Toledo, sus ficciones y la realidad de Semarnat

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“La inteligencia es más poderosa que la suerte y puede regir su rumbo a cualquier parte y ser la causante de su felicidad o de su infortunio”.

Lucio Anneo Séneca, Epístolas morales a Lucilio

Víctor Manuel Toledo Manzur, biólogo y ecólogo, es el nuevo secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales, tras el affaire González-Blanco, que motivó la salida de la chiapaneca que creía en los aluxes y que en lo corto se había quejado de que no tenía dinero para realizar ninguna acción ambiental de consideración. El primer apunte, necesario: Toledo Manzur es el primer secretario que llega con credenciales académicas y técnicas irrefutables, desde que en 2000 terminó la gestión de la fundadora de esta dependencia de un cuarto de siglo de vida azarosa, la doctora Julia Carabias Lillo, una de las mentes más lúcidas de este país.

El segundo apunte pasa por el estado de la institución que recibe: la Semarnat ha sido prácticamente desfondada por los gobiernos de Enrique Peña Nieto y de Andrés Manuel López Obrador.

No se trata de un retroceso involuntario. Queda claro que ambos mandatarios demostraron dominar la mercadotecnia verde, pero al mismo tiempo, pusieron como prioridad menor la fortaleza institucional de una dependencia que tiene en como tarea central nada menos que establecer las bases de coordinación para que México transite a una economía de bajo carbono, dicho esto bajo la premisa de que ningún cambio ambiental positivo tendrá larga vida si no es también un tema de mejor economía.

A partir de allí, múltiples tareas se desgranan: alcanzar el manejo del agua y suelo con la base geográfica de las cuencas y la necesidad de restaurar progresivamente su calidad ambiental; afrontar la contaminación como un problema de salud pública en el cual, el que contamina, lo pague tan caro, que le sea más barato no hacerlo; hacer la transición energética indispensable de manera que se reduzcan las emisiones de hidrocarburos en el transporte y la industria; capitalizar los bosques, integrarlos al desarrollo rural y garantizar su permanencia y la recuperación de sus viejas fronteras, lo que incluye evitar que se quemen cada temporada de estiaje (si el bosque vale, ¿a qué insensato le dará lo mismo verlo carbonizado?); al lado, construir ciudades de baja huella ecológica, donde los mercados locales y los territorios cercanos asuman centralmente la provisión de los servicios indispensables para que las urbes tengan larga vida: desde agua y alimentos hasta temperatura, captura de carbono, salud y recreación. Todos esos servicios son economía, y por ende, se pagan.

Sobre todo, en busca de que la nueva economía se pueda llamar verde solo en la medida en que reconozca que no puede haber generación de riqueza sin una base ambiental, y eso implica que el territorio, su patrimonio y sus recursos, sus habitantes (humanos o no) y sus ciclos de materia y energía, son condicionantes para cualquier negocio; es decir: que no se puede poner en riesgo su sostenimiento y la reproducción de sus procesos a pretexto de lo que sea, incluso de la pobreza (porque la debacle ambiental hace a los pobres, más pobres). Finalmente, pero no como última prioridad, que la sociedad civil sea agente del cambio, no receptor pasivo de decisiones verticales, sino actora de la transformación en el manejo de la biosfera, incluida la espectacular diversidad biológica y paisajística de este país.

En esa medida, es una reforma del poder que parece opuesta al espíritu de estos tiempos.

No se puede dedicar la Semarnat a edificar esta misión con la brutal merma que ha debido afrontar desde 2012, cuando llegó al cargo Peña Nieto. Recupero el análisis de la organización ambientalista Ceiba (Centro Interdisciplinario de Biodiversidad y Ambiente AC), de diciembre pasado: “el presupuesto de medio ambiente y recursos naturales se reduciría en 32.1 por ciento a precios constantes en 2019 […] la reducción acumulada de 2012 a 2019 llegaría a 76.7 por ciento a precios constantes, es decir, el año entrante se tendría apenas una cuarta parte [23.3 por ciento] del gasto ambiental federal de 2012”.

El documento se puede localizar en la página web del organismo, y destaca la personalidad esquizoide de quienes han elaborado el gasto federal para 2019. “Esta reducción propuesta de 32.1 por ciento en valores reales para 2019 es la más alta de entre todos los ramos administrativos de la Administración Pública Federal. No hay razones que expliquen este tratamiento, ni en la Exposición de Motivos del presupuesto ni en los anexos correspondientes al Ramo 16 Medio ambiente y recursos naturales. Por el contrario, la estrategia programática refrenda los propósitos de controlar la contaminación del suelo, del agua y del aire, proteger la diversidad biológica y cultural, mejorar la gestión hídrica y provisión de agua potable para el bienestar de la población, promover el desarrollo forestal sustentable, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, entre otros, que son indispensables para el desarrollo sustentable y el bienestar de la población. Estos y otros objetivos enunciados —y además anunciados como parte de las directrices del nuevo Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024—, merecen mayor apoyo presupuestal y que, al menos, se mantenga el presupuesto de 2018, para luego iniciar un proceso de recuperación”.

De este modo, “el acelerado deterioro del gasto ambiental federal de los años recientes y el que se propone para 2019 nos hace retroceder a épocas pasadas, en las que la protección y conservación ambiental se consideraban una actividad secundaria al desarrollo del país. En 2019 se llegaría a un gasto ambiental federal (Ramo 16) apenas superior al 0.1 por ciento del PIB, apenas un tercio del registrado en 2012, lo que significa un nivel parecido al que se registró a fines del siglo pasado. México es sin duda ya uno de los países de América Latina que menores recursos destina para la conservación de su biodiversidad; y entre países de la OCDE, México se encuentra en el sótano por el porcentaje del PIB que invierte en protección ambiental”.

¿Podrá Víctor Toledo convencer al presidente de que la crisis que se vivió estas semanas por la precarización de los combatientes de fuego forestal tiene que ver con esta absurda forma de afrontar el gasto, y sobre todo, que en medio ambiente como en salud, la idea de austeridad es perniciosa?

Toledo también tendrá la difícil tarea de hacer ver de otro modo al presidente sus ambiciones de dejar huella como creador de gran infraestructura. No se pueden construir trenes, puertos, carreteras, megahoteles, carboeléctricas ni refinerías sin los estudios técnicos que establezcan si son viables en los territorios dispuestos. De nuevo: la base son las capacidades del territorio, no los caprichos de escritorio. Por eso, se debe pugnar porque las manifestaciones de impacto ambiental se hagan con total competencia profesional, y no a modo. Y en todo caso, que la Semarnat haga su trabajo y detecte estudios fallidos o tendenciosos. No puede ser el negocio la base de una aprobación ambiental, debe ser siempre la preservación de los ciclos naturales que deben ser mínimamente alterados por el negocio en cuestión. No es “destruir para crecer”, sino “conservar para desarrollarse”. Urge derribar la ficción dogmática del desarrollismo de corto plazo, imperante desde los tiempos de Alemán, pasando por López Mateos, Echeverría y Salinas, ni más ni menos. Ni “nacionalrrevolucionarios” ni “neoliberales”: el mismo modelo de negocios de corto plazo en perjuicio del bien público más valioso, el patrimonio natural, o dicho de otro modo, la base de vida.

En ese sentido, encuentro muy sensata la primera declaración del nuevo secretario, presentado en la conferencia de prensa del presidente López Obrador del pasado miércoles 29 de mayo: “la geometría izquierda y derecha no exista en la ecología. Solo hay política a favor de la muerte o de la vida. Decisiones que calientan el planeta o que lo enfrían”. Una muy sana desideologización que a quienes saben, más allá de filias o fobias partidistas, debería dar tranquilidad de que llega una mente con conocimiento. Lo que por otro lado, lo obliga a fallar.

Eso origina mi tercer apunte, ¿tiene de verdad posibilidades de éxito el secretario Víctor Toledo? En las condiciones actuales del gasto público, y dados los caprichos presidenciales para imponer -“me canso ganso”- sus grandes proyectos, si López Obrador no asume una postura de autocrítica y de respeto por la capacidad de su secretario, solo podemos augurar conflictos.

Porque no creo que el ecólogo, un activo militante de movimientos sociales que luchan contra el desarrollismo a ultranza, la deforestación y la economía petrolizada, y a favor de los derechos humanos, mute en funcionario disciplinado y traicione su carrera y su reputación y pase por alto las evidentes carencias ambientales de los proyectos faraónicos. ¿Sabe López Obrador qué clase de personaje ha traído a su gabinete? ¿Está dispuesto a darle el espacio de debate, a revisar las prioridades del gasto y a redefinir las apuestas? ¿Comprenderá lo que significa el compromiso contra el cambio climático que el país firmó ante la comunidad internacional, y que el objetivo de bajar emisiones pasa por extraer menos petróleo y carbón, y apoyar las energías renovables? Es como si se pudiera pensar que de repente, AMLO se volverá moderno y dejará de voltear al pasado imposible. La duda es legítima, pero el nuevo secretario merece al menos ese beneficio.

Me alienta leer sus tuits en defensa del periodismo crítico y sus comentarios adversos a convertir al presidente “en Jesucristo”. Y aunque Víctor Toledo es un verdadero activista de izquierda, con toda la carga positiva o negativa a que eso nos pueda remitir (apoyar el régimen de Maduro es tan lamentable como común en los “latinoamericanistas”), hay que agradecerle que tenga definiciones, y sobre todo (aunque de forma contradictoria), asuma el germen de esa izquierda necesaria, que esta región del mundo no se ha querido dar: libertaria, tolerante, apegada a la ley, progresista y sin temor a la pluralidad de la sociedad real. Lo demás, creo, es lo de menos. Todos lidiamos en la vida con nuestros propios fantasmas.

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