Malos Pasos

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“Quien anda en malos pasos, le va mal”. “Hay que decirlo, la mayoría de estas personas son delincuentes”. Palabras más, palabras menos, al discurso del Gobernador del Estado, Enrique Alfaro, se le acabaron los argumentos. Si es que alguna vez los tuvo. Los mantras protectores de su incompetencia para gobernar y traer la paz al Estado, ya no le funcionan. En los hechos nunca han funcionado.

Jalisco es un Estado inundado por la violencia y la corrupción. Normalmente son dos graves males sociales en estrecha relación uno con otro. Si bien es cierto que la violencia no tiene una sola causa, ahí donde hay corrupción hay impunidad y ésta genera violencia.

El Gobierno del Estado se manifiesta incapaz de frenar la violencia y proclive a los grandes actos de corrupción. El dinero y los negocios entre amigos se convirtieron en su principal impulso.

De acuerdo a la visión actual del Gobierno, Jalisco es un espacio vacío de habitantes con necesidades muy elementales, como su seguridad, por ejemplo, pero abierto a grandes posibilidades de hacer negocios. Jalisco quedó convertido en un “nicho de oportunidades” para los inversionistas, sobre todo si son amigos. Las necesidades de sus habitantes pasan a un segundo plano.

Esta forma de gobernar propicia la corrupción y con ella la violencia. En otras palabras, ni el Gobernador, ni su Gobierno son ajenos a la violencia que inunda el Estado. Ni “son los malos”, ni “es entre ellos”. La violencia nos involucra a todos, no es un asunto de delincuentes, o de “buenos contra malos”, en donde el Gobernador cree situarse del lado de los buenos.

La violencia es un problema que debe tomarse con seriedad y es deber del gobierno combatirla con inteligencia y decisión. Su lenguaje de exclusión y de falsa moralidad, no es la respuesta.

La constante recurrencia a ese lenguaje de exclusión, en donde “ellos” o “los malos” no son ciudadanos con familias, amigos o compañeros sino monstruosos delincuentes venidos de quién sabe dónde a perturbar la paz de nuestro Estado, tiene cuando menos dos objetivos:

Primero, blindar los actos de corrupción del Gobierno. Es el famoso grito del ladrón que grita ¡al ladrón! para confundir y escapar. Los malos son los otros. No nosotros. Aquí solo hay un tipo de delincuentes y son “ellos”. Los niveles de violencia alcanzados en el Estado hacen que cualquier otra forma de criminalidad parezca menor, sin importancia.

En segundo lugar, ese lenguaje de desprecio está encaminado a provocar actos de linchamientos a los señalados como delincuentes y a sus familias. Los ciudadanos deben aprender a distinguir entre buenos y malos y saber burlarse de los malos cuando están en desgracia. El constante señalamiento “son ellos” incita al odio y a la sospecha.

No son nuestros vecinos, no son nuestros compañeros, no son nuestros clientes, no son nuestros alumnos, no son nuestros compañeros: “son ellos”.

Este lenguaje deshumanizado, surgido de la prepotencia e incapacidad de quienes no saben gobernar a una sociedad con serios y graves problemas, invita a pensar que los feminicidios y los infanticidios se deben a malas decisiones individuales: quién le dijo a las mujeres víctimas de feminicidios que se casaran con su futuro victimario. También, no es culpa de nadie que existan niños que nazcan de padres delincuentes y crezcan en un ambiente de violencia.

La sociedad está en “el peor lugar y en el peor momento”. Menos quienes la gobiernan. A ésos, como son los buenos, siempre les va a ir bien…

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