa Anita.

¿CÓMO SE JODIÓ GUADALAJARA?

La realidad es que Guadalajara enfrentó el problema de sus ríos con la estrategia del avestruz: los contaminó, los entubó y los arrojó al abismo de la barranca, en un proceso centenario que ha dañado gravemente la calidad de vida de sus moradores al hacerlos vivir en el riesgo, además de reducir la recarga del acuífero, fuente de agua esencial para cualquier ciudad. Pero claro, siempre tendremos el agua del río Verde para llenar este tinaco lleno de fugas. Este es un recuento de los daños:

  1. Los Colomos. Esta zona se constituyó en parque público a finales del siglo XIX, y fue arbolada poco a poco para proteger sus ricos manantiales que todavía abastecen parte de la ciudad, y fueron principal fuente hasta 1947. Desde entonces es sitio de esparcimiento favorito de los tapatíos. En sus alrededores se han levantado los fraccionamientos más pudientes, que se han ido comiendo su cuenca, que nace desde La Primavera, borrando arroyos y provocando problemas de inundaciones severos. Por si fuera poco, se ha invadido la propiedad pública original, que rebasaba 300 hectáreas.
  1. Agua Azul. La laguna donde nacía el río San Juan de Dios, protegida en el siglo XIX, en el XX padeció el progresivo entubamiento de la corriente y terminó desapareciendo totalmente. En su lugar se ubica un hermoso parque de unas 17 hectáreas que es el resto de una arboleda que dio paso a la calzada Independencia y a diversos edificios contiguos. Sus manantiales están parcialmente contaminados por hidrocarburos.
  1. Río San Juan de Dios. La principal seña de identidad de la ciudad durante sus cuatro primeros siglos. Fue entubado a comienzos del siglo XX, hecho que fue visto como una hazaña de ingeniería. Sin embargo, el agua siempre reconoce su curso: la zona se inunda en todas las tormentas importantes de cada año. Además, los malos olores del drenaje provocan un pésimo aspecto al centro citadino. El río vuelve a emerger, aprisionado por muros, en la avenida Normalistas y de allí lleva aguas contaminadas entre populosos asentamientos humanos, hasta juntarse al arroyo Atemajac antes de precipitarse en la barranca, al norte.
  1. Arroyo Atemajac. El tributario más importante del San Juan de Dios nace en los manantiales de Los Colomos y ha sido casi tan agredido como su hermano mayor, sobre todo a partir de los setenta. Encerrado en un canal estrecho por avenida Patria, invadido por la plaza homónima (totalmente en zona federal) y conectado con miles de drenajes, esta corriente es una cloaca a su paso por Atemajac del Valle hasta El Batán. Apellidos ilustres como los Hemuda y los Dau están para siempre ligados a esta tropelía.
  1. Arroyo el Chicalote. El dolor de cabeza del centro comercial Plaza del Sol, otra zona baja que no fue respetada por los desarrolladores urbanos. Su cuenca ha sido invadida por calles y casas, lo cual satura la corriente en tiempos de lluvia y anega la zona más baja, tanto Plaza del Sol como la zona de Expo Guadalajara. El canal de Santa Isabel, ideado para desfogarlo hacia el norte, resulta insuficiente ante los grandes caudales que bajan del cerro El Colli. Se une al San Juan de Dios. Otro apellido depredador de bienes públicos: los Moragrega.
  1. Arroyo del Arenal. Al norte del Chicalote, también nacido en El Colli, este arroyo atraviesa el parque Metropolitano y la colonia La Estancia, hasta el centro de la ciudad. Su trazo final corresponde a la avenida de La Paz, abierta a fines de los sesenta.
  1. Arroyos San Andrés y Osorio. Su invasión comenzó en los años cincuenta, cuando se desarrolló el oriente de la ciudad y surgieron innumerables colonias formales y marginadas que propiciaron grandes fortunas inmobiliarias. La cuenca fue parcialmente saneada a partir de 1989 con el proyecto del parque de la Solidaridad, pero prevalecen descargas no controladas en diversos puntos, sobre todo antes de su caída en la barranca y en diversas áreas de Tonalá.
  1. Arroyos San Gaspar y Coyula. Fueron la última etapa de crecimiento urbano irregular por el oriente, y sostienen numerosos asentamientos sin servicios de infraestructura básica. El problema de su contaminación se acentúa con residuos sólidos por la instalación del tiradero de Coyula o Matatlán a fines de los ochenta, en sus cercanías.
  1. Río Blanco. La cuenca del norte de la zona metropolitana tiene su nacimiento en la sierra de Tesistán y ha sido fuertemente contaminada a partir de los años ochenta. Una planta de tratamiento instalada por el SIAPA trata de forma insuficiente los desechos, y de poco sirven las plantas de fraccionamientos privados. La Cola de Caballo, la espectacular caída de agua de la barranca, es en la actualidad una cascada de agua negra.
  1. Arroyo de Enmedio. Atraviesa buena parte del valle de Toluquilla, entre asentamientos humanos densamente poblados. Abarca un conjunto de presas totalmente contaminadas y parcialmente invadidas, como Las Pintas, La Rusia, El órgano y El Ahogado. Las aguas subterráneas someras también se contaminan fácilmente, por su cercanía con la superficie. Las inundaciones en el temporal son comunes. Tiene un plan de rescate urbano que no ha sido llevado a cabo, mientras los usos de suelo se ajustan en busca del ansiado progreso: urbanizarlo todo.
  1. Valle de Tesistán. Era un emporio agrícola hasta que se comenzaron a sembrar casas y se redujo su permeabilidad, lo que explica las áreas inundadas. Pese a que la planeación urbana lo marca como zona agrícola, las administraciones zapopanas han permitido su urbanización formal durante 40 años.
  1. Valle de Toluquilla. Sobre 500 km2, es la zona por donde ha explotado el crecimiento urbano, al sur de la ciudad, sobre todo a partir de los años noventa. Un proceso totalmente caótico que ha extendido zonas habitacionales sin respetar arroyos ni incorporar infraestructura suficiente, en uno delos relatos distópicos más delirantes de la historia reciente de la metrópolis. En contaminación, su víctima principal es la laguna de Cajititlán, además de los embalses que se conectan hacia la presa de El Ahogado, donde El Salto, Juanacatlán y decenas de fraccionamientos malviven esta tragedia urbana.
  1. Parque Metropolitano Cerro del Cuatro. La zona de recarga de los manantiales del río San Juan de Dios. Se concibió desde los años setenta con 500 hectáreas, pero jamás fue constituido, y arriba de la cota 1,650 (metros sobre el nivel del mar), que es el límite legal de construcción señalado por el Plan de la Zona Conurbada vigente desde 1982, han entrado los fraccionadores ilegales y una serie de antenas de transmisión que consolidan la invasión humana. Hoy está a punto de ser devorado por la marea urbanizadora pese a la mala calidad del aire constantemente registrada. Y los restos rescatados del ambicioso proyecto, el Parque Central, entregados a la UdeG, que promete –quien sabe si lo cumpla- hacer realidad un área verde … con un centro universitario.
  1. Parque Metropolitano Jocotán. Es el más importante sitio de recreación de la zona poniente de la mancha urbana; más allá de los conflictos políticos que rodearon su creación, y que no ha estado eximido de agresiones promovidas por los avariciosos inmobiliarios que lo rodean.
  1. Parque Metropolitano El Bajío. En el cinturón que rodean los desarrollos inmobiliarios que se han aprobado en este valle enclavado en una hondonada al norte del cerro de El Colli, se anunció la creación de un parque de 200 hectáreas. Pero en realidad surgió el complejo de Chivas, avalado por el gobierno de Jalisco y las buenas relaciones de Jorge Vergara con Vicente Fox, y poco después, las Villas Panamericanas, empantanadas en la ilegalidad. La pretensión de urbanizar todo el plano permanece ligada al destino de esa infraestructura pública, detenida de operar por vecinos odiosos para la Refundación.
  1. Parque Metropolitano de la Solidaridad. Fue el resultado de un importante rescate de la ex presa de Osorio entre 1990 y 1991, pero quedó incompleto. Sus cien hectáreas son el único sitio de recreación equipado en el oriente de la ciudad. Las cuencas de la zona permanecen contaminadas y sin tratamiento.
  1. Parque San Rafael. Nacen manantiales todavía en esta pequeña área común cercenada por los fraccionamientos que la rodean. Alimenta la cuenca del arroyo San Andrés. Hoy enfrenta una fuerte disputa entre vecinos opositores y el gobierno de la ciudad por obras de regulación de agua y nuevos desarrollos inmobiliarios para redensificar la zona.
  1. Bosque La Primavera. El área natural protegida más importante de la región urbana produce,oficialmente, 240 millones de m3 de agua por año, que alimentan tanto las cuencas de Atemajac y San Juan de Dios como la del río Ameca, al poniente. Ha sido agredido, cercenado, talado y quemado. Unas diez mil hectáreas que debieron serparte del polígono protegido, son hoy presas de especulación, y la pérdida de servicios ambientales ya pasa facturas –lo vimos en Santa Anita, este mismo mes de julio de 2019- a sus invasores y a los vecinos de las partes bajas colindantes.
  1. Barranca de Huentitán-Oblatos. Zona de paisajes espectaculares, patrimonio histórico y recreo, albergó un balneario famoso, un área protegida y la presión inmobiliaria sobre predios públicos del norte de la ciudad. Sus aguas están severamente contaminadas y la basura reina por doquier.
  1. Área de protección hidrológica río Santiago. Creada por el Ayuntamiento de Zapopan, sobre casi 18 mil hectáreas, contiene valiosos ecosistemas y produce gran cantidad de agua no cuantificada, que nace en las sierras de Tesistán y San Esteban, y se pierde en las contaminadas aguas del río Santiago. La manzana más codiciada por las fuerzas de expansión de la ciudad.

AGUA MAL USADA

En “gestión integral del agua”, Guadalajara reprueba ampliamente: al menos cuatro de cada diez litros de agua “de primera”, es decir, potabilizada para el contacto y consumo de las personas, se va a usos que con aguas grises o tratadas podría satisfacerse, lo que significa un desperdicio anual de agua de buena calidad por más de 1,200 millones de pesos.

¿Necesitaríamos presionar cuencas lejanas si corrigiéramos este absurdo?

Es información oficial: aportada por el Sistema Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado (SIAPA) para la elaboración del informe preliminar del Programa de medidas preventivas y de mitigación de la sequía que encargó el Consejo de Cuenca del Río Santiago, que fue entregado en 2015.

El dato financiero se obtiene de una fórmula que calcula el citado documento, al dividir el costo total del sistema (de 2,997.5 millones de pesos al año en ese entonces) entre el volumen producido anualmente (300.4 millones de metros cúbicos), lo que da como resultado 9.75 pesos por cada m3. Si se dejara de usar la totalidad de esta “agua de primera” en tareas como el vertido de excusados, irrigación de áreas verdes, lavado de autos, enfriamiento en procesos industriales y un largo listado de actividades, se podría recuperar entre tres mil y cuatro mil litros por segundo para el uso sustantivo para el que existe el SIAPA, que es dotar de agua potable a más de cuatro millones de usuarios domésticos, lo cual matiza fuertemente la noción de crisis de abastecimiento que se maneja actualmente.

¿De verdad Guadalajara necesita las aguas del río Verde? grupos de usuarios, científicos y académicos, así como organizaciones ecologistas, lo señalan como innecesario y hasta peligroso, si se considera que traer el agua de más lejos hace más dependiente a la ciudad de las fluctuaciones climáticas relativamente azarosas y los conflictos sociales ineludibles en toda exportación de aguas.

El citado documento lo establece: en Guadalajara, como en otras ciudades, “el déficit de agua que padecen las ciudades durante una sequía no debe ser enfrentado sólo con aumento en la extracción de agua subterránea o superficial, sobre todo cuando ya los acuíferos están sobreexplotados; sino que por el contrario, se debe adoptar primeramente estrategias de control y reducción de la demanda. Entre las principales medidas están la reducción de pérdidas y el incremento de la eficiencia en el manejo del agua”.

Entre estas medidas de gestión, usar el agua de primera para exclusivamente el contacto directo con las personas o con procesos de insumos de consumo humano, y no para otro tipo de procesos, es un primer paso. Incrementar el reciclado, tratar aguas y generar un mercado local, abre grandes oportunidades no aprovechadas, pues de 8,500 litros por segundo de aguas negras y grises, menos de 500 litros se reutilizan. Sin olvidar que de 300 millones de m3 que se extraen de las fuentes de abastecimiento por año, sólo alrededor de 215 millones de m3 llegan a los usuarios, lo que habla de 85 millones de m3 que se pierden en fugas. (Informe completo en http://www.pronacose.gob.mx).

Guadalajara, así, enfrenta tiempos aciagos con la misma receta del último siglo, y provoca un riesgo innecesario a una de sus regiones más ricas, pero crítica dependiente del agua del Verde: Los Altos de Jalisco. Esa agua que el gobierno de la Refundación se llevará aunque pisotee a sus aliados y arrumbe sus promesas. Para lograrlo, el control mediático desesperado del gobernador Enrique Alfaro, las presiones a directores de medios, las denuncias de supuestos complots de periodistas, la censura a la presencia de críticos en actos oficiales. Lo que haga falta.

De este modo, la desigual disputa por el río Verde es también otra ocasión en que el gobernante más autoritario que ha tenido Jalisco al menos desde Flavio Romero de Velazco (otros tiempos, otros usos y costumbres) trata de clavar nuevos clavos en el ataúd de las libertades de información y expresión, bajo la premisa de que “sus datos” (ya es un clásico en este país convulso) son los únicos correctos.

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