La Primavera y las conjuras equivocadas

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“¿No tenemos a los necios de la ciudad de nuestra parte? ¿Y no son,  estos, en cualquier ciudad, una mayoría aplastante?”.

Mark Twain, Huckleberry Finn

Los mitos más populares sobre el bosque La Primavera afloran en Guadalajara cada año en la misma época: la de los incendios forestales, esto es, los meses más secos, que van de marzo a mayo.

No importa la calidad de la información que se pueda entregar en el día a día en los medios de comunicación por parte de la comunidad científica, los activistas informados y los servidores públicos que sí entienden del tema. Comenzando por los políticos -cuya ignorancia general es fiel retrato de la orfandad de información y educación ambiental de la población-, y pasando de forma contradictoria y penosa con muchos comunicadores y periodistas [que no es lo mismo], el tapatío promedio se asombra al ver las columnas de humo y las llamaradas desde el periférico o las carreteras contiguas; luego se enoja, y si sus sentidos perciben en el ambiente esa contaminación de las cenizas que llueven sobre el área metropolitana, hará rabietas, se indignará “con causa” y expulsará en redes sociales catilinarias encendidas casi siempre basadas en teorías de la conspiración que no sabe sustentar con datos duros.

La reciente promesa del gobernador Enrique Alfaro, luego del evento ígneo que pasó por casi dos mil hectáreas de la floresta protegida, hace casi 20 días,  de que se emitirá un decreto para “blindar” el bosque, es parte de esa fiesta de fuegos artificiales que, cual rito de purificación y expiación, realiza la ciudad, como invocando al dios del bosque a que aplaque sus iras por las malas mañas y la maldad de los humanos que lo agreden.

Como todo mito, hay sustratos de verdad en ellos. Pero conviene entender y analizar lo que realmente provoca el fuego en el bosque, pues un diagnóstico correcto es el único modo de hacer frente a su abrumadora incidencia.

Acotemos, primero, las teorías conspirativas. Es cierto que muchos dueños de predios boscosos cercanos a una ciudad tienen el sueño de aprovechar el enorme valor de su ubicación para generar productos atractivos para los moradores pudientes de la metrópolis. Igualmente es verdad que desde hace muchas décadas, como fruto de la americanización de las élites tapatías, vivir en un bosque se convirtió en un anhelo aceptable socialmente, nacido desde diversos y contradictorios deseos: de vivir la naturaleza (destruyéndola), de que excluirse de la ruidosa y distópica ciudad moderna era un privilegio legítimo, y de que no debía adaptarse el hombre a natura, sino al revés: todos los lujos de la despreciada ciudad moderna, y muchas cosas más, deberían estar asequibles en el remanso solitario (cada vez menos, por aquello de la multiplicación de los ricos y de los soñadores de otros estratos sociales menos privilegiados).

Es como si ir a vivir al bosque fuera hacerle un favor.

Nada que ver con los aislamientos de anacoretas o los retiros franciscanos para la oración, la reflexión, la contemplación de la creación: aquí hay casas californianas, campos de golf, música ruidosa en festivales privados, irrigación artificial, fauna exótica (no sólo la humana), calzadas de concreto, cientos de automóviles ruidosos y contaminantes, antenas de comunicación, calles empinadísimas y audaces urbanizaciones en los despeñaderos. Apropiarse del paisaje: conquistar la naturaleza mejorándola, volviéndola a fabricar. Mefistófeles tentando exitosamente a un Fausto ramplón.

Esto se expresa muy bien en la palabras del empresario, hoy finado, Jorge Dipp Murad, quien sin reparar en más de 100 mil de años de su evolución en ausencia del Homo sapiens, aseguró que “los bosques sólo se conservan si se les habita, como una casa” (el autor lo escuchó de su boca en una entrevista en las oficinas que tenía el prominente miembro de la comunidad libanesa por avenida Washington, en la cercanía del Agua Azul, hace más de 20 años). Dipp es importante en la historia del bosque que devino parcialmente en área protegida, pues durante los años 60 y 70 del siglo XX, apoyado en su gran influencia sobre gobernadores y su familiaridad con varios presidentes de la república, quiso sacar adelante un megafraccionamiento que bautizó Ciudad Primavera. Allí habría incluso pistas de aterrizaje y podrían llegar a habitar medio millón de habitantes.

Pero su sueño se frustró. La enorme deuda fiscal que sostenía con el gobierno federal se cobró con una superficie de más de cinco mil hectáreas donde se haría esta Brasilia sin Niemeyer (pago al fisco que el polémico personaje, excelente publirrelacionista entre incautos, disfrazaba de “donación personal” para subrayar su amor por la floresta), y se sepultó la Ciudad Primavera, quizás para siempre. La imagen se ha hecho popular y sobrevivió a sus derrotas. Cada que irrumpe el fuego en la reserva ecológica, los tapatíos levantan las cejas: los nuevos Dipp y su maldad quieren urbanizar al bosque.

¿En qué medida estas hipótesis pueden ser verdaderas? Justo en la zona de la periferia de La Primavera, donde los empresarios inmobiliarios ejercieron un lobby mucho más exitoso sobre los dos presidentes que vivieron las negociaciones de la protección del bosque, Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo (1970-1982),  este último, con raíces tapatías a las que seguramente apelaron sus eficaces paisanos, que influyentes como ellos solos, ya habían obtenido autorizaciones en forma de los ayuntamientos involucrados -Zapopan y Tlajomulco, especialmente- y del gobierno del estado, que les obsequió nada menos que dos declaratorias de reserva urbana y turística, durante los gobiernos de Francisco Medina Ascencio y de Alberto Orozco Romero. 

De este modo, el macizo forestal, una caldera volcánica que se terminó de formar hace 20 mil años, derivó en 75 por ciento de su superficie como zona de protección forestal y refugio de fauna silvestre, el 6 de marzo de 1980. Alrededor de 25 por ciento del bosque, en cambio, quedó a la merced de la especulación. Esos fraccionadores, menos famosos pero más afortunados que Dipp, habían ganado, e hicieron los negocios de su vida.

¿En qué medida, sin embargo, la hipótesis es falsa? En las aproximadamente 30 mil hectáreas que quedan protegidas (no olvidemos que en 2009 se consumó un cercenamiento de entre 500 y 600 ha del ejido Santa Ana Tepetitlán, lo que redujo la superficie del polígono protegido, que en 1980 superaba ligeramente 30,500 ha), los cambios de uso de suelo han sido casi nulos en 39 años de protección. El decreto ha sido eficaz y podemos decir, sin riesgo de error, que los procesos de incendios no buscan, no pueden buscar, un cambio de uso de suelo. Entonces, la propuesta de decreto del gobierno de Jalisco es mera demagogia. Palabrería a lo sumo para “reforzar” lo que ya dice un decreto presidencial, y hacer ver a quien lo emite como héroe de la película.

Pero respecto a las 10 mil hectáreas que se quedaron fuera, sería también esencialmente una falacia. La Ley General de Desarrollo Forestal Sustentable establece en su artículo 117: “…no se podrá otorgar autorización de cambio de uso de suelo en un terreno incendiado sin que hayan pasado 20 años, a menos que se acredite fehacientemente a la secretaría que el ecosistema se ha regenerado totalmente”.  Pero incluso, para el cerro de El Tajo, que no fue protegido en el decreto de 1980 y vivió una parte importante del incendio del pasado abril, a esta ley general la refuerza una especial: el Decreto de restauración ambiental del cerro de El Tajo, emitido en enero de 2018 por el entonces gobernador Aristóteles Sandoval. Ese acto jurídico, fuertemente impulsado por vecinos que compraron fincas en el bosque pero ahora se constituyen como sus defensores, impide cualquier urbanización bajo los argumentos de la necesidad de restablecer los ecosistemas, y sobre todo, evitar riesgos de urbanizar zonas accidentadas y de suelos frágiles. A Enrique  Alfaro le bastaría defender en los tribunales la obra de su predecesor, que ha sido impugnada por los fraccionadores, y mantener a raya los intereses desarrollistas. La duda es si realmente tiene esa intención, ¿asunto de vanidad de un político o de compromisos con empresarios? Pronto sabremos.

Pero entonces, ¿por qué se quema el bosque, y sobre todo, para qué?

La realidad es que los incendios se deben más a la estupidez que la maldad humana.

Es el fruto podrido de una cultura que ha olvidado el enorme valor que tiene el patrimonio natural y que lo ha desvinculado de su papel como sustento de la calidad de vida de quienes habitamos las ciudades, y no digamos, de su calidad de cimiento de la economía de esas mismas urbes.

Ignorancia, ese azote invencible (¿cómo negocias con un ignorante?); la enarbolan con orgullo aquellos que “manejan otros datos” cuando se les trata de convencer de un diagnóstico erróneo. Sólo en parte podrían reconocer que deriva de la pésima utilización del fuego como herramienta de trabajo en la agricultura y la ganadería, o por su uso deplorable por parte de los visitantes del bosque, irresponsables en cosas tan elementales como apagar bien las fogatas o una bachicha de cigarro. Pero entonces, buscarán enemigo de carne y hueso (políticamente muy rentables), y no circunstancias desafortunadas sociales y culturales, y el trasfondo estructural de una economía y una política que no terminan de asumir, ni siquiera en el discurso, la enorme relevancia de los servicios que le presta la naturaleza, y por ende, la absoluta prioridad de conservarla.

Así, ¿los tapatíos tenemos remedio para el bosque? Yo he insistido: mientras no planteemos la pregunta más acuciante, seguiremos tejiendo hilos de conspiraciones paradójicamente aquietantes de la acción individual y colectiva, y omitiendo construir políticas públicas de largo plazo y de esquemas de financiamiento (es fundamental pagar sus servicios ambientales: son agua, aire, carbono capturado, biodiversidad, suelos fértiles y al menos dos grados menos de temperatura promedio anual para la ciudad). No podemos equivocarnos, se trata de preservar la umbría, de mantener abiertos sus corredores biológicos y de aprender a usarla sin dañarla. La pregunta nunca se plantea en todo su tremendo peso, y esa omisión, hasta hoy, nos condena: ¿Qué le pasaría a Guadalajara si no existiera el bosque La Primavera?

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