La hora del grupo UdeG

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“Entre todos los cambios prometidos como resultado de la elección de Fox, el que la mayoría de los mexicanos buscó -la democracia-, es, de alguna manera, para el que están menos preparados. Incluso una vez que la victoria de Fox anunció el rompimiento con el pasado, el pasado pesa en demasía. Formado por una historia de emperadores, virreyes y presidentes que ejercían el poder autocrático, muchos mexicanos aún imagina que el dominio de algún patriarca absoluto constituye el orden natural de las cosas […] los nuevos gobernantes pueden traer el cambio, pero no en la forma de gobernar. Queda claro que los mexicanos quieren el cambio, pero siguen viendo a Fox -no al PAN, no al gabinete, únicamente a Fox- para que dicho cambio se realice…”.

Alan Riding, ¿Cambiará México ahora? (2000).

 

Decir cacicazgo y decir grupo de presión conjunta dos tradiciones no tan divergentes, y que en México configuran una cohabitación posible y además, frecuentemente real. El cacique suele ser visto desde una óptica casi siempre negativa, y sin duda como un síntoma de pre modernidad, ignorando en esto último, que la institución del cacicazgo ha logrado trascender la modernidad política mexicana, y que sigue presente como síntoma de un inquietante aferramiento a valores políticos no modernos, si por modernidad entendemos esa persistente y casi siempre derrotada conquista que se ha hecho, o intentado hacer, desde los tiempos borbónicos, para derrotar al México de los atavismos, de la ignorancia, de la religión, de los lazos comunitarios y de los liderazgos carismáticos.

Nuestra modernidad es, pues, una persistencia y una coexistencia, pero es a su modo algo que, aunque les cueste reconocerlo, también se da en la vieja Europa que fue sede de la revolución científica y de la de los derechos del hombre. Las monarquías, las cortes y la nobleza inglesas, escandinavas y españolas está allí para recordarnos el peso de las raíces y el mucho sentido que aportan hoy más que nunca, cuando el viejo Dios fue derrotado y los templos están vacíos, y no se acierta a construir una moral laica eficaz que sin duda es posible, pero por definición, no todos abrazan.

Cacique, tlatoani u “hombre fuerte” es un concepto que persiste, y es invocado frecuentemente cuando se hace la crítica del grupo político que encabeza desde 1989 los destinos de la Universidad de Guadalajara. El cacique, ni falta hace aclararlo, es Raúl Padilla López: odiado, admirado, denostado, engrandecido, imaginado.

La biografía política de este ex presidente de la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), hijo de un malogrado alto funcionario de gobierno de Jalisco, con raíces alteñas, está ligada a la transición democrática que ha vivido por tres décadas este estado. Es superviviente ya de siete gobernadores con los cuales tuvo fuertes diferencias al extremo que alguno acarició el sueño de removerlo de su “maximato” no legal pero sí orgánico, a pretexto de dar fin a la “burocracia dorada” asentada en la academia y que sería el modo en que Padilla López da sentido al control político que tiene sobre la institución: reparto de cuotas, libre juego de actores contrapuestos, arbitraje con afanes de neutralidad, legitimidad a los contrapesos, y como todo cacique que se respete, tener “la última palabra”.

El relato crítico a este predominio padillista señala que la administración universitaria se ha empeñado en lanzar al estrellato cultural a la casa de estudios (muchas veces de resultados dudosos, como ha documentado por décadas el cronista y crítico Juan José Doñán), a la expansión de sus redes educativas y en consecuencia, de su influencia política, pero ha descuidado las bases de la formación educativa misma. Una casa de estudios neoliberal, con funcionarios ricos y maestros pobres. Una institución que rompe con uno de los mitos más formidables y costosos del régimen “nacional-revolucionario”: que todos los mexicanos tengan acceso a la educación universal y gratuita.

El fracaso palmario de este principio se puede revisar con facilidad en las bases de datos del  INEGI, y evidentemente no es culpa del hombre fuerte de la UdeG: el mexicano promedio, y el jalisciense, tienen apenas acceso a siete años de escolaridad. Esto significa que el grueso de la población apenas llegará a la secundaria. Nunca fue mejor. Es decir, ni de cerca México estuvo cerca de cumplir su sueño utópico. Y bastaría con darse una vuelta por revoluciones más “radicales” como la cubana, para darse cuenta que el país de los licenciados, los maestros y doctores es sólo el sueño de legitimación de las élites herederas de la revolución mexicana, uno de cuyos efectos fue oneroso: como lo señala con agudeza Gabriel Zaid (De los libros al poder), la “revolución educativa” mexicana ha tenido la ingrata consecuencia de elevar el costo de acceso al mercado laboral. Antes un barrendero o un bodeguero podía trabajar si tenía las habilidades, sin necesidad de llevar el certificado de primaria. Hoy no.

Y la pésima calidad educativa básica de este país -cuya mejora debería ser la base de la reforma educativa y no abrir sin ton ni son universidades y evitar exámenes de admisión para “no truncar sueños” a mexicanos que apenas saben leer, escribir, sumar y multiplicar- es la verdadera causa de esos defectos de la educación superior: las bases ya vienen mal. El poder del grupo Universidad comienza en las preparatorias, lo que es excesivo, pero es una herencia de tiempos previos al padillismo. El problema es que ha hecho que la UdeG camine más sobre bases políticas tipo lobby o grupo de presión, que educativas. La ventaja para los jaliscienses es que ha sido frecuentemente un contrapeso a los gobernadores y las elites locales, incluida la iglesia o las iglesias. Los sueños de control político por un solo hombre providencial que imparte justicia y distribuye cuotas de poder, a los que me parece aspira Alfaro, se ven truncados por este potente espacio burocrático que maneja la segunda nómina más costosa de Jalisco. No obstante, no es tampoco un poder intransigente. Casos como la negociación sobre la represa de Arcediano, en que se intercambiaron críticas por presupuesto y la UdeG “se bajó del ring”, demuestran el lado oscuro de la negociación en democracia… sobre todo cuando no existen demócratas.

El juego interno, sin duda, dio una estabilidad que hoy es declinante en la UdeG. La razón fundamental es el desgaste natural de un poder que se ha podido dar el lujo de abrir espacios a sus propios cuestionadores, que de este modo, actúan de fuertes legitimadores, un marco perfectamente aprendido de las raíces priistas y porfiristas que conserva la política mexicana, y que por otro lado, no podemos dejar de ver en la conducción carismática -a la Max Weber- a la que expresamente aspiran a encarnar el presidente Andrés Manuel López Obrador y el gobernador Enrique Alfaro Ramírez, dos actores que son decisivos para entender los vientos de cambio que debe asumir el grupo político que ha cohesionado Padilla López ya por tres décadas.

Es decir, paradójicamente no es la modernidad política la que hoy juega contra el control carismático-burocrático de la casa de estudios, sino dos encarnaciones cuasi populistas, de raigambre tradicional en México y América Latina.

¿Por qué  la llegada de López Obrador y la de Alfaro obligan a replantear el juego interno de la UdeG?

El caso de AMLO es diáfano: hay un pleito político que viene de tiempos de campaña, en que la UdeG se alineó a Ricardo Anaya, y no lo van a dejar pasar, pues la construcción del régimen personalista del tabasqueño, que apela a todos los atavismos de la cultura política del mexicano medio -que confía en líderes y no en instituciones, como Riding consignaba en 2000, cuando ganó Fox-, requiere usar toda la fuerza para minimizar disidencias internas, y para ello, el presupuesto es un formidable instrumento. Es necesario insistir en que el liderazgo lopezobradorista no es institucional, a diferencia del viejo PRI en el que sueña: la sabiduría de ese sistema de partido hegemónico es que las instituciones, a partir de la “silla presidencial” y la “no reelección”, eran las que emanaban la fuerza y los límites de los gobernantes, empezando por el presidente. El neopopulismo -y aquí es la nota de estos tiempos, globalmente neopopulistas- apela descaradamente a los líderes personales y eso deteriora las instituciones. Si agregamos que cada institución en México siempre está bajo sospecha por los modos en que han construido sus costosas elites, el cuadro para hacer legítima su destrucción o debilitamiento -sin un afán intermedio, de reforma y consolidación- es sin duda la narrativa central de cómo López Obrador pretende “deconstruir” (el término Heidegger-derridiano nunca fue más oportuno) la historia de este país.

Con Alfaro confluyen los recelos del vecino de ciudad (inolvidable su eslogan que popularizó como alcalde de Tlajomulco al declarar esa demarcación metropolitana “territorio libre de Raúl Padilla López”, uno de los homenajes involuntarios más reveladores del peso del ex líder fegista en la historia reciente de Jalisco), y de vecino de cofradía (Enrique Alfaro es hijo del ex rector de la casa de estudios que antecedió a Padilla; el encontronazo motivó que el hoy gobernador no terminara estudios en la universidad pública, sino en el Iteso), con los afanes hegemónicos del hoy mandatario.

Sus afanes de intervenir la UdeG no han sido explícitos, pero además de sus odios personales (a estas alturas, a pocos jaliscienses les queda duda de cómo ciertas pasiones desbordadas gobiernan la psique de su gobernador) y del cálculo político de abrir un camino para edificar un liderazgo propio, tiene que ver el pleito heredado de su anterior socio de proyecto, el ex gobernador panista Emilio González Márquez, quien descaradamente lo apoyó en 2012 contra el PRI… y contra su propio partido.

Es sabido que Emilio acusó a Padilla de haber construido una burocracia dorada a costa de los recursos públicos, y cómo convenció al malogrado ex rector Carlos Briseño de tomar el camino de la rebelión. Los errores del entonces mandatario y del propio rector de esa época permitieron a Padilla -considerablemente más experimentado- respirar. Pero desde entonces, se construye con la simpatía de Alfaro un grupo interno de viejos “cachorros” padillistas y de nuevos liderazgos cercanos a otros dirigentes universitarios que podrían estar dispuestos a ser instrumento de la intromisión alfarista en la casa de estudios.

En ese sentido, el papel del nuevo rector, Ricardo Villanueva, será decisivo: llega con el respaldo de Raúl Padilla, pero es amigo del gobernador. Tiene en el desgaste de la figura padillista y el riesgo para su proyecto de tres décadas, la mejor carta para convencer a Raúl Padilla de que asuma la ruta de un retiro gradual. “México ya está maduro para la democracia”, le dijo Porfirio Díaz al periodista James Creelman en 1909. Su ceguera a seguir el postulado ocasionó la revolución y el derrumbe de su obra. Sin duda es otra escala, pero la lección es clara. Más si consideramos que una casa de estudios con su enorme bagaje de humanidad culta tendría que estar siempre madura para la democracia.

Convencerlo es medular para que el recelo de AMLO se reduzca. Pero además, tomar el relevo generacional es fundamental para que Enrique Alfaro se resista de intervenir, pues es claro que la alianza que sostiene con Raúl Padilla es en estos momentos convenenciera, de supervivencia. ¿Qué pasará cuando Alfaro, que ha estudiado muy bien los errores de Briseño y Emilio, y que tiene un grupo de universitarios afines para operar una conveniente ‘lucha democrática’, se sienta fortalecido? ¿Tomar el control de la casa de estudios es parte de la refundación? Yo no dudaría en esa ambición. ¿Ganaría Jalisco con la alineación de la UdeG al gobernador, algo que nunca ha sucedido desde la reapertura de la casa de estudios de la mano de Enrique Díaz de León, hace casi 90 años? Allí sí, totalmente no lo creo.

En las sociedades democráticas precariamente modernizadas, es decir, con déficit de ciudadanía, los grupos de presión hacen el papel de intermediarios para contrapesar los proyectos de poder formal. Esa ha sido la contribución del grupo UdeG al caso de Jalisco y su preservación de la pluralidad. Pero está obligado a evolucionar, a permitir una creciente democracia interna con reglas claras, y a tomar riesgos de que liderazgos ajenos arriben a rectoría, siempre bajo la consigna de que sumar la universidad a un proyecto de corte autocrático como el de Alfaro no puede, ni de lejos, ser una decisión sabia ni siquiera para el propio gobierno, que a pesar de Alfaro, emerge de procesos democráticos y sólo se puede enriquecer al reconocer la alteridad y sus derechos, lo que significa abandonar la dialéctica barata del neopopulismo: la lucha de los buenos contra los malos.

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