“No contesto estupideces”

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Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia” dijo el Presidente de Uruguay hace unos cuantos días, en referencia a la posible invasión, a la guerra, como un mecanismo para resolver los problemas de democracia que enfrenta Venezuela.

La frase debería convertirse en un mantra para todos los políticos, gobernadores y jefes de estado: ningún problema que se presente en una sociedad, debe resolverse con autoritarismo, las antípodas de la democracia.

Por desgracia, la mayoría de los políticos mexicanos no lo entiende así. Para ellos, gobernar significa ejercer el poder, y consideran al poder unipersonal, “el poder que me confiere…”, por encima de los ciudadanos a quienes teóricamente representan. Rehúyen la representación, evaden la responsabilidad, niegan el servicio y se asumen como portadores de un poder divinizado, superior al de los demás mortales.

La democracia mexicana podría definirse como un sistema que permite el ejercicio irresponsable e inconmensurable del poder político por medio del total aniquilamiento de los contrapesos. Para el político mexicano, llegar y ejercer el poder significa eliminar los posibles contrapesos a ese poder, ensancharlo y presentarlo como la única puerta por medio de la cual puede manifestar el ciudadano sus ilusiones y sus esperanzas.

Para la democracia mexicana, mientras mas fuerte sea el poder del gobernante, entre menos contrapesos tenga, mejor podrán aplicarse los programas de gobierno. 

Eso, por donde se le vea, no es una democracia.

Es un simple ejercicio del autoritarismo mas simplón, mas ortodoxo.

Si los problemas de la democracia se resuelven con más democracia, ¿con qué se resuelven los problemas del autoritarismo, de la antidemocracia? La respuesta parece simple: con una dosis mayor de democracia. Y no hay nada que pueda garantizar una mayor democracia, que la participación libre, crítica, sin mecanismos de control ni censura, de los ciudadanos.

Son los ciudadanos, no los gobernantes quienes pueden transformar un sistema, régimen, o estilo autoritario, en una democracia. Y, aunque parece estar por demás decirlo, la participación democrática de los ciudadanos, no puede limitarse a un periodo electoral. La democracia se refleja en la vida cotidiana, en su mayor participación en las políticas de gobierno, en implementar todos los mecanismos necesarios para evitar el deterioro de su vida social, de su dignidad humana.

Lo anterior viene al caso porque en Jalisco se está viviendo, cada día con mas fuerza, la perpetuación de un viejo estilo de poder político autoritario, enemigo de la democracia y de cualquier expresión, por simple que esta sea, de la inconformidad del ciudadano.

En Jalisco, al igual que en la mayoría de los estados de la República, se han gestado luchas históricas para construir un sistema político democrático, plural e incluyente. Sin embargo, la fuerza de estos movimientos sólo ha alcanzado para establecer una alternancia electoral y reafirmar un esquema en el que los partidos, de viejo o nuevo cuño, se reparten los espacios de poder, incluyendo el control de los llamados órganos autónomos, en perjuicio de los ciudadanos.

En Jalisco, el ciudadano, si es que se le puede llamar así al individuo que pierde cada vez más su poder de decisión sobre los asuntos de su propia ciudad, está por construirse. El autoritarismo para sobrevivir necesita de la sumisión de la voluntad ciudadana. La democracia requiere de la participación, de la expresión constante de los ciudadanos.

No voy a contestar estupideces como ésta”, espetada por el Gobernador a una periodista, resume, en pocas palabras y con gran contundencia, esa enorme diferencia entre autoritarismo y democracia. Entre el político empoderado y el ciudadano amaestrado. 

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