LA DERECHOSA UDEG

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PARTE I

A nadie debe asustar que la Universidad de Guadalajara sea foro de personajes de la derecha orgánica tanto nacional como internacional, gente que ha usado su indudable talento a favor de las causas neoliberales y del poder en turno como Enrique Krauze o Héctor Aguilar Camín, hoy rebeldes con causa antipejista reivindicados en su penitencia lacrimógena por el zar de la casa de estudios cuyas iniciales son Raúl Padilla López.

¿Asustarse porque Krauze invoca, con su dedo ilustre y flamígero, los murales del paraninfo para hacer un llamado a AMLO a la tolerancia? ¿O porque Aguilar Camín, cruzado de pierna en el podio mayor universitario, pulcro en su traje cortado en Savile Road, pidió “elevar nuestra voz” para manifestar “no una profecía sobre la catástrofe que viene” sino contra los signos antidemocráticos en todos los frentes del país salidos desde Palacio Nacional?

Tampoco deben asustarnos las palabras de Mario Vargas Llosa, el novelista que tanto admiro pero cuya ideología tanto detesto, cuando dijo en esa misma atmósfera universitaria: “Hay síntomas de que se puede estar construyendo dentro de este sistema (encabezado por AMLO) otro sistema paralelo que podría ser peligroso el día de mañana para la democracia (…) De esto se desprende un llamado a una movilización en defensa de esas instituciones democráticas que luego de un periodo tan largo y tan difícil ha alcanzado México”.

Mucho menos uno tendría que quedar asombrado de que el ganador del Premio de Novela de la Bienal Mario Vargas Llosa, entregado también en un recinto universitario -el Centro de Artes Escénicas-, fuera a parar a manos del venezolano Rodrigo Blanco Calderón, pese a que se trataba de su primera novela y competía contra cuatro pesos pesados como los españoles Manuel Vilas y Antonio Soler, la nicaragüense Gioconda Belli o el peruano Gustavo Faverón. 

En su discurso de agradecimiento, Blanco Calderón -quien se autoexilió en España hace tres años- dijo que la novela no habría sido posible sin el “horrendo sacrificio de ver un país arrasado por la dictadura que está viviendo actualmente”.

No, por dios, claro que nadie se asusta de eso. Era de esperarse de ellos. Y era de esperarse también en primera fila aplaudiendo a RPL y a los RPLboes, en su nuevo modo ideológico masificado, al fin la Universidad significa universalidad y Universidad de Guadalajara significa lealtad al jeque de jeques como medida indispensable de supervivencia en el erario y el show bussiness.

Y si no que le pregunten a Ricardo (c)Anaya, el panista que sepultó al PAN y que en campaña siempre tuvo foro en raUldeG (no como AMLO u otros candidatos), con mesa de rectores atentos incluida, para que expresara su convincente aunque repetitivo discurso de la modernidad del libre mercado.

A RPL le falló (c)Anaya con la ensoñación del ex rector por tener un puesto en el gabinete federal, pero no le falló Vargas Llosa quien se deshizo en halagos hacia el jeque de jeques por haber “rescatado” -¿de dónde, cómo, perdóoon?- la bienal de novela que lleva su nombre y que estaba condenada a la desaparición tras dos ediciones por falta de patrocinios (tan sólo el premio al ganador del certamen de novela son 100 mil dólares).

La Universidad de Guadalajara hace tiempo tenía síntomas de su viraje hacia las ideologías de derecha, pero este mayo lo consolidó sin pudor.

Treinta años para ir del pistolerismo ilustrado al neoliberalismo ramplón, pasando por una recién concluida etapa de izquierda partidista rapaz.

PARTE II

Con la venia y paciencia de mis cinco lectores prefiero de aquí para adelante mejor hablar largo y tendido -aprovechando el espacio de internet- del acto principal de esa bienal, el diálogo preciso y erudito que sostuvieron Vargas Llosa y Sergio Ramírez el día de la clausura. La otra cara de la moneda, pues.

Ambos mostraron con su apología de la novela, la importancia de un género que, aunque “suene pretencioso”, ha sido históricamente insumiso, desatado revoluciones, acompañado a próceres históricos en sus cabalgatas libertarias y es hasta “una necesidad neurológica” que por su propia esencia “crea un sentimiento de insatisfacción ante el mundo”.

“¿Qué llevó a las autoridades a prohibir la novela en la América hispánica? En España se publicaban y se leían muchísimo las novelas. Quienes la prohibieron entendieron la razón de ser de la novela y creo que la razón profunda por la que existen y se leen es porque generan un sentimiento de insatisfacción entre los lectores”, dijo Vargas Llosa.

El novelista peruano-español dijo que cualquiera que lee una gran novela cuando sale de ella y mira a su alrededor descubre lo pobre que es el mundo real comparado con los mundos que pueden crear los escritores a través de su fantasía y el lenguaje.

“Esa es la función, crear un sentimiento de insatisfacción frente al mundo tal como es y llevarnos a desear si no un mundo mejor sí distinto del que es. Un mundo impregnado de ficciones es mucho más difícil de engañar por los poderes terrenales, crea gentes insumisas, díscolas, que son muchísimo más críticas de lo existente, que un mundo donde la ficción tiene un rol secundario”.

Y agregó: “Se debe leer novelas no sólo por el placer que nos producen o para enriquecer experiencias, sino también porque la sociedad democrática necesita ciudadanos con espíritu crítico, insatisfechos, que no puedan ser fácilmente engañados y que con esa insatisfacción mantengan a la sociedad en permanente cuestionamiento de sí mismo, de tal manera que la ficción aunque no lo parezca a primera vista podría ser la locomotora del progreso”.

Sergio Ramírez, también en torno a la importancia de la novela, consideró de entrada que este género “es una necesidad neurológica porque hay zonas del cerebro dedicadas a la imaginación y los seres humanos no podrían vivir sin imaginación, sin la mentira”.

“La operación que va desde la imaginación de una persona que escribe en caracteres su imaginación y otra tiene que descifrarlo es un proceso que no puede ser sustituido, el escritor que imagina y el lector que imagina. Además el que lee no imagina de la misma manera del que escribió y la escritura va a dar a receptáculos diferentes, no se puede comparar lo que sale de la imaginación del escritor a lo que llega a la imaginación del lector”, dijo el escritor nicaragüense.

Vargas Llosa también ponderó el enriquecimiento del vocabulario a través de las buenas lecturas, lo cual no se aprende en algún curso o clase sino a través de disfrutar los “extraordinarios matices con los que se puede precisar el pensamiento.

La lectura buena, además del placer, de hacernos vivir otro tipo de realidad, encandilar la imaginación, aluzar la sensibilidad, tiene también una razón de ser social y colectiva. Una sociedad impregnada de buena literatura es mucho más difícil de engañar, de sojuzgar, que cuando ha descubierto la importancia de la libertad a través de las buenas lecturas”, agregó.

Sergio Ramírez a su vez dijo que tal vez no pueda establecerse una relación directa entre las novelas y su capacidad de provocar movimientos revolucionarios, pero recordó que héroes de las independencias de países de América Latina “a la hora de la guerra llevaban en su alforja La nueva Eloísa (novela epistolar de Jean-Jacques Rousseau publicada en 1761) y era como una didáctica para subirse al caballo y luchar por la independencia de América”.

La tarea del novelista es investigar en las bibliotecas, sacar apuntes de libros que nadie lee. En el siglo 19 la novela realista que se hizo porque había grandes vacíos de información que la novela llenaba. Este afán totalizador de la novela es porque las ciencias sociales no estaban desarrolladas, eran tratados de sociología, de estadística, y la novela siempre ha tenido la ambición de reflejar la sociedad de todas sus maneras”, explicó.

Ramírez, premio Cervantes de literatura 2017, dijo que siempre que imparte un taller de literatura pide que la audiencia describa una casa, como hacía el novelista del realismo francés Honorato de Balzac, de una manera muy detallada como si se llevara una cámara de video, por fuera, por dentro y luego las calles adyacentes, el barrio y luego “hasta entonces se comienza a describir los personajes”.

A Vargas Llosa le pareció peligroso más que pretencioso asociar las novelas con grandes revoluciones o acontecimientos sociales.

“A veces ha ocurrido pero no han sido las mejores novelas. Por ejemplo La cabaña del tío Tom es mala, sentimentaloide, pobre, pero tuvo un efecto notable en despertar la conciencia crítica de un enorme sector de la sociedad norteamericana hacia las injusticias de la esclavitud. La novela opera en una intimidad del lector que probablemente es el efecto más importante que tiene en el conjunto de la sociedad, pero es muy difícil de detectar”, dijo.

¡A qué Vargas Llosa esté tan contradictorio, tan encantador novelista, uno de mis favoritos, y la vez tan absolutamente neoliberal como su fundamento de libertad y democracia!

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