El fracaso descomunal de El Zapotillo y el abandono a Los Altos

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“El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si está cerca del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está lejos, aparentar que se está cerca […] Si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle. Si es arrogante, trata de fomentar su egoísmo. Si las tropas enemigas se hallan bien preparadas tras una reorganización, intenta desordenarlas. Si están unidas, siembra la disensión entre sus filas. Ataca al enemigo cuando no está preparado, y aparece cuando no te espera. Estas son las claves de la victoria para el estratega”.

Sun Tzu, El arte de la guerra

Sea cual sea el modo en que finalmente culmine y se resuelva este conflicto nacido de los convenios de 2005 entre Jalisco y Guanajuato, en que se dispuso del sitio de El Zapotillo, en Los Altos de Jalisco, para construir una represa que enviaría el agua a la ciudad de León, podemos adelantar que en términos del bien y del interés público, lo que incluye la necesaria justicia ambiental, se trata de una derrota, mientras como política pública roza el fracaso.

Resulta increíble que en casi tres lustros no hubo un solo actor político de Jalisco o Guanajuato que se preocupara por ofrecer, a cambio del agua, un plan de desarrollo que diera certidumbre de futuro a la región, pero es más inverosímil aun que ni siquiera se buscara compensar el costo ambiental y la pérdida de oportunidades que entraña exportar aguas de una región, más si es deficitaria, como pasa en la meseta alteña.

El agua es un servicio ambiental. Quien la conserva y la produce merece ser compensado en términos económicos adecuados. Si es insumo para negocio, tendría derecho a participar en éste. Pero al margen de eso, deben generarse las condiciones para que la región productora no llegue a padecer la escasez del recurso que está entregando, porque eso no se paga ni con todo el dinero del mundo: un conflicto social o económico nunca es bueno para quienes dependen del agua de otra región, los habitantes de la cuenca exportadora tendrán derechos básicos que podrán ejercer si deja de salir agua de sus grifos o su ganado muere de sed.

El investigador del Iteso, Heliodoro Ochoa, ya señalaba en 2013: “Lo peor del caso es que no se plantean proyectos para los Altos de Jalisco que permitan recuperar el equilibrio de aguas subterráneas o, bien, gestionar la escasez de aguas superficiales que día con día amenaza la vida y la producción en esta región semidesértica, la más vulnerable de Jalisco ante escenarios de cambio climático. Los estudios oficiales de disponibilidad de agua en esta región muestran la sobreexplotación y el ritmo acelerado de abatimiento en años recientes. A partir de los datos se concluye que el agua disponible es menor a la demanda, lo cual hace urgente la necesidad de ordenar los usos y los aprovechamientos que ya existen en la región antes de aumentar la presión sobre el recurso o de pensar en realizar un transvase. No obstante, los estudios justificativos del proyecto ‘El Zapotillo y el análisis de otras alternativas’ se hicieron en favor de Guanajuato, mientras que los impactos en Los Altos de Jalisco aparecen como pasivos” (¿Alternativas para la gestión del agua y el desarrollo regional? Conflicto por la presa El Zapotillo. Heliodoro Ochoa García).

La cultura de los servicios ambientales no ha cesado de crecer en el mundo.

Es claro que está ligada a los temas de la conservación, pero no se puede hablar de conservación si se margina del desarrollo a quienes viven en los territorios proveedores.Y si bien, Los Altos de Jalisco, como región, es probablemente la más equilibrada del estado e históricamente la que tiene mejor distribuida la riqueza, en el sentido de que el bien fundamental de las culturas agrarias, la tierra, se encuentra altamente atomizado y no existió la gran propiedad sino en Lagos de Moreno y Ojuelos, hacia el extremo norte de la región. Así, hay un claro predominio de pequeñas y medianas unidades económicas altamente dinámicas, pues si bien, generan menos riqueza que los grandes avicultores y porcicultores, son los principales generadores de empleo.

“Es una relación 80-20. Muchos funcionarios de gobierno me han alegado que 20 por ciento de los productores generan 80 por ciento de la producción, y que en caso de un problema de escasez, a ellos no se les afecta. A los 80 por ciento de productores, que sólo generarían 20 por ciento de la producción, los estiman prescindibles, pues si quedan fuera de mercado la mitad o más, no se afecta de forma considerable la producción. Yo sólo les contesto que ese 80 por ciento de productores también genera la mayor parte del empleo, ¿qué va a ser una región que se queda sin empleos?”, me dice el coordinador del Observatorio Ciudadano para la Gestión Integral del Agua, Juan Guillermo Márquez Gutiérrez, posiblemente el hombre más incómodo para los designios de la “refundación” alfarista en esta región.

El Zapotillo ha pasado ya tres gobernadores sin consumarse su proyecto. El gobernador Aristóteles Sandoval Díaz intentó ser congruente con su compromiso electoral de impedir que los pueblos de la cañada se inundaran, y de tratar de favorecer los derechos e intereses de la meseta alteña, sin la cual, Jalisco produciría la mitad de la riqueza agropecuaria que le da el primer sitio a nivel nacional.

Pero no supo cómo salir del atolladero, pues los intereses urbanos que buscan llevar el agua alteña no sólo a León, sino a Guadalajara, fueron presión permanente, máxime que por razones nunca explicadas, tenía cerca de su escritorio la figura del empresario y político Enrique Dau Flores, amado y odiado según se pertenezca a su grupo o se padezcan las decisiones que éste toma, y considerado todavía hasta ahora como el hombre más influyente en temas de agua de toda la región. Dau Flores jamás simpatizó con Márquez Gutiérrez ni con el movimiento para salvar Temaca. Y con su vasta experiencia, sabedor de la importancia de estar en las instancias de decisión, se empeñó en asesorar al mandatario y en nutrir sus opiniones, lo que explica lo erráticas de estas, atrapado Sandoval entre dos fuegos.

Dau también es cercano al sector inmobiliario, el más interesado en que haya agua disponible para los proyectos de crecimiento de las dos ciudades. El modo en que hacía pesar ese interés como presión para las instancias públicas lo ejerció con absoluta discrecionalidad cuando encabezó la Comisión Estatal de Agua y Saneamiento (CEAS) en los años de Francisco Ramírez Acuña (2001-2007): la instrucción al director del SIAPA, Antonio Aldrete, era otorgar todas las factibilidades de agua que le pidieran los fraccionadores, aunque se manejaba públicamente desde al menos quince años atrás que el agua de la metrópolis ya no alcanzaba.

Habrá que señalar que esa decisión fue sustentadora del modelo de negocios que ocasionó la dispersión urbana, que en varios sentidos es el mayor desastre ambiental y social que ha vivido Guadalajara en 477 años de historia: de 30 mil hectáreas en 1990, la ciudad llegó a 72 mil hectáreas en 2015. De este modo, la demanda creciente de agua urbana puso a Sandoval Díaz contra la pared.

Invertir 100 millones de pesos para que la Oficina de Naciones Unidas de Servicios para Proyectos (Unops, por sus siglas en inglés) justificara el proyecto de El Zapotillo a 105 metros fue el objetivo. No hace falta especular sobre la imparcialidad inexistente. Lo reveló el propio organismo de ONU a través de Carlos Angelaccio, responsable del estudio de balance hídrico: “…lo que pasa es que cuando uno hace un estudio de esta naturaleza, en el modelo considera lo que llamamos condiciones de contorno, que son una serie de realidades con las que uno tiene que lidiar; para nosotros la presa de El Zapotillo era una estructura que estaba en el cauce del río Verde, al día que llegamos para hacer este estudio; eso no lo podíamos ignorar y por lo tanto, también, la forma en que esa infraestructura impacta sobre la disponibilidad de agua en la cuenca; no la podíamos ignorar, y no la podíamos tampoco cuestionar, porque la presa existe, y a nosotros no nos pidieron que hagamos un análisis de si era adecuada o no […] y ni siquiera si existen otras soluciones” (Milenio Jalisco, 5 de julio de 2017).

La determinación del gobernador por retomar la represa a 105 metros cayó mal; los moradores de Temaca enfurecieron, los miembros del observatorio se movilizaron en busca de nuevos aliados. Enrique Alfaro Ramírez, entonces alcalde de Guadalajara, levantó la mano.

El 27 de julio de 2017, en un acto político de alta relevancia en el teatro Larva del centro de Guadalajara, se comprometió con toda la plana mayor de Movimiento Ciudadano. Y razonó: “Hablar de 7.5 m3 por segundo es una fantasía, pero 5.6 m3 por segundo sí los puede haber, por eso decimos no al trasvase a Guanajuato […] sabemos que las aguas son bienes nacionales, pero se debe priorizar a los habitantes de la cuenca que están en Jalisco”. Eso marcó el derrotero de campaña. El PRI pagaría el costo político de los titubeos de Sandoval y Alfaro capitalizaría la oposición. Hoy despacha en casa Jalisco y no ha esperado cinco años para darle la espalda a los alteños: bastaron unos meses. Ya en marzo de 2019 señalaba en el Iteso su intención de desaparecer el aliado incómodo, el observatorio. Y el 29 de junio firmó el “acuerdo de entendimiento” con Guanajuato, cuya consecuencia es retomar lo que Emilio González y Aristóteles Sandoval habían determinado, pero Alfaro ha querido negarlo.

Mantiene el discurso de acusar de traición a sus antecesores, e incluso lanzó una flagrante mentira: que estos habían reducido el porcentaje de agua de Jalisco en los acuerdos del río Verde.

Totalmente falso: tanto el proyecto de represa de San Nicolás, primero, como el de El Zapotillo, después, a 80 metros, ciertamente fueron concebidos para dar agua solo a Guanajuato, pero esa entidad se limitaba a tomar casi 120 millones de metros cúbicos (“su” 24 por ciento, bajo la óptica de que el río mantiene un flujo regular de agua, lo que nunca sucede); pero de forma paralela, el gobierno de la república apoyó a Jalisco para que tomara “su” 76 por ciento, primero en la represa de Arcediano, luego, en la derivadora de El Purgatorio.

Es decir, nunca estuvo en discusión el derecho de Jalisco a disponer 76 por ciento del agua del río. Básicamente, lo que ha estado en el debate es la entrega del porcentaje a que el decreto de 1995 ha dado derecho a la ciudad de León. Pero Alfaro sabe que comunicar es parte de gobernar, y trata de ganar el relato en disputa con sus breves y vapuleados aliados. Lo más increíble: los  presidentes municipales de Los Altos, casi todos indiferentes a la suerte de su región, y en su mayor parte guiados por el oportunismo y la mediocridad  política, “festejan” el inexistente logro de que el gobernador haya recuperado un porcentaje de agua… que jamás se perdió.

Jean Francois Revel decía que la mentira “es la mayor fuerza de las que mueven al mundo” (El conocimiento inútil, 1988). La particularidad de esta era trumpiana es que los políticos mienten con toda desfachatez delante de nuestros ojos. El profeta de nuestra era, Joseph Goebbels (quizá ni es casual ni nada inocente que el mexicano Instituto de la Juventud -Injuve- lo haya reconocido como personalidad notable apenas en mayo pasado), dio al mundo el famoso apotegma de las mentiras repetidas mil veces que se hacen verdades. Y remató: “Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”.

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