¿Institucionalizan la corrupción en Jalisco?

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Hay una gran diferencia entre un acto de corrupción y una corrupción institucionalizada. El primero lo realiza un individuo o grupo de individuos que valiéndose de su posición privilegiada en un gobierno aprovecha para obtener beneficios, sobre todo económicos, para ellos, su familia y sus amigos. Comúnmente se conocen como “mordida” o “moche”.

Entre los casos clásicos de corrupción está el del agente de tránsito que a cambio de no levantar la multa, sugiere, o le pide al automovilista una cantidad de dinero. El otro ejemplo, popularizado en un comercial, es el del funcionario público que se encuentra en una ventanilla y le ofrece al ciudadano agilizar sus trámites a cambio de una “compensación”: “…pues el trámite tarda como un mes, pero si se pone la del Puebla, ahorita se lo resolvemos”, dice el comercial en cuestión donde el funcionario le insinúa al ciudadano “que se moche”.

En ambos casos, el acto de corrupción se establece de manera directa entre el funcionario y el ciudadano, sin intermediarios y con una mínima discreción.

Son tan solo dos ejemplos, comunes, cotidianos, pero que pueden ser multiplicados por el número de acciones que se dan entre un ciudadano y un servidor público.

Por otra parte, el funcionario depende de un jefe o supervisor, con quien tiene la obligación de “reportarse”, es decir, darle una parte del dinero obtenido por medio de la “mordida” o el “moche” directo.

Otras formas comunes de corrupción se dan entre los altos funcionarios del estado como secretarios, regidores o directores de áreas y grandes proveedores o contratistas. Cada obra construida con dinero público, cada entrega de un suministro para el correcto funcionamiento de la burocracia estatal, tiene asignado un porcentaje que va a parar directamente a través de cuentas ocultas, prestanombres o familiares, a los bolsillos del alto funcionario.

Lo mismo sucede entre los políticos electos: diputados, senadores, presidentes municipales o gobernadores, quienes se convierten en “gestores” de obras, ventas de insumos e incluso venta o renta de plazas de trabajo. Obviamente, cada gestión está recompensada por un “simbólico acto de agradecimiento”, monetario o material, también para uso y disfrute  exclusivo del “gestor”.

Sin embargo, a pesar de que estos sistemas muy bien aceitados de corrupción tocan a todas las áreas del engranaje gubernamental en sus tres niveles: federal, estatal y municipal, no pueden llamarse actos de corrupción institucionalizada.

La corrupción institucionalizada es un acto de estado o de gobierno desde el gobierno, no representa una irregularidad o anomalía del mismo como puede ser considerada la corrupción común.

En los ejemplos anteriores, prevalece la acción individual y el riesgo que esta conlleva, aunque estuviera promovida desde un grupo o desde la oficina de un alto funcionario del estado. El estado o el poder público no se convierten en responsables directos de los actos de corrupción, aunque esta sea generalizada. En otras palabras, en un gobierno los actos de corrupción pueden rebosar, sin que se obedezca a una institucionalización de la misma.

La corrupción institucionalizada se establece como una política gubernamental e involucra a distintos poderes. Se fundamenta en el respeto a la ley, aunque para ello deba ser  modificada, y se cumplen en apariencia todos los requisitos y exigencias del proceso al que la política gubernamental esté sometida.

Los tres requisitos indispensables para el buen  funcionamiento de la corrupción institucionalizada, son la complicidad, el secreto y la lealtad. La complicidad puede ser por compromiso u omisión,  tiene varios niveles y se elaboran con antelación, cautela y favoritismos, otra forma tal vez pequeña, de corrupción. El famoso “tejer fino” al cual los políticos dedican buena parte de su vida, da sus frutos cuando se consolida una sólida red de complicidades que con el tiempo se convertirá en una red de protección y salvación para el político y su grupo.

El secreto, enemigo mortal de la democracia y lógicamente del periodismo, es el garante del avance en la estrategia de la corrupción institucionalizada. Lo miembros que participan del secreto, como en las mafias o en cualquier sociedad secreta, establecen un sólido pacto de lealtad, silencioso, desapercibido para el ojo común, que se convierte en el tercer elemento indispensable para el logro del gran objetivo.

El programa implementado por el gobierno del estado de Jalisco bajo el nombre “A toda Máquina”, es un buen ejemplo, digno de estudio en una tesis universitaria, de lo que significa la corrupción institucionalizada.

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