EL MAL RADICAL

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El mal es un concepto que ha transitado el mundo de la filosofía occidental a través de pensadores como Platón, San Agustín y Nietzsche. El “mal radical” es una expresión que utilizó Kant y que retomaron filósofos del siglo XX como Hannah Arendt, con la intención de definir los horrores del exterminio sistemático de seres humanos en los campos de concentración nazis.

En la introducción de su obra “El mal radical” del 2002, el filósofo norteamericano Richard Bernstein hace referencia a un texto del profesor Andrew Delbanco para describir algunos de los efectos a los que estamos expuestos los seres humanos de nuestra época: “en nuestra cultura ha surgido una brecha entre la visibilidad del mal y los recursos intelectuales con los que contamos para enfrentarla. Las imágenes de horror nunca habían sido tan ampliamente difundidas y tan aterradoras a la vez. El repertorio del mal nunca fue tan vasto y sin embargo, nuestras respuestas nunca fueron tan débiles”.

El texto del profesor Delbanco data del año 1995, es decir, ni Bernstein ni Delbanco tuvieron la posibilidad de considerar en su análisis el vertiginoso poder de difusión y amplificación que la revolución digital traería algunos años después. 

Hoy, las plataformas digitales nos suministran ideas, pero sobre todo emociones y sentimientos que nos pueden llevar a incentivar o evitar la violencia y que determinan, en buena medida, nuestra percepción de la realidad social y política. 

A veces pareciera que las redes sociales llegaron para dinamitar los pocos consensos que hemos construido y para crear psicosis colectivas, pero el problema aquí es otro: el innegable fracaso del estado, los estados, para controlar esas formas del “mal radical” que advirtieron algunos pensadores y que, hoy en día, conviven con nuestros hijos, nuestras familias y nuestros amigos y que deambulan en los lugares públicos que frecuentamos.  

En nuestra realidad tapatía, jalisciense y mexicana del 2019, parece que la visión de Bernstein y Delbanco encuentra terreno fértil para germinar. Aquí el “mal radical” se expone no a manera de un campo de concentración sino a través de una realidad que todo lo abarca, un campo de exterminio que tiene como territorio no una barraca sino las calles de una ciudad, un pueblo o una localidad donde transitan e intentan vivir personas, civiles, seres humanos. 

Tratar de esclarecer nuestra condición actual es una tarea casi imposible.

¿Cómo llegamos hasta aquí? Sobrevivimos entre imágenes y noticias de horror.

El mal deambula a toda hora y con un método que lo hace parecer infalible frente a las respuestas de los diferentes gobiernos, todos. El “mal” tiene un sistema, responde a una lógica, se especializa en la atrocidad y el dolor. Del otro lado no hay nada. Los nazis tenían oponentes, el “mal radical” de los mexicanos de nuestro tiempo parece que no.

Feminicidios, narcofosas, cuerpos mutilados, embolsados, desaparecidos, ejecuciones a plena luz del día, asaltos y secuestros. El miedo y la incertidumbre es el único lugar común.

La normalización del discurso de la violencia nos ha llevado al terreno de las cifras y no al de la humanización del problema. El asunto ya no es el valor de la vida sino los números con los que se aborda el debate de la inseguridad: 200, 300, 1000 muertos, 50 decapitados, 600 asaltados, 30 mujeres asesinadas.

Esos son los números del mal que nos azotan de forma permanente y que, efectivamente, encuentran respuestas cada vez más débiles. Ir hasta las ultimas consecuencias por la puerta rota de Casa Jalisco, por ejemplo.

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